Evitemos compararlos

LIBRO RECOMENDADO

Cómo dejar de comparar a nuestros hijos

Hermanos no rivales (Medici) es un recomendable libro que nos ofrece de una forma entretenida una nueva perspectiva sobre las muchas veces complicada relación "entre hermanos" de nuestros hijos, dejando muy claro la importancia que tiene nuestro papel como padres a la hora de ayudarlos a aprender a convivir y relacionarse. Las siguientes palabras son un extracto adaptado de ese libro.

Adele Faber, Elaine Mazlish

Es fácil caer en la tentación de comparar a nuestros hijos. Es más, la mayoría de los padres lo hacen tarde o temprano. Pero, aunque te parezca imposible, se puede evitar. Basta con que describas lo que no te gusta. ¿A que no es tan difícil?

Comencé la sesión preguntando al grupo si podían explicar las distintas maneras con que los adultos contribuimos a la rivalidad entre hermanos. Y alguien exclamó: “¡Comparando!”. Nadie se opuso. Todos estaban de acuerdo en que al comparar potenciamos claramente la competitividad entre hermanos, así que me pareció interesante intentar averiguar qué es lo que sienten los niños cuando se los compara.

–Imaginemos que sois mis hijos y decidme cuál es vuestra reacción visceral frente a las siguientes afirmaciones: “Lisa tiene muy buenos modales para comer. Nunca lo hace con los dedos”. “¿Cómo has podido dejar tus deberes para el último momento? Tu hermano siempre termina antes de tiempo”. “¿Por qué no te portas como Gary? Él siempre va tan aseado. Da gusto verlo”.

La respuesta fue inmediata: “Voy a darle a Gary un revolcón en el barro”, “No lo soporto”, “Todo el mundo te gusta más que yo”, “No sé hacer nada bien”, “No me quieres tal y como soy”, “Nunca lograré ser como quieres que sea, así que, ¿para qué esforzarme?”, “Si no puedo ser el mejor de los mejores seré el mejor de los peores”.

Me asombró la intensidad de la rabia y de la desesperación en las respuestas. En especial, la última afirmación. ¿Es posible que haya niños que decidan llamar la atención siendo malos porque no pueden llamarla portándose bien?

Algunos miembros del grupo se apresuraron a corroborar esa posibilidad con ejemplos de su propia experiencia.

Sin embargo, una mujer negó con la cabeza y afirmó: “No siempre es así. Hay niños que no son tan luchadores y abandonan. Es lo que hice yo. Mi madre me hizo saber de tantas maneras lo fantástica que era mi hermana Dorothy y lo inepta que era yo respecto a ella que llegué a preguntarme por qué me había tenido a mí primero. Lo mejor que he hecho en mi vida es trasladarme a 1000 kilómetros de ambas, de mi madre y de mi hermana. Incluso ahora temo las vacaciones porque mi madre sigue irritándome. En cuanto me ve comienza: ‘¡Qué peinado tan soso! Deberías cambiártelo, como tu hermana’. ‘¿Qué tal van Jennifer y Allen en la escuela? Los de Dorothy son los mejores de la clase.’ Necesito semanas para recuperarme de estas visitas”.

Se oyeron murmullos de reconocimiento.

–¿No nos estamos pasando? –dijo una mujer–. Estos ejemplos son extremos. A veces comparo a mis chicos, pero dudo que les esté causando algún mal.

El grupo me miró y yo le pregunté cuándo lo hacía.

–No lo hago siempre –dijo ella a la defensiva–, ni siquiera estoy segura de que a eso se le pueda llamar comparación. Es más un modo de motivarlos. Por ejemplo, a Zachary le digo: “Álex termina los deberes antes de ir a dormir. Papá y yo nunca tenemos que darle la lata con eso”. Pero nunca le preguntaría por qué no es como Álex.

La hermana de Dorothy intervino:

–Ni falta que hace –afirmó con vehemencia–. Te aseguro que Zachary recibe el mensaje alto y claro. Sabe que su hermano hace lo correcto y él no.

–Pero no siempre pongo a Álex como ejemplo –arguyó la mujer–. A veces elogio a Zachary diciéndole que en algunas cosas él es mejor que Álex.

–¡Eso es igual de malo! –estalló la hermana de Dorothy–. Es lo que mi madre hacía. Recuerdo una vez que me dijo que era más ordenada que Dorothy. Entonces me sentí fabulosa, pero luego empecé a preocuparme de verdad. ¿Podría mantener ese nivel? Y si lo lograba, ¿qué pasaría si Dorothy se volvía más ordenada? ¿En qué posición quedaría? Seguro que mi madre pretendía animarme, pero lo único que logró es volverme más competitiva respecto a mi hermana. Y también respecto a cualquier otra persona. Necesité todo un año de terapia para darme cuenta de que siendo ya adulta seguía haciéndome a mí misma lo que mi madre había hecho conmigo. Me di cuenta entonces de lo mal que me hacía sentir al compararlo todo constantemente con las otras personas. En fin, por experiencia puedo decir que hay que alejarse de las comparaciones. No aportan más que infelicidad.

–Es curioso –comenté entonces al grupo–. Cuando mis niños eran pequeños me juré no compararlos, pero lo hice una y otra vez. De haber oído lo que decía me habría sorprendido de que fuera yo quién hablaba. Me di cuenta de lo que ocurría. Los comparaba cuando me enfadaba (“¿Por qué tienes que ser tú el que hace esperar a toda la familia? ¡Tu hermano lleva 10 minutos en el coche!”). Los comparaba cuando estaba orgullosa (“¡Eso es fabuloso! Tu hermano lleva una hora trabajando en esto y a ti se te ha ocurrido en minutos”). En cualquier caso, lo único que daba esa actitud eran problemas.

Y eso es lo que me ayudó a romper ese patrón. Cada vez que sentía la tentación de compararlos me decía: “Para. No lo hagas”. Sea lo que sea lo que quieres decirle lo puedes hacer directamente, sin aludir a su hermano. La palabra clave es describir. Describe lo que ves, lo que te gusta o te disgusta. Lo importante es mantenerse centrado en la conducta del niño. Nada de lo que hace o deja de hacer su hermano tiene que ver con él.

A cada uno lo suyo

No los puedes tratar igual

  • En vez de cantidades iguales, “Toma ahora tienes las mismas uvas que tu hermana”, dar según la necesidad de cada cual, “¿Quieres pocas uvas o muchas?”. En vez de demostrar el mismo amor “Te quiero igual que a tu hermana”, demuéstrale que recibe un amor único.
  • En lugar de comparar de modo desfavorable a un niño con el otro, “¿Por qué no puedes colgar la ropa en el armario como hace tu hermano?”, mencionar solo la conducta inconveniente. Describir lo que se ve, “Veo la chaqueta nueva tirada en el suelo”; o lo que se siente.
  • En lugar de comparar a uno con el otro de forma favorable, “Eres mucho más pulido que tu hermano”, referirse solo a la conducta correcta. Describir lo que se ve, “Veo una chaqueta colgada en el armario”, o describir lo que se siente, “Me gusta ver el pasillo ordenado.”

Para saber más

Te recordamos que este artículo ha sido extraído del recomendable libro Hermanos no rivales. Ayudar a los niños a convivir para poder vivir mejor (Medici) de Adele Faber y Elaine Mazlish.

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