Crecer en libertad

CRIANZA CON RESPETO

El olvidado valor de crecer en libertad

Los niños necesitan disfrutar de pequeños riesgos y aventuras para construir su propia identidad, así que no los protejamos en exceso y cedámosles cierta autonomía. Ellos sabrán que estaremos cerca si nos necesitan.

Heike Freire

A los cuatro o cinco años yo escribía muy despacio. Era la más pequeña de la clase de párvulos y los minuciosos gestos que requiere un trazo claro y conciso me resultaban extremadamente difíciles. De modo que, cuando esa Navidad vinieron a buscar las cartas para los Reyes Magos, no pude entregar la mía porque no estaba terminada. Aquella tarde me quedé en clase durante el recreo y, mientras mis compañeras escuchaban un cuento, salí del cole sin permiso. Sabía que, al otro lado de la calle, había unos grandes almacenes en cuya entrada se sentaba un hombre de larga barba blanca y lujosos vestidos.

Empujé la enorme puerta de madera, y enseguida me encontré en la calle, sola, llena de miedo, desobediente. Doblé la esquina; el corazón me latía con fuerza, y la avenida llena de luces, coches y peatones me pareció mucho más grande que de costumbre. Por primera vez en mi vida iba a cruzarla yo solita. Respiré hondo pegándome al borde de la acera, en el paso de cebra, miré varias veces a ambos lados y eché a correr. Frente a mí, el paje sonrió unos instantes mientras recogía mi carta. No tuve tiempo de darle las gracias. Como una exhalación giré sobre mis talones y corrí de vuelta al colegio. Afortunadamente, nadie se había percatado de mi ausencia.

Decisiones propias

Recordé esta pequeña aventura muchos años después, durante una interesante conversación con la escritora Lenore Skenazy, autora del libro Free-Range kids (algo así como “Niños criados al aire libre”). La prensa estadounidense le había otorgado el título de la “peor madre de América” por dejar que su hijo de nueve años tomara solo el metro en Nueva York para ir al colegio.

Ese día había impartido una excelente conferencia sobre el miedo y el exceso de seguridad que rodea a los niños de hoy, y para demostrarlo agitaba en sus manos unas minúsculas rodilleras que, según dijo, se comercializaban en su país para gatear: “Una actividad al parecer tan peligrosa como jugar al rugby”, ironizaba.

Después charlamos tranquilamente sobre la importancia de esas vivencias infantiles de autonomía y aventura, no supervisadas ni controladas por los adultos, para la construcción del yo. Entonces comprendí que aquel día que crucé la calle sola me había sentido, quizá por primera vez, un ser independiente, competente y capaz de tomar mis propias decisiones.

Fue el principio de un largo proceso de maduración que culminó con el acceso a las responsabilidades de la edad adulta, pero que, en realidad, no termina nunca.

En contacto con la naturaleza

En mis investigaciones he podido compartir experiencias como esta con muchas personas distintas. Pequeños y grandes relatan memorias infantiles de gran intensidad que fueron algo así como la piedra angular en la construcción del edificio de su personalidad, de su identidad.

En general, son recuerdos felices que vienen acompañados de una gran sensación de libertad y aventura, además de un sentimiento agudo de responsabilidad.

Un alto porcentaje sucede al aire libre, en contacto con la naturaleza. La mayoría tiene la impresión de vivirlas solo (incluso estando con otros niños), lejos de la mirada adulta, aunque muchos sienten que sus padres, tíos y/o abuelos no andan muy lejos y, sobre todo, que están disponibles en caso de necesidad.

En los entornos naturales, niños y niñas de todas las edades, épocas y culturas del mundo corren, saltan, se mojan y se manchan con agua, tierra...; suben a los árboles, escalan, hacen fuego, cocinan, se esconden, se pelean como cachorros, usan objetos puntiagudos, cuidan plantas, hacen amistad con animales, exploran paraísos, trazan mapas, siguen rastros, construyen refugios y cabañas, cazan y pescan de manera real o imaginaria, y crean pequeños universos utilizando su fantasía e imaginación.

Muchas de estas actividades nos asustan, pero así ellos pierden el miedo a equivocarse, se vuelven más creativos y desarrollan seguridad y confianza en sus propios recursos, habilidades y capacidades.

Aprenden a confiar en la vida, a sentir que la tierra es su auténtico hogar.

Defendamos sus derechos

Laura, una niña de 10 años, expresaba así una de estas vivencias que podríamos llamar “iniciáticas”: “Una noche, el verano pasado, mi prima y yo nos escapamos por los tejados. Fuimos a robar limones y ver a los caballos. Era muy emocionante; tanto que, al volver, no conseguíamos dormir”.

Por desgracia, las oportunidades de vivir experiencias como estas no dejan de reducirse: las condiciones de vida han cambiado tanto que muchos entornos donde los niños crecen, juegan y aprenden resultan hostiles. Actividades comunes para las generaciones anteriores, como ir solos a la escuela, se han vuelto problemáticas y peligrosas. Pero si comprendemos la importancia de esos momentos, podremos defender el derecho de todo niño a disfrutarlos.

Recuerdos de nuestra infancia

Para comprender la importancia de estas vivencias infantiles te propongo el siguiente ejercicio:

  • Túmbate o siéntate confortablemente y cierra los ojos. Conecta con tu respiración, observa tu vientre y tu pecho subiendo y bajando al ritmo del aire que sale y entra. Siente las sensaciones de tu cuerpo: el peso, el calor...
  • Permite que los pensamientos lleguen y pasen. Cuando sientas que tu mente empieza a vaciarse, trae a tu conciencia un recuerdo de la infancia. No tienes que pensarlo, solo dejar que aflore. Al principio puede ser difuso, pero poco a poco se va haciendo más nítido, aparecen formas, colores...
  • Cuando lo hayas saboreado plácidamente toma papel y lápiz (o colores, plastilina, barro...) y úsalos para expresar lo que has revivido en ese momento: ¿dónde estabas?, ¿qué hacías?, ¿con quién?, ¿qué sucedió?, ¿cómo te sentías?, ¿qué significado tiene para ti?, ¿qué crees que te ha aportado en la vida?

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