Adaptación a la guardería

CRIANZA SIN PRISAS

La adaptación a la guardería

Para que un niño se sienta seguro en un lugar desconocido necesita tiempo y la presencia de una persona cariñosa.

Laura Gutman

El fenómeno de la adaptación consiste en que una situación extraña o incómoda vaya convirtiéndose poco a poco en placentera y segura.

Cuando los padres tomamos la decisión de dejar a nuestros niños pequeños en un jardín de infancia, debemos sincerarnos y detectar si los estamos dejando allí porque necesitamos que alguien los cuide mientras trabajamos, o si fue un pedido explícito del niño.

Para que quede claro: los niños menores de tres años no piden ir a la guardería.

Necesitan ser atendidos por su madre, o por otra persona maternante que les prodigue atención exclusiva.

Más allá de que justifiquemos nuestra decisión “porque el niño quiere jugar con otros niños”, es pertinente saber que somos nosotros los que necesitamos enviarlo a la guardería.

Un gran esfuerzo

En todos los casos, y tal como vivimos hoy en día, matricular a nuestros hijos en un jardín de infancia cuando tenemos que volver al trabajo suele ser nuestra mejor opción.

Entonces, es importante que sepamos que el niño tendrá que hacer un gran esfuerzo para adaptarse. Tiene que cumplir unos horarios muy marcados. Tiene que permanecer allí largas jornadas. Tiene que comer y dormir bajo rutinas a las que no estaba acostumbrado en absoluto. Y sobre todo, tiene que habituarse a la ausencia de mamá, de papá o de las personas que conviven con él en casa, lo que no es nada fácil.

Tiempo y cariño

El niño pequeño tiene derecho a ser acompañado en este proceso. Para ello, es necesario que la madre, o una persona allegada y cariñosa, acompañe y permanezca con el niño pequeño en la sala o el lugar donde se realizan las actividades o los juegos.

Que converse con la maestra que se va a ocupar de él, mientras el niño va cogiendo confianza.

Que lo ayude a integrarse en el espacio, a familiarizarse con el perfume y el ritmo, a acostumbrarse a la presencia de los demás niños pequeños, a la voz de la maestra, a las indicaciones que al principio parecen dichas en otro idioma.

Todo es nuevo. Todo es desconocido. Por lo tanto, todo es peligroso desde la vivencia del niño pequeño.

¿Hasta cuándo?

Hasta que el niño haya incorporado al jardín de infancia como un lugar calentito y seguro.

Si somos la maestra

  • Si somos maestras y tenemos una sala repleta de niños, preferimos que los padres no estén presentes. Así hemos aprendido a trabajar, así funciona la institución.
  • También creemos que si entra una madre, todos los niños reclamarán a la propia y el descalabro será total. Sin embargo, si superamos el miedo, al abrir el espacio tal vez encontremos ayuda en algunas madres o algunos padres.
  • Cuando los niños reclamen, habrá más adultos para ayudar. Y constataremos que una sola persona no puede, de ninguna manera, atender las necesidades de diez niños pequeños.

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