¡Mamá, tengo miedo!

Confianza

¡Mamá, hay un monstruo! Comprendiendo el miedo de los niños

Qué se esconde tras sus temores

Laura Gutman

Las personas mayores sabemos que no hay un fantasma real allí afuera, que los monstruos no existen y que la oscuridad no les hará daño alguno, pero la vivencia de los niños es que serán devorados en cualquier momento y que no hay nadie que los cobije.

Por esa razón, de nada sirve que nos molestemos en explicarles que los monstruos no los lastimarán si seguimos dejándolos solos en casa, en la guardería, en la escuela, con la canguro, en la familia, entre primos o vecinos..., sin ninguna mirada exclusiva por nuestra parte y, además, desmereciendo la manera en la que ellos perciben el mundo.

Porque una cosa es lo que les decimos con nuestras palabras y otra cosa bien distinta es lo que ellos perciben.

Para empezar, sería prudente estar dispuestos a escucharlos. Y, sobre todo, a buscar esos monstruos internos que han crecido dentro de ellos mucho antes de que pudieran nombrarlos.

La calidad del cuidado, permanencia, presencia, brazos, calor, paciencia y disponibilidad emocional, que les hemos prodigado o no, desde sus nacimientos hasta hoy, han hecho crecer, en mayor o menor medida, a los monstruos que se han alimentado de soledad, de lejanía emocional y de falta de palabras.

Por eso, será necesario revisar todas las experiencias desde su punto de vista, recordando todos los pedidos que ese niño ha formulado bajo diferentes formas, llantos, enfermedades o alergias, hasta percibir el abandono emocional en el que ha crecido.

El mundo interno de los niños suele estar muy lejos del de los adultos, aunque también podemos decir que los adultos solemos permanecer atrincherados en nuestras opiniones tratando de tener razón, pero alejados de la realidad emocional y de las necesidades de los niños. Preferimos centrarnos en nuestras lógicas y determinar que deben dormir, comer y estar solos, y, sobre todo, no ver monstruos donde no los hay.

Los niños tratarán de adaptarse para ser amados, satisfaciendo los deseos de sus padres. Procurarán permanecer solos el mayor tiempo posible... hasta que un dragón les haga señas con intención de comérselos. En ese instante, su valentía caerá en pedazos como los castillos de cristal que se propusieron erigir, y el miedo invadirá todo su ser.

¿Qué ha sucedido? En la medida en que el entorno sea hostil para los niños, ya desde que nacieron pidieron presencia, cuerpo y calor sin obtenerlo, su vivencia general es terrorífica.

Pensemos que el miedo no es ninguna tontería. Si los niños pequeños tienen miedo, tienen razón. Somos los adultos quienes tenemos que ayudarlos, con comprensión, compañía y legítima defensa. Los niños no nos piden explicaciones lógicas. Necesitan presencia y disponibilidad genuina. Cuerpo y brazos. Caricias y canciones.

No hay antídoto más eficaz contra los malos y contra los muy malos que la seguridad brindada por el cuerpo materno en sintonía con la fragilidad del niño.

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