Apoyar (o no) el vínculo con el padre

CRIANZA CON AMOR

Apoyar (o no) el vínculo con el padre

Con el tiempo, entre un padre y sus hijos se establece un lazo auténtico y profundo... siempre que nosotras aceptemos y favorezcamos la espontaneidad de su relación, habitualmente muy distinta a la nuestra.

Laura Gutman

Para pensar cuáles son las opciones que tiene un hombre para vivir su paternidad, es necesario abordar la totalidad de la vida de ese individuo. Básicamente, saber algo de su propia infancia para determinar qué capacidades tiene para el acercamiento emocional, y también para detectar cuáles son sus modelos vinculares.

Habitualmente, los hombres se relacionan mejor a través de las actividades. Por eso, el vínculo directo con los bebés o niños muy pequeños no les suele resultar fácil, ya que no hay mucho que “hacer”.

Por el contrario, a esa edad, los niños precisan alguien que “permanezca” en una actitud más femenina que masculina. Obviamente, no todos los varones tienen una modalidad acorde a esas necesidades específicas. De hecho, no es imprescindible que un padre ingrese directamente en el vínculo con los bebés o niños pequeños. Probablemente, eso se dará un poco más adelante, cuando el niño ya pueda hablar y sea capaz de participar en actividades propuestas por el padre.

En cualquier caso, lo mejor que le puede suceder a un varón que tenga intención de relacionarse con sus hijos pequeños es contar con la aprobación de su mujer. Este punto es importantísimo, ya que, usualmente, las mujeres pretendemos que los hombres se relacionen con nuestros hijos en común como a nosotras nos gustaría, y a veces sin querer, impedimos una relación espontánea entre padres e hijos.

Por otra parte, es frecuente que los desencuentros amorosos o los desacuerdos de la pareja se vean reflejados en pedidos desplazados: solicitamos al varón que haga tal o cual cosa con el niño, cuando en realidad lo que ocurre es que no somos capaces de pedirles cariño o atención hacia nosotras. Así, haga lo que haga el varón con relación al niño nos parecerá desacertado.

Dicho de otro modo: para abordar el vínculo entre padres y niños pequeños, tendremos que observar la calidad del vínculo de pareja. Que el varón pueda tener un acceso fácil y distendido a los hijos dependerá de la calidad de diálogo, de la comprensión y de la apertura que exista entre los adultos.

Construir una relación particular

Una vez que el niño ha crecido y puede entablar un vínculo más social, si el padre está dispuesto y tiene voluntad, será el momento perfecto para establecer un lazo genuino. Esto raramente puede ocurrir antes de que el niño cumpla tres años. Además, también depende de que la madre del niño habilite concretamente, apoye y defienda la relación –por momentos exclusiva– entre el padre y su hijo.

Quiero recalcar que el padre podrá relacionarse libremente con el pequeño, siempre y cuando el niño sienta que no entra en contradicción con el deseo de la madre.

Y eso depende de la capacidad de la madre de “entregar” al hijo. Es posible que estemos convencidas de que todas las mujeres esperamos que nuestras parejas tengan una relación profunda con nuestros hijos. Sin embargo, una cosa es recibir el tipo de ayuda que nosotras necesitamos, y otra muy disinta es que el niño mayor de tres años encuentre –fuera del vínculo con su madre– una modalidad propia de jugar, encontrarse y comprenderse con su padre.

La habilitación o el apoyo que todo niño merece por parte de su madre para relacionarse libremente con el padre funciona del mismo modo tanto si los padres son pareja como si se han separado. En ambos casos, padre y niño dependen de la facultad que otorga conscientemente la madre a favor de un vínculo cariñoso que puede tomar dimensiones propias.

También es importante saber que los hombres dependen de la mediación de una mujer para poder vincularse con los niños, como mínimo hasta que estos sean adolescentes. A partir de entonces, los jóvenes tienen la capacidad de nutrir y sostener el vínculo con su padre o con quien sea. Pero mientras son niños, no. Por eso, si el matrimonio sigue unido y el padre pretende tener una relación afectiva con sus hijos, lamentablemente va a depender de la mediación, las palabras y el deseo que tenga la madre de que este hombre se relacione con sus hijos, quizá de un modo diferente a como ella entiende que deberían ser las relaciones afectivas.

Mujeres que comparten el escenario

En caso de divorcio, a veces las cosas se complican. De entrada, porque con frecuencia las mujeres esperamos que los hombres se relacionen con los niños como si fueran una madre. Y resulta que no lo son. Por otra parte, es imprescindible saber que lo mejor que le puede pasar a ese hombre es contar con otra mujer que sea capaz de mediar en la relación entre él y los niños.

Sí, tener una novia es lo mejor que le puede ocurrir, siempre y cuando ella tenga interés, tiempo, disponibilidad y deseo de apoyar a su pareja en la tarea de sostener un vínculo cariñoso con los hijos.

Ahora bien, si el padre elige a una mujer que prefiere fantasear que está con un hombre solo o sin hijos, es poco lo que otras personas podrán hacer a favor del vínculo padre-niños.

Otra mujer habitualmente mediadora en esta relación es la abuela paterna. Si se trata de una mujer madura y generosa, sabrá ser un apoyo imprescindible para que su propio hijo perpetúe y profundice el lazo con sus hijos pequeños. A la madre –si está separada del padre– le hará bien saber que lo mejor que puede hacer es facilitar activamente el nexo entre los niños y su abuela paterna, ya que esa unión garantizará un mejor vínculo futuro entre el padre y sus hijos.

Las cosas en el mundo masculino no siempre suceden como las mujeres fantaseamos. Y está muy bien que ocurran de un modo diferente. Lo que pasa es que las mujeres nos otorgamos cierta jerarquía en los asuntos afectivos.

Sin embargo, si queremos asumir todos los roles, los niños salen perdiendo.

Y si queremos imponer nuestro punto de vista sobre cuál es la mejor manera de relacionarse con los hijos, también.

Los hombres tienen modelos internos diferentes. Habitualmente conversan menos, pero hacen más. Prefieren sugerir a los niños asistir a un evento deportivo o ir al cine a ver una película que quedarse en casa. También puede suceder que les resulte más fácil relacionarse con los niños que con las niñas, y no está mal que así sea. Las mujeres –en la medida que comprendamos los beneficios y las desventajas de las modalidades relacionales masculinas– podremos apoyar, sugerir, facilitar, dar ideas o hacernos cargo de una parte, para que el varón pueda desplegar la que sí es capaz de asumir.

Actuar pensando en los niños

En ocasiones, las mujeres delegamos en la figura del varón cierto autoritarismo negativo y temeroso porque no somos capaces de asumir nuestros puntos de vista frente a los niños. De más está decir que esa es la peor manera de lograr que padre e hijos sostengan una relación amable y afectuosa.

Insisto en que es función de la madre, o de la persona maternante, ofrecer a los niños una imagen positiva, cariñosa, amable y respetuosa del padre.

Es función de la madre establecer la disponibilidad y el acercamiento de los hijos hacia el padre. Luego él hará su parte... o no, lo que dependerá de sus capacidades afectivas, de su entrega y del interés que tenga en relacionarse con sus hijos. Eso es algo que las mujeres no podemos controlar. Pero lo que sí podemos hacer es preparar a los niños para que estén deseosos de encontrarse con él.

Hay ocasiones en las que el padre tiene su libido alejada de las relaciones afectivas. No nutre ni su relación de pareja, ni la relación con los hijos, ni las relaciones de amistad. En estos casos, es probable que el varón haya pasado por experiencias de relativa pobreza emocional y bastante desamparo durante su infancia, y que, por lo tanto, este no sea el terreno en el que se siente más cómodo.

Eso no significa que no ame a sus hijos, simplemente no sabe cómo demostrar su amor.

Entonces, con calma y paciencia, las mujeres podremos buscar modelos alternativos a favor de los niños, porque no hay nada más tranquilizador que abordar la realidad tal como es, en lugar de forzar situaciones que responden a fantasías o anhelos imposibles.

Del compromiso a los nuevos retos

Es verdad que mujeres y hombres estamos perdiendo los lugares de identidad que hemos ocupado históricamente. Hoy en día, los hombres no son solo proveedores económicos, ni las mujeres nos dedicamos solo a las tareas del hogar. Todos pretendemos un mayor compromiso en los vínculos, una mayor participación en la crianza de los niños, un apoyo mutuo en el devenir de nuestras vidas. Los retos son mucho más complejos. Sin embargo, a veces llegamos a la maternidad y a la paternidad sin suficientes recursos emocionales para hacernos cargo de la situación de manera satisfactoria.

Por otra parte, la mayoría de nosotros provenimos de historias familiares en las cuales nuestros padres no estuvieron afectivamente presentes, por lo tanto, los hombres jóvenes se encuentran ante un doble reto: desplegar la propia paternidad sin tener referencias personales.

Tienen que inventar cómo amar a los hijos sin haberse sentido amados durante su propia infancia. Y cómo cumplir varias funciones desde un rol masculino que históricamente no ha reconocido ambivalencias, reencontrándose como hombres valiosos, proveedores, amorosos y completamente entregados.

Este camino requiere no solo la voluntad y el deseo ferviente de cada uno de los hombres que se han convertido en padres, sino también el apoyo del conjunto de la comunidad.

Requiere que la sociedad entienda por fin que cada hombre que pueda desarrollar el amor hacia los hijos sembrará una semilla más de apertura y solidaridad hacia la humanidad.

Afectos en equilibrio

Algunos niños pequeños tienen la fortuna de contar con un padre cariñoso, juguetón, cálido, presente, tierno y muy disponible.

A veces estos padres ocupan el rol de la blandura, mientras la madre es la persona más enérgica de la casa, la más rígida o, incluso, la más distante.

Entonces el niño sabe que en brazos del padre encontrará calma y sosiego. En cambio, en presencia de la madre encontrará orden y estructura.

Mientras ambas energías estén presentes y en armonía, independientemente de quién ocupe cada rol, todo será beneficioso para el niño.

Y mientras los adultos no pretendamos que el otro cambie, sino que todos aprovechemos los recursos genuinos de cada uno, estas virtudes redundarán positivamente en toda la familia.

Cuando la distancia los separa de sus hijos

Si el padre vive en otra región o en el extranjero –por las razones que sea–, y desea mínimamente conservar el vínculo con sus hijos, va a necesitar la colaboración permanente de la madre de los niños con el fin de sostener, en el tiempo y en la distancia, el mayor vínculo de intimidad posible.

Hoy la tecnología permite saltarnos todas las ditancias. Internet y las webcam facilitarán el contacto inmediato entre padre e hijos. Pero si los niños son pequeños, tendremos que prepararlos. Recordarles que a tal hora encontrarán al padre aunque sea virtualmente en la pantalla del ordenador.

Los ayudaremos a poner palabras, a contar sus juegos y sus actividades cotidianas, a formular preguntas y a escuchar todo aquello que el padre desee transmitirles.

Es una tarea posible. Solo hay que tomar la decisión de apoyar este vínculo y prestar la ayuda que sea necesaria.

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