Respetar la autorregulación

CRIANZA CON RESPETO

La autorregulación es un camino hacia la felicidad

Si no hay dos personas idénticas, ¿por qué pensamos que todos los niños crecen igual y tienen las mismas necesidades? Respetar sus ritmos es nuestro modo de ayudarlos a convertirse en adultos felices.

Jesús García Blanca

Casi la cuarta parte de nuestros escolares no acaba la ESO. Todos los expertos coinciden en que este “fracaso” tiene su origen en la primaria. Cualquier persona que pise las aulas de un instituto se da cuenta perfectamente de lo poco que motivan las clases a los alumnos. Incluso los que sacan buenas notas –un grupo cada vez más reducido– lo hacen por presión de padres y maestros, miedo al fracaso o sentido del deber. Y luego están los “inadaptados”, que cada vez ocupan más tiempo de orientadores y psicólogos. Se calcula que entre un seis y un 10% de niños mayores de seis años presenta Trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH). Eso en España supone más de 600 mil niños y niñas, y gran parte de ellos con otros diagnósticos asociados: “Trastorno Oposicionista Desafiante” y una larga lista de trastornos disociales, emocionales, de la comunicación o de aprendizaje.

Estos datos, y muchos otros similares, nos están diciendo a gritos que no solo el sistema educativo, sino toda nuestra concepción de la crianza y la educación, está fracasando estrepitosamente, y que en lugar de contribuir a que seamos más libres, más felices y creativos, y capaces de cooperar en sociedades armónicas y equilibradas, lo que producimos es un ejército de ciudadanos frustrados que, en el mejor de los casos, acumula bienes materiales a costa de un enorme vacío interior y, en el peor, engrosan las listas de pacientes medicados con toda clase de sustancias depresoras y tóxicas.

¿Es posible romper este círculo vicioso en el que adultos infelices deciden cómo educar a hijos que terminan convirtiéndose a su vez en padres y madres infelices? Desde los años treinta del pasado siglo, una serie de investigadores en numerosos campos del saber han ido aportando descubrimientos y experiencias que han permitido, por una parte, comprender mejor los trastornos, el sufrimiento y la infelicidad humana, y por otra, dibujar un mapa del desarrollo sano del mamífero humano. Todo ello nos da la posibilidad de aprender a protegerlo y potenciarlo en todo el ciclo vital: concepción, embarazo, parto, crianza, educación.

Objetivo: ser felices

El descubridor del inconsciente, el neurólogo austríaco Sigmund Freud, desveló la existencia de impulsos y emociones “invisibles” que tienen un peso determinante en nuestro comportamiento, pero que chocan con la rígida reglamentación de nuestras sociedades basadas en la autoridad. Ante ese conflicto, Freud planteó que una parte de esos impulsos naturales son negativos o destructivos, y que el objetivo de la educación es “enseñar al niño a dominar sus instintos”, una idea mayoritariamente aceptada por una sociedad compulsiva que se impuso en las instituciones educativas así como, en la crianza y en la educación en familia.

Afortunadamente, no todos los seguidores de Freud opinaban como él. Concretamente, un psiquiatra vienés llamado Wilhelm Reich se atrevió a contradecir al maestro al plantear que lo que fallaba en ese conflicto no era el individuo, sino la sociedad, y que por tanto es esta la que debemos cambiar, sobre todo los modelos educativos castradores y represivos que son los que provocan esos impulsos destructivos que Freud achacaba a la naturaleza.

Ese camino llevó a Reich mucho más allá del psicoanálisis, y se puso a explorar el complejo mundo del ser humano en un recorrido vital y profesional que le hizo descubrir que la energía vital no era ese ente abstracto y metafórico que los psicoanalistas llamaban “libido”, sino una energía palpable y medible de la que habían hablado todas las antiguas tradiciones y que él denominó “orgón”, la energía vital cósmica primordial, base de las emociones y la sexualidad. Reich desarrolló una fórmula de regulación de esa energía: tensión-carga-descarga-relajación, que funciona en toda la red de la vida, desde los seres unicelulares hasta las galaxias, y que se manifiesta en las contracciones de una ameba y en la formación de huracanes y tornados.

La base pedagógica para la autorregulación se debe al pedagogo inglés Alexander Neill, quien, impactado por los horrores que contempló durante la Primera Guerra Mundial y convencido de que las raíces de esa violencia se hallaban en la educación, fundó en 1921 la escuela de Summerhill (Inglaterra) para poner en práctica sus principios, los cuales se basaban en la confianza en las potencialidades naturales de los niños. Posteriormente, Reich y Neill se conocieron y comenzaron a trabajar juntos: los descubrimientos del primero y la experiencia del segundo sentaron las bases para una educación que respetara la libertad y las capacidades naturales de la infancia.

Cuando los modelos educativos represivos bloquean el flujo de esa energía frustrando los impulsos naturales, acallando las emociones, aplastando la espontaneidad y la creatividad, esa energía se estanca alimentando la angustia, y al mismo tiempo, el organismo se defiende creando una coraza que impide o altera la comunicación armónica con el exterior y con nuestro propio ser. Y es que solamente un cambio radical en nuestra forma de dar a luz y criar a los niños y las niñas puede contribuir a una sociedad armónica de adultos felices, y ese cambio debe consistir en respetar el desarrollo natural y confiar en las potencialidades y la bondad innata de las criaturas.


Un camino complejo

La autorregulación es un camino, a veces difícil y complejo, hacia la felicidad, que incluye nuestro crecimiento interior, así como nuestras relaciones con los demás y con el planeta Tierra.

A partir de esa conciencia de pertenencia a un todo podemos concebir de otra manera nuestro recorrido vital, el cual, hasta ahora, ha sido distorsionado mayoritariamente por sistemas educativos represivos. En el extremo opuesto está la autorregulación, es decir:

  • respetar a los niños
  • valorar sus intereses y sus ideas
  • facilitarles el contacto, la búsqueda y la exploración del mundo que los rodea
  • dejar que sigan su camino a su propio ritmo, aunque esto signifique que se manchen de barro, se mojen, se llenen la ropa de pintura, de mantequilla o de salsa de tomate, porque la suciedad –que tanto incomoda a los adultos acorazados– va ligada a la libertad, al juego, a la creatividad y al contacto con los saludables elementos de la naturaleza.

Pero eso no supone desentendernos de ellos, sino estar siempre de su lado, escucharlos, acompañarlos, consolarlos, apoyarlos sin imponerles nuestras necesidades ni expectativas, ni tan siquiera nuestra ayuda o cariño.

Se trata de permitir que tomen sus decisiones, que expresen libremente sus emociones: la alegría, el asombro, pero también el llanto, el miedo... En definitiva, todo lo que los hace sentir vivos.

El niño obediente, normalizado y acorazado es un niño poco vivo; y el adulto que quiere relacionarse con ese tipo de niños y lo considera el ideal de desarrollo es también un adulto que renunció a la vida, a lo espontáneo, y que está incapacitado para dar el paso que necesitamos hacia una sociedad más libre y sana.

Respetar la autorregulación de los niños supone preguntarnos a nosotros mismos si estamos capacitados para acompañar a nuestros hijos en un proceso de descubrimiento y desarrollo de sus propias capacidades, sin utilizarlos y sin que ellos nos utilicen a nosotros, en una relación armoniosa de libertad y respeto.

Tres conceptos clave

  • Energía. Frente al concepto abstracto y metafórico de "líbido " que propuso Sigmund Freud, el descubrimiento más importante de Wilhelm Reich fue el de la energía de la vida, palpable, medible y presente en todo el cosmos.
  • Fluir. La energía vital fluye en un permanente proceso de carga y descarga: desde las contracciones de una ameba microscópica hasta las descargas eléctricas de una tormenta, así como la formación de huracanes y tornados.
  • Sexualidad. La clave de la sexualidad es la energía que pulsa y fluye en los seres vivos, pero para eso se necesita un desarrollo sano y libre de frustraciones, que haya permitido a los niños crecer expresando sus emociones.

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