El miedo apaga su capacidad de aprender, el placer la enciende.

JUEGO LIBRE

El miedo apaga su capacidad de aprender, el placer la enciende.

Cuando un niño juega no está "perdiendo el tiempo". El juego es la forma más placentera de aprender, particularmente en los primeros años de la vida.

Francisco Mora

¿Quién no ha experimentado la alegría que produce un día sin clase, ese día que, con 4 o 5 años, el maestro nos ha llevado de excursión? ¿Quién no recuerda el entusiasmo con que ese día mirábamos todo, fuera en un pueblo o una ciudad o el campo y cada detalle, bien la rama de un árbol con frutos o un ramillete de pequeñas flores en un prado o las formas y los colores de las casas o las espadañas de las iglesias?

Pues bien, esa misma alegría es la evocación del placer que nos empuja a aprender sin nosotros saberlo. Aprender es un proceso universal cuyos códigos vienen impresos en todos los seres vivos. A lo largo de millones de años, más de doscientos, la naturaleza ha construido en el cerebro, particularmente de los mamíferos (y el ser humano lo es) un manto con el que ha hecho caliente y placentero aprender, sobre todo ese aprender espontáneo de los primeros años.

Aprender, desde casi el mismo momento del nacimiento, es un proceso consustancial con el mantenimiento de la propia vida. Aprender es la necesidad del individuo más vieja del mundo, como lo es comer o beber o reproducirse. Y es un hecho que el que aprende lento o mal perece pronto como quien no bebe o no come.

Nada se puede aprender más que aquello que sobresale de la monotonía y te dice algo, aquello que posea un significado para el que aprende, sea de bueno o malo, placentero o doloroso. Y ese significado lo proporciona la emoción, esa energía con la que nos vemos empujados a interaccionar con el mundo y lo que hay en él y manipular las cosas y tocarlas y ver cómo están hechas para manejarlas mejor. Todo eso claramente es aprender.

Es más, todos tenemos la experiencia que lo que mejor se aprende y se memoriza luego mejor es aquello que produce un impacto emocional.

Cierto que, particularmente en tiempos primitivos, aprender del dolor era fundamental para la supervivencia, fuera de un arañazo producido por un matorral espinoso o el de una bestia. Era importante aprender del dolor o del miedo para no repetirlo. Pero lo cierto es que ahora en los niños de nuestras escuelas aprender con dolor es claramente negativo.

La letra con sangre no entra.

Para aprender bien hoy, en los colegios, hay que hacerlo con ilusión y alegría, evitando el miedo que apaga la capacidad de aprender.

El miedo produce apagón emocional

De modo que sin emoción positiva, no hay un buen aprendizaje. Sin emoción positiva no se enciende la curiosidad y sin ella no se abren las ventanas de la atención. Y sin estas últimas no hay aprendizaje, ni memoria, ni conocimiento.

La naturaleza ha sabido envolver de alegría lo que más solidamente se aprende y memoriza. Es esa alegría que experimentan los niños cuando solos o con otros niños juegan con cochecitos o con un lego ensamblando piezas de colores y construyendo algo y equivocándose y rectificando ese equívoco constantemente y lo vuelven a repetir y vuelta a comenzar de nuevo. O corretean con otros niños persiguiéndose en un parque.

Lo interesante de todo esto es que lo que los niños están haciendo realmente es desarrollar sus capacidades mentales. Debiéramos saber, y saber bien, que cuando un niño juega no está “perdiendo el tiempo” sino que, por el contrario, esta trabajando, aprendiendo.

Aprender y aprender bien, a esas edades, requiere del juego que es como un disfraz con el que la naturaleza ha vestido de colores el aprendizaje.

El juego es, casi siempre, la forma placentera de aprender, particularmente en los primeros años de la vida.

Cuando a un niño de apenas un año, sentado sobre la alfombra de su habitación y que está ensimismado en algo, descubre un objeto llamativo, gatea y lo coge con sus manos. Después lo mira, lo explora, lo manipula. Y poco después lo deja o lo tira. Pero al poco tiempo vuelve sobre el objeto y lo vuelve a explorar. Y lo vuelve a tirar. Y así repite la operación posiblemente varias veces.


¿Qué está haciendo el niño?

Sin duda que para mucha gente lo que hace es simplemente “jugar”, es decir, como ya he señalado antes, haciendo algo inútil con lo que deja pasar el tiempo. Pero no es así. Lo que hace el niño es, por el contrario, aprender de manera inconsciente como son las cosas que ve a su alrededor, midiendo distancias entre él, su propio cuerpo, y lo que le rodea y grabando esas medidas en patrones y programas neuronales en su cerebro con los que luego, a lo largo de toda su vida, podrá realizar movimientos voluntarios de forma precisa como coger una bolígrafo, darle la mano a alguien, o coger un libro de la estantería.


Pero también está aprendiendo de lo sensorial, es decir, aprendiendo a construir y distinguir los colores, las formas, la profundidad de los objetos que ve y la relación de distancia entre unos objetos y otros. Y también de lo que se mueve y los ruidos que produce y de lo que toca.

De modo que lo que hay detrás del juego es un trabajo de aprendizaje que el cerebro del niño disfraza con placer.

El placer, es un engaño, un señuelo, una recompensa, construido por la naturaleza en todos los sistemas nerviosos con los que todos los seres vivos hacen las cosas e interactúan en el mundo de una forma inexorable.

Y así es como, con la apariencia del juego, se realiza un trabajo temprano, duro e inconsciente.

Trabajo con el que el niño cambia la física y la química, la bioquímica y la fisiología de su propio cerebro. Es de estas grabaciones neuronales, camufladas con el juego, de las que depende el desarrollo y la conducta normal de la vida adulta.

El juego es vital para los niños. Dejemos pues que los niños jueguen.

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