Laura Gutman
Laura Gutman
Psicoterapeuta
Laura Gutman
Una nueva sexualidad

LÍBIDO DESPLAZADA

Una nueva sexualidad

Durante los meses que siguen al parto, la presencia del bebé nos pide encuentros calmados y llenos de sensibilidad.

Es probable que durante el embarazo experimentemos un erotismo aumentado. Sentimos un gran apetito sexual hacia nuestra pareja, y para alegría y sorpresa de ambos, disfrutamos como quizás nunca antes. Resulta una paradoja, pero ante la ausencia del miedo o la preocupación por quedarnos embarazadas –¡justamente porque ya lo estamos!–, nos relajamos, las relaciones no se interrumpen para utilizar anticonceptivos, no hay nada que cuidar o a lo que estar atentos... Y esa actitud relajada se traduce en un mayor goce y placer.

La noticia es estupenda, y entonces suponemos que “la maternidad es así”. Es un hecho que estamos viviendo y disfrutando. De todos modos, no sucede lo mismo en todos los casos; depende de la vida sexual anterior que cada mujer haya experimentado: mayor libertad, mayor represión, mejor relación con el propio cuerpo, mayor o menor contacto con el territorio emocional, buenas o malas vivencias en el pasado, etc.

La vida sexual durante el embarazo puede ser intensa hasta casi la fecha probable de parto, aunque también es cierto que, durante el último mes, si las embarazadas estamos ya muy pesadas, es posible que no tengamos deseos de movernos demasiado ni de exigirle nada al cuerpo, entrando en una etapa de reposo corporal.

Un instante crucial

Y llega el parto, quizás el acontecimiento sexual más importante de nuestra vida. Lamentablemente, en ocasiones sigue siendo una escena de maltrato hacia las mujeres en general y hacia los genitales femeninos en particular. Muchas embarazadas lo atraviesan en unas condiciones de falta de respeto, de apuro, de cortes innecesarios, de pinchazos y rasurados, de desprecio, que dejan huellas difíciles de borrar. No es un maltrato cualquiera. Es un maltrato que tendrá consecuencias sobre la vida sexual. Por eso, pensar en la sexualidad posterior implica abordar en qué condiciones se atravesó el parto.

Si no tenemos en cuenta la cantidad de maniobras que se han hecho sobre nuestros genitales, no comprenderemos por qué o cómo aparecen un sinnúmero de dificultades al querer retomar nuestra vida sexual genital. Por ejemplo, muchas veces los genitales están heridos, sobre todo si nos han practicado una episiotomía, que habitualmente tarda varios meses en cicatrizar. En ese caso, la paciencia y la espera serán nuestros mejores aliados.

Pero además de las secuelas físicas que nos han dejado las maniobras realizadas sobre nuestros cuerpos, irrumpe otra sorpresa no esperada: el deseo sexual hacia nuestra pareja no aparece como estábamos acostumbradas. Nos sentimos culpables, sobre todo cuando el médico nos da “permiso” para reanudar las relaciones sexuales.

Sin embargo, a nosotras nos pasa otra cosa. Es importante recordar que el embarazo y el puerperio son dos etapas muy distintas. Durante el puerperio, y con el niño en brazos, la libido está desplazada hacia los pechos, donde se desarrolla una actividad sexual constante, tanto de día como de noche. Porque criar a un niño, amamantarlo, estar atentas, preocuparnos, cobijarlo, limpiarlo, acunarlo y calmarlo son actividades profundamente sexuales. Acabamos el día exhaustas. Intelectualmente querríamos responder a las demandas de nuestra pareja. Pero si estamos muy conectadas con el bebé, no funcionará.

Querer y ser queridas

Ahora bien, suponemos que muchas mujeres sí logran retomar la actividad sexual genital. Efectivamente, cuando hemos estado históricamente desconectadas de nuestra sexualidad femenina, si solemos adaptarnos al deseo del otro, en parte con el afán de complacer y también para ser queridas, y si nos hemos acostumbrado a los parámetros de otro cuerpo, sobre todo del masculino, es evidente que seremos capaces de reanudar las relaciones sexuales, pero a costa de la conexión con nosotras mismas y, fundamentalmente, de la intensidad emocional con nuestro bebé.

¿Qué podemos hacer? En principio, intentar conocernos más. Luego, compartir este nuevo conocimiento respecto a los cambios femeninos con el varón que tenemos a nuestro lado. En algunas ocasiones podremos incluso solicitarle que conecte con su propia modalidad femenina, que sus acercamientos corporales hacia nosotras sean más sutiles, lentos, sensibles, llenos de caricias y abrazos. Esa es una sexualidad que no necesita penetración ni despliegue corporal; al contrario, prefiere tacto, oído, olfato, tiempo, palabras dulces, encuentro, música, risa, masajes y tiempo.

Encontrar la armonía

Cuando las mujeres puérperas y los hombres logramos encontrarnos en una tonalidad más baja, el encuentro sexual puede funcionar porque tiene en cuenta que, en medio de esa pareja, hay un niño. De hecho, el niño está siempre en brazos de su madre, aunque en realidad esté durmiendo en su cuna, es decir, participa emocionalmente en el encuentro amoroso entre sus padres. Por eso es indispensable que sea suave, susurrante y acogedor. La verdadera sorpresa será que descubriremos “maneras femeninas” de relacionarnos, que enriquecerán nuestra vida sexual futura.

En lugar de sentirnos culpables porque no estamos funcionando como “antes”, nos conviene saber que todas las mujeres esperamos ser abrazadas, necesitamos masajes en la espalda, deseamos ser miradas y admiradas por el varón. Eso también es tensión sexual.

Por eso, es imprescindible que feminicemos la sexualidad, varones y mujeres, durante el período de la fusión emocional entre la madre y el niño, es decir, alrededor de los dos primeros años. Esto nos permitirá gozar y estar más en armonía con el momento que estamos viviendo. Durante el puerperio, la mejor sexualidad es aquella que es calmada, sensible y comprensiva con nuestros estados emocionales. Y es radicalmente diferente al despliegue que podemos haber vivido durante el embarazo.

Es posible que las creencias y los prejuicios que circulan sobre lo que debería ser normal nos generen sufrimientos que ahora no deberían aparecer. La realidad es que las mujeres no podemos hacer el amor de la misma manera que antes. Y los varones se enfadan, se angustian y se alejan cuando no comprenden lo que está sucediendo.

Una relación auténtica

Quizás el puerperio nos permita descubrir una parte de nosotras mismas que en el pasado no nos habíamos atrevido a explorar, y que tiene que ver con la libertad, la originalidad y la búsqueda de la autenticidad en relación a nuestros deseos totalmente genuinos. En el pasado nos hemos esforzado para formar parte de una modalidad supuestamente liberal, en la que no se presta atención a las sensaciones más íntimas. También estamos ante una excelente ocasión para conversar honestamente con otras mujeres que tienen bebés o niños pequeños, compartir vivencias y sensaciones sin pretender dar una imagen de mujeres realizadas.

Lo mejor en este período es compartir lo que nos pasa. Constataremos que no estamos haciendo nada mal. Simplemente, cada momento de la vida se expresa sexualmente de diversas maneras. El embarazo es un momento de estallidos y expresividad. En cambio, el puerperio es un momento de silencios y recogimiento.


Evitar otro embarazo

Es sabido que si amamantamos a nuestro bebé a demanda, la fertilidad se reduce notablemente, aunque no es 100% segura. De todas maneras, creo que si una madre está emocionalmente fusionada con el bebé, difícilmente tendrá energía disponible para un nuevo embarazo prematuro. Por el contrario, en las mujeres que establecemos una distancia emocional con nuestro bebé, por los motivos que sea, es más probable que nuestra energía esté “por fuera” de la fusión y, de ese modo, pueda darse un nuevo embarazo. Además de los métodos anticonceptivos que decidamos utilizar, deberemos tener en cuenta la idea de “disponibilidad emocional”: o estamos “dentro” del universo del bebé, o estamos “fuera” de ese territorio. Si estamos “dentro”, es poco probable que nos quedemos embarazadas.


Momentos de intimidad

Tenemos la fantasía que si el bebé duerme en la cama matrimonial o comparte la habitación con los padres, los encuentros sexuales con la pareja se verán entorpecidos. Sin embargo, nada más alejado de la realidad.

En primer lugar, si el niño duerme con sus padres, posiblemente las noches sean bastante menos conflictivas: el niño se despierta menos veces, los padres duermen mejor, y eso redunda en buen humor, disponibilidad y deseos de encuentros con el otro.

A pesar de todo, con un niño en casa nos damos cuenta de que el hogar se ha convertido en el ámbito menos íntimo del planeta. Y que para hacer el amor ahora tenemos que organizarnos, ya que los encuentros ya no pueden ser tan espontáneos como antes. ¡Pues organicémonos! Por ejemplo, podemos pedir a alguien que se ocupe de nuestro hijo y salir con nuestra pareja hacia un lugar de mayor intimidad.

También vale la pena pensar que las madres estamos más dispuestas de día que de noche, incluso más por la mañana que por la tarde, porque el cansancio se acumula.

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