El desarrollo emocional va ligado a la inteligencia

Educar desde el corazón

Cómo favorecer la inteligencia en tu hijo

Ni materiales educativos, ni estimulación precoz: la base de la inteligencia de los pequeños está en el afecto y la atención que reciban de sus padres en los primeros años

Carlos González

La inteligencia tiene su prestigio. Todo el mundo parece querer que sus hijos sean muy inteligentes. Y hay tests que prometen resumir sus capacidades con un numerito comprensible. Aunque sin duda no es lo mismo sacar 80 que 128 (pero esta diferencia ya se notaba sin necesidad de hacer un test, ¿verdad?), es completamente absurdo pensar que el que saca 128 es más listo que el que saca 120.

La inteligencia depende de la interacción entre la herencia y el medio ambiente. Sin duda, hay niños que nacen con la capacidad de ser unos genios y otros que jamás destacarán. Pero el genio solo puede llegar a genio si está inmerso en un ambiente adecuado. El desarrollo de la inteligencia es un viaje en dos etapas y actualmente cometemos el error de dar más importancia a la segunda, la etapa de la educación, que a la primera, la de los primeros dos años, donde es importantísimo el afecto de los padres.

Inteligencia: el entorno importa, y mucho

Mozart no habría sido un genio de la música si su padre no hubiera sido músico, si en su casa no hubiera habido un piano. El mundo está lleno de campesinos, albañiles y peluqueras que hubieran sido excelentes catedráticos de física o escritores, pero que nunca tuvieron la oportunidad de estudiar. Pero eso no impide que sean campesinos, albañiles o peluqueras muy inteligentes (y probablemente eso les permita una vida más plena que a sus compañeros menos espabilados).

Todo el mundo parece centrarse en la educación: estimulación, estudio, buenos colegios, universidades de prestigio... Pero todo este trabajo de nada sirve sin la inteligencia de base, que se ha formado antes por la interacción del niño con las personas que le rodean, principalmente con la madre.

Inteligencia de base y la primera infancia

Efectivamente, los primeros años son fundamentales. En Las necesidades básicas de la infancia (Editorial Grao), el pediatra Terry B. Brazelton y el psiquiatra Stanley I. Greenspan señalan que el bebé y el niño pequeño necesitan la atención de un adulto durante todo el tiempo que están despiertos. Parte de esa atención debe ser interacción directa, cara a cara: mirarle a los ojos, hablarle, sonreírle y estar por él.

Otra parte del tiempo, el adulto puede estar disponible, algo más lejos, haciendo otras actividades, pero respondiendo de vez en cuando a las llamadas del niño. En otros momentos, simplemente está cerca, en la misma habitación, pero está.

El bebé y el niño pequeño necesitan la atención de un adulto durante todo el tiempo que están despiertos

No sabemos en qué proporción exacta necesita el niño estos tres tipos de relación. Los niños occidentales parecen necesitar la interacción cara a cara, al menos, la mitad del tiempo que están despiertos, aunque muchas culturas parecen obtener los mismos resultados llevando al bebé siempre a la espalda y sin apenas interacción directa. Tal vez nuestros niños necesitan más estímulos porque no tienen suficiente contacto físico. En todo caso, lo que es seguro es que los niños privados de la atención de los adultos sufren retrasos en su desarrollo. En el caso extremo, los niños semiabandonados en orfanatos sufren déficits psicomotores y psicológicos aunque estén limpios y alimentados.

No les perturbemos con ayudas innecesarias

Para algunos, la idea de que la simple presencia de la madre es fundamental para el desarrollo del bebé puede resultar muy inquietante. “¡La madre, así, sin más, sin estudios, sin preparación!” “¡Hay que enseñar a la madre a hacerlo mejor!” Así fue como surgieron los métodos de estimulación precoz.

Ojo, no estoy hablando de la estimulación especial que excelentes profesionales ofrecen a niños pequeños con problemas físicos y psíquicos, a veces importantes, y que sin duda resulta muy útil. Estoy hablando del concepto de estimular a niños completamente sanos y normales con técnicas, vídeos, músicas y otros materiales “educativos”, con la esperanza de aumentar su inteligencia y de convertirlos en genios.

En realidad, estos métodos confunden las dos etapas del viaje que antes mencionamos. Intentan adelantar a los primeros años las técnicas de educación que se usan más adelante, en la escuela. Pero la inteligencia no se forma así.

Padres atentos, niños con mejores habilidades cognitivas

El médico estadounidense John T. Bruer explica muy bien la falacia de este tipo de estimulación precoz en El mito de los tres primeros años (Ed. Paidós). Si el cerebro no se desarrolla por sí mismo (como crece el esqueleto), sino que necesita una serie de estímulos, es precisamente porque estos estímulos son tan universales que absolutamente todos los niños, por el simple hecho de tener unos padres que se ocupen de ellos, los reciben. No es necesario conocer técnicas especiales o realizar determinadas actividades, basta con estar allí y amar a su hijo tal como le sale de dentro.

Los estímulos son tan universales que todos los niños, por el simple hecho de tener unos padres que se ocupen de ellos, los reciben

Varios estudios demuestran que convivir con un abuelo hace que los niños pequeños tengan un mejor dominio del lenguaje que otros niños de su edad. Hipótesis razonable: debe ser porque los abuelos les cuentan cuentos. Consejo aventurado: que los padres cuenten más cuentos a sus hijos. Consejo disparatado: pasarles a los niños cintas o vídeos con cuentos grabados.

  • Pasar más tiempo con ellos. Los abuelos cuentan cuentos, pero también supervisan sus juegos, admiran sus dibujos, les escuchan...
  • Disfrutar de la compañía. Existe una diferencia entre los padres que explican cuentos con placer y los que lo hacen para estimular a su hijo
  • Una grabación no interactúa. Un niño mayor o un adulto pueden aprender viendo programas educativos pero el cerebro de un bebé no se estimula con una tele encendida

Educarles desde la inteligencia

1. Evitar las contradicciones

Hay órdenes incompatibles: “Estate quieto y come”, “Te he hecho una pregunta. ¡No seas contestón!”... Y hay palabras que se desmienten con los hechos, por ejemplo, decir a un niño que llora “papá y mamá te quieren mucho” a dos metros y sin mostrar ningún intento por acariciarle o consolarle.


2. Respetar sus sentimientos

El que está triste está triste, y el que está enfadado está enfadado. No podemos decir: “No pasa nada, no te has hecho daño” al que llora tras un trompazo. O “si tú lo que quieres es jugar con Alberto” al que acabamos de separar porque intentaba estrangular a Alberto. Es posible consolar sin faltar a la verdad: “¡Qué daño! Ven que te doy un beso en la pupa” o “Ya sé que estás enfadado con Alberto, pero no se puede pegar a la gente aunque estés enfadado”.

3. Favorecer su expresión

Ayúdale a expresar sus sentimientos en vez de intentar cambiarlos. Cuando nos llama por la noche preguntamos: “¿Qué pasa?”, ¿tienes miedo?, ¿te duele la barriga?”. Y casi siempre lo que quiere es compañía. La pregunta correcta sería: “¿Qué pasa, echabas de menos a mamá?” o “No te gusta estar solo, ¿verdad?”. Si no, estamos haciendo que se invente un miedo o un dolor.

4. Decir siempre la verdad

A veces mentimos a nuestros hijos sin darnos cuenta. “Si no comes, no crecerás”, cuando va a crecer igual. Mezclamos los valores, decimos “qué niño más feo” cuando se porta mal. Exageramos, confundiendo lo particular con lo general: “Eres un niño malo” en lugar de “has hecho una cosa mal”. Y la mentira más absurda: “Si te portas mal, no te querré” en vez de “si te portas mal, me enfadaré”. ¿No ves que le seguirás queriendo de todas maneras? Pues no se lo ocultes.

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