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Crianza

Lo que los hijos nos enseñan día a día

Sin decir ni una palabra, son capaces de mostrarnos los placeres que esconden las cosas de la vida cotidiana y el poder del amor. Son nuestros pequeños maestros

Dr. Carlos González

Los hijos cambian nuestras prioridades, desafían nuestras creencias y pulverizan nuestras certezas. Muchas veces, lo primero que nos enseñan es que casi todo lo que sabíamos sobre niños era falso.

¿Qué podemos aprender de nuestros hijos?

El shock puede ser especialmente duro para los que han estudiado algo relacionado con la infancia: educadores, psicólogos, puericultores... Qué les voy a contar, yo era médico y todavía recuerdo mi asombro, mi estupor y mi pánico la primera vez que mi hijo pidió el pecho ¡antes de las cuatro horas!

Incluso para una maestra con experiencia, tener hijos puede traerle muchas sorpresas. Dar clase a 15 o 20 niños resulta ser más fácil que ser madre de uno solo.

Autoridad con dulzura

Del recién nacido nos sorprende su increíble fragilidad. Esa cabecita que no se aguanta erguida, esa piel tan suave que nos asusta frotarla con la esponja, esos deditos tan delgados, en definitiva, esa absoluta incapacidad para sobrevivir sin nuestros continuos cuidados. Y, sin embargo, sobreviven. Con apenas un gesto o un suspiro son capaces de darnos instrucciones detalladas, de decirnos lo que necesitan en cada momento, lo que hacemos bien y lo que hacemos mal.

En cuanto a la autoridad, el poder efectivo no lo ejerce aquel que infunde temor, sino el que suscita amor

Les basta la cuarta parte de una sonrisa para recompensar nuestros desvelos con tanta eficacia que nos damos por bien pagados. Consiguen lo que quieren de nosotros sin gritarnos, amenazarnos, castigarnos o premiarnos. Por eso, si nos fijamos, podemos aprender mucho sobre el ejercicio de la autoridad, ya que el poder efectivo no lo ejerce aquel que infunde temor, sino el que suscita amor.

Amor perfecto

Nuestros hijos se hacen amar de forma desinteresada. Es evidente que no los queremos ni por su dinero, ni por su agradable conversación, ni por su inteligencia, ni por su belleza. Todo lo contrario, nos parecen inteligentes y hermosos porque los amamos. Los recién nacidos, con la piel arrugada, pringosos e incapaces de esbozar una sonrisa, solo resultan hermosos a sus propios padres, que con el paso de los meses se esfuerzan en descubrir, ante el irónico silencio de familiares y amigos más objetivos, que su hijo es el más listo del mundo por lo bien que dice “ajó”, por lo fijamente que mira las cosas o por la habilidad con la que saca el capuchón a un bolígrafo cuando tan solo tiene siete meses. Puede que los queramos tanto porque ellos nos han enseñado a hacerlo. Los niños quieren a sus padres con locura, desinteresadamente, desde el primer momento.

Nos pierden de vista y lloran de terror; los cogemos en brazos y están en el paraíso. Aprendamos a dejarnos querer

No importa que seamos antipáticos, o vagos, o sucios, o iracundos, o estúpidos, nuestros hijos nos van a querer por encima de todo, al menos durante la infancia. Cuando tu hijo de cinco años te dice que eres la mamá más guapa del mundo sabes que no es un cumplido vacío ni una mentira piadosa, sino que de verdad lo cree. Así pues, es difícil no amar a alguien que desde el primer momento en que te vio te ha mirado con adoración. Tanto nos quieren nuestros hijos –sobre todo a la madre, aunque a los padres también nos gusta incluirnos en ese “nos”– que en sus primeros años de vida no quieren pasar ni un momento separados de nosotros. Nos pierden de vista y lloran de terror, los cogemos en brazos y están en el paraíso. Aprendamos a dejarnos querer.

Descubrir el mundo

¡Hay tantas cosas nuevas en el mundo! El bebé mira con el mismo asombro el pendiente de mamá, las gafas de papá, su propio pie izquierdo (“¿De dónde habrá salido este pie?”), el folleto publicitario y la pelusa de debajo de la cama. Cada objeto debe ser cuidadosamente observado, tocado, chupado, girado, apretado, estirado, olfateado y, a ser posible, destripado hasta que todas sus características y propiedades sean conocidas.

Cada gesto, cada sílaba, cada salto ha de ser repetido mil veces, variado, conectado con otros anteriores, hasta convertirse en juego, en palabra, en movimiento. Durante unos años, los padres gozamos del extraño privilegio de ver el mundo casi como lo ve un niño, de volver a encontrar misterio y maravilla en cosas que de tan cotidianas que son nos resultaban invisibles.

Como nuestros padres

Tal vez no sea algo inmediato. Tal vez nuestras primeras semanas, nuestros primeros años como padres estén tan llenos de descubrimientos, de zozobra y de alegría, tan llena de segundos cada hora, que no nos queda tiempo para la reflexión. Pero, de pronto, un día nos damos cuenta de que también nosotros hemos sido niños como ese niño, también hemos mirado el mundo con esos ojos de asombro, hemos llorado con esa negra desesperación y hemos reído con esa exuberante alegría. Y luego nos damos cuenta de que también nuestros padres fueron padres como nosotros, que también sintieron el peso abrumador de la responsabilidad, y de algún modo dieron un paso al frente en vez de huir y se hicieron cargo como hacemos nosotros, sin ninguna certeza, pero con mucha esperanza.

Y nos damos cuenta de que también nuestros padres fueron padres como nosotros, y sintieron el peso de la responsabilidad

Comprendemos que también nuestros padres se vieron perdidos en un bosque de dudas y en una bruma de consejos contradictorios, que también ellos se emocionaron al notar nuestras primeras patadas en la barriga, que también acariciaron nuestros frágiles deditos, y limpiaron sin repugnancia nuestras cacas y nuestros mocos, y admiraron nuestros primeros gorjeos y nuestros pasos vacilantes, y nos consideraron los más guapos y los más listos, y se preocuparon por nuestra fiebre y se despertaron a media noche por nuestra tos, y nos contaron cuentos y escucharon pacientes nuestras historias, y perdieron los nervios y nos gritaron, y se arrepintieron y nos abrazaron, y se les humedecieron los ojos y hubieran dado la vida, y nos quisieron con locura como nosotros queremos a nuestros hijos. Amén.

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