Abuelas

MUJERES SABIAS

El apoyo incondicional de las abuelas

Brindar ayuda y cobijo a una hija es la mejor manera de lograr que se sienta feliz y colmada, llena de confianza para criar a su bebé.

Laura Gutman

Convertirse en abuelas es todo un desafío. En la mayoría de los casos, obviamente, no hemos participado en la decisión, y ser o no abuelos no depende en absoluto de nuestros anhelos.

Aunque socialmente el nacimiento de un niño siempre es considerado algo positivo, las realidades emocionales de cada individuo que se ve involucrado en el nacimiento de ese nuevo ser pueden ser muy diversas. Por lo tanto, será mejor abordarlas con la mayor honestidad posible. Pueden darse panoramas muy distintos, y es pertinente reconocer que, en general, la realidad no se parece a nuestras fantasías.

Quizás nuestra hija es madre soltera y hubiéramos deseado un matrimonio para ella. O quizás nuestro hijo dejó embarazada a una joven con quien se lleva muy mal y con quien no tenía ningún proyecto en común. Tal vez nuestra hija es todavía una adolescente. O al revés, consideramos que ya es muy mayor. Acaso nuestra hija es una pieza fundamental en la empresa familiar y el nacimiento de su hijo complica el funcionamiento económico del negocio. O puede suceder que nuestra hija suponga que vamos a criar a su hijo pequeño, pero resulta que nosotras tenemos otros planes muy distintos y no sabemos cómo abordar este tema porque no queremos generar conflictos ni discutir.

La cuestión es que devenir abuelas no siempre es de color de rosa. ¡Claro que hay alegría en la mayoría de los casos! Pero incluso en momentos muy felices pueden surgir inconvenientes relativos al vínculo que tenemos con nuestros hijos, hijas, nueras y yernos. Y vale la pena pensar sobre ello.

Reaccionar con sabiduría

Nuestro hijo se ha convertido en padre y no tenemos buena relación con su mujer. Pues bien, llegó el momento de hacer las paces. Aquí debe haber un único beneficiario: el niño, que merece una madre tranquila, bien dispuesta, feliz y sin conflictos. No importa si la mujer que nuestro hijo ha elegido como pareja nos gusta o no nos gusta. Lo realmente importante es que le guste a él. Nuestro rol de abuelas, en este caso, es apoyar sin condiciones a la pareja joven que está en la difícil etapa de criar a un niño pequeño.

Nadie precisa más conflictos que los que ya implica la presencia de un recién nacido en casa.

Si hay algo que no nos gusta o que nos preocupa, podemos preguntarle a nuestro hijo si le interesa conversar con nosotras. Claro, eso si tenemos un buen vínculo. Si nuestro hijo sabe que somos confiables y habitualmente pensamos con criterio, tal vez esté dispuesto a escucharnos o, incluso, a confiarnos sus dificultades. Pero si venimos arrastrando años de desacuerdos, es evidente que rechazará nuestra oferta. ¿Quién tiene razón? No importa. Si somos mujeres maduras y nuestro nieto nos importa más que nuestras opiniones, llegó la hora de rendirnos a las necesidades de los padres de ese bebé.

Lo que sea que nos pidan, hagámoslo en la medida de nuestras posibilidades, sin opinar si lo que reclaman está bien o mal. Ofrezcamos nuestra presencia, horarios disponibles, resolución de problemas domésticos o cualquier cosa que alivie el devenir cotidiano de la joven pareja.

Y, sobre todo, no nos otorguemos el derecho a coger al niño. No es nuestro. No es un objeto. No vino al mundo a cubrir nuestros vacíos emocionales. No tiene que hacernos sentir bien. El bebé sólo reclama el cuerpo materno. Por lo tanto, nuestro rol como abuelas es lograr que la madre se sienta tan confortable, tan feliz, tan cómoda y tan colmada, que no tenga reparos en ofrecer su propia sustancia al niño.

Madres muy jóvenes

Nuestra hija adolescente ha tenido un bebé. ¿Tenemos que estar alegres o tristes? No importa. Lo único que importa es apoyar a nuestra hija para que ella pueda encontrar recursos emocionales suficientes para “maternar” a su hijo. No es verdad que, por su juventud, no será capaz de hacerlo. Eso es un prejuicio. Si ha podido engendrarlo, si ha decidido llevar adelante su embarazo, es porque tiene la capacidad de devenir madre de ese niño. Ahora bien, necesita muchísimo apoyo. Y quién mejor que la propia madre para estar emocionalmente disponible a su favor y a favor de su permanencia junto al bebé.

Infantilizar a las madres, sobre todo a las adolescentes, mostrando “todo lo que no saben hacer” no sirve de nada. Porque esa actitud las deja desprovistas de seguridad en sí mismas.

Tampoco sirve que las abuelas nos apropiemos de nuestros nietos recién nacidos. A veces sucede que las abuelas somos suficientemente jóvenes y sentimos que ese bebé podría ser nuestro. Suponemos que tenemos más capacidad que nunca para criarlo y amarlo. Estamos completamente seguras de que, con ese bebé, hoy podríamos reparar todo lo que no fuimos capaces de hacer cuando nosotras mismas fuimos jóvenes y tuvimos a nuestros propios hijos. Sin embargo, ésta es una actitud egoísta, que sólo nutre nuestra propia necesidad de bienestar emocional. Por el contrario, si lo que buscamos realmente es resarcirnos, tendremos que brindar todo el apoyo y el cobijo necesarios a nuestra hija, que hoy está convirtiéndose en madre. Es una buena manera de devolver a la vida la sabiduría que hemos recibido.

Escoltarla en su búsqueda

Recordémoslo: apoyar a una hija adolescente en su maternidad significa no infantilizarla, no decirle que lo hace todo mal ni que se equivoca constantemente. Significa ofrecerle compañía, darle ánimos y confianza en sí misma. Hacerle preguntas que la lleven a buscar dentro de su corazón y apoyarla en sus decisiones tomadas con responsabilidad y contacto interior.

También será pertinente que le preguntemos cada día qué necesita de nosotras. Y tendremos que responder a sus necesidades, en lugar de imponer lo que creemos –nosotras, las abuelas– que sería adecuado para ella y para su bebé.

Si somos capaces de desplegar ese nivel de madurez, seguro que nuestra hija adolescente se convertirá rápidamente en una madre responsable y cariñosa con su hijo. Y, luego, eso revertirá en calma y felicidad para el niño pequeño.

Decisiones indiscutibles

Nuestra hija no tiene pareja. Y, sin embargo, ha decidido parir, criar y amar a su hijo. ¿Creemos que es demasiado liberal? ¿Que se ha embarcado en una locura? ¿Que debería reclamar al padre biológico al menos un apoyo económico? Una vez más, no importa cuál es nuestra opinión. Es nuestra hija, y merece nuestro acompañamiento totalmente libre de condiciones.

Una mujer que cría sola a su hijo necesita aún más presencia concreta y, además, alguien que la proteja de los depredadores emocionales. Alguien que no permita que lleguen a sus oídos las opiniones cargadas de prejuicios y sentencias devastadoras. Esa persona protectora podemos ser nosotras, poniendo una barrera a los individuos que sólo vienen a descargar su moral desgastada, pero no ofrecen nada positivo a la madre reciente.

Nuestro rol en estos casos puede llegar a ser primordial si comprendemos que, antes que abuelas, somos madres de una madre que necesita y merece ayuda. Si no hemos tenido una relación abierta y comprensiva hacia nuestra hija en el pasado, éste es el momento perfecto para intentarlo. Es la ocasión para dejar atrás las pequeñeces y concentrarnos en el futuro, encarnado en el niño que ha nacido.


Vivir lejos de los nietos

Puede suceder que nuestros nietos hayan nacido en el extranjero. ¿Cómo podemos construir una relación en la distancia con esos nietos? En primer lugar, recordando que para tender lazos con los nietos, el vínculo con nuestros hijos tiene que fortalecerse con honestidad afectiva, conversaciones, ofrendas y propuestas que sean sanadoras y valiosas para los demás. Si eso sucede, nuestros propios hijos se harán cargo también de sostener el vínculo entre nietos y abuelos.

Por otra parte, actualmente, la tecnología, las comunicaciones y especialmente Internet facilitan el intercambio. Aunque es verdad que nos veremos obligadas a modificar algunas costumbres: viajar, movernos, ir al encuentro de nuestros hijos, quizás aprender otro idioma... No es tan difícil si hay voluntad.


Repartir nuestra vida

Algunas abuelas tenemos una intensa vida personal: trabajo, actividades que nos gustan mucho, estudios, vida de pareja, amistades, viajes... ¿Qué ocurre cuando al fin hemos recuperado la libertad después de muchos años dedicados a la familia y nace un nieto o varios, cuyos padres pretenden que nos ocupemos de ellos en tiempos y lugares que entorpecen nuestra vida privada? Será cuestión de llegar a acuerdos positivos para todos.

Nosotras no tenemos obligaciones asumidas en relación a los nietos.

Pero sí tenemos la capacidad y la madurez suficientes para que nuestras hijas e hijos críen a sus propios hijos con los mejores recursos posibles. En estos casos, a veces una buena conversación, un pensamiento generado en conjunto o un intercambio inteligente pueden ofrecer a nuestros hijos soluciones mucho más eficaces que permanecer un fin de semana ocupándonos de los nietos pequeños para que ellos puedan descansar.

El pensamiento organizador al servicio de los demás también es ayudar. Y mucho.

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