¿Piden demasiado?

CRIANZA

¿Los bebés y los niños piden demasiada atención?

Aunque los adultos tenemos la sensación de vivir permanentemente dedicados a satisfacer a nuestros hijos, la realidad es bien distinta. Pocos son los minutos que logramos permanercer a su lado sin hacer nada, sólo contemplándoles. Mientras, ellos esperan.

Laura Gutman

Las madres y los padres vivimos la primera infancia de nuestros hijos agotados por tanta dedicación. Solemos quejarnos de la demanda permanente de los bebés y los niños pequeños. Parece que nunca tienen suficiente. Sin embargo, para probar si realmente nos hemos dedicado a ellos tanto como creemos, propongo que intentemos permanecer 15 minutos sentados sin hacer nada, en el cuarto de los niños, una vez al día. Repito: sin hacer nada. Sin responder los mensajes de texto, sin escribir un e-mail, sin escuchar los mensajes del contestador. Sólo observando al niño y estando disponibles para su juego.

Aunque os parezca increíble, casi nadie logra tamaña aventura. Normalmente suena nuestro móvil, o hemos llegado tarde y ya no nos sobran 15 minutos para dedicarlos a no hacer nada, o hicimos la compra semanal y hay que organizar la nevera, o tenemos que hacer esa llamada que hemos pospuesto todo el día para pedir hora de visita al médico. Y los días van pasando y no logramos encontrar ese cuarto de hora de disponibilidad para aquietarnos y, simplemente, mirar al niño pequeño. Todos los padres pensamos que nuestros hijos son lo más valioso y amado que tenemos. Pero no logramos permanecer en exclusividad con ellos 15 minutos al día.

TOMAR CONCIENCIA DE LA SITUACIÓN

Desde el punto de vista de los bebés y los niños pequeños, siempre existen otras situaciones que son prioritarias para nosotros. Entonces los niños esperan. No tienen otra opción. Esperan que nos desocupemos para poder atenderlos con la cabeza y el corazón, completamente dispuestos a responder a sus requerimientos. Parece que en la vorágine de nuestra vida cotidiana ese instante nunca llega.

Para hacer más gráfica la vivencia del niño, intentemos relatar con lujo de detalles el desarrollo de un día común, por ejemplo, un martes. Luego tratemos de relatar con palabras sencillas el transcurso de ese mismo día, pero desde la vivencia del niño. Es muy revelador. Y es aún más impactante cuando describimos el desarrollo de un domingo –cuando se supone que no hay presiones de trabajo, horarios ni apuros– y descubrimos que los domingos los niños están aún más solos que durante la agitada semana laboral. Es impresionante constatar que tampoco el domingo hemos logrado sentarnos esos 15 minutos en el suelo sin hacer nada.

Si permaneciéramos un rato quietos junto al niño, el niño podría aquietarse y entrar en una profunda calma interior.

Pero las madres hacemos exactamente lo contrario: cuando los niños están tranquilos, salimos corriendo a preparar la comida “aprovechando” que está entretenido. Entonces el niño pequeño interpreta: “Cuando estoy tranquilo y juego solo, pierdo a mi mamá. En cambio, si molesto, reclamo, lloro... mi mamá se queda conmigo”.

Si hiciéramos la prueba cuando nuestro hijo está tranquilo, y permaneciéramos serenamente en el cuarto leyendo un libro pero disponibles, el niño aprendería que si juega solo, no hay riesgos de perder a la mamá. Es decir, puede jugar solo pero no está solo. Es una pequeña gran diferencia.

Cuando estamos verdaderamente disponibles y sin prisas, logramos que los niños sean tranquilos. En estas circunstancias, ellos desarrollan la confianza, pueden distraerse y hacer volar la imaginación porque saben que no nos van a perder en el camino. Se convierten en niños dóciles y seguros.

Demorarse unos instantes cada día no es una pérdida de tiempo, en absoluto, incluso si el bebé o niño pequeño no nos reclama nada en apariencia. Porque si nos ve actuar de esta manera lo que aprende es la capacidad de autosatisfacerse, de serenarse, de saber que puede pedir lo que sea, lo que precise, porque siempre habrá un tiempo y una disponibilidad para ser escuchado y contemplado. Entonces no será un niño demandante al extremo, sino simplemente un niño pequeño que comunica lo que le sucede y que pide apenas lo que necesita.

¿LOS NIÑOS PIDEN DEMASIADO?

Lamentablemente hoy en día se habla constantemente de la falta de “límites” en los bebés y los niños pequeños. Pero debemos dejar de lado la soberbia y el autoritarismo. Debemos sincerarnos y tratar de reconocer nuestras propias limitaciones. Si así lo hacemos, podremos ver que los niños nos reclaman a gritos que estemos finalmente disponibles para ellos entre tanta obligación cotidiana.

Es posible que los niños que reclaman y reclaman atención hayan sido bebés relativamente desatendidos. Eso no significa que las madres no los hayamos atendido con amor. Significa que la percepción que tenemos las madres de la cantidad de tiempo que les hemos dedicado es enorme, pero, en cambio, no ha sido suficiente para la vivencia del bebé. Por lo tanto, el bebé o el niño, hoy no está pidiend0 demasiado, sino que necesita resarcirse de lo que no ha podido obtener en el pasado.

HORAS DE DESCANSO COMPARTIDO

Sólo las mujeres que hemos sido madres sabemos qué significa atravesar las noches con un niño en brazos. Si creemos que hay objetivos que cumplir, y si suponemos que el bebé debe dormir... la experiencia puede parecerse al infierno. El cuerpo resiste cada vez menos, agobiado por el cansancio y el dolor de espalda. La tensión crece dentro de la pareja, ya que el niño se va convirtiendo en un pequeño ser que devora todas las ilusiones que habíamos inventado durante el enamoramiento. Sin posibilidad de dormir, la desintegración psicológica es bien real. Nuestras expectativas personales son cada vez más pobres, ya no pretendemos ser inteligentes o funcionales ¡sólo queremos dormir!

Es posible que entremos en guerra con el bebé, con sus reclamos y necesidades. Es posible que sintamos que todo eso es demasiado, que ya lo hemos hecho todo a su favor y que no podemos ofrecerle más cobijo ni presencia.

Pero en realidad, el niño nos está buscando con el único fin de que nosotras mismas nos encontremos.

Nos ha buscado durante el día sin éxito. Ahora sabe que durante la noche nos encuentra. Durante esas horas, si somos capaces de permanecer en contacto completo con su cuerpo, descubriremos que hay pocos momentos de conexión y de encuentro personal tan poderosos como los que se dan durante la noche con un niño cerca.

De hecho, la noche puede convertirse en una bendición, sólo si aceptamos entrar en contacto profundo con ese niño, que es la representación viva de nuestra espiritualidad y de nuestro yo profundo. Podemos lograr un estado de paz, equilibrio y plenitud. Podemos colmarlo y colmarnos a nosotras mismas mientras dormimos.

DEJARNOS LLEVAR POR LA SERENIDAD

Para el niño pequeño no hay tiempo, y los relojes no sirven de nada en el reino atemporal de la maternidad. Durante la noche, muertas de cansancio y sudor, podemos sentirnos verdaderamente en estado de gracia divina. La noche con un niño en brazos que no puede ni debe estar solo es una oportunidad. Es la ocasión de estar lúcidas cuando el mundo entero duerme, cuando el teléfono no suena, cuando no hay distracción posible. Así soñamos y derretimos lo que queda de nuestros pensamientos mezclándolos con ideas extrañas, música celestial y olor a leche.

Nuestra cultura intenta anular lo que queda de intuición. Las reglas que hemos impuesto socialmente a las madres y los padres respecto al “buen dormir” de los niños son dignas de mentes autoritarias y estúpidas. No hay nada más atroz que dejar llorar a un bebé durante horas porque “es lo correcto”. No importa qué teorías avalen tamaña barbaridad. Sigue siendo un despropósito. Un abuso de autoridad. Un castigo cruel. La noche es el momento ideal para que madre y niño nos reencontremos, cansados de modernidad, de ruidos y obligaciones. La noche es nuestra mejor aliada, porque nos arroja a la serenidad y al sentido común, al poder responder suavemente a las necesidades del bebé.

OTRAS MANERAS DE COMPENSARLOS

Nuestros bebés nos esperan largas horas. Si somos mujeres muy ocupadas, podemos compensarlos cargándolos sobre nuestro cuerpo con portabebés o fulares. Mientras el niño esté en contacto permanente con el cuerpo de su madre puede nutrirse de ella. En cambio, si el niño “acompaña” a su madre sentado en su silla de paseo, continúa vaciándose de madre hasta no tolerar más tanto dolor. La diferencia entre estar cerca y estar pegado al cuerpo es inmensa para la vivencia del bebé.

En todos los casos, tratemos de imaginar cómo vive el bebé una situación cualquiera. Tratemos de ponernos en su lugar, en su discapacidad motora, en su cuerpo pequeño, en su falta de lenguaje verbal, en su dependencia emocional, e imaginemos cómo nos gustaría a nosotros ser tratados, acompasados y cobijados frente a la adversidad.

Sería ideal que los padres y las madres conserváramos la actitud de “ponernos en lugar del bebé” tanto de día como durante las horas nocturnas: tratar de imaginar cómo vive, observa, escucha, tiene miedo, se sorprende, se asusta, se relaja, se divierte, se aquieta o se comunica.

Los bebés y los niños pequeños están cansados de esperarnos cada día. Ya no saben cómo hacérnoslo saber. Los adultos deberemos darnos cuenta, dejar nuestras razones de lado y tratar de entender las razones de nuestros hijos, quienes, en realidad, deberían ser los únicos privilegiados.


EL PAPEL DEL CUIDADOR

Si la demanda del niño nos abruma, otras personas pueden satisfacer sus necesidades en alguna medida. Sólo tenemos que explicarles qué pretendemos que hagan:

  • Tenerlo en brazos siempre que el niño lo requiera.
  • No hacer tareas domésticas mientras lo cuida.
  • Estar disponibles, ser amables con el niño.
  • Ponerse a su altura siempre que sea necesario;por ejemplo, jugando a ras de suelo.
  • Responder a los momentos de hambre, sueño o cansanciode nuestro hijo sin hacerle esperar.
  • Hablarle con suavidad y palabras sencillas.
  • Despedirse de él cada día con respeto.
  • Comunicarnos cualquier anomalía o dificultad.


LA RELACIÓN CON EL PADRE A SOLAS

Habitualmente los hombres tienen mayor facilidad para el juego. Aunque a veces no encuentra el modo de jugar con un bebé de pocos meses, apenas el pequeño sonríe, levanta los brazos o responde a ciertos estímulos, el padre suele relajarse y disfrutar inventando un juego.

Es posible que estén menos saturados que nosotras respecto al tiempo dedicado a los niños, por eso ésta es la ocasión perfecta para que las mujeres salgamos un rato de casa. Eso sí, seamos respetuosas con el modo en que el padre ha encarado la relación con su hijo.

No lo critiquemos si busca la compañía de su propia madre para ocuparse del bebé. Las mujeres somos mediadoras en el vínculo entre los hombres y los niños pequeños. Mientras el niño esté confortable, permitamos que cada padre encuentre su manera de asumir su cuidado.

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