CRIANZA RESPETUOSA

Libera a tu hijo de etiquetas

Los niños actúan en función de lo que se espera de ellos. Ayudémosles a explorar todas sus posibilidades sin encasillarlos.

Laura Gutman

Es frecuente que nombremos a nuestros hijos “etiquetándolos” según sus personalidades, sus habilidades o dificultades recurrentes. A veces ni siquiera son merecedores de ciertos rótulos, ya que les son asignados porque sencillamente ciertas aptitudes quedaron vacantes dentro de la familia.

Es necesario tener en cuenta que solemos repartir roles entre nuestros hijos. Si hay un solo niño, obviamente esto no sucede. Pero en la convivencia de un mínimo de dos hermanos, veremos como frecuentemente consideramos a uno muy conversador y al otro introvertido, creemos que uno se expresa físicamente y el otro intelectualmente, que uno es muy rápido y el otro lento, que uno pide y el otro calla o espera.

Las “escenas” que montamos en las dinámicas familiares son similares a las obras de teatro: cuando los niños llegan, encuentran un baúl lleno de disfraces. Al primero en llegar solemos ofrecerle el traje de princesa, al siguiente el de caballero... Luego los trajes que permanecen disponibles son el de malvado, de dragón, de bruja, de sabio o de pastor. En las familias vamos repartiendo los roles según la disponibilidad que haya.

Sin embargo, cuando en el futuro los niños pretendan cambiar sus trajes entre unos y otros, aparecerá la fuerza de la etiqueta con la que ya han sido catalogados. Ellos tendrán la intención de concretar el trueque entre el dragón y el cazador, pero aunque cambien el disfraz los padres seguiremos mirándolos y nombrándolos según el disfraz que les fue asignado originalmente.

SENSACIÓN DE INJUSTICIA

Ése es un momento sutil e invisible, en el cual el niño registra que algo funciona mal. No puede expresarlo con claridad, pero se sabe prisionero del rol que le ha sido fijado y ha asumido como propio. Si se lo considera divertido, nadie lo reconocerá cuando está preocupado; si se piensa que es tonto, nadie le creerá cuando traiga la mejor nota de la escuela; si es el más agresivo, siempre se le echará la culpa por los llantos ajenos.

Es decir, el niño vivirá con una sensación de injusticia permanente, y sobre todo sentirá que no es mirado honestamente, sino que la lente desde el cual es observado, estará siempre teñida por el color del personaje.

¿Cómo podemos darnos cuenta si catalogamos con diferentes etiquetas a nuestros hijos? En primer lugar, es necesario que hagamos un recorrido sobre las etiquetas dentro de las cuales hemos quedado prisioneros durante nuestras infancias, al mismo tiempo que nos resultará útil recordar las adquiridas y sufridas por nuestros hermanos. Esta reflexión nos ofrecerá pistas sobre los modelos internalizados que posiblemente luego vamos a usar en el reparto de roles entre nuestros hijos.

VERDADES A MEDIAS

Pensando en nuestras infancias, solemos afirmar: “Yo era una niña llorona”, “Era callada pero excelente alumna”, “Yo era tonta”, “A mí me gustaba molestar”, “Fui la peor entre todos los hermanos”, “No daba nada de trabajo”, “Yo era muy ingenua”. Tomamos estas afirmaciones como si fueran verdades absolutas. Y en parte es posible que hayan tenido relación con hechos concretos del pasado, pero ningún niño es en todas las ocasiones llorón, ni tonto, ni molesto, ni tímido, aunque haya habido situaciones en las que efectivamente haya llorado, molestado o haya estado intimidado.

RESPONSABILIDADES

Sin embargo, lo que encierra a cada niño dentro de un personaje cualquiera, y lo obliga a jugar hasta el final de sus días dicho personaje, es la palabra del adulto. Es el adulto quien nombra quién es el niño. Le da una identidad. Luego, los adultos y los niños creemos que eso que ha sido nombrado a partir de una circunstancia fortuita se convierte en lo que el niño realmente es.

Ese adulto suele ser la persona con quien el pequeño se identifica más. Generalmente, la madre. Lo que ella diga se va a convertir en “palabra santa” para el niño. A veces puede ser el padre o la abuela, depende del valor que se adjudique en la familia a cada uno de estos adultos.

La cuestión es que hay un adulto que da identidad al niño a través de un rasgo que lo caracteriza, sea "positivo" o "negativo", por ejemplo: el llorón, el inteligente o el independiente. ¿Qué ventajas y desventajas tiene para un niño pequeño asumir un rol determinado?

VENTAJAS

Entre las ventajas está la comodidad, es decir, la costumbre de vincularnos de una sola manera reconocida y probada. Si soy llorón, puedo llorar todo lo que se me antoje. Puedo expresar mis sentimientos sin vergüenza, incluso si me desacreditan a causa de tanto llanto, porque de todas maneras se espera de mí que llore. Tengo permitido expresar mis tristezas y dificultades.

Dentro de otro rol, si soy inteligente, no importa cuántas veces me equivoque, voy a seguir siendo inteligente porque los demás me ven bajo la lupa que sólo distingue las habilidades inteligentes. Puedo demostrar mis aptitudes y sentirme admirado y querido haga lo que haga.

En cambio, si soy independiente, puedo ejercer mi libertad porque se supone que nadie me puede atar. Tomo mis propias decisiones, me arriesgo, me lanzo, me atrevo y respiro el aire de la autonomía.

Otra ventaja de las etiquetas es que los demás ya nos reconocen de una cierta manera, es decir, que en la medida que cumplamos con los requisitos del personaje, seremos vistos. Lo cual no es poca cosa.

DESVENTAJAS

Ahora bien, esos atributos tienen a su vez importantes desventajas. Básicamente se sienten cuando el niño queda encerrado en un rol determinado, sin poder salir de allí. Por ejemplo, el llorón tiene relativamente impedida la puerta de la alegría; por lo tanto, no logra ser feliz. Si hay circunstancias alegres o divertidas, el niño llorón no encontrará lugar para expresarlas y si lo hace, no será reconocido como tal.

El inteligente se exige a sí mismo la perfección y no tiene habilitado el relax o la distracción. Si se equivoca o se confunde, dejará a todos desorientados. Incluso los demás pueden reaccionar con inusitado enfado, dándole a entender que no se le permite responder con menos excelencia que de costumbre.

El independiente no pide nada, porque se supone que no necesita nada; por lo tanto, no podrá reconocer sus genuinas necesidades y creerá que le corresponde encontrar por sí solo las respuestas a cada problema. Se supone que nadie es capaz de ayudarlo y que son los demás quienes necesitan de su colaboración.

Así funcionan todos los roles, sean valorados o no por los padres.

Todo personaje tiene ventajas que actúan como habilitadores de mirada y aceptación, y desventajas que generalmente son aquellas que nos encierran en esa única manera en que los demás nos reconocen.

OFRECERLES LIBERTAD

El sufrimiento que genera “la cárcel del personaje” es lo que los adultos necesitamos reconocer y modificar, con el fin de ayudar a nuestros hijos a asumir la libertad de navegar entre múltiples posibilidades. Para ello, nada mejor que observarlos, alentarlos y admirarlos sin reducir sus acciones a ninguna etiqueta establecida. Por ejemplo, si no han estudiado, pues conversaremos sobre esa circunstancia en particular en la que no han estudiado; pero ese hecho puntual no los convertirá en niños “poco estudiosos”. Si son buenos practicando algún deporte, estaremos atentos a nombrar cualquier otra habilidad que posean, ya que eso no los convierte solamente en buenos deportistas.

DIÁLOGO AUTÉNTICO

Estar atentos a no encasillarlos en sus habilidades será más fácil si miramos a todos nuestros hijos en conjunto. Y si tratamos de reconocer la tendencia que tenemos a mirar a unos bajo un cristal y a otros bajo otros cristales, es decir, teñidos de nuestras suposiciones preestablecidas. Entonces, para sustraernos del desliz de mirar sólo el personaje, sería ideal conversar con ellos, saber qué es lo que les pasa, qué sienten, qué dificultades tienen, qué necesitan de nosotros, en lugar de que ellos nos escuchen hablar –refiriéndonos a ellos– con otras personas desde los personajes que ya hemos construido y determinado para cada uno.

Si conversamos y dialogamos con ellos, sabremos que cada momento es diferente, casa instante trae una nueva versión de los acontecimientos; por lo tanto, no hay lugar para los encasillamientos, sino para el genuino interés por cada niño. Entonces ellos podrán ser niños completos, que a veces ríen, otras veces se divierten, otras veces estudian, otras veces se portan muy mal y otras veces son cariñosos. Es decir, podrán vivir la complejidad que atañe a todo ser humano.


EJERCICIO PARA LIBERAR ETIQUETAS

  • Tratemos de escribir en un papel algunas de las frases que oíamos repetir a nuestros padres cuando se referían a nosotros cuando éramos pequeños.
  • Intentemos recordar si esas palabras nos hacían felices o infelices. Si nos ponían en aprietos, si nos sentíamos exigidos, despreciados, humillados o valorados.
  • Procuremos rememorar si, en esos momentos, anhelábamos convertirnos en otros niños.
  • Escribamos los nombres de los niños o adultos que nuestros padres valoraban.
  • Evoquemos un acontecimiento en el cual hayamos sido reconocidos por lo que realmente éramos.
  • Guardemos el papel escrito y leámoslo cada vez que no estemos contentos con las actitudes de nuestros hijos. Recordar las palabras de nuestra infancia y el efecto que nos producían nos da una nueva visión de la de nuestros hijos.


CÓMO DESCUBRIR SUS FACETAS

  • Juguemos a cambiar las etiquetas entre los niños de vez en cuando. Pidámosle al más “perezoso” que ayude a su hermano a hacer la tarea que el “siempre hacendoso” no sabe hacer. Ellos se complacerán en descubrir que pueden jugar otros roles, y que pueden sentirse cómodos en ellos.
  • Estemos atentos a no catalogar a nuestros hijos según sus etiquetas cuando entramos en nuevos ámbitos, por ejemplo, la escuela. Esperemos a que la maestra nos dé información. Nos sorprenderemos.
  • Tratemos de recordar una y otra vez preguntarles cómo están, antes de suponer cuáles serán sus respuestas.
  • Si un niño se cree demasiado inteligente o brillante, mostrémosle las inteligencias de los demás. Si un niño se cree poco valioso, torpe o disminuido, mostrémosle sus maravillosas y originales habilidades.
  • Cuando nos enfadamos con ellos por lo que sea, estemos atentos a no catalogarlos.

Una cosa es lo que han hecho, y otra muy distinta aquello que son.

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