abrazo madre e hija
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Elecciones acertadas

Cómo escoger al cuidador de nuestros hijos

El reto es encontrar a una persona dispuesta a hacer lo que pidamos y con quien podamos establecer una relación de afecto y verdadera confianza

Volver a trabajar y dejar al bebé al cuidado de otras personas es un tema que nos tiene preocupadas desde el embarazo. Sin embargo, sugiero no tomar decisiones hasta que el bebé haya nacido y hayamos comenzado un vínculo con él.

Eso que nos sucede con el niño real va a estar lleno de sensaciones y experiencias difícilmente imaginables antes de su nacimiento. Por lo tanto, antes de darle más vueltas será mejor registrar qué nos pasa, cómo nos sentimos y qué calidad de vínculo somos capaces de generar. También sería ideal que la lactancia se hubiera instalado con comodidad, porque, luego, cualquier movimiento será más fácil de organizar en la medida que la madre y el bebé tengamos un “lugar” de reencuentro reconfortante. La lactancia es un excelente sitio de comunicación; de hecho, las tetadas facilitarán la recuperación de la relación con el bebé después de haber pasado algunas horas separados.

Valora alargar vuestro tiempo junto al bebé

En realidad, cómo, cuánto tiempo y con quién dejaremos a nuestro bebé va a depender de muchos factores. De entrada, es importante saber si hemos establecido un vínculo tranquilo y apacible con nuestro hijo. Si nos resulta placentero permanecer con él en casa, es probable que no tengamos ningún deseo de salir y que el solo hecho de pensar en dejarlo al cuidado de otra persona nos produzca angustia. Por lo tanto, es posible que se nos ocurran alternativas para prolongar la baja maternal: pidiendo una excedencia, pactando una jornada a tiempo parcial o solicitando ayuda a familiares y amigos si necesitamos dinero. Esto simplemente sucederá si estamos en estrecho contacto con el bebé y si provenimos de una historia emocional infantil relativamente suave y agradable.

Es importante saber si hemos establecido un vínculo tranquilo y apacible con nuestro hijo

Si este no fuera el caso, es decir, si hemos tenido una infancia dura debida al contacto poco afectuoso con las personas que nos han criado, es posible que la cercanía física y emocional con el bebé no sea tan fácil de llevar. Entonces nos sucederá algo muy distinto: estaremos ansiosas por salir de casa y dejar al bebé. Esto no está ni bien ni mal. Simplemente es importante reconocer qué nos pasa. El contacto permanente con el bebé es lo que nos angustia o nos deprime y es posible que pensemos que lo mejor para nosotras será dejar a nuestro hijo con otras personas más disponibles. Es en estas circunstancias que solemos preguntarnos quién sería la persona más adecuada.

Buscando a un/a cuidador/a: ¿cómo empezar?

Lo ideal sería elegir a alguien dispuesto a hacer con el bebé lo que nosotras le solicitemos. Pero primero tendremos que saber qué es lo que le queremos pedir. Si nosotras mismas no toleramos tener al bebé en brazos, difícilmente haremos esa petición a la persona cuidadora. Por eso es indispensable saber primero qué es primordial para nosotras, las madres. Una vez que lo sepamos, hablemos claramente.

La mejor opción es que una sola persona se haga cargo del bebé, porque este tiene que adaptarse a su presencia, su ritmo, su olor. También es imprescindible tomarnos un tiempo para que esa persona cuidadora esté con el niño mientras nosotras aún no nos hemos reincorporado, de modo que nuestro hijo se vaya acostumbrando paulatinamente a ella. Si el bebé es muy pequeño, siempre será más fácil una adaptación en casa, ya que al menos reconoce el olor, el lugar y los movimientos del hogar. A medida que vaya creciendo podrá adaptarse a más individuos y al cambio de sitios sin tanto esfuerzo.

¿Casa o guardería?

Hasta los dos años, aproximadamente, si nuestro hijo puede permanecer al cuidado de una persona, o de muy pocas personas, y en un ambiente familiar, mejor. Los bebés y niños muy pequeños sufren cuando hay demasiada gente en el intercambio afectivo. No se relacionan con más de una persona a la vez. Por eso, si tenemos esa opción, siempre será mejor que esté en una casa, aunque no sea la nuestra, y dentro de una familia con pocas personas circulando.

Por otra parte, lo ideal es que una sola persona sea la responsable del cuidado del niño. De todas maneras, eso también depende de quiénes son esas personas; si son cariñosas, si tenemos confianza en ellas, si vemos que el bebé se siente feliz y confiado...

Lo ideal es que una sola persona sea la responsable del cuidado del niño. Lo más importante es el confort del bebé

Si nuestra única opción es la guardería, siempre será un alivio que nosotras, las madres, intentemos acercarnos a la persona cuidadora dentro del jardín de infancia. Forcemos nosotras un acercamiento afectivo. Contémosle a esa persona nuestros miedos, nuestros deseos, nuestros anhelos, nuestras dudas. Construyamos una relación fiable, ya que nuestro hijo estará a su cuidado y ella se sentirá más comprometida si nos conoce y si siente afecto por nosotras.

En cualquier caso, no existe ninguna situación totalmente perfecta, ya que estamos considerando reemplazar la presencia de la madre. Y ese reemplazo siempre será estresante para el bebé. Por este motivo, para tomar las decisiones, el motor debería ser el confort del bebé. Todo lo que le asegure la mayor disponibilidad, mirada exclusiva, atención y cuidados acordes con su edad, será bienvenido.

Todo queda en familia

¿Los abuelos son una buena elección? Depende. En concreto, depende de la buena o no tan buena relación que nosotras –las madres– mantenemos con esos abuelos, que pueden ser nuestros padres o nuestros suegros.

A veces hemos mantenido relaciones muy conflictivas con nuestros padres durante toda la vida, hemos luchado con todas nuestras fuerzas contra sus autoritarismos, rigideces y prejuicios. Nos han prohibido desplegar nuestras alas como hubiéramos necesitado. Nos han castigado por elegir parejas que no les convenían a ellos. Y sin embargo... en cuanto nace nuestro niño creemos que ellos pueden ser las personas más adecuadas para cuidarlo.

Es preciso identificar si los abuelos –ya sean nuestros padres o nuestros suegros– están en condiciones físicas

Al menos, vale la pena reflexionar un poco y revisar si el hecho de que sean nuestros padres los convierte automáticamente en las personas más confiables. Esto no significa que nuestros hijos no puedan desarrollar una relación cariñosa con sus abuelos. Pero una cosa es hacerse cargo de los niños en nuestra ausencia, y otra muy distinta, que nosotros, los adultos, mediemos para que se instale una relación de amor y respeto entre los abuelos y los nietos.

Por otra parte, también es preciso identificar si esos abuelos –ya sean nuestros padres o nuestros suegros– están en condiciones físicas, económicas y afectivas de hacerse responsables de niños tan pequeños. Y algo más: sería interesante averiguar si esa abuela, particularmente, desea cuidar al nieto. Una cosa es tener un nieto para disfrutarlo y amarlo, y otra es ser responsable de su cuidado mientras la madre no está.

Escoger teniendo en cuenta la personalidad

Obviamente va a depender de las necesidades de los adultos, pero para nuestro hijo será beneficioso que hagamos el cambio paulatinamente, intentando al principio pasar pocas horas separados. Cuanto menos tiempo esté al cuidado de otras personas, mejor.

En todos los casos, nosotros hemos de tener confianza en la persona que cuida. Si no la tenemos, cambiemos. Busquemos a alguien con quien tengamos la sensación interna de que es perfecta para esta tarea.

Cómo saber si algo no va bien

Si estamos en contacto emocional con nuestro hijo, lo sabremos. Pero si no nos damos cuenta, o si alguien tiene que avisarnos de que el niño no está en buenas manos durante nuestra ausencia, entonces tendremos que mirar hacia adentro, hacia nuestra lábil conexión con el bebé, en lugar de pensar quién no lo cuida adecuadamente.

Lo mejor que podemos hacer en esos casos es detenernos. Suspender lo que sea que estemos haciendo. Permanecer más tiempo con el niño, sobre todo los fines de semana, y observarlo detenidamente. Solo así nos daremos cuenta de que el niño venía manifestando aquello que le pasaba.

Adaptarse a la guardería

La mayor ventaja de estos centros es que, en principio, cuentan con profesionales experimentados. La peor desventaja es que ningún niño obtiene mirada exclusiva. Esto es devastador cuando el niño es muy pequeño, pero se suaviza a partir de los dos años. De cualquier modo, si hemos elegido la guardería, tomémonos el tiempo necesario para permanecer con nuestro hijo en ese ámbito, relacionándonos con las personas cuidadoras.

Démosle el pecho en ese sitio. Sigamos el ritmo de las actividades de ese lugar. Vayamos todos los días. Y el día que nos toque dejarlo, expliquemos al niño con palabras sencillas a qué hora vendremos a recogerlo. Cumplamos nuestra palabra. Al llegar, otorguémonos los minutos necesarios para entrar en la sala y permanecer un rato allí antes de marcharnos. Todo con suavidad y sin prisas.

Etiquetas:  Bebé Niños Familia Hijos

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