Me siento rara

Crianza

¿Por qué me siento tan rara?

Alteradas, perceptivas, intuitivas... diferentes. Estar identificadas con las sensaciones de nuestro bebé nos ayuda a dedicarnos a su crianza.

Laura Gutman

Todas las mujeres pensamos lo mismo cuando nos encontramos con un bebé en brazos: Creemos haber enloquecido.

Nada sucede según lo planeado. Habíamos dedicado mucho tiempo a organizar el parto, el posparto, las visitas, el trabajo, la familia, los acuerdos de pareja, el dinero, los proyectos y hasta la decoración del cuarto del niño. Habíamos soñado que la llegada del bebé sería un momento totalmente feliz y pleno. Hoy el niño ha nacido y en parte estamos felices. Lo amamos. Pero hay otra parte compleja de describir, que es caótica y desorganizada. No es el bebé. Somos nosotras.

Nada es como antes. Lloramos por nada, hemos devenido olvidadizas cuando antes éramos puntuales y obsesivas, actuamos con torpeza cuando antes éramos cuidadosas, nos inundan sentimientos contradictorios cuando antes éramos seguras y lineales. El mundo ha dado un giro. Los intereses que coloreaban nuestra vida han desaparecido por arte de magia. Nos molesta el ruido. Nos aturde la música, cuando antes vivíamos enchufadas al mp3. Dormir se ha convertido en urgencia, una prioridad cotidiana. Ya no nos reconocemos.

Momentos de desconcierto

Nuestra pareja nos mira extrañado. Nuestra propia madre nos observa atónita. No podemos creer que un ser tan pequeñito como un bebé recién nacido haya tenido el poder de desarticular tantos aspectos de nuestra vida cotidiana que estaban prolijamente ordenados. Nada es como esperábamos que fuera, pero por encima de todo, nosotras mismas hemos dejado de ser las que éramos. Éramos pasionales y hemos extraviado todo interés en el sexo, en la cultura, en el cine, en el trabajo, en las relaciones de amistad, en la buena comida o en lo que sea que hasta ahora haya sido importante para nosotras. Lloramos o reímos o nos angustiamos o entramos en pánico o en éxtasis o en delirios o en ilusiones. Pasamos de la alegría a la desesperación en unos pocos segundos.

Intensidad emocional

¿En qué nos hemos convertido? ¿Acaso hemos enloquecido? No. Sin que nadie nos haya anunciado que algo así ocurriría, sucede que hemos ingresado en un “estado alterado de conciencia”, sin haber consumido alucinógenos, sino por el solo hecho de haber ingresado en el puerperio.

El puerperio es el período de tiempo en que la mujer permanece en sintonía absoluta con el bebé. Por lo tanto, no está limitado a la cicatrización de las heridas como consecuencia del parto ni al lapso de abstinencia sexual, sino que es una época de gran intensidad emocional, probablemente sólo comparable al tiempo en que nosotras mismas fuimos bebés.

El bebé recién nacido es un ser muy diferente a nosotros. Tiene todas sus capacidades intuitivas en el punto de máxima expresión. Es lógico que así sea, ya que desarrollará sus capacidades intelectuales durante los años siguientes. Para que una madre pueda “reconocer” e “interpretar” el mundo del bebé, es decir, para estar en condiciones de comprender las necesidades reales del recién nacido y satisfacerlas al máximo, la hembra humana está diseñada para convertirse, de alguna manera, en alguien bastante parecido a su bebé, mientras el hijo sea muy pequeño. Si nos parecemos a él, lo comprenderemos.

¡Por eso sentimos que hemos cambiado y que hemos enloquecido! Si durante veinte, treinta o cuarenta años, hemos desarrollado una determinada personalidad, y de repente, apenas transcurrido el parto, nos convertimos en alguien parecido al bebé, en alguien que siente como un bebé, percibe como un bebé, escucha como un bebé, se comunica como un bebé y necesita como un bebé... todo se vuelve confuso. Puede llegar a ser aterrador.

Es totalmente comprensible que estemos atemorizadas y que deseemos volver a ser “como antes”. Sentimos que hace demasiado frío, o demasiado calor, o hay demasiado ruido, o la energía está contaminada, o la presencia de otros individuos nos abruma. Sentimos exactamente lo que siente nuestro bebé. Y eso es lo mejor que le puede suceder –al bebé, claro–: tener a una madre con suficientes recursos concretos para asegurarle la supervivencia, pero que, al mismo tiempo, esté en la misma frecuencia de comprensión intuitiva. Dicho de otro modo: que nosotras “hayamos enloquecido”, es decir, que hayamos ingresado en un estado de conciencia, de percepción y de telepatía afinadas con las señales sutiles del bebé, es lo que asegura a nuestro hijo la satisfacción de sus necesidades básicas. Es necesario que las madres estemos en la misma frecuencia de onda que nuestros recién nacidos. En caso contrario, no podríamos “comprenderlos”.

Seguir sus señales

Aceptemos que para criar a un niño pequeño es absolutamente necesario entrar en una frecuencia de onda totalmente diferente. Y que el niño será quien nos guíe. También es importante saber que no hay peligros. Que cuanto más nos dejemos llevar por las señales del niño pequeño, más rápidamente llegaremos a “destino” y encontraremos un nuevo “alineamiento” interior, aunque sea muy diferente al que acostumbrábamos a llevar en nuestra “vida pasada”, la vida que hemos vivido sin hijos, y que parece haber sucedido hace más de un siglo.

La sensación de locura, de angustia, de confusión y de pérdida de bordes, aumenta cuando decidimos luchar contra ella, en lugar de fluir como un río. Suponemos que haciendo esfuerzos para volver a “la normalidad” cesarán las sensaciones que nos desestabilizan. Sin embargo, es pertinente saber que sería ideal aprovechar estos estados alterados de la conciencia, fundirse, entregarse, abrirse; ya que muy pocas veces en nuestra vida lograremos generar estos niveles de lucidez y de comprensión de nosotras mismas y de los demás. El acomodamiento espiritual es indescriptible en palabras. Podemos sentir la Unión con el Todo, a través de la experiencia de unión profunda y total con el bebé.

¿Por qué es tan difícil dejarnos llevar por esta experiencia, si las sensaciones pueden ser muy placenteras? El principal obstáculo se instala al constatar que estamos en una frecuencia de onda diferente al resto de la humanidad. El miedo a la locura se refuerza cuando nuestras percepciones son divergentes e inexplicables. Otra dificultad aparece cuando pretendemos explicar racionalmente “eso que nos pasa”. O peor aún, cuando esperamos que los demás –principalmente nuestra pareja– se sumerja en esa frecuencia que está reservada sólo a la madre en situación de puerperio.

Resistencias racionales

El mayor obstáculo para lograr atravesar este período de gran torpeza intelectual, pero de una exquisita solidez afectiva, es creer que esto no debería estar sucediendo. Cuando aparecen estados de lucidez emocional, o sensaciones de omnipotencia –frecuentes después de un parto vivido con plenitud–, rápidamente las descartamos, las ocultamos o las minimizamos porque nos resulta muy complicado ubicarlas en alguna estantería del armario de los fenómenos explicables.

¿Por qué los demás no nos comprenden? Porque quedan apartados de la experiencia. El bebé no es un ser social y no permite que muchos individuos ingresen en el pequeño territorio emocional que tiene reservado para la madre. El padre puede amar al hijo, pero eso no significa que ingrese en la misma frecuencia. Y está bien que así sea. Para el padre, o para otras personas cercanas a la madre, la mejor opción es aceptar lo que ella necesita, aunque no lo comprendan. Ésa es toda la explicación que tenemos que dar: “Acéptame con esto que me sucede, y ya saldremos de este lío alguna vez”.

Tiempo de entregarse

¿Es necesario vincularse con mujeres a quienes les sucede lo mismo? Es una buena estrategia para confirmar que no estamos solas en este tránsito y saber que no es locura; es un diseño perfecto de la naturaleza humana. Todos los cambios precisan un reacomodamiento y una aceptación del movimiento. Es un proceso que también requiere tiempo, por lo tanto, no sirve de nada estar contando los días para que estos cambios cesen, sino que conviene relajarse y aprehender aquello que trae consigo la entrega al tiempo infinito del niño pequeño. Sepamos que esto también va a pasar. No durará para siempre. Si lo logramos, descubriremos el disfrute que se oculta en este período mágico, y en lugar de pretender que acabe, nos dispondremos a soñar nuestro sueño. El niño hará florecer cada día y cada noche las virtudes que teníamos guardadas hasta este momento para él. Entregadas, seguras, felices y radiantes, desplegaremos nuestro poder femenino y nuestra profunda gratitud a la vida.


Cómo prepararnos para el reto

Durante el primer embarazo, solemos gastar mucho dinero y energía en preparativos que luego no serán fundamentales para aliviarnos la vida cotidiana. ¿Comprar muebles para el cuarto del bebé? Si nos da placer, está muy bien... pero objetos no nos faltarán.

¿Hacer una buena preparación física? Es bienvenida para sentirnos en forma, pero nuestro entrenamiento físico no será un obstáculo o un facilitador para el vínculo con el bebé.

En cambio:

  • Podemos dedicar una noches a conversar honestamente con nuestra pareja –si tenemos una–, tratando de decir con palabras claras qué expectativas hemos depositado en él.
  • También es recomendable tener algunos encuentros sinceros con nuestra propia madre –si tenemos una– y pedirle que trate de ser honesta ante preguntas sobre nuestra infancia.
  • Podemos generar encuentros con nuestras hermanas y hermanos, hayan tenido o no hijos, para conversar sobre nuestros recuerdos en común y sobre las dificultades vinculares más evidentes. Recordemos que pocas personas nos conocen tanto como nuestros hermanos, aunque no nos entendamos demasiado bien en la actualidad.
  • Tratemos de visitar a amigas que han tenido hijos y a quienes no vemos hace ya tiempo. No hagamos visitas formales, sino que pasemos una noche por sus hogares y acompañémoslas en el acto cotidiano de criar, cuidar y atender a sus hijos.
  • Trabajemos el menor tiempo posible, porque el trabajo suele ser el mejor engañador de los procesos personales. Sintamos más y hagamos menos.

Y si eres el padre...

Si somos el compañero de la futura madre, sería ideal que tuviéramos alguna noción de “lo que se avecina”, más allá de conocer la elección del obstetra que atenderá el parto. A los padres también nos sería muy útil retomar algunas conversaciones profundas con nuestra propia madre –si la tenemos–, con nuestros hermanos y hermanas o, simplemente, con nuestros propios recuerdos.

Cuanto más “desconectados” atravesemos el primer período del bebé, más “enloquecedoras” serán las vivencias para la mujer. En cambio, si no tenemos miedo de nuestros sentimientos, seremos capaces de acompañar sin juzgar y de apoyar a nuestra mujer sin confundirnos. Por lo tanto, todo aquello que podamos averiguar sobre nosotros mismos será en beneficio de este tiempo de desestructura, caos y desorden.

Somos nosotros mismos, los hombres, quienes podemos mantenernos en pie, en contacto con nuestro ser interior.


Iniciar una nueva etapa

¿Hasta cuándo nos sentiremos así, entre tinieblas, confusas, perceptivas, intuitivas, diferentes, locas? Como mínimo, dos años. Aunque si vivimos con conciencia la apertura de conciencia, esta etapa no termina nunca. Es el inicio de un estilo de comunicación con el propio yo interior. No es difícil si dejamos de luchar en contra. Si tenemos confianza en los procesos naturales.

En verdad, el bebé nos necesita alteradas. Nos necesita cerca de su mundo y, por lo tanto, alejadas del mundo material y racional. Es un diseño perfecto para la crianza y nos estamos perdiendo la oportunidad de vivir una experiencia alucinante.

Si “abrimos” nuestra percepción, esa apertura quedará activa para siempre. La humanidad está desesperada por almas abiertas, corazones generosos y conciencias despiertas. No sólo los hijos nos necesitan atentas; el universo entero espera que no tengamos miedo y que ofrezcamos nuestra sabiduría intuitiva, renacida junto al niño.