Crecer rodeados de pantallas

CRIANZA RESPETUOSA

Crecer con pantallas

El día que vemos que nuestros niños no pueden vivir sin tener la tele encendida, nos damos cuenta de que algo falla. Sólo tenemos que acercarnos a ellos: siempre preferirán el juego, las risas o las palabras a la lejanía de la pantalla.

Laura Gutman

La pantalla de la televisión, la del ordenador o la del teléfono forma parte de nuestra vida cotidiana. Éste es un hecho tan real como el aire que respiramos. Así que no vale la pena rasgarnos las vestiduras. Por el contrario, será mucho más positivo y realista que intentemos comprender el rol que le hemos asignado entre todos.

Si un extraterrestre llegara a la Tierra con su nave espacial, constataría que existe un elemento común en todos los rincones del planeta a pesar de las grandes diferencias entre regiones, climas, suelos y culturas que nos tiene totalmente atrapados, casi inmovilizados y prácticamente hechizados a todos los seres humanos que la habitamos. Nos verían a todos frente a una caja cuadrada, más plana o más redondeada, más grande o más brillante según los casos, pero claramente identificable, junto a la que entramos en una frecuencia alfa, atraídos hacia el aparato como si en su interior tuviera una varita mágica para mantenernos en un estado de encantamiento general. Así nos verían: absortos, enajenados, atraídos, aferrados a los colores, los movimientos, las voces y la música, imponiendo misteriosamente el ritmo a nuestras vidas cotidianas.

De hecho, cuando miramos una pantalla entramos en un universo prestado, tal vez para no tener que ocuparnos de nuestros problemas internos. Incluso cuando se trata de mirar en la televisión el informativo con las peores noticias del mundo, la vida se suaviza, porque hay algo que pertenece a un hecho compartido del que no nos sentimos responsables.

La cuestión es que la pantalla “se introduce” en nosotros y, al mismo tiempo, nosotros “nos introducimos” en ella. Como quiera que sea, hay una sensación onírica de placer y ensoñaciones. Esto tal vez explique un poco por qué los adultos asociamos el descanso con mirar la televisión o perdernos en el teléfono móvil. Es nuestro pasatiempo favorito y el que nos implica menos esfuerzo.

Ahora bien, los adultos estamos tan acostumbrados a ser mecidos por la televisión encendida, que podemos comprender que los niños que en ocasiones pasan muchas horas sin mirada de los adultos, sin tiempo de dedicación al juego y sin propuestas creativas encuentren también una sensación agradable y placentera. Por lo tanto, no sería muy honesto de nuestra parte enfadarnos con ellos, y mucho menos con el aparato.

Una cuestión de disponibilidad

Es verdad que los niños pasan demasiadas horas frente a la pantalla, pero tendremos que aceptar que el problema no es la pantalla en sí misma sino el hecho de que se haya convertido en la compañía más satisfactoria, gozosa y fiel que los niños han encontrado a falta de algo mejor. Es un canguro ideal. Gratuito. Disponible tanto de día como de noche. Y no tiene prisa por irse a casa.

Cuando los niños, amparados, mimados y abrazados por la tele, sienten que no pueden vivir sin la pantalla encendida, nos damos cuenta de que algo anda mal. Entonces pretendemos que reduzcan el tiempo que pasan pasivamente mirando dibujos animados. Cosa muy loable. Pero será necesario proponerles alternativas que los colmen afectivamente, para lo que tendremos que entrar en comunicación con ellos.

Todo niño pequeño va a preferir el vínculo con otro ser humano o con un animal doméstico antes que el vacío y la soledad. Cuando el abandono está presente, la pantalla apacigua y calma. Pero cuando la intensidad de una relación humana se pone de manifiesto, la televisión pierde su razón de ser frente a las necesidades ya satisfechas del niño. Con esto quiero decir que si los niños están bien acompañados, no van a necesitar la pantalla.

Cuando se convierte en una excusa

Sin embargo, a los adultos nos resulta comprometedor hacernos cargo de entrar en una relación afectiva y de verdadera comunicación con los niños. La televisión encendida “nos salva”, ya que nos permite hacernos los sordos respecto a nuestras incapacidades para escuchar a nuestros hijos, y por supuesto, respecto a las propias necesidades y deseos. Cuando el ruido y las imágenes inundan todo el espacio de encuentro, podemos simular que estamos juntos, pero, en realidad, cada uno está solo en su pequeño territorio afectivo.

Tengamos claro que a la televisión ( o cualquier otra pantalla) la necesitamos más los adultos que los niños. Porque los más pequeños siempre están ávidos de comunicación, intercambio emocional, juego y palabras. En cambio, las personas mayores estamos más acostumbradas a refugiarnos en la soledad largamente aprendida y a defendernos de miedos muy arcaicos. Por eso la televisión nos tranquiliza a todos y parece imprescindible en los momentos supuestamente ideales para el encuentro, como las comidas, las cenas familiares, las últimas horas del día, los momentos previos a ir a dormir.

Ya no se nos ocurre vivir sin la tele que nos acompaña. También los niños, desde que son unos recién nacidos, se adormecen con el ruido de la tele como música de fondo, en un susurro constante que se torna familiar.

Mirar algo juntos... y conversar

¿Qué podemos hacer si deseamos cambiar un poco esta modalidad aparentemente imposible de desactivar? Si en casa la pantalla se ha convertido en una presencia constante y ha invadido cada rincón del alma familiar, sembrando cada vez mayor aislamiento e incomunicación entre unos y otros, podemos probar, sin cambiar radicalmente las cosas, a permanecer junto a los niños con la intención de mirar algo juntos mientras intercambiamos algunas palabras. Veremos que, probablemente, los niños se interesarán por nuestra presencia y tendrán algún acercamiento a través del juego o de una petición cualquiera, incluso con el televisor encendido. No vale la pena hacer la guerra al aparato, provocando llantos y reclamos desmedidos. Será más efectivo estar presentes, porque nuestra disponibilidad ya marcará una diferencia.

Del mismo modo, cuando nosotros no estamos en casa, nos corresponde también ofrecer ideas creativas a los adultos que se hacen cargo del cuidado de los niños, y que serán responsables no sólo de que no les pase nada malo, sino también de entrar en un vínculo de intercambio emocional, de cobijo y de cariño. Nosotros tenemos que dar ideas para juegos, dejar objetos o juguetes que puedan ser utilizados por esas personas que van a estar unas horas con nuestros hijos. Y pedirles claramente que se ocupen de observar, permanecer, jugar, reír, estimular, dibujar, cocinar junto a los niños, acompañar o pasear con ellos, si es posible. Cuando eso finalmente suceda, la televisión pasará a ocupar un segundo plano en nuestra vida cotidiana.

La pantalla no es nuestra enemiga, sino que ha ocupado un lugar que los adultos hemos dejado vacante.

Admitamos que la tele y los niños hechizados frente a ella nos permite hacer “todo lo que tenemos pendiente” sin que los pequeños nos molesten. No está mal si estamos solos o no contamos con el apoyo de otros adultos, siempre y cuando tengamos claro que la tele es una ayuda si se la pedimos de vez en cuando, pero una costumbre que se convierte en una adicción que trata de llenar el vacío cuando abusamos de su prestación.

Así las cosas, tendremos que usar la creatividad para estar más acompañados. La música puede ser una opción. Probemos a poner buena música en casa mientras estamos con los niños, y veremos que podemos descansar o realizar algunas tareas hogareñas mientras la escuchamos juntos. Las melodías, a su vez, nos invitan a cantar y a bailar, dos actividades que es posible compartir con los niños como parte de un juego, ya sea mientras descansamos o mientras resolvemos cuestiones domésticas.

La cocina también suele ofrecernos interesantes recursos. Comer, hay que comer todos los días, y los niños adoran estar en la cocina mientras los adultos cocinamos, siempre y cuando los incluyamos en alguna actividad. No es difícil, en el ámbito culinario hay tareas para todas las edades. Eso sí, no olvidemos mantener lejos de su alcance objetos y pequeños electrodomésticos peligrosos.

Cuando el cuerpo necesita reposo, dejarse caer ante la televisión encendida es una tentación al alcance de la mano, aunque también podemos imaginar otras maneras de descansar estando despiertos. Por ejemplo, compartir la lectura con nuestros niños es una buena elección. Dibujar o hacer piruetas en la cama, también. Recortar figuras, pegar, pintar o hacer manualidades pueden ser opciones adecuadas para acompañar el descanso.

Un paso en favor de los vínculos

Antes de hacerle la guerra a la televisión o a otras pantallas de la casa o de creer que están arruinando a los niños, reflexionemos o incluso cronometremos el tiempo que nosotros mismos pasamos frente a las pantallas. Veremos que es mucho más tiempo del que creemos. Si registramos que ese tiempo de aparente ocio en realidad esconde una inmensa soledad y una gran dificultad para comunicarnos con los demás, quizás nos atrevamos a hacer algún movimiento a favor de los vínculos.

Tal vez nunca habíamos registrado los agujeros que la pantalla llenaba en nuestra vida. Y en ese sentido, la pantalla puede ser, a veces, una buena compañía. Otras veces puede convertirse en un muro que levantamos entre unos y otros, entre nosotros y los niños o entre nosotros mismos. Por eso, registremos qué función cumple la pantalla encendida en nuestra vida, qué lugar físico le hemos reservado, cuánto nos nutre y cuánto nos devora. Luego hagamos acuerdos entre las pantallas y nosotros que podamos cumplir.


Conocerla bien para poder elegir

Hay buenos programas para niños. Pero para elegirlos es imprescindible que los conozcamos y los miremos junto a ellos. Haciéndolo así sabremos discernir no sólo si tienen buena calidad educativa, de recreación y de buen gusto, sino, además, si nuestros niños se reconocen en ellos, se sienten felices, se identifican con los personajes o, incluso, si aprenden.

Si los adultos somos capaces de elegir la programación adecuada a la edad de cada uno, también podremos decidir el “no acceso” a otros programas si consideramos que son nocivos, no aptos, agresivos o contrarios a nuestra concepción de educación y crianza.

Un uso moderado y racional de la pantalla, acompañado de palabras que explican nuestras decisiones con claridad, será bienvenido por los hijos, que se sentirán amados, protegidos, y tenidos en cuenta en su especificidad de niños pequeños.


Saber apagarla en el momento adecuado

La televisión encendida refleja permanentemente todo tipo de imágenes. Incluso si creemos que los bebés son demasiado pequeños para comprender, la energía de las imágenes ingresa en casa sin tamiz. Las intenciones de los personajes que hablan, vociferan, se excitan o apabullan con mensajes, son increíblemente fuertes y penetrantes.

Seamos capaces de decidir en qué momentos la televisión se enciende y, aún más, en qué momentos la televisión se apaga. Prestemos suficiente atención para que los niños no permanezcan solos frente a la pantalla de televisión.

Y, sobre todo, conviene que estemos atentos a la publicidad, especialmente en los canales de programación infantil. Seamos capaces de apagar el televisor o de bajar considerablemente su volumen durante los interminables minutos de propaganda que llegan al alma de los niños de modo agresivo y sin filtros.

Ningún adulto dejaría a un niño jugar solo con un cuchillo. No los dejemos solos con la televisión.

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