La familia, amor sin condiciones

CRIANZA CON AMOR

La familia, amor sin condiciones

Cuando somos niños, es el lugar donde nos sentimos amparados. Y como adultos, en los momentos críticos, tristes o alegres, la añoramos. Durante la Navidad, los niños viven la presencia familiar con una intensidad excepcional.

Laura Gutman

Todos nacemos en el seno de una familia, constituida por las personas más cercanas, quienes, se supone, van a cuidar de nosotros, protegernos, alimentarnos y velar por nuestra seguridad.

A veces nuestra familia es numerosa: muchos hermanos, tíos, primos, abuelos, incluso vecinos que funcionan como familiares o amigos, y que también operan con la espontánea cotidianeidad típica de los lazos sanguíneos. En otras ocasiones, la familia puede ser muy reducida; por ejemplo, podemos ser hijos únicos de una madre sola. Pero ser muchos o ser pocos no es positivo ni negativo en sí mismo.

Sólo importa la calidad del afecto y el cariño que haya circulado.

¿Por qué? Porque para el niño, la familia es esencial. Es el hogar. Es el modelo que vamos a tomar para el resto de nuestras vidas.

Al convertirnos en adultos, en cambio, podremos desprendernos de nuestras familias si decidimos transitar otros caminos. Tal vez permanezcamos más ligados o menos involucrados, pero, en todos los casos, ya no dependemos del entorno familiar, como sí dependíamos cuando aún éramos niños.

En definitiva, la familia es aquella instancia donde sentimos que funciona nuestro hogar, allí donde somos amados sin condiciones, donde somos amparados por el solo hecho de pertenecer a esa pequeña comunidad. Todos tenemos una familia, biológica o adoptada. Y es en su seno donde tendremos las primeras experiencias vitales.

Aceptación y apoyo

En los momentos críticos, tanto como en los festivos, añoramos a nuestra familia si no la tenemos cerca. Porque el sentido profundo que tienen para cada uno de nosotros el dolor, la alegría, el recogimiento, el rezo, la plegaria o la honra a la vida, están teñidos por la modalidad aprendida y perpetuada entre quienes hemos crecido juntos. Por eso, en cada aniversario esperamos acompañar y ser acompañados por nuestros familiares. En las partidas. En los cambios. En las decisiones fundamentales. Entendemos que la manera de atravesar los momentos importantes es de la mano de nuestros familiares. Caso contrario, nos resulta muy agobiante si nuestra familia no acompaña, si no acepta, si no apoya.

En períodos festivos como las Navidades, donde todos desviamos energía hacia el recogimiento y el balance de nuestras vidas, acordando con nosotros mismos nuevos proyectos, promesas de bienestar y crecimiento espiritual, sabemos que la familia se constituye en un refugio indispensable.

Si somos adultos y tenemos niños a nuestro cargo, es evidente que la calidad de amparo, protección y cariño que prodiguemos otorgará un sentido trascendental a la fecha que estamos viviendo, llenará de sustancia la música navideña, y encontrará un significado suficientemente concreto, incluso dentro del provocativo aliento hacia el consumo desenfrenado. Aunque resulte imposible sustraerse a la fiebre de las compras, la familia puede dar un marco de calma, abundancia amorosa y placer, que contenga las influencias tóxicas y rescate todo aquello que sea saludable, festivo y alegre.

Durante la Navidad, los niños viven la presencia familiar con una intensidad excepcional. Perciben la intención de los adultos de complacerlos, y constatan que no es un momento cualquiera. De alguna manera, saben que es una época sagrada. Por eso, todas las reuniones que organicemos, los regalos que ofrendemos, las canciones que cantemos y la comida que cocinemos, van a permanecer en el recuerdo de los niños como algo especial, que los marcará de por vida. Es nuestra responsabilidad, entonces, cuidar al extremo la preparación de las fiestas, pero sobre todo, hacer que el festejo sea agradable, rodeado de buenas compañías, sereno, pacífico y sosegado. También recordemos que tendremos que tomar en cuenta a los niños en su especificidad de niños, es decir, atendiendo sus rutinas, el sueño, el hambre y la adaptación a cambios en la modalidad familiar.

Sinceramente juntos

Con frecuencia, la Navidad es el momento del año en que la familia se reúne. Vamos a casa de los abuelos, vamos al pueblo, viajamos hasta las casas de tíos y primos. En ocasiones, estos acontecimientos están rodeados de felicidad, ansiedad y expectativas fundamentadas. Pero otras veces respondemos a mandatos familiares, sin darnos la posibilidad de preguntarnos a nosotros mismos sobre el significado real de estos encuentros establecidos históricamente. Cuando la verdad no reina, cuando la alegría y la genuina intención de estar juntos no son la base de las reuniones familiares, quienes más sufren son los niños, porque ellos sienten lo que nosotros sentimos, pero no tienen la coraza de la moral, ni de las buenas o malas costumbres. Simplemente sienten lo que hay. Y sembrar en los niños la experiencia de pasar la Nochebuena asociada a las furias acumuladas, los rencores de antaño o las guerras afectivas no tiene ningún sentido.

En esos casos, es más generoso festejar sólo en compañía de la pequeñísima familia que conformamos, con el profundo deseo de estar juntos, tomados de la mano, tomando una bebida caliente y mirando las estrellas. Eso, los niños lo recordarán por siempre, colmados de amor familiar.


Aceptar sus virtudes y defectos

  • Los conceptos que tenemos sobre lo que debería ser una familia suelen responder a mandatos históricos, que pueden no coincidir con nuestra realidad. Tal vez hemos soñado con casarnos, tener tres niños y vivir felices para siempre; pero resulta que somos madres solas, o divorciadas, o nos hacemos cargo de dos adolescentes de nuestra pareja, o nuestros padres no aceptan a nuestro cónyuge, o tenemos un niño enfermo y afrontamos las dificultades con más soledad que otra cosa. Es decir, tenemos la familia que hemos sabido construir, y la familia funcionará como tal, si la aceptamos con sus virtudes y defectos, en lugar de pretender la del vecino.
  • Una vez aceptada y reconocida, podemos encontrar en nuestra estructura familiar las ventajas que seguramente nos ofrece. Por ejemplo, si tenemos hijos de matrimonios anteriores –incluso con conflictos pendientes– posiblemente seamos capaces de mover nuestras opiniones sobre todos los “deber ser”. Si nuestra pareja nos ha abandonado, tal vez estemos gozando de cierta libertad. Si nos tuvimos que hacer cargo de nuestros padres mientras nuestros hermanos se desentendieron del asunto, quizás también obtenemos beneficios secundarios porque vivimos en la gran casa familiar. Generalmente, hay un abismo entre la familia ideal y la familia real, pero la sorpresa aparece cuando nos damos cuenta de que la familia ideal no nos hubiera entrado ni con calzador y, en cambio, la familia real vibra en un orden perfecto para cada uno de nosotros.


Fantasías, ofrecimientos e ilusiones

En nuestro afán por colmar a nuestros hijos de amor y cuidados, anhelamos ofrecerles también una familia extendida cariñosa y generosa con ellos. Esperamos que los abuelos –nuestros padres y suegros– ofrezcan a sus nietos tiempos, diversión, disponibilidad y comprensión. Pero con frecuencia esto no sucede. ¿Por qué? Porque esos abuelos han sido nuestros padres, quienes no han sabido estar cerca de nuestras experiencias infantiles. Tanto hemos sufrido nosotros que hoy esperamos resarcirlos. Entonces depositamos todas las expectativas en ellos, basándonos en fantasías, sin ninguna conexión con sus capacidades reales o sus deseos genuinos. Preguntar a esos abuelos qué están dispuestos a ofrecer a sus nietos hoy puede ser una buena manera de desarmar nuestra ilusión, construyendo intercambios surgidos de la verdad interior.