Madres y bebés comiendo

Nutrición infantil

¿Mi hijo come lo suficiente? Claves para averiguarlo

Desconfiamos de la capacidad de autorregularse de los niños, pero muy pocas veces hay problemas. Cuando son bebés, amamantar a demanda es lo mejor

Dr. Luis Ruiz

La alimentación de los hijos es una de nuestras preocupaciones primordiales. “¿Qué tal come?” es la pregunta que siempre nos hacen abuelas, amigas y todo el mundo cuando presentamos a nuestro hijo en sociedad, porque en nuestra cultura, las épocas de escasez alimentaria forman parte de la historia reciente de nuestros padres o abuelos. Pero, cuando nos hacen la famosa pregunta, nos ponen en una situación incómoda, porque no sabemos muy bien cómo valorar si come bien o no. Lo que sí tenemos claro es que es un tema importante porque inquieta a todo el mundo.

¿No tiene hambre o rechaza el alimento?

Y en todas las edades, porque incluso cuando somos adultos independientes, nuestras madres nos siguen preguntando si comemos bien y en las mesas familiares siempre escuchamos algo parecido a “¿Seguro que no quieres un poco más?, ¡pero si no has comido nada!”. Posiblemente, una de las razones por las que se le da tanta importancia al apetito es porque cuando estamos enfermos nos encontramos apáticos e inapetentes.

No obstante, hay que saber que la falta de apetito en estos casos es un síntoma más y que, por más que intentemos que nuestros hijos coman más, eso no va a solucionar la enfermedad causante. Es un síntoma que no se puede tratar por mucho que nos preocupe. Lo mejor suele ser ofrecer comida sana y que coma lo que más le apetezca y la cantidad que quiera. 
En cambio, sí que es un signo muy importante como valor de control. Detectar el “rechazo de alimento” es uno de los síntomas que los pediatras recomendamos que los padres reconozcan en los niños, sobre todo en los lactantes, ya que una infección importante suele debutar con esa falta de apetito.

No pueden comer como nosotros

Aunque en ocasiones ocurre justamente todo lo contrario. Por ejemplo, los lactantes que tienen dolor de oídos suelen calmarse mamando o chupando más biberón porque esto los alivia. Algunos parecen no hartarse nunca y maman a todas horas, aumentando de peso hacia los límites más altos de las gráficas. Esta situación tampoco es natural pero nos preocupa menos, aunque no debería ser así.

Los niños necesitan más calorías que los adultos, pero como su peso es inferior, la cantidad proporcional es menor

También ocurre que si buscamos las recomendaciones de lo que tienen que comer los niños en las famosas tablas de las casas comerciales podemos llegar a errores importantes. Las pautas que se dan son siempre al alza ya que si dieran un valor medio de alimentación, los padres se limitarían a dar esa cantidad y la mitad de los niños se quedaría con hambre. Por lo general, los niños necesitan más calorías que los adultos, pero como su peso es inferior, la cantidad proporcional también es menor. No pretendamos que nuestros hijos coman igual o más que nosotros, aunque en algún momento pueda ocurrir.

Cada uno es diferente

En definitiva, son los niños quienes mejor saben lo que necesitan, y una vez tienen suficiente, dejan de comer. Los padres han de ofrecer alimentos, pero no obligar a que se coman lo que ellos creen. No hay que preocuparse: si tienen suficiente comida, los niños sanos comen lo que necesitan. Porque cada uno es único y diferente, tiene necesidades propias según su constitución y metabolismo.

Además de estas diferencias, los niños precisan más o menos alimento según su actividad física. Y aún existen otros factores. La demanda también se incrementa durante los estirones (en los niños más mayorcitos) y en las crisis de crecimiento (en los lactantes).

Si piden mucho de mamar deja que el pecho adapte su producción a la demanda

Durante estas últimas, los pequeños piden pecho insistentemente de tal forma que muchas madres se preocupan, se confunden y creen que se han quedado sin leche. Si en estos momentos se dan las mal llamadas ayuditas (leche artificial), aparecen los problemas, porque no se da al pecho la oportunidad de adaptar su producción a la demanda.

En los más grandes también ocurre algo parecido. Es posible que tras un proceso gripal con inapetencia y con reposo en cama, el niño dé un estirón e inicie un periodo de hambre incrementada, devorando todo lo que pilla. Tanto las crisis en la lactancia como los estirones son procesos de corta duración y autolimitados, luego se vuelve al equilibrio.

¿Es bueno lo que come?

Esta es otra de las variables que nos inquieta a los padres. ¿Le puedo dar congelados?, ¿es necesario que la comida sea ecológica?, ¿es buena mi leche? Todas estas preguntas ya empiezan con la lactancia y están en la mente de las madres actuales. Pero cuando las familias vivíamos mayoritariamente en un medio rural y se consumían productos locales, estas preguntas no se planteaban. En realidad, lo que los niños han hecho siempre es comer como sus padres o cuidadores: la comida de proximidad y de temporada, que es lo que la naturaleza ofrecía en ese lugar y ese momento. Hoy en día esto ha cambiado: la producción de los alimentos está lejos de donde vivimos, pero a nuestro alcance, y comemos lo que nos ofrecen los mercados, alimentos de cualquier lugar en cualquier momento del año.

Es verdad que los alimentos frescos son mejores por lo general que los que están envasados o llevan conservantes. Y que los platos preparados contienen muchos colorantes y a menudo demasiada sal. También sabemos que la sal puede producir trastornos cuando se consume en exceso y hoy estamos limitando su uso en toda la población y sobre todo en los bebés y niños pequeños.

Pero lo que sigue siendo cierto es que los niños acaban comiendo por proximidad lo mismo que sus padres o cuidadores. Muchos estudios certifican también la gran eficacia de “practicar con el ejemplo”. Y un ejemplo de proximidad: seguramente los padres vegetarianos no obligan a sus hijos a serlo, simplemente comen lo que tienen cerca y aunque prueban otros alimentos, acaban comiendo lo que tiene cerca y están acostumbrados.

Los alimentos frescos son mejores que los envasados. Los platos preparados contienen colorantes y demasiada sal

En cuanto a la calidad de la leche materna, no hay “leche mala”, solo hay “mala idea” o ignorancia. Y se convierte en negligencia cuando quien lo dice debería saberlo. Afortunadamente, cada vez más sanitarios conocemos los mecanismos y beneficios de la lactancia materna y ayudamos a las madres que quieren amamantar para que lo hagan todo el tiempo que quieran.

El mejor alimento

La leche tiene todos los compuestos esenciales de una buena alimentación: hidratos de carbono, proteínas y grasas. La humana es la mejor y la más fácil de digerir para los bebés. Cuando crecen, la leche sigue siendo un buen alimento que puede tomarse mientras la madre y el niño quieran, pero ya no debe ser el único.

De hecho, hay niños que cuando llegan a los cuatro o cinco años dejan de producir una enzima (lactasa) que ayuda a digerir el azúcar de la leche (lactosa) y entonces empiezan a rechazarla diciendo que no les gusta, aunque en realidad lo que les pasa es que la digieren mal. En los productos lácteos que pasan por un proceso de fermentación, como el yogur y el queso, la lactosa se predigiere, por lo que ese problema de intolerancia desaparece.

Cuando crecen, el alimento básico son los hidratos. Son necesarias menos proteínas de las que creemos

Cuando los niños son mayores, el alimento que más les hace falta son los hidratos de carbono, que están situados en la base de la pirámide de la alimentación. El pan, la pasta, los cereales son básicos en el aporte de estos hidratos de carbono. Aunque también es necesaria una cantidad mínima de proteína para crecer, los expertos en nutrición aseguran que los niños de nuestro país toman más proteínas de las que necesitan. Estas son algunas de las carencias que más preocupan a los padres:

  • La falta de hierro y la anemia, con una dieta equilibrada, no hay riesgo de que se produzca. Una pequeña cantidad de proteína animal es suficiente para aportar el hierro necesario. En los bebés, cortar el cordón umbilical cuando deja de latir aumenta sus reservas de hierro los primeros meses de vida.
  • La falta de yodo afecta a un porcentaje de niños y adultos españoles. Los niños han de tomar poca sal, pero debe ser yodada.
  • El calcio de la leche tampoco es un elemento imprescindible. Otros lácteos y muchos vegetales también contienen calcio suficiente.
  • Las dietas vegetarianas, si están bien equilibradas, tampoco tienen por qué ser deficitarias en ninguno de los nutrientes esenciales.

Nunca obligar

No fuerces a tu hijo a comer. Si dudas sobre su estado nutricional, consúltalo con su pediatra, pero no para que coma más, sino para controlar que todo esté dentro de la normalidad, sin patología alguna. Y si tu hijo está todo el día comiendo y no parece hartarse, habrá que consultar también. En ocasiones puede tratarse de un “hambre emocional” que se calma comiendo.

Por último, no te angusties y no confundas el hambre con las ganas de comer. El hambre genérico es la falta de alimento y, seguramente, tu hijo no la está pasando. Sí puede ocurrir que no tenga ganas de comer porque está cansado, porque ya no necesita más o porque no le apetece. En ese caso no te preocupes.

Si se pasa el día comiendo, puede tratarse de un “hambre emocional” que intenta calmar con alimento

Ningún niño tendrá problemas si tiene comida al alcance de su mano y, si no lo forzamos ni le prohibimos, comerá según sus necesidades y no padecerá ningún tipo de déficit nutricional.

Para saber si crece bien

Si queremos confirmar que un lactante come suficiente, no es necesario mirar tablas de cantidades, solo hay que tener presente que de donde no hay, no sale, dice el refrán. Así que no podemos pensar que come poco si está haciendo pipí y caca con normalidad. Otra buena pista que los padres podemos apreciar fácilmente es que se ría y esté feliz y contento. Y que no pierda peso.

Ayuda mucho pensar que hay una gran variabilidad entre los niños sanos y que los sanitarios ya controlarán si crece y se desarrolla según su constitución. También podemos ver en las cartillas que las Consejerías de Salud nos da cuando nace el niño, si este desarrolla unos patrones adecuados. En los centros de salud existen unas guías con unos parámetros de crecimiento y desarrollo muy claros que nos orientan sobre cuándo es necesario buscar ayuda.

Interpretar las señales de los lactantes

Aunque no puedan decirnos si tienen hambre o están satisfechos, su lenguaje corporal es muy elocuente, pero hay que saber leerlo:

  • Llora: no siempre el llanto del lactante es por hambre. También puede ser por calor, sed, dolor de oídos, gases, piel irritada en la zona del pañal, etc.
  • Se chupa la mano: cuando el lactante se descubre las manos, las pone con frecuencia en la boca, sin que eso sea un signo de hambre necesariamente.
  • Come en tres minutos y se suelta: hay bebés que pueden hacerlo porque son muy eficaces en la extracción de la leche. No hay que valorar solo el tiempo que tarda, también hay que ver cuántas tomas hace, si está nervioso, la evolución del peso y otros parámetros.
  • Quiere estar siempre mamando: el pecho no es únicamente comida, hay otras necesidades afectivas y biológicas que el bebé satisface con la lactancia. También produce relajación, tranquilidad, calor; tiene un efecto analgésico, da seguridad física y emocional, etc.
  • No eructa: en nuestra cultura aún se cree que el eructo es una señal de satisfacción tras haber comido, cuando en realidad significa que ha ingerido un exceso de aire al intentar comer con una mala posición de agarre o en caso de obstrucción nasal por mocos. Es más común que suceda en la alimentación con biberón que al pecho.

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