Aprender a amar nuestro cuerpo

MATERNIDAD PLENA

Aprender a amar nuestro cuerpo

Destinado al amor, acogedor y nutritivo, el cuerpo de una madre es hermoso. Combatir la mentira de que los cambios afean depende, en parte, de nosotras.

Laura Gutman

Todos sabemos que hoy se sobrestima la delgadez y la firmeza del cuerpo de la mujer, al igual que la juventud, claro. No está mal. La juventud es maravillosa para un sinnúmero de situaciones vitales. Pero no es verdad que sea el mejor momento de la vida. Ni el más feliz, ni el más interesante, ni el más provechoso ni el que aporta mayor enseñanza espiritual. Es llamativo que, al unísono, estemos de acuerdo en que ser joven y delgado es mejor. Y si un individuo es mujer, no solo es mejor, sino que es esperable.

Algunas de nosotras, en algún momento de la vida, nos quedamos embarazadas. Somos mamíferas, lo que significa que el niño crece dentro del útero materno, y que este va a aumentar de tamaño durante nueve meses para darle cabida. Para que un cuerpo pueda albergar tanto peso concentrado en un solo lugar, tiene que modificarse por completo. Por eso se ensanchan las caderas, los brazos, las piernas y la espalda. El cuerpo entero se prepara, no solo para albergar al bebé, sino también para preparar su pasaje fuera del seno materno. Estas transformaciones son maravillosas y bellas en sí mismas. Sobre todo porque son perfectas: están “diseñadas” para que el desarrollo, crecimiento y nacimiento del niño ocurra en condiciones físicas óptimas.

Es verdad que estos últimos años hemos aprendido a admirar la belleza de las mujeres embarazadas, a diferencia de lo que ocurría hace apenas una generación, cuando nuestras madres no mostraban sus vientres abultados, ni vestían bikinis durante el verano dejando la barriga al aire. Dentro de las concepciones habituales sobre lo que era correcto o adecuado, había que ocultar el vientre. Hoy eso no ocurre tanto; de hecho, solemos sentirnos cómodas y seductoras con el cuerpo de embarazadas.

Sin embargo, no ocurre lo mismo después del parto. Quizás por la falsa expectativa de creer que, después del parto, el cuerpo vuelve a ser el de antes. Esta creencia está basada en un conjunto de suposiciones según las cuales “toda nuestra vida” debería volver a ser similar a ese pasado remoto en que aún no había un niño en nuestros planes. Nada más alejado de la realidad. Nosotras cambiamos, nuestro cuerpo cambia, y el mundo ha dado un vuelco en todos los sentidos. Probablemente la palabra exacta sea “crecimiento”. Nuestro cuerpo también “crece”, y va a seguir haciéndolo conforme siga creciendo nuestro hijo.

Un espacio acogedor

Si pretendemos recuperar el mismo cuerpo que nos albergaba antes de ser madres, la decepción será inmensa. Es una tarea innecesaria y carente de sentido. Porque el niño precisa un cuerpo blando, redondo, acogedor, lleno, mullido. Nada de delgadez ni de huesos duros. Los pechos se inflaman, los brazos se engrosan, las caderas se ensanchan. Todo el cuerpo materno necesita mayor superficie para acoger y abrazar a la criatura. El niño reposará feliz en un cuerpo amable.

Y sucede algo más: a los hombres les encantan las mujeres más redondas. Más voluptuosas. Somos las mujeres quienes nos tratamos con dureza y desprecio, quienes creemos que hemos perdido todo el encanto y que ya no somos dignas de ser miradas y amadas con nuestra hermosura a cuestas. La suposición de que el cuerpo sensual de una mujer puérpera no es espléndido es una construcción que hemos fabricado las mujeres y que luego sostenemos entre nosotras, sin que nadie nos lo haya pedido. Ni los niños, ni los hombres.

Realidades en sintonía

Claro que no se trata de abandonarnos. Al contrario, es momento de cuidarnos con celo, ya que nosotras, a nuestra vez, tenemos que cuidar al niño. Pero cuidarse no es pretender estar anormalmente delgadas. Es alimentarnos bien, tomar comidas nutritivas y sabrosas, caminar –en lo posible todos los días–, encontrar momentos de relajación y placer. También es un período para ser abrazadas y acariciadas. Sí, nuestro cuerpo tiene que ser tocado para que nos sintamos bien y para que pueda seguir floreciendo. Si tenemos la posibilidad, sería ideal recibir masajes o, al menos, encontrar un instante para frotarnos el cuerpo con vigor para renovar energías.

Por lo tanto, nos corresponde a nosotras, las mujeres, aprender a amar a nuestro cuerpo cambiante, ese cuerpo capaz de adaptarse a las necesidades de nuestro hijo, porque eso sí que es algo magnífico y bello. Y por otra parte, sería interesante comprender que nuestro cuerpo refleja fehacientemente aquello que nos pasa después de dar a luz; manifiesta el movimiento hacia nuestro yo interno, estando en contacto permanente con un pulso introspectivo y silencioso. Este retiro espiritual es indispensable, porque más adelante funcionará como una fuente de energía. Es un período de la vida excepcional, en el que podemos darnos el lujo de despojarnos de prejuicios, mandatos, exigencias o demandas externas, y concentrarnos únicamente en nosotras mismas y en lo que nos pide el bebé. Nuestro cuerpo reaccionará en una sintonía perfecta, generando alimento para el niño, y belleza y plenitud para nosotras.

Cuidarnos y amarnos

El cuerpo de cada mujer que se convierte en madre es hermoso, sencillo, acogedor y tranquilo. Es un cuerpo destinado al amor. No es un cuerpo para ser consumido por las miradas de los otros, sino que está preparado para nutrir y proteger a su bebé. Por eso, no puede ni debe parecerse al cuerpo de una doncella, ya que, en ese caso, el que se vería desprovisto de sustancia materna sería el niño pequeño.

Es verdad que estamos condicionadas por parámetros muy raros en relación a lo que es valioso y lo que no, glorificando la inmadurez y la firmeza, y descalificando la experiencia y la introspección. Por eso, la tarea consciente de cada madre es indispensable en estos tiempos atravesados por modas de dudosas intenciones. Creer colectivamente que los cambios corporales producidos después de albergar a un niño son feos o inoportunos es, simplemente, una mentira contada por algunos y creída por todos. Sería una auténtica pena olvidarnos del propósito del cuerpo femenino, capacitado para engendrar, dar a luz, producir leche y prodigar cuidados amorosos. Cuidar y amar nuestros cuerpos de mujeres es nuestra obligación, porque los necesitamos saludables y conectados.

Que nuestro físico pierda firmeza durante el puerperio es algo completamente imprescindible para entregarnos a las necesidades del niño recién nacido y para sumergirnos en las profundidades del ser. Si quedáramos muy atadas al físico de la joven doncella, difícilmente estaríamos dispuestas a soltar amarras. En estos momentos necesitamos la belleza de la blandura y la fluidez de los tejidos para desparramar el amor y la sabiduría que la maternidad trae consigo.

  • Definitivamente, es tiempo de amarnos más y de saber que no necesitamos “volver a ser las de antes”, porque “eso que fuimos” no fue necesariamente mejor. Pertenece a otra realidad, a otros momentos de nuestras vidas.

Lograr una recuperación armónica

  • Mientras amamantamos, obviamente nuestros pechos aumentan considerablemente de tamaño y es posible que necesitemos varios meses hasta “ponernos de acuerdo”, nuestros pechos y nosotras.
  • Por otra parte, si logramos instalarnos cómodamente en la lactancia, si la leche fluye y si el vínculo con el bebé fluye, la totalidad de nuestro cuerpo se recuperará más armónicamente que si no hemos dado de mamar. A pesar de lo que comúnmente se cree, no son las sesiones de gimnasia o de aeróbic las que nos ayudarán a recuperar nuestra silueta... sino ¡la lactancia!
  • ¿Cuánto tiempo debería pasar tras el parto para que nos sintiéramos totalmente recuperadas? Esa es una sensación muy personal, una sensación que dependerá de la experiencia que hayamos tenido durante el proceso del parto, del vínculo con nuestro hijo y de nuestras percepciones sobre nosotras mismas. Pero, habitualmente, nos sentimos realmente restablecidas cuando han transcurrido unos dos años desde el nacimiento del bebé.
  • El resurgimiento de cierta autonomía física y emocional coincide con una recuperación del cuerpo, y es independiente de lo que hayamos hecho corporalmente. Estamos hablando de tiempos prolongados. Vale la pena tener paciencia y confianza en que el cuerpo se acomodará a nuestra realidad personal y familiar.

La cuestión del peso

  • Tener durante un tiempo un peso corporal un poco más elevado del que solíamos tener antes del embarazo es necesario para cobijar al niño, alzarlo, acunarlo, protegerlo y alimentarlo.
  • No es imprescindible perder todo el peso acumulado durante el embarazo en pocos meses. Si hemos aumentado demasiados kilos, la mejor manera de perderlos paulatinamente es dando de mamar. Sepamos también que no es necesario comer por dos; simplemente, hay que dejarse guiar por el apetito y elegir alimentos saludables.
  • Aquellas mujeres que, por el contrario, han perdido demasiado peso debido al cansancio y las noches sin dormir, precisan ayuda: lo ideal sería que alguien les preparara y les sirviera la comida. A veces tenemos tendencia a olvidarnos de nosotras mismas, y el momento de nutrirnos pasa a un último plano. Por eso necesitamos que alguien nos cocine y nos sirva un buen alimento –y en lo posible que nos acompañe a la hora de comerlo–, ya que tenemos tendencia a utilizar esas pausas para dormir.