Nuestra relación con la escuela

CRIANZA RESPETUOSA

Nuestra relación con la escuela

Elegir un colegio para los hijos no siempre es fácil. Van a pasar muchas horas allí, así que necesitan un lugar donde aprender sintiéndose cómodos, arropados y respetados.

Laura Gutman

Generalmente, los niños no piden ir a la escuela. Pero así estamos organizados socialmente: los padres trabajamos y los niños tienen que ir a la escuela y aprender. Precisan alfabetizarse, saber cálculo y obtener una serie de herramientas útiles para poder vivir –en el futuro– dignamente como parte de la sociedad.

La escuela cumple, además, otra función: la de hacerse cargo de los niños durante muchas horas al día mientras los padres no estamos en casa para atenderlos. Sin embargo, para abordar honestamente este tema de la escolaridad, tendríamos que reflexionar sobre el tipo de escuela que inventamos hace varios siglos y que hoy continúa funcionando con mínimos cambios estructurales.

Una escuela basada en cierta pasividad de los niños, la autoridad de los maestros y las reglas disciplinarias. Con mayor o menor amabilidad, esta es la estructura básica.

Y resulta que no todos los niños la toleran. Incluso los padres nos encontramos con que aceptamos y respetamos ciertos aspectos de la escuela, pero otros nos resultan inadmisibles. Sin embargo, allí enviamos a nuestros hijos todas las mañanas y los recogemos todas las tardes. ¿Qué podemos hacer con nuestras contradicciones? ¿Con aquellas particularidades que no toleramos? ¿Con quién nos corresponde comentarlo? ¿Hay algo que podamos hacer al respecto?

Tal vez valga la pena detectar las prioridades. Desde mi punto de vista, un punto que no se puede pasar por alto es el respeto hacia el niño. Es posible que eso esté escrito en los postulados de la institución, pero no sea una actitud cotidiana de los maestros hacia los niños. Tal vez incluso exista una falta de respeto de los padres hacia la escuela, y por lo tanto, los niños actúen bajo los mismos parámetros: nadie respeta a nadie.

Este problema es muy amplio y no solo tiene que ver con decir algún exabrupto o vociferar o pelearse en un momento inadecuado. La falta de respeto abarca también el despropósito de que haya niños y adultos en un lugar en el que nadie quiere permanecer. Por eso, esta problemática que nos compete a todos merece honestidad intelectual y voluntad para hacer cambios, aunque sean pequeños y cotidianos.

Colaboración entre adultos

¿Cómo podemos detectar que nuestro hijo no está bien en la escuela? Tomando en cuenta lo que dice –si ya ha adquirido el lenguaje verbal– o, incluso, dando valor a sus manifestaciones físicas: sus enfermedades recurrentes, su agresividad, su cansancio crónico, su llanto o sus miedos.

Es de suma importancia que un niño que se niega a ir a la escuela cada mañana, repitiendo una escena desgarradora una y otra vez, sea tomado seriamente. Que sea siempre igual no significa que tengamos que banalizarla, sino, justamente, que el problema ha de tomarse con la seriedad que merece.

En primer lugar, deberíamos ser capaces de averiguar cuáles son los motivos –lo más concretos posible– que hacen sufrir a nuestro hijo, para determinar si podemos hacer algo al respecto. Si el problema está basado en el vínculo poco feliz entre el maestro y el niño, no cabe duda: nos corresponde conversar abiertamente con el maestro, acercarnos humanamente, hacerle buenas preguntas, relatarle lo que sabemos que le sucede a nuestro hijo y determinar si podemos hacer algo juntos para ayudarlo. En caso de no lograr comprensión por parte del maestro, siempre es posible acercarnos a la autoridad inmediatamente superior, no para acusar ni juzgar, pero sí en busca de algún movimiento que facilite a nuestro hijo su permanencia en la escuela.

Supongamos que el problema radica en la confrontación con algún niño o grupo de niños que lo atacan, se burlan de él o lo atosigan. En estos casos, también sería adecuado conversar con el maestro y ofrecerle algún tipo de ayuda; no solo dirigirnos a él para reclamar o exigir soluciones. Somos los adultos los que –entre todos– tendríamos que poder encontrar respuestas favorables para los niños.

Si hay dificultades con el aprendizaje, quizás tengamos que evaluar si nuestro hijo está tomado por circunstancias afectivas que lo “distraen” y no le permiten concentrarse. Esas distracciones pueden tener el origen en el hogar, pero también en la escuela. En esos casos, volverá a ser muy importante que conversemos con el maestro, ya que si él tiene conocimiento de alguna situación emocional que está viviendo el niño, tal vez sepa abordarlo y tratarlo de un modo suficientemente amable para que se sienta bien.

Siempre es posible que nosotros tengamos la buena intención de conversar con el maestro, con los directivos o con la institución, pero que desde ese otro lado no haya nadie interesado en atender la problemática de un solo niño, cuando tal vez tienen 500 alumnos en la escuela. Ahí sí tenemos un problema. Quizás nuestro hijo no necesita que nos sumemos a una lucha social por los derechos del niño. Tal vez solo precisa que los padres lo cambiemos de centro escolar. O necesita quedarse unos días en casa, tomarse unas pequeñas vacaciones.

Lo que nuestro hijo necesita, en cualquier caso, es que sepamos qué es lo que le sucede, que lo detectemos, lo nombremos y acordemos con él maneras posibles de encontrar una solución.

Compensar sus esfuerzos

A veces los padres –por comodidad– no registramos los sufrimientos de nuestros hijos en la escuela, porque eso supone tener que hacer movimientos que quizás no nos convienen: tener que enviarlos a una escuela que está más lejos, o que es más cara, o donde no hay vecinos y no contamos con otros padres para compartir los viajes de ida y vuelta. Eso es comprensible. Sin embargo, para un niño, ir a la escuela todos los días cuando ese es un lugar de sufrimiento, resulta desesperante.

Vale la pena –en lugar de pensar cuál es la escuela que ideológicamente deseamos para nuestros hijos– estar atentos a sus reacciones y acompañarlos a buscar y encontrar la escuela que les sienta bien, que les conviene. Son ellos quienes tienen que estar confortables, no los padres.

Posiblemente ha llegado la hora de hacernos preguntas novedosas y esenciales respecto a la utilidad, la conveniencia y el sentido profundo que tiene la escuela urbana hoy en día. Tendríamos que preguntarnos si los niños realmente aprenden, si están en condiciones emocionales y físicas de aprender, si eso que aprenden sirve para algo, si adquieren valores morales positivos para el crecimiento, o si simplemente acumulan experiencias de soledad, distancia emocional, agresiones o autoritarismo.

Además, no olvidemos que el mayor esfuerzo para ellos reside en tener que pasar una gran cantidad de horas en la escuela, bajo exigencias de rendimiento mental y con muy poco tiempo disponible para descansar y jugar creativamente.

Otro esfuerzo desmesurado para el niño es permanecer tal cantidad de tiempo sin recibir cuidados familiares, es decir, sin mirada cariñosa, contacto físico y reposo hogareño. Justamente, eso es lo que tenemos que compensar.


¿Qué aprenden los niños?

  • Salvo leer y escribir –cosa que todos los niños escolarizados aprenden y recuerdan para siempre–, la mayoría de materias estudiadas en la escuela, alejadas de su significado trascendental, las vamos olvidando poco tiempo después de haberlas abordado.
  • Cuando nuestros hijos empiezan la educación secundaria, los adultos nos damos cuenta de que hemos olvidado prácticamente todo lo que estudiamos entonces, ya sea en relación a la historia, la geografía, la biología, la educación cívica o el análisis sintáctico. No porque sean conceptos sin interés, sino porque no los aprendimos en relación a nuestras experiencias vitales. Además, no los hemos necesitado para encarar los desafíos de la vida adulta.
  • Así, podemos llegar a tener la sensación de que horas y horas de nuestra vida, de nuestra energía vital, de nuestra curiosidad y nuestro entusiasmo, se han perdido en un barril sin fondo de conceptos vacíos, junto con otros sinsentidos de nuestra infancia.
  • La pregunta que hoy podemos hacernos es: ¿Qué es lo que los niños desean aprender? Otras cuestiones nos pueden ayudar a reflexionar sobre ello: ¿Quiénes podemos enseñarles? ¿Cuánto tiempo disfrutan los niños de vínculos cariñosos con otros adultos o entre pares? ¿Qué necesitan saber para sobrevivir, para prepararse para el futuro, para convertirse en personas de bien?

La tarea de los maestros

  • Uno de los dramas de la educación actual es la pérdida del sentido profundo que la enseñanza tenía para cada maestro. La enseñanza es un oficio sagrado, pero en algunas escuelas de hoy se encuentra reducido a luchas salariales, falta de interés, apatía ante el trabajo y encuentro con problemáticas sociales que superan y entorpecen el estudio de los escolares.
  • Muchos maestros se han extraviado del sendero personal que los llevó a elegir los caminos del entendimiento. En muchas ocasiones se encuentran superados por realidades sociales, sin apoyo intelectual ni político para enfrentarse a ellas. Muchos de ellos están en la escuela con el deseo y la esperanza de estar en otro lado en un futuro.
  • Si la escuela no representa una oportunidad de crecimiento para los maestros, no podrá constituirse en un lugar de aprendizaje para nuestros niños. Sobre este tema también tenemos que conversar entre adultos, esforzándonos en buscar una solución que nos beneficie a todos.

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