Demasiado obsesionados con la limpieza

CRIANZA NATURAL

Estamos demasiado obsesionados con la limpieza

Jesús García Blanca

Mientras los niños se divierten con la tierra, nosotros nos preocupamos de que no se ensucien, olvidándonos de que es esencial para que descubran el mundo que los rodea.

La visita a cualquier parque infantil nos servirá, con toda seguridad, para aprender dos lecciones básicas sobre crianza:

  • Una es la necesidad vital de los niños de estar en contacto con la naturaleza.
  • Y la otra, la preocupación, hasta límites obsesivos, que tienen los adultos por la limpieza y el orden.

Unas horas en este lugar bastarán para contemplar cómo los niños más pequeños buscan la forma de arrastrarse, coger puñados de arena, sentarse o tumbarse en la tierra, jugar con el agua de una fuente, o con matorrales, ramas caídas y piedras. Y entretanto, sus madres, padres o abuelitos los perseguirán tratando de que no se ensucien las manos o la ropa, ni se tumben, ni se mojen... En definitiva, evitando cualquier contacto considerado "poco higiénico". ¿Qué nos dicen estas dos observaciones y cómo podemos aprovecharlas a la hora de plantearnos nuestra propia labor de crianza?

Explorar para conocer

El proceso que los bebés desarrollan para desplazarse es al mismo tiempo una exploración del mundo que los rodea, la cual es inseparable del contacto con los objetos que componen ese entorno, empezando por el suelo. Desde que son capaces de darse la vuelta, comienzan a tocar el suelo, a mirarlo desde otra perspectiva, a percibir texturas, materiales, olores..., un proceso que continúa mientras se arrastran y gatean, e incluso cuando ya se aguantan en pie.

Así, los hallazgos que les permiten adquirir una mayor autonomía se mezclan con aquellos que los ponen en contacto con los objetos que los rodean. Arrastrarse tocando la tierra, sentarse a coger piedras, gatear arañando la arena o caminar pisando charcos forma parte de una constelación de experiencias que contribuyen al desarrollo de la motricidad, de la organización de estímulos, de ese almacén de datos con los que construir su mapa del mundo exterior.

Y todo ello, sin pautas ni objetivos, sin necesidad de enseñarlos, descubriendo a cada paso sus propias capacidades, que brotan espontáneamente a su ritmo si los adultos se lo permiten.

Una sociedad demasiado pulcra

Sin embargo, los adultos –al menos los de las sociedades que conocemos como modernas, industrializadas o desarrolladas– no parecen entender esas necesidades instintivas.

No es difícil escucharles advertir constantemente a los niños que se mantengan apartados de la suciedad: “No toques eso que es caca”, “No te metas las manos en la boca”, “Eso no se toca”..., y un largo etcétera de advertencias represivas, que pueden ir desde el tono cariñoso hasta las amenazas, castigos y agresiones, dependiendo del estado de ánimo del adulto y de la capacidad de reincidencia de los más pequeños.

Los juegos, la expresión emocional y artística, la alimentación y la sexualidad se ven así drásticamente afectados por ese afán de limpieza: nada de tirarse al suelo, mancharse de barro, mojarse, tocar pinturas con las manos, meter los dedos en la mantequilla o explorar su propio cuerpo. Todo queda enturbiado, trastocado, pervertido por la visión adulta, que, sin embargo, descuida completamente la limpieza saludable interior, relacionada con una correcta alimentación, con un libre desahogo emocional, con el respeto a las expresiones curativas de la fiebre, la tos, el llanto o la risa.

La sociedad en su conjunto comparte la misma obsesión esterilizadora: la prueba del algodón en los anuncios de televisión, los artilugios para desinfectar los accesorios del bebé, los innumerables productos de limpieza para el hogar que contienen bactericidas...

Todo ello unido a la teoría imperante en la medicina moderna que considera a los microbios como peligrosos invasores, y la cual ha conducido al uso indiscriminado de antibióticos y antivirales, que está afectando gravemente a nuestro cuerpo, a la simbiosis con los microorganismos y a nuestras propias células, que conservan su estructura bioquímica microbiana.

Asimismo, los adultos estamos condicionados por nuestra propia crianza, y ponemos en práctica un método educativo que parece basarse en la creencia de que la crianza consiste en acostumbrar a los hijos a que hagan esto que nosotros consideramos correcto, porque es así como se ha hecho generación tras generación, y dejen de hacer eso otro, lo que nuestros prejuicios, nuestra ignorancia y nuestro desprecio por sus maravillosas capacidades consideran incorrecto.

Y entre esa multitud de prohibiciones, ocupa un lugar privilegiado todo aquello que implique un contacto directo con la naturaleza, un territorio que en el imaginario de las personas adultas conecta con lo salvaje, con lo espontáneo, con esa temida libertad que tanto le cuesta tolerar a una sociedad como la nuestra, basada en la represión y en el orden, en la limpieza frente a la suciedad.

Empezar por nosotros mismos

Por eso es tan importante que en el momento de afrontar la crianza nos planteemos cuáles son nuestros objetivos y aprendamos el modo de conseguirlos. ¿Queremos que nuestros hijos sean obedientes piezas del engranaje social que considera a las personas mano de obra y fuente de ingresos? ¿O queremos acompañarlos en un apasionante proceso de descubrimiento del mundo y de ellos mismos, que a la vez nos servirá para reencontrarnos con los niños que fuimos y que en muchos –demasiados– casos no tuvimos la oportunidad de vivir?

A. S. Neill, el fundador de la escuela Summerhill en Inglaterra, decía a propósito de la limpieza compulsiva:

“El individuo que se enorgullece de su pulcritud suele ser un hombre de segunda que estima en la vida cosas de segunda. Las personas pulcras muchas veces tienen el alma más sucia”.

Y es que los modales que cada cultura establece como condición para relacionarse en sociedad suelen ser disfraces que esconden naturalezas reprimidas, incapaces de establecer un verdadero contacto humano, el cual hay que sustituirlo por fórmulas preestablecidas llenas de frases ausentes de sinceridad y calor humano.

A su propio ritmo

Muchos padres, y algunos pediatras autores de libros convertidos por desgracia en éxitos de ventas, creen que se puede y se debe enseñar a los bebés a andar, a hablar, a mamar e incluso a dormir.

Empeñados en esta labor totalmente contraria a la naturaleza, se prescriben horarios y duración para las tetadas, se los ata con correas, se los sujeta a artefactos que los mantienen de puntillas o se los acuesta solos en su cuarto dejándolos llorar hasta el agotamiento.

Como parte de este cuadro que abarca todos los aspectos de la vida cotidiana de las criaturas, los adultos se empeñan en enseñarles modales en la mesa, modales en el colegio, modales durante las visitas y, por supuesto, modales en los parques, en las ludotecas y hasta en la playa. La idea parece ser trasladarles las mismas fórmulas huecas que nos distingan de los salvajes y nos aparten de la temida suciedad, fuente de enfermedades y miseria.

Pero el ritmo de la naturaleza es otro, y en el mamífero humano, el psiquiatra austríaco Wilhelm Reich lo denominó “autorregulación”, o lo que es lo mismo, la capacidad de las criaturas para desarrollarse por sí mismas a partir de sus potencialidades, con el apoyo de aquellos adultos que sean emocionalmente capaces de confiar en ellas y de respetarlas.

El contacto con microbios nos fortalece

Nuestro cuerpo es una cooperativa compleja de células, bacterias y virus que conviven en nuestro interior y realizan tareas de vital importancia para la salud.

Nuestras células evolucionaron hace miles de millones de años a partir de la unión de diferentes microorganismos, y nuestro ADN es el resultado de sumar la información genética de todos ellos.

Numerosas especies de bacterias y de virus viven en nuestro cuerpo y realizan funciones de vital importancia, como la digestión, las reacciones inmunitarias o la regulación del desarrollo fetal.

Un elemento clave, tanto para la salud como para el desarrollo, es la convivencia armoniosa con esos microorganismos, y para ello es fundamental la manera en la que colonizan el cuerpo de los bebés, incluso desde antes de nacer.

Las primeras bacterias llegan al bebé ya en su nacimiento, cuando entra en contacto con las mucosas de la madre al atravesar el canal del parto. Posteriormente, le pasarán a través de la leche materna y del contacto piel con piel.

El higienismo, ciencia que estudia las condiciones óptimas que deben darse para que las personas desarrollemos una buena salud, viene planteando desde hace décadas la importancia que supone el contacto con los microorganismos, para así poder conseguir un mayor equilibrio de nuestro sistema inmunitario.

Numerosos estudios relacionan desde entonces el exceso de limpieza y esterilización con una mayor incidencia de:

  • la obesidad
  • la diabetes
  • la dermatitis atópica
  • las enfermedades autoinmunes
  • las alergias
  • las enfermedades degenerativas como el alzhéimer.

En agosto de 2013 se publicó un estudio de la Universidad de Cambridge en el que, tras recoger datos de 192 países, se relacionó la esterilización de los ambientes industrializados con una mayor incidencia del alzhéimer.

Más recientemente, en el The Journal of Allergy and Clinical Immunology se ha publicado un estudio que concluía que los niños expuestos a un menor contacto con microorganismos presentan tasas más altas de alergias y asma.