Rabietas: una pequeña gran lucha interior

Rosa Jové

Las 5 claves para cuando tiene una "rabieta"

Cómo entender y afrontar su pequeña gran lucha interior.

Rsa Jové

Ni son la muestra de un carácter caprichoso, ni el desafío de un niño rebelde. Simplemente, pretende comunicarnos tan bien como sabe, y puede, que tiene sus propias ideas.

Cuando nacemos, el principal plan que tiene la naturaleza con nosotros es que podamos sobrevivir. Para ello nos “apega” con las personas que nos cuidan, ya que está comprobado que, teniendo un cuidador cerca, vivimos más.

Rabietas en niños: ¿por qué ocurren?

Durante los primeros años de vida de un niño es importante dejarle bien claro que “siempre” estaremos con él, que “siempre” le querremos y cuidaremos, aunque a veces no nos guste “exactamente” lo que hace. Ésa es la base de una personalidad segura, independiente, y con una autoestima capaz de soportar altibajos y adversidades.

Alrededor de los dos años –aunque la edad puede variar según el niño–, su supervivencia está ya más garantizada (se desplaza solo, puede comer casi de todo y con sus propias manos, es autónomo en sus actos más vitales...) y la naturaleza, ¡qué sabia es!, tiene otro plan para nosotros: si el primero era “apegarnos” para sobrevivir, ahora nos prepara para la independencia.

Sin independencia no crearíamos una familia propia, y eso es básico para el plan reproductor de la naturaleza.

Ambivalencia de sentimientos

¿Qué hace el niño para manifestar su independencia? Dada su edad, usa una estrategia muy simple: negar al otro. Su palabra más utilizada es el “no”. Resulta fácil de entender, porque negando al otro empieza a expresar lo que él “no es”, puesto que aún no sabe realmente lo que “es”.

Intento explicarme mejor. ¿Cómo sé yo (niño) que soy otro y que puedo hacer cosas diferentes a mis padres? ¡Pues llevándoles la contraria! Puede que aún no tenga claro lo que voy a ser, pero así sé lo que no soy: yo no soy mis padres; por lo tanto, ¡soy otro!

El único problema es que esto implica un coflicto emocional importante para los niños porque, como los padres no entienden lo que pasa y normalmente se enfadan con ellos, notan que se están enfrentando a los seres que más quieren y ello les provoca una ambivalencia de sentimientos.

Eso, nada más y nada menos, son las famosas rabietas: una lucha interior entre lo que debo hacer por naturaleza y la incomprensión de mis padres hacia tales actos. En ese momento se dan dos deseos enfrentados y contradictorios: el del niño y el de los padres. Y el pequeño no entiende por qué (“¿Por qué no me dan galletas si ayer me las dieron?”). Esa ofuscación entre querer una cosa, no entender lo que pasa y el rechazo paterno es la fuente de la mayoría de rabietas. Por eso, lo mejor es dejarle claro que:

Haga lo que haga, siempre le querremos y le comprenderemos, aunque a veces no estemos de acuerdo.

Muchos padres viven esta etapa con mucha ansiedad porque piensan que es una forma que tienen sus hijos de tomarles el pelo, de rebeldía o desobediencia. Nada más lejos de la realidad. Con estas conductas el niño no quiere ponernos a prueba, ni son ningún juego de poder (a veces los padres se lo toman así, pero el niño nunca pretende desafiar a los adultos, sólo hacer cosas diferentes a sus padres).

Las rabietas aparecen normalmente hacia los dos años y suelen cesar antes de los cinco.

Es algo por lo que deben pasar todos los niños en mayor o menor grado. Es bueno que así sea, aunque no deberían darse alteraciones tan llamativas como las que conocemos. Si usted es respetuoso con su hijo, aunque pase por la época de las rabietas, ésta será siempre más suave que si usted no lo es.

¿Por qué se dan a esta edad? Recuerden que a partir de los dos años se produce el final de la mielización de la corteza cerebral y, por lo tanto, los niños empiezan a pensar, a desarrollar su capacidad de razonar, a hablar... y las ponen en marcha. Pero, ¡claro!, están en un estado muy primerizo y razonan lo que pueden, piensan lo que pueden y hablan como pueden. No lo hacen bien, pero quieren empezar a tener “su propia vida” con sus ideas y deseos.

Actuar con amor y serenidad

¿Qué hacemos ante una rabieta? Podemos resumir en cinco puntos la mejor manera de superarlas.

1. Comprendiendo que el niño no pretende tomarnos el pelo.

Esta simple convicción hará que seamos más flexibles con ellos, y por lo tanto, se evitarán muchos conflictos. Solamente pretende mostrarnos su identidad diferenciada.

2. Dejando que pueda hacer aquello que quiere.

“¿Y si es peligroso o nocivo?”, me preguntarán. Evidentemente, lo primero es salvaguardar la vida humana, pero los niños raramente piden cosas nocivas. Bueno, una vez mi hijo mayor cogió una pequeña rabieta porque quería un cuchillo jamonero, pero la culpa fue más mía por dejar a su vista –y alcance– un cuchillo de tales dimensiones que suya por pedirlo, ¿no?

Que deseen llevar una ropa diferente a la que nosotros queremos puede que atente contra el buen gusto, pero raramente atentará contra la vida humana. Si usted es un padre que vigila que el entorno de su hijo sea seguro, es difícil que pueda pedir o tocar algo nocivo.

Y el hecho de que pueda experimentar el resultado de sus acciones sin notar el rechazo paterno hará que no se sienta mal ni ambivalente.

3. Evitando tentaciones.

Los comerciantes saben perfectamente que los niños piden cosas que les gustan, por eso en los grandes supermercados suelen poner chucherías en las líneas de caja. ¿Acaso pensaba que el suyo es el único niño que montaba en cólera por una chuchería? Si su hijo es de los que pide juguetes cuando los ve expuestos o chucherías si las tiene delante, ¿a qué espera? Intente evitar esos momentos, no se lo lleve de compras a una juguetería, o busque una caja para pagar que no tenga un expositor.

O pacte con él una solución: “Mamá no puede estar comprando cada día chuches porque no son buenas para tu barriguita, así que sólo elegiremos una cosa”. Si los mayores nos rendimos muchas veces a la tentación, ¿por qué pensamos que un niño puede contenerse más que nosotros?

4. Permaneciendo a su lado cuando estalla emocionalmente.

Hay veces en que por haber llegado tarde, porque no hemos sabido entenderlo o porque ha alcanzado un grado de estrés muy grande, el niño estalla en un llanto incontrolado. A veces incluso puede patalear o rechazar el contacto. En esos momentos estamos a su lado, como haríamos con cualquier persona de nuestra familia que sufriera. Siempre que podamos hemos de abrazar al niño.

Si rechaza el contacto, respetamos su opción –aunque podemos insistir cada poco– y dejamos que se descargue. Podemos decirle: “Seguro que cuando podamos hablar arreglaremos lo que pasa”.

5. Teniendo paciencia.

Llega un día en que el niño adquiere un lenguaje que le permite explicarse mejor que a través del llanto y las pataletas. También llega un día en que sabe lo que “es” y lo que “quiere”, y lo pide sin llevar la contraria a nadie. Hay un momento en que, si no hemos impedido sus manifestaciones de autoafirmación, tenemos a un hijo autónomo que sabe pedir adecuadamente lo que quiere porque ha aprendido que nunca hace falta pedirlo mal si su petición es razonable.

Claves para superar pronto esta etapa

Por una parte, procurando que en la etapa anterior el niño esté correctamente apegado. Un niño inseguro tarda más en pasar esta etapa de independencia. Así que, si quiere que su hijo sea autónomo, mímelo todo lo que pueda cuando sea pequeño.

Una vez que el niño haya llegado a la etapa de las rabietas, hemos de intentar que se solucionen cuanto antes. Nada de eso se dará si coartamos su deseo de separarse de nosotros, ya que lo único que se obtiene “intentando” que no se salga con la suya es un niño sumiso o rebelde (depende del tipo y grado de disciplina o autoridad empleada).

Normalmente, si les “ignoramos” suelen volverse más sumisos y dependientes, aunque lo que vemos es un niño que se doblega y “parece” que mejora. Pero la causa que provoca estas rabietas sigue en él y se manifestará de otra forma, ahora o en la adolescencia.

Sé que es difícil acordarse de todo ante una rabieta infantil. Sé que es difícil razonar cuando estamos a punto de perder la razón. Sé que es difícil, y por eso, ante la duda de cómo actuar, intente querer a su hijo al máximo porque él lo estará necesitando, ya que las rabietas también hacen sentirse mal a los niños.

“Quiéreme cuando menos me lo merezca, porque será cuando más lo necesite”. O lo que es lo mismo: “Intenta ponerte en mi lugar porque yo también lo estoy pasando mal”.

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