Deja que se ensucie

CRIANZA NATURAL

Deja que se ensucie

Jugar es vital para tu hijo, es su forma de aprender. Ponle la ropa adecuada y permítele que disfrute con total libertad.

Mireia Long

Los niños necesitan ensuciarse. Es indispensable que les dejemos hacerlo, que les demos esa libertad y hasta que los animemos. Cuando un niño juega, su cuerpo se desarrolla y su mente crece, inventa y sueña. Hace ejercicio y descubre.

En pleno descubrimiento, no podemos exigirles que se paren a mirar si hay demasiado polvo. Cuando escalan, saltan y exploran, su atención no puede estar dedicada a su ropa. La creatividad y la magia de esos momentos de la niñez deben ser libres, sin más límites que los de la seguridad propia y la de los demás. Las manchas forman parte de todo este proceso, van unidas a él y a la sana despreocupación de su cuerpo en movimiento.

Vivir con plenitud

Realmente, mancharse tiene muchas repercusiones beneficiosas para los niños. La primera tiene que ver con liberarse de la neurosis que existe hoy en día por la limpieza, permitiendo que su cuerpo se enfrente a los enemigos naturales, que lo hacen inmune. Además, así rebajamos su exposición a los químicos y disminuimos sus posibilidades de padecer alergias, ya que al parecer aumentan, precisamente, con la obsesión de algunos adultos por la excesiva higiene.

Más allá de eso, el ensuciarse les ofrece la oportunidad de vivir plenamente sus experiencias. Deberían estar concentrados solamente en sus juegos y retos, en vez de preocupados por unas normas sin sentido del mundo adulto. Ellos están y son en su juego con total entrega, y sacarlos de ahí para que miren que el barro no manche sus botas o para que su camisa se mantenga impoluta es un crimen contra su esencia.

Pero no acabo aquí: ensuciarse es una experiencia sensorial de primer orden que los conecta con su naturaleza innata, con los pequeños cachorros primates que son. Los seres humanos desarrollan sus conexiones neuronales, construyen su mente y su comprensión del mundo sobre tres bases: el juego, el aprendizaje conversacional y la experiencia sensorial.

Vivir es aprender. Solo viviendo, tocando, saboreando, oliendo, sopesando, sintiendo... se entiende el mundo. Revolcarse, escalar, enredarse, saltar y sentir el agua, el barro y el viento forman parte de la experiencia vital que los niños esperan y necesitan. Su cerebro y su corazón piden poder ensuciarse sin pensar en el que dirán los adultos, sin convencionalismo alguno, centrados en ellos mismos, con pasión y total libertad.

Concentrado en su juego

Jugar es esencial para su desarrollo. No dejemos que se distraiga con banalidades.

El niño que juega no se preocupa de su ropa. Si lo hace, su juego, tan importante para su desarrollo físico y mental, se ve limitado y distorsionado, pierde calidad y no le aporta lo mismo.

El poder mancharse tranquilamente lo hace disfrutar más, experimentar sensaciones y materiales, aprender y concentrarse en lo que está haciendo. El niño centrado en la experiencia descubre el mundo, ejercita su mente y es más consciente de sí mismo, en el presente, sin distracciones vanas.

Por eso es beneficioso que dejemos y alentemos a los niños a que se manchen sin preocupaciones, poniéndoles ropa adecuada para que se dediquen a su principal actividad: jugar.

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