Curiosidades sobre la memoria de los bebés y los niños

CRIANZA RESPETUOSA

Curiosidades sobre la memoria de los bebés y los niños

Intentar que vivan experiencias positivas y guarden recuerdos agradables de su infancia es la mejor manera de asegurarnos que tengan una etapa adulta plena y feliz.

Rosa Jové

Muchas personas se preguntan por qué no tenemos ningún recuerdo de nuestros primeros años de vida. Saben que no existe persona alguna que pueda explicar cómo fue su nacimiento, su primera visita al pediatra, cuándo le salió el primer diente, ni siquiera en qué momento concreto empezó a gatear o a andar.

Algunos atribuyen esta falta de recuerdos al paso del tiempo. Consideran que como han transcurrido muchos años desde que vivimos estas experiencias, las hemos olvidado. Pero si le preguntamos a un niño de tres años qué nos puede contar sobre estos temas, tampoco obtendremos respuesta.

La razón es simple: nuestro cerebro está en continuo desarrollo desde el día que nacemos, al igual que la memoria, que va evolucionando a medida que crecemos.

En cambio, no podemos hablar del concepto de memoria tal y como lo conocemos hasta que los niños no tienen tres años.

Cómo evoluciona

La mayoría de las personas definen el concepto memoria como los recuerdos que tenemos del pasado. Sin embargo, esta explicación no es precisa, porque en realidad este término hace referencia al modo en que los acontecimientos pasados influyen sobre el futuro y nos permiten aprender y avanzar, tanto si los recordamos como si no.

Ya he comentado, unas líneas más arriba, que se dice que los bebés no tienen memoria hasta cumplir los dos años –pues nadie recuerda nada de esta etapa de su vida–, aunque no es cierto al cien por cien. Si los bebés no tuvieran ningún tipo de memoria, no podrían aprender ni avanzar. Por eso, en general, se distinguen dos categorías diferentes de memoria:

  • La explícita o declarativa, que es aquella a la que accedemos de manera consciente. Por ejemplo, si alguien me pide que le diga las letras del abecedario, yo accedo de forma consciente y voluntaria a ese recuerdo y se lo digo.
  • La memoria implícita o no declarativa, que no necesita que haya un procesamiento consciente para recuperar ese recuerdo.

Imagina por un momento un bebé que oye ladrar a un perro y se asusta. Al día siguiente, cuando vea otra vez al perro, llorará. Su madre pensará que su hijo tiene mucha memoria, pero no se trata de eso, porque el niño no piensa: “¡Oh, no! Otra vez ese infernal animal que me asustó ayer. Voy a llorar, a ver si así mis padres me apartan de aquí”. El bebé aún no tiene ese tipo de memoria. Simplemente, el susto hizo que en su cerebro se grabara una experiencia negativa, y al verlo de nuevo se activó una respuesta emocional de miedo que quedó asociada al ladrido del perro.

Este es el motivo por el que muchos adultos no recordamos qué provocó nuestra fobia a las batas blancas, a las alturas o por qué nos asusta tanto un determinado tipo de insectos o ruidos, ya que la asociación emocional se hizo durante la primera infancia, cuando nuestra memoria todavía no es explícita y no podemos acceder a ella aunque queramos, por eso a veces es tan difícil superar estos miedos.

El neurólogo inglés Oliver Sacks, en su libro Musicofilia. Relatos de la música y el cerebro (Anagrama), utiliza un ejemplo muy claro para explicar en qué consite la memoria implícita. El Dr. Claparède (1911) tenía una paciente afectada de amnesia de Korsakoff (no era capaz de recordar lo que había hecho el día anterior) y un día, al despedirse de ella con un apretón de manos, la pinchó con una aguja que había escondido entre sus dedos. A partir de ese momento, cada vez que se daban un apretón de manos para despedirse, ella retiraba la suya asustada. Cuando le preguntaron por qué razón reaccionaba de esa manera, contestó: “No sé, a veces las manos pueden hacer daño, apretar fuerte o pinchar”. Evidentemente la paciente no recordaba lo que le había ocurrido, pero en su mente se había quedado grabada una señal de alarma ante las manos. Es por eso que nuestros hijos lloran cada vez que ven una bata blanca: no saben por qué (incluso puede que el médico sea diferente), pero tienen un signo de alarma que se les quedó grabado cuando un médico les hizo daño.

Entre los 0 y los 2 años

Gracias a los estudios actuales y a la neurociencia, hoy en día sabemos que los bebés de tres meses son capaces de guardar información visual durante 10 segundos y que hacia los cinco meses reconocen y distinguen las caras de la gente conocida. Además, al cumplir los nueve meses, más o menos, se asustan si algo les inquieta y volverán a reaccionar igual que la primera vez cada vez que se encuentren con eso que tanto les ha asustado.

Todas las experiencias tanto positivas como negativas dejan una huella en nuestro cerebro infantil, a la que no podemos acceder de forma consciente y voluntaria. Pero permanece allí y por eso es tan importante evitar que los niños tengan experiencias negativas antes de los tres años.

Además, si estas vivencias se repiten, harán que la huella sea más profunda, y así es más fácil que las conexiones neuronales que se establezcan sean más persistentes. Entonces el cerebro sigue ese camino marcado con tanta intensidad cada vez que haya algún estímulo que se lo recuerde, en lugar de ir por otro menos marcado.

El cerebro de los bebés tiene muchas neuronas y pocas conexiones. La experiencia de lo que vivan hará que se conecten unas y no otras. Es la forma que tienen de aprender cuando todavía no han desarrollado la memoria explícita (la que conocemos como memoria).

En los dos primeros años de vida, aunque uno no conserva recuerdos explícitos, se producen recuerdos y asociaciones emocionales profundas en el sistema límbico y otras regiones del cerebro en donde se representan las emociones. Estos recuerdos emocionales pueden determinar el comportamiento de una persona para toda la vida”, dice el Dr. Sacks.

El psicólogo Donald O.Hebb denominó este mecanismo como “desarrollo cerebral dependiente de la experiencia”. En definitiva, que si las experiencias que viven nuestros hijos son de felicidad y optimismo, lo más seguro es que reaccionen con felicidad y con optimismo ante las situaciones que se le presenten en la vida. En cambio, si lo que se ha grabado en su mente desde pequeños es tristeza o incomprensión, de mayores afrontarán con pesimismo los contratiempos que les surjan. A la larga, estas cualidades pueden quedar como rasgos característicos de la personalidad del individuo, muy difíciles de erradicar ya que no somos conscientes de cuál es su causa.

A partir de los 2 años

El lóbulo temporal es la parte del cerebro encargada de la audición, del equilibrio y de ayudar a regular emociones como la ansiedad, la ira y el placer. Formando parte de su estructura se encuentra el lóbulo temporal medial que, junto al córtex orbitofrontal (manto de sustancia gris que recubre el cerebro y nos permite razonar), irá madurando hasta proveer a los bebés de memoria explícita, aquella que les permitirá recordar conscientemente sus experiencias en una secuencia, para así poder explicarlas y acceder a ellas siempre que lo necesiten. Evidentemente este proceso requiere un tiempo, por lo que será totalmente normal que nuestros hijos memoricen ciertos aspectos con rapidez, pero otros no. No intentan tomarnos el pelo, simplemente se está formando su memoria y esto no tiene lugar de un día para otro.

Muchos padres me preguntan si a partir de este momento las posibles experiencias traumáticas que puedan llegar a vivir son menos importantes que en la época anterior, teniendo en cuenta que el niño ya es capaz de recordarlas, asociarlas y explicarlas, y ya no quedan en la memoria implícita, donde no hay acceso a esta información. Mi respuesta es que una experiencia traumática debe evitarse siempre, independientemente de la edad.

Imaginemos que un individuo nos roba el bolso en plena calle. A pesar de poder explicarlo, buscar ayuda consciente –incluso a nivel profesional– y seguramente de superarlo en poco tiempo, habremos vivido unos días difíciles, con miedo, inseguridad, quizá dolor físico si hubo forcejeo y nos lastimaron... Pero es que, además de pasar un mal trago, los caminos que se graban lo siguen haciendo durante la mayor parte de nuestra vida (hasta la adolescencia más que en la vida adulta) y eso tiende a repetirse, consciente o inconscientemente.

Adultos felices

Como hemos podido comprobar, existe una clara relación entre la felicidad que experimentamos durante nuestros primeros años de vida y el hecho de que disfrutemos de una etapa adulta más plena.

Está claro que nada de esto es una ciencia exacta y que una infancia infeliz no determina toda una vida, pero sí está demostrado que la complica bastante. De ahí la gran importancia que supone que los padres nos esforcemos para que todos los recuerdos que puedan quedar registrados en la memoria de nuestros hijos, tanto a nivel implícito como explícito, sean positivos. Conocedores de que lo que se siembra a lo largo de la primera infancia dará sus frutos en la vida adulta, no estaría de más hacer todo lo que esté en nuestras manos para que, en un futuro, los niños consigan ser lo más felices posible.

Recuerdos y aprendizaje

¿Se recuerda todo por igual? Por supuesto que no. Lo que es emocionalmente más significativo para un individuo se recuerda con más frecuencia e intensidad que lo que no va asociado a ninguna emoción. Y esto sirve tanto para las emociones positivas como para las negativas, por este motivo también es muy difícil olvidar el primer beso a pesar de que fuera algo agradable.

Este mecanismo que tiene nuestro cerebro para seleccionar la intensidad del recuerdo también influye en el aprendizaje. Seguro que todos recordamos más lo aprendido con amor y motivación que aquello que nos explicaron de manera aburrida o neutra.

Así pues, tenemos que intentar evitar que vivan, en la medida de lo posible, experiencias desagradables y traumáticas, al mismo tiempo que les procuramos vivencias positivas, del mismo modo que si queremos que recuerden más determinados aspectos, debemos asociarlos a algo agradable o motivador. En definitiva, en el recuerdo que hayamos grabado en nuestros hijos estará la clave de su felicidad en el futuro. Una vida feliz y plena es, sin duda, la mejor herencia que les podemos dejar.

Qué debemos evitar

El estrés afecta a la memoria, tanto a la de los niños como a la de los adultos. Por lo tanto, debemos evitar las siguientes situaciones, si deseamos favorecer el desarrollo adecuado de la memoria de nuestro hijo.

  • De los 0 a los 3 años, le afecta especialmente: no tener cubiertas las necesidades básicas (pasar hambre, no ser consolado, tener poco contacto físico con sus padres...), que no se haya establecido el vínculo con un cuidador y el exceso de estímulos.
  • De los 4 a los 6 años, le perjudica: además de todo lo anterior, no sentirse comprendido en lo que hace o en lo que dice. El niño es capaz de interpretar la comunicación no verbal de los adultos y sabe cuándo intentamos engañarlo. A pesar de que le digamos verbalmente una cosa, sabe por nuestros gestos cuándo es cierta y cuándo no lo es.
  • De los 7 a los 12 años, le sigue afectando lo que ya hemos comentado, pero también el no sentirse aceptado por el grupo de iguales y por sus padres.

Está claro que a lo largo de su vida, nuestros hijos se encontrarán situaciones estresantes (cambio de escuela, de domicilio, la pérdida de su mascota, etc.) que no vamos a poder impedir. Se trata de escribir un listado con aquellas que sí podemos controlar, para minimizar el daño que les causarán las que no dependen de nosotros.

Efectos relevantes

  • El trauma no es nada más que una situación estresante en la cual pensamos que corre peligro nuestra integridad y a la que respondemos con miedo.
  • También se puede dar como consecuencia de una situación de estrés mantenida (que dura en el tiempo), como por ejemplo, estar varios años en un orfanato.
  • En estos casos se generan niveles muy altos de hormonas del estrés que, no solo bloquean momentáneamente la memoria, sino que pueden llegar a producir daños irreversibles.
  • Estos niveles tan altos de estrés pueden provocar una muerte neuronal en el hipocampo, generando una disminución del volumen de esta parte del cerebro. Con el hipocampo disminuido, la alteración de la memoria no solo es temporal sino crónica, con lo que queda afectado el aprendizaje.
  • Si es muy grave, es posible perder totalmente la memoria o solo una parte (amnesia traumática).

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