Claves al trabajar en casa

MATERNIDAD PLENA

Claves al trabajar en casa

Desplegar nuestra actividad profesional en el hogar pudiendo hacer un alto cuando el bebé nos necesite. De entrada parece la solución perfecta. Pero solo lo será si delimitamos bien los espacios y los tiempos.

Laura Gutman

Algunas mujeres tenemos la suerte de poder realizar nuestro trabajo desde casa. Somos traductoras, ilustradoras, escritoras, contables, periodistas, modistas o diseñadoras gráficas. Hemos tenido un bebé y hemos establecido nuevas pautas. Por un lado, necesitamos trabajar; por el otro, no queremos dejar a nuestro bebé. Si somos autónomas, hemos desplazado nuestra oficina a casa. Si somos empleadas, probablemente hayamos llegado a un acuerdo satisfactorio con nuestros empleadores, asegurándoles los mismos resultados, que nos permite no perder el tiempo en embotellamientos urbanos y seguir amamantando a nuestro bebé. La situación parece ideal. Y en ciertos aspectos lo es.

Pero ahora viene la parte invisible: estar en casa no significa necesariamente estar con el bebé, aunque el bebé esté presente en nuestra oficina hogareña permanentemente. O digámoslo de otro modo: nosotras podemos tener la sensación de haber estado todo el día con el bebé, pero el bebé tiene la sensación de haber estado mirando a una madre ocupada, hablando por teléfono o resolviendo sus problemas frente a la pantalla de su ordenador.

Y él esperando. Esperando que mamá se desocupe.

Momentos de confusión

Es difícil que nos demos cuenta de lo que está sucediendo porque estamos abrumadas tratando de asumir lo mejor posible tanto la tarea de maternar como la obligación de trabajar. Por otra parte, nos sentimos privilegiadas, ya que logramos hacer ambas cosas a la vez.

Pero en algún momento el bebé se va a quejar.

Y nosotras sentiremos que es injusto, porque resulta imposible hacer algo más. ¡Ya hemos hecho todo lo que estaba a nuestro alcance! Pues bien, no es momento de hacer más, sino de repartir el tiempo en franjas horarias bien específicas, casi como si estuviéramos en una oficina externa.

Sí. Mientras trabajamos, aunque sea en casa, necesitamos que haya otro adulto que se ocupe del bebé, de lo contrario el niño estará solo aunque estemos en la misma habitación. Es esencial procurar la presencia de un adulto que observe al bebé en la franja horaria que necesitamos introducirnos mentalmente en el trabajo. Después tendremos más conciencia de cuál es la franja horaria en la que nos dedicaremos exclusivamente al niño. Pueden ser quince minutos o media hora, no importa.

Pero sí es necesario que en ese lapso de tiempo el contacto con el bebé no esté inundado de las demandas del trabajo.

Justamente, cuando trabajamos en casa, logramos que esa tarea se vuelva invisible, y de este modo, sin darnos cuenta, trabajamos doce horas o más. Trabajamos de noche, trabajamos sábados y domingos, porque siempre estamos buscando el momento suplementario, el instante en que el bebé por fin se duerme o está tanquilo, para resolver lo que nos ha quedado pendiente.

Esa es la trampa más frecuente del trabajo en casa.

Por lo tanto, tenemos que poder mirar con honestidad cuánto tiempo real dedicamos a las necesidades de la criatura en esta vorágine por cumplir con todas nuestras obligaciones.

Un diagnóstico de la situación

Algo que podemos hacer para registrar nuestros movimientos es anotar en una agenda todo lo que nos queda por hacer, incluyendo los momentos que estaremos con el niño. Esto puede parecernos chocante. ¿Cómo vamos a anotar en una agenda el tiempo que vamos a dedicar a nuestro hijo como si fuera una obligación suplementaria? Sin embargo, es un ejercicio. Porque si en nuestro bloc no está escrito que en ciertas franjas horarias nos toca estar con el niño... las urgencias laborales acaban inundando todos los espacios reservados al juego, el alimento, la presencia o la disponibilidad afectiva.

Es similar al ejercicio que hacemos cuando seguimos una dieta determinada: escribimos aquello que hemos ingerido y así tenemos un mayor registro de los alimentos que hemos comido saltándonos el régimen. El propósito es hacer visible algo que solo el niño registra: la falta de disponibilidad materna.

Posiblemente, al actuar de esta manera, en ocasiones observaremos que “permanecer en casa para no descuidar al niño” se ha quedado en una mera intención. Hemos logrado exactamente lo contrario. El niño no solo no está cuidado ni cobijado por nosotras, sino que está tremendamente solo.

Disponibilidad auténtica

Si eso es lo que ha acontecido sin que nos demos cuenta, siempre podemos pedir ayuda a alguna persona de confianza para que esté en casa mientras nosotras trabajamos. De ese modo nos aseguraremos de que el niño está bien atendido. Luego será indispensable que acotemos los horarios y nos concentremos durante cierto tiempo en el trabajo, para luego terminarlo o dejar lo que haya quedado pendiente para el día siguiente.

Una vez concluido el trabajo de ese día, podremos “regresar” a casa, aunque eso signifique ir desde nuestra habitación hasta la habitación del niño. De este modo, la situación será más clara para todos.

El niño sabrá que hay momentos en los que su madre está ocupada, pero otros momentos en los que está absolutamente disponible y entregada a la crianza.

Dar marcha atrás sin miedo

Frecuentemente, después de algunos meses de prueba, las mujeres decidimos recoger nuestros bártulos y trabajar fuera de casa. A veces lo sentimos como un fracaso. Sin embargo, no lo es.

En casa, el tiempo de las mujeres se escurre entre las tareas maternantes y las tareas del hogar. Todo sucede en el mismo ámbito. Si, además, existe un trabajo externo que tiene que ser cumplido a su tiempo, las horas se desdibujan completamente.

A los hombres no les sucede lo mismo, al menos no con la misma intensidad: algunos son capaces de trabajar dentro de casa porque no sienten la llamada permanente de los niños pequeños ni de las obligaciones domésticas. Pero no tenemos por qué ser todos iguales. A las mujeres nos suceden ciertas cosas y a los hombres, otras.

¿Cuál es la edad ideal de los niños para que las mujeres decidamos trabajar fuera de casa, teniendo ambas opciones? No hay una edad ideal. Lo único esperable es que seamos honestas con nosotras mismas y evaluemos si estamos respondiendo a un ideal autoimpuesto de madre maravillosa y mujer ejemplar, o bien si estamos tomando las mejores decisiones con relación a nuestra realidad concreta y cotidiana.

  • Revisemos nuestra economía.
  • Revisemos los acuerdos económicos con la pareja.
  • Observemos nuestra personalidad para saber si, efectivamente, toleramos estar en casa sin contacto con el mundo externo.
  • Tomemos en cuenta las personalidades de los niños pequeños y cómo manifiestan sus necesidades.
  • Reflexionemos sobre la eficacia de nuestro trabajo cuando atendemos a nuestros hijos pequeños simultáneamente.
  • Barajemos nuestras prioridades.
  • Y, sobre todo, no pidamos consejos externos. Nosotras sabemos qué es lo que nos conviene más.

El secreto es no tratar de hacer lo correcto, sino lo que creemos que nos dará mayor confort. Y si nos equivocamos, siempre podemos cambiar. No es grave. Son apenas ejercicios de acomodamiento que hemos iniciado con el nacimiento de un hijo y que, desde ahora, nos acompañarán siempre. Acomodarnos. Cambiar. Equivocarnos. Volver a probar. Y reírnos de nosotras mismas.

Embarcarse en negocios familiares

Es la fantasía de muchas personas: montar un negocio propio, ponerlo en marcha en casa con socios o con empleados mientras criamos a los niños. ¿Es posible? Sí, es posible, pero es importante que las cosas estén bien definidas para que los niños se beneficien.

A veces se trata de un negocio familiar. En este caso, por casa circulan tíos, primos y abuelos de las criaturas. La parte positiva es que los niños pequeños están rodeados de personas cariñosas que los aman, los alzan, juegan e interactúan con ellos.

Si se trata de una familia que disfruta de un buena comunicación y buenos acuerdos, la situación no puede ser más maravillosa desde el punto de vista de los niños. Pero también es cierto que puede suceder todo lo contrario: que la familia tenga negocios en común, pero que sus miembros no se lleven bien. Llegados a este extremo, los niños acaban siendo rehenes de las disputas constantes en medio de un clima de trabajo.

En todos los casos, al valorar el beneficio que obtienen nuestros hijos cuando permanecemos más tiempo con ellos, pensemos en la realidad circundante y no solo en lo que nos gustaría que aconteciera.

Trabajar y estar con los niños al mismo tiempo es ideal. Pero revisemos si las circunstancias personales o familiares nos acompañan para llevar a cabo nuestros anhelos sin dificultades añadidas.

Un espacio adecuado

Si trabajamos en casa y tenemos niños, necesitaremos un espacio específico para desplegar nuestra tarea y no inundar con nuestros objetos, máquinas, papeles u ordenadores las habitaciones utilizadas para la convivencia cotidiana. Los adultos también merecemos un espacio adecuado para trabajar, para ser creativos, para concentrarnos o para ser eficaces.

Puede suceder que en nuestro afán por estar tranquilos, terminemos echando a los niños de casa. No está mal. Quizá los niños puedan aprovechar para ir a casa de sus abuelos o dar un paseo con otros adultos.

Tomemos decisiones a conciencia. Si el espacio físico no es compatible con el despliegue de nuestro trabajo en casa, cambiemos. Busquemos otras soluciones. Pensemos con creatividad. Atrevámonos a buscar opciones poco convencionales. Pero estemos todos confortables.

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