Es malísimo para comer...

CRIANZA CON AMOR

Es malísima para comer

Si los niños comen acompañados, tranquilos, sin imposiciones y cuando tienen hambre, éste será un acto feliz, natural y enriquecedor.

Laura Gutman

Los niños regulan el hambre de un modo más natural que los adultos. La mayoría de nosotros comemos más, mucho más de lo que necesitamos. Los niños no. Comen de acuerdo al hambre que tienen. Por eso es tan importante observarlos y no forzar una buena costumbre: la de reconocer cuándo es tiempo de comer y cuándo no.

Al principio, la cantidad de alimento que un niño ingiere es realmente muy reducida. Si es un niño amamantado, no tiene absolutamente ninguna importancia cuánto come o no, ya que se trata básicamente de juego, exploración y descubrimiento del alimento sólido.

Sin horarios

La hora de la comida tampoco es importante. Los niños muy pequeños no están regulados para almorzar a las dos del mediodía o para cenar a las nueve de la noche. Pretender que coman cuando los adultos deseamos comer es un despropósito. En cambio, con un poco de observación, sabremos rápidamente en qué momentos del día el niño tiene más hambre y entusiasmo para comer. Si eso sucede a las cuatro de la tarde, sería ideal que hubiera comida de buena calidad disponible. Si la noche anterior hemos cocinado unos bollos de arroz integral con zanahorias, se los podemos ofrecer mientras juega. Y si come uno, podemos estar tranquilos, es suficiente alimento para un niño pequeño. Será fácil alimentarlo porque comerá cuando tiene hambre y mientras juega.

La presencia de estas dos condiciones será imprescindible para que el niño empiece a tener contacto con el alimento sólido de un modo natural, feliz, sencillo y en armonía con su crecimiento.

La mesa familiar

Es ideal que el niño participe de la mesa familiar, haya o no comido antes. Si la mesa familiar es un lugar de encuentro, de diálogo y de contacto entre padres e hijos, no importa qué come cada uno sino qué nivel de entendimiento y de armonía circula en la familia. Ningún niño querrá perdérselo por más pequeño que sea. Inversamente, cuando no tenemos nada interesante para comunicarnos, cuando nos llevamos mal o estamos enfadados, los padres solemos obsesionarnos con la comida calculando qué comió cada uno y qué no, a falta de algo más interesante para intercambiar y conversar entre unos y otros.

Una vez más, el acto de comer es simplemente una cuestión de comunicación y de intercambio. Si somos felices estando juntos, el niño comerá cualquier alimento natural. Por el contrario, si la tristeza, el miedo, la angustia y las rabias acumuladas llenan nuestra vida, no será nada fácil ofrecer alimento al niño. Porque en el acto de nutrir, será ese enfado acumulado el que reinará mezclado con el alimento.

El niño sentirá que no puede “incorporar” nada, porque si abre su estómago se llenará también de sentimientos negativos, de desesperanza y de angustia. Si los adultos no sabemos lo que nos pasa, o si aun sabiéndolo no lo comunicamos al niño, éste permanecerá privado de la comprensión del mundo emocional familiar, y en esas circunstancias el bebé no podrá introducir nada. Y comida, mucho menos.

Estamos más atados al concepto familia-todos-sentados-a-la-mesa que a la realidad respecto a las voces internas de los niños que saben perfectamente cuándo es tiempo de comer y cuándo no.

Libertad de elección

La idea de meter comida en la boca de los niños como sea, que nos viene impuesta desde las generaciones de la posguerra, sigue presente en nuestros actos cotidianos automáticos, que están desprovistos de sentido. Generalmente, en las mesas nocturnas con niños pequeños no sucede nada especial: las mujeres solemos estar enfadadas con los maridos porque llegaron demasiado tarde, los niños esperaron y ya están cansados para tolerar el tiempo que dura la cena. Los hombres tienen hambre y esperan comer en paz. Los niños no están interesados en la comida y quieren jugar. La televisión suele estar encendida. Todos queremos huir de allí. Si hay niños escolarizados, siempre hay alguna tarea pendiente. Si hay bebés, alguien se tiene que ocupar de ellos.

En fin, raramente es un momento de encuentro; usualmente es un momento de estrés.

Todo sería más fácil si nos otorgáramos la libertad de ofrecer el alimento a los niños cuando ellos manifiestamente tienen hambre. Comerían y nadie tendría ninguna preocupación extra.

¿Pero cuándo aprenderán a comportarse en la mesa, a tener buenos modales y a saber esperar? Cuando sean algo mayores y les importe comunicarse, estar con otros y compartir conversaciones. Además no tendrán que aprenderlo: ya lo sabrán. Porque sus padres habrán sido amables con ellos al respetarlos en sus tiempos de hambre y de saciedad, ya que fueron tomados en consideración en sus ritmos, y fueron bien atendidos según sus capacidades.

Tal vez no nos parezcamos a la televisiva familia Ingalls de La casa de la pradera, pero al menos seremos más honestos entre nosotros. ¿Cuándo regularizarán los horarios de las comidas? No lo sabemos. Los adultos no tenemos hambre todos en el mismo momento, aunque somos capaces de adaptarnos a ciertos horarios estipulados para las comidas. Los niños, cuando crezcan, también sabrán adaptarse.

Mejor en compañía

Quizás aquí resida el “gran secreto”: los niños no pueden comer si están solos. O mejor dicho: no pueden comer comida nutritiva y saludable. En cambio, sí pueden comer comida con mucho azúcar, porque el azúcar reemplaza la dulce compañía. Eso lo saben perfectamente las grandes cadenas de comida rápida cuya principal clientela son los adolescentes y niños. La comida basura, adictiva por la cantidad de azúcar y harinas blancas que contiene, además de grasas saturadas, se puede ingerir sin presencia de otros.

En cambio, los niños adoran comer cuando están en brazos de un adulto. Si tienen cuatro, cinco o seis años, también. Cuando estemos preocupados porque los niños comen poco, hagamos la prueba de tenerlos en brazos mientras nos sentamos a la mesa. Dispongamos alrededor alimentos sabrosos, y que puedan tomarlos con autonomía. El supuesto problema se acabará. Inversamente, pretender que un niño pequeño acabe su plato mientras permanece solo es una utopía y un sinsentido.

Sin imposiciones

Los niños se entrenan para responder a las exigencias de los adultos desde que nacen. Apenas salidos del vientre materno pretendemos que “no se mal acostumbren” y que no reclamen ni teta, ni brazos, ni compañía más de lo que resulta conveniente. Aprenden desde el primer día a frustrarse, a que la vida es dura y que se parece más a la guerra que a la tibieza y el perfume del amor. Cuando necesitan brazos, los bebés encuentran cuna; cuando necesitan contacto, encuentran soledad; cuando necesitan comunicación, encuentran distracción.

A los pocos meses, sin lograr aún enderezar la espalda, reciben a cucharas un puré desconocido: los colores son muy llamativos y las manitas se desesperan por tocar y jugar con el movimiento y con la presencia de la madre... aunque el mecanismo para accionar la lengua y disolver esa comida en el paladar sea todavía inmaduro.

Cuando son capaces de permanecer sentados en una sillita con ositos de colores, comprenden que el tiempo es infinitamente largo y que los adultos persiguen un objetivo claro: ellos deben terminarse todo el plato. Así es como cada comida es una pequeña guerra, un momento de tensión y de hartazgo entre niños y personas mayores. Y a medida que los hijos van creciendo, la comida se convierte en un auténtico suplicio.

Es en ese ámbito, a la hora de comer, que aparece la exigencia como actitud preponderante: lo que deberían lograr, lo que deben ingerir, lo que es indispensable y lo que no se discute. La exigencia tiene que ver con alcanzar una meta que debe ser cumplida de acuerdo a ciertas expectativas valiosas para la persona que exige –en este caso el adulto–, y que los niños reconocen como muy importantes de satisfacer para ser queridos y aceptados. Lo interesante es que los adultos que exigimos que el niño coma ni siquiera revisamos las normas auto impuestas, ni tampoco evaluamos el efecto que produce esta exigencia. Para los pequeños no es una cuestión de “querer” o de “llevar la contraria”, sino que a veces no están en condiciones emocionales, madurativas o de comunicación para responder a la demanda tal como está estipulada.

Saber decidir

Es interesante notar que los niños más exigidos y más presionados van perdiendo la capacidad de saber qué quieren. Acostumbrados a responder al deseo del otro, se pierden su propia búsqueda. No reconocen ni el hambre, ni la elección de alimentos, ni el placer de saborearlos. Muchos terminan con desórdenes alimentarios, o bien con un debilitamiento en su sensibilidad, vitalidad y búsqueda profunda.

La comida es un ritual sagrado y como tal es el momento ideal para aprender a encontrarse consigo mismo y con los demás. No hay fórmulas mágicas para que los niños aprendan a comer, pero si nos ofrecemos un espacio armonioso de intercambio entre adultos y niños, ellos sabrán reconocer la dulzura y la calidez del amor parental.


Un momento para compartir

  • Gustos familiares. A partir de los siete meses, con o sin lactancia, el niño puede acceder a los alimentos sólidos según la cultura y costumbres de cada familia. De nada sirve pretender que el niño coma lo que en casa nadie come.
  • Comer es básicamente comunicación. Que el niño coma depende más de lo que nos contamos unos y otros que del alimento en sí.
  • Compartir menús. Los sabores que nos resultan agradables a los adultos, generalmente también agradan a los niños. Un buen ejercicio es preparar alimentos que todos podamos comer.
  • No nos compliquemos. Dar de comer a los niños es muy sencillo si lo hacemos con la misma sencillez con la que nos sentamos a la mesa cada día.
  • El lugar no importa. Los niños pueden comer en sus cuartos mientras juegan en la medida que los acompañemos. ¿Dónde está escrito que hay que comer en una mesa alta e inalcanzable?


Cuando comemos fuera de casa

  • Seamos previsores. Con niños pequeños, tengamos la prevención de llevar frutas o otros alimentos saludables pero fáciles de trasladar. Sobre todo cuando estamos en lugares donde es difícil adquirir comida de calidad o de una forma rápida.
  • Digamos nuestra opinión. Cuando vamos de visita a casas ajenas, suelen ofrecer a los niños demasiados dulces. Los padres podemos intervenir y agradecer el gesto pero solicitando para ellos alimentos de mejor calidad.
  • Busquemos alternativas. En las fiestas infantiles de cumpleaños solemos servir los productos de peor calidad gastronómica. Podemos ofrecer dulces, pero saludables y hechos en casa. También podemos cambiar las bebidas gaseosas por aguas o zumos de frutas naturales.
  • Aprovechemos la ocasión. Un día en el campo o una celebración familiar en la que hay más niños y circula la alegría, será para ellos una sugerente oportunidad para imitar y para explorar con la comida.

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