Crecer alejados del cuerpo materno

EL CONTACTO ES VITAL

Crecer alejados o pegados al cuerpo materno

La piel es la puerta de entrada a nuestro corazón. Es el órgano más grande del cuerpo y el que alberga el sentido que nos conecta con la vida: el tacto, vinculado estrechamente a las emociones. Como han comprobado las investigaciones, necesitamos tocar y ser tocados para crecer y amar desde que nacemos.

María Jesús Blázquez García

La necesidad de contacto está presente en la vida del ser humano desde la concepción hasta la muerte. Nuestro ser anhela tocar y ser tocado, disolver las fronteras que nos mantienen aprisionados con la falsa ilusión de que estamos separados. Con frecuencia, nuestra sociedad asocia el contacto físico con la sexualidad y confunde placer con pecado, provocando una inhibición en la frecuencia de nuestras interacciones táctiles que nos convierte en “seres intocables”, hambrientos de roce y relación humana, como decía el antropólogo norteamericano Ashley Montagu.

Nuetro primer y preciado órgano

La piel es el primer órgano que se desarrolla en el embrión y sus mismas células darán origen al sistema nervioso. Su funcionamiento es similar al de un espejo: recibe señales del entorno y del mundo interno y las transmite a los distintos centros. Refleja nuestras pasiones y emociones, y guarda memoria de las experiencias que vivimos.

El comienzo de la vida tiene lugar mediante contacto y movimiento, tal y como explica Jaap van der Wal, embriólogo holandés. Cuando cientos de espermatozoides llegan al óvulo, se organizan orientándose radialmente, con las cabezas dirigidas hacia el óvulo, que enseguida empieza a girar. Es un proceso muy sutil de mutuo encuentro e intercambio de señales y sustancias que puede durar varias horas, en una mágica danza del amor.

Unos siete días después, cuando se produce la anidación, entramos en contacto con el útero materno con lo que será después nuestra espalda, dejándonos caer hacia atrás, por el dorso. Todo un gesto de confianza en la conexión con nuestra madre, un referente para comprender la naturaleza del verdadero contacto que requiere seguridad, relajación, apertura y ausencia de miedo.

En el ser humano, el desarrollo del cerebro tiene lugar durante la etapa crucial que va desde la concepción a los primeros años de vida. Nada más nacer, su tamaño representa tan solo el 25% del de un cerebro adulto pero, hacia los cuatro años de edad, alcanzará casi el 80%.

Además, en ese momento dispone de más conexiones entre neuronas que en ninguna otra etapa de la vida. Su desarrollo es un proceso que consiste en suprimir ciertas sinapsis y establecer otras, trazando los llamados “caminos” neurales en función de las sensaciones y experiencias vividas por el recién nacido (amor, seguridad, miedo, abandono...).

Lo que más necesita el ser humano para el desarrollo óptimo de su cerebro es el contacto piel a piel con el cuerpo de su madre, sentir su calor, sus caricias, fundir sus corazones, comportarse como una unidad, un estado que se alcanza mediante tres tipos de cuidados: amamantar, abrazar y acostarse juntos.

Para el recién nacido, el contacto piel con piel en el regazo de su madre es vital: será capaz de comenzar a mamar por sí mismo, regulará mejor la temperatura, acompasará los latidos del corazón y la respiración.

Por el contrario, cuando se separa de su madre, se duplican los niveles de las hormonas del estrés.

El origen de la violencia

Las investigaciones realizadas por el neuropsicólogo del desarrollo James W. Prescott, director del Instituto de Ciencia Humanística en EE. UU, con 49 grupos humanos de todo el mundo, confirmaron que aquellos poco afectivos con sus niños, y con escaso contacto piel a piel, presentaban altos niveles de violencia en la edad adulta.

Sin embargo, la agresividad era prácticamente nula entre los pueblos que mantenían un contacto muy estrecho con sus hijos.

Prescott sostiene que, a través del contacto físico y emocional con la madre, se produce una asociación neuronal que queda registrada en los circuitos del bienestar, y cuando no se toca y rodea de afecto a los niños, los sistemas cerebrales del placer no se desarrollan lo suficiente. Las consecuencias tienen una repercusión social: una cultura basada en el egocentrismo, la violencia y el autoritarismo.

Numerosos científicos coinciden con Prescott. Wilhelm Reich, Ashley Montagu, Michel Odent, Debra Niehoff, Martin H. Teicher, James McKenna y Casilda Rodrigáñez, entre otros, llegan a las mismas conclusiones: las vivencias prenatales influyen en el comportamiento, modelan la arquitectura neuronal que marcará la personalidad del adulto y son decisivas para crear una cultura de paz.

Y demuestran que la criatura que en los primeros meses es acariciada, abrazada, reconfortada y hablada con dulzura, aprende a acariciar y abrazar para reconfortar y hablar con dulzura; aprende, en suma, a amar a los demás.

El tipo de contacto durante la crianza es el primer factor que marca la diferencia entre una vida apacible o en carencia.

Existen culturas en las que lo normal es el contacto físico continuo, amamantar sin horarios, dormir acurrucados, no dejar llorar a los bebés. Así cuidan a sus bebés los esquimales netsilik, por ejemplo, que pasan meses en contacto piel con piel con la espalda de su madre; los kaingang en Brasil, los tasaday en Filipinas, los kung, bosquimanos del Kalahari, los apacibles arapesh en Samoa, o los indios yekuanas de Venezuela, que hemos conocido gracias al magnífico libro El concepto del continuum: en busca del bienestar perdido, de Jean Liedloff (Ob Stare).

Todas estas culturas constituyen una lección vital para aprender y recuperar la cercanía afectiva que hemos perdido en nuestra sociedad, en la que lo más frecuente es un rechazo al contacto.

Vivimos reforzando la separación y el aislamiento, como sucede, por ejemplo, en las sociedades inglesa, americana y alemana, a diferencia de la japonesa, que valora positivamente el contacto piel con piel y es tan constante que la relación entre madre e hijo se denomina con frecuencia “relación de piel” y prácticamente duermen acompañados a lo largo de su vida, excepto los años entre la pubertad y el matrimonio.

En nuestra cultura predomina la experiencia visual y auditiva frente a la táctil. Sin embargo, el sentido del tacto es la base que nos permite concebir el mundo que nos rodea, tal y como lo expresa el lenguaje cotidiano. Hablamos de tener un “roce” con alguien. Decimos que algo tiene un “toque mágico” o un “toque femenino”. También “nos ponemos en la piel de la otra persona”. Afirmamos que hay personas con “mucho tacto”...

En experimentos realizados con animales de laboratorio, se ha demostrado también que el placer inhibe la violencia. Por ejemplo, un animal violento y con rabia se calma inmediatamente cuando se le estimulan, mediante electrodos, los centros del placer en su cerebro.

Los experimentos realizados con macacos rhesus en la Universidad de Wisconsin por Harry F. Harlow y su esposa Margaret Kuenen probaron la importancia del contacto y de los cuidados de la madre. Separaban a las crías de sus madres nada más nacer y las criaban en jaulas desde las que solo podían ver, oler y escuchar a sus compañeros. Cuando alcanzaron la edad fértil, se convirtieron en monos con conductas anómalas e incapaces de relacionarse sexualmente; se agredían entre sí y se autolesionaban.

¿Qué ocurre mediante el contacto físico?

  • Se alcanza un estado de relajación
  • Descienden los niveles de cortisol
  • Aumenta la lucidez y la energía
  • Se produce una sensación de euforia
  • Se liberan sustancias como las endorfinas (hormonas de la felicidad), la oxitocina (la hormona del amor), la dopamina, asociada a los estados apacibles, y la timopoyetina, que favorece la maduración de los glóbulos blancos, concretamente de los linfocitos T2.

Investigaciones recientes realizadas en la Universidad Purdue de EE. UU. han confirmado que a través del tacto se facilita el aprendizaje de idiomas. Amanda Seidl, profesora de esta universidad, ha demostrado que el tacto puede influir en el aprendizaje del lenguaje. Realizó estudios con bebés de cuatro meses de edad y encontró que el aprendizaje era más rápido si al mismo tiempo que se escuchaba cada palabra se tocaba una parte de su cuerpo.

En las condiciones más extremas, el ser humano es capaz de redescubrir todo su potencial. Así, el fundador de la haptonomía (literalmente “la ciencia del contacto”), el médico holandés Frans Veldman, marcado por las experiencias que tuvo durante la Segunda Guerra Mundial, creó un método de comunicación afectiva a través del tacto que se aplica durante la gestación y permite a la madre y al padre relacionarse con su bebé.

Artículos relacionados