¿Por qué tu hijo es así?

BEBÉ EMOCIONAL

¿Por qué tu hijo es así? con esa personalidad...

Si las experiencias de los primeros años influyen en el desarrollo de tu bebé... ¡Intentemos procurarle un entorno feliz y respetuoso con su sentir!

Enrique Blay

Todas las madres y padres sabemos que tenemos una gran influencia en el desarrollo psicológico de nuestros hijos. Ello nos otorga una gran oportunidad, pero también una gran responsabilidad, y por qué no decirlo, muchas dudas y cierta preocupación por hacerlo bien. Entonces, la primera pregunta que podemos hacernos es: ¿cuándo se inicia ese desarrollo? O dicho de otra manera: ¿desde cuándo podemos influir en él?

Las investigaciones en Neurología, Psicología, Biología y Fisiología de las últimas décadas han supuesto una auténtica revolución en la comprensión del desarrollo psicológico temprano, porque cambian por completo la perspectiva sobre su inicio y la influencia que ejercen los adultos y el entorno en el proceso. Según las conclusiones de todos estos trabajos, el desarrollo psicológico comienza desde el mismo momento en el que se produce la concepción.

Sin embargo, aunque el punto de partida esté formado por la herencia genética –transmitida por los padres– y por el desarrollo del sistema nervioso –propio en cada individuo–, el cerebro humano cuenta con una particular característica denominada “plasticidad neuronal”.

Esta cualidad viene a ser como la capacidad del cerebro de modificar sus estructuras (neuronas, redes y conexiones entre ellas...) según las experiencias que atravesamos en nuestras vidas, haciendo evidente que las experiencias moldean el cerebro. Y es que en momentos como la gestación, el nacimiento y la primera infancia, en que literalmente se están construyendo los cimientos del cerebro, es fácil deducir la importancia que tienen las experiencias tempranas en la formación del carácter y la personalidad.

Las experiencias vividas marcan su carácter

Hasta ahora prevalecía la idea de que la genética era el factor que determinaba el carácter de las personas, y se consideraba la clave para entender sus características y sus diferencias psicológicas. Mientras, el papel de las experiencias se había delegado a un segundo plano, cuya influencia dependía, en todo caso, del carácter de cada persona. En esta polémica entre herencia y ambiente se fue haciendo cada vez más patente la fuerza de las experiencias, al mismo tiempo que el legado genético se convertía en una base sobre la que las vivencias particulares adquirían una función decisiva a la hora de construir la forma de ser de cada individuo.

Hoy sabemos que, salvo factores genéticos que dan lugar a malformaciones en la fisiología del sistema nervioso (que limitan las capacidades mentales), la influencia de la herencia es una predisposición a un perfil psicológico concreto, igual que lo es para algunas patologías mentales. Esta constitución heredada, estos esquemas biológicos predeterminados, es lo que llamamos “temperamento”, que proviene de la herencia genética y del desarrollo del sistema nervioso.

Craig Venter, primer investigador en secuenciar el genoma humano, declara:

“El secreto del comportamiento humano es que no está determinado por los genes, sino esencialmente por el entorno”.

Por su parte, Shelley E. Taylor, doctora en Psicología, escribe en su libro Lazos vitales (Taurus):

“De la vida en el útero al cerebro sorprendentemente resistente de la vejez, el entorno social moldea y conforma la expresión de nuestra herencia genética, hasta que a veces apenas se ve. Observaremos cómo los cuidados maternales pueden prevenir los efectos potenciales de un gen, cómo el riesgo de una enfermedad puede no materializarse con la crianza y por qué una propensión genética puede llevar a un resultado para una persona y al opuesto para otra, según la atención que reciban”.

Es habitual responsabilizar al carácter innato de los bebés y de los niños, o a su herencia genética, de las conductas que nos molestan: “Siempre ha sido igual”, “Es llorón desde que nació”... rehuyendo así nuestra responsabilidad en la formación de su carácter.

El bebé y el niño tienen unas características temperamentales particulares marcadas por la herencia, pero la construcción del carácter, su acabado final y su personalidad dependerán principalmente de las experiencias que atraviese.

El carácter va forjándose sobre el temperamento particular de cada uno, a partir de la forma concreta y única en que cada persona hace suyas las experiencias vividas.

Por esta razón es tan importante considerar que cada bebé o niño requiere que los adultos apliquemos una manera personalizada para comunicarnos con él, porque una misma situación, unas palabras iguales o unos hechos similares serán percibidos de manera muy distinta por uno que por otro.

Memoria emocional

Si sabemos que el comienzo del desarrollo psicológico y la construcción del inconsciente se inicia ya en el momento de la concepción, y que las experiencias en el útero materno, el nacimiento y la primera infancia determinan nuestro carácter, es obligado preguntarse de qué forma hemos de actuar en estas etapas para conseguir que ese desarrollo sea lo más saludable posible, esto es respetuoso con la particular forma de ser y sentir de cada bebé y niño. Para ello, previamente, es fundamental conocer y comprender cómo siente un bebé, cómo procesa y hace suyas las experiencias que atraviesa.

El bebé, tanto intrauterino como una vez ya ha nacido, es un ser con una percepción emocional absoluta, es un ser puramente emocional, que transforma en sentimientos propios todo lo que percibe, ya que no conoce el tiempo, el razonamiento, la lógica o el juicio.

Y es que si hay algo que perdura en nuestro cerebro desde el momento de la concepción es la memoria emocional, ya sea consciente o inconsciente, que queda grabada en lo más profundo de nuestro ser y va determinando nuestros procesos psicológicos, nuestra particular forma de ser y de sentir, de pensar y de actuar.

Las experiencias de las primeras etapas de la vida, ya desde la gestación, contienen las raíces de nuestra forma de ser más íntima y nos acompañarán siempre.

Bajo mi punto de vista, los bebés son semillas que en sí mismas contienen todos los ingredientes necesarios para desarrollarse en armonía y ser felices, pero los adultos somos especialistas en interferir en su camino. Lo impedimos en muchas ocasiones de forma inconsciente, desde nuestra ignorancia, desde nuestros conflictos emocionales, desde nuestras propias carencias e incapacidades afectivas.

Los bebés son seres delicados y sensibles a los que hemos de tratar con sumo cuidado. Necesitan respeto a su individualidad y un entorno nutriente que les permita desarrollar su ser.

Según cómo nos comportemos con ellos, llegarán a tener un sentimiento u otro sobre su propia persona, sobre los demás y sobre el mundo. Construirán una armadura que los proteja e inmovilice, o se abrirán a vivir la vida con seguridad y confianza, dando lo mejor de sí mismos.

El embarazo, el nacimiento y la crianza necesitan de la conciencia y de la sensibilidad necesaria para afrontar estas etapas adecuadamente, basándonos en el conocimiento científico que hoy tenemos del sentir del bebé, de su desarrollo neurológico y de su fisiología.

Es imprescindible, especialmente por parte de los profesionales de la salud y de la educación, desechar viejos conceptos e ideas, aplicar los nuevos descubrimientos y actuar respetando el ser y sentir de cada bebé y de cada niño.

Si los padres pudiéramos liberar todo nuestro potencial de amor incondicional por nuestros hijos, encontraríamos y aplicaríamos instintivamente aquellas herramientas que favorecen un desarrollo saludable, y es que si tenemos ganas y se lo permitimos, ellos nos ayudarán a conseguirlo.

Toda mujer y todo hombre han sido bebés y niños, y en la medida en que esos bebés y niños se sintieron amados, así se aman ahora a sí mismos, a los demás y al universo entero. Y es que quien ama a un niño siembra amor para el futuro.

Desde que se produce la fecundación

El cerebro es el órgano más complejo del cuerpo humano. Está formado por 100 mil millones de neuronas –más que el número de estrellas que componen nuestra galaxia–, y cada una de ellas tiene entre 10.000 y 50.000 conexiones con sus células vecinas.

El desarrollo psicológico, igual que la construcción del cerebro, se inicia desde el mismo momento en el que tiene lugar la concepción, motivo por el cual cada una de las experiencias vividas a lo largo de la gestación, el nacimiento y la primera infancia influyen directamente sobre él.

En función de cómo sean dichas vivencias –tanto si son gratificantes como traumáticas–, tendrán consecuencias positivas o negativas en diferentes grados sobre el individuo, no solamente en el presente, sino también en su futuro. La intensidad de las experiencias y la prolongación en el tiempo de las mismas también son clave a la hora de determinar la influencia que ejercerán en el desarrollo psicológico.

Cuidar con mimo el presente

Procurar felicidad y bienestar al bebé desde el momento en el que se sabe que nacerá dentro de nueve meses es garantizarle un futuro saludable.

Podríamos preguntarnos si lo que acontece en la gestación, el nacimiento y la primera infancia tiene realmente tanta importancia porque, al fin y al cabo, con el paso de los años no tenemos recuerdos conscientes de lo ocurrido en esas épocas tan tempranas.

Pues es fundamental para el futuro de las personas, puesto que desde los mismos inicios de la construcción del cerebro y del sistema nervioso ya estamos preparados para grabar en nuestra memoria recuerdos de nuestras experiencias.

Los hechos del pasado serán más accesibles al recuerdo en proporción a la carga emocional que los acompañó. De modo que recordamos con más facilidad nuestro primer beso que aquello que cenamos hace solo quince días.

Desde que somos concebidos y hasta los dos años de edad, nuestra percepción es puramente emocional (toda experiencia se convierte en sentimiento), por lo que es fácil deducir la intensidad con la que quedan grabadas las primeras experiencias en nuestro inconsciente (inaccesibles al recuerdo consciente) y que nos influirán poderosamente el resto de nuestra vida.

Vivencias grabadas en nuestro inconsciente

La mente humana tiene dos grandes componentes, el consciente y el inconsciente (o subconsciente). Podemos decir que yo no soy, ni mucho menos, solo mi parte conocida y consciente, sino que hay un enorme inconsciente, que es parte fundamental de mis procesos mentales.

Nuestro consciente es, aparentemente, el que rige nuestros pensamientos, conductas y emociones, pero no es así. En nuestro inconsciente se encuentran las raíces de lo que finalmente percibimos en nosotros mismos, de forma consciente.

Entonces, ¿cuándo se forma el inconsciente? Se inicia desde el mismo momento en que tenemos nuestras primeras experiencias, puesto que estas aportan la información necesaria para la creación de la base de datos que lo nutre.

Por lo tanto, el inconsciente inicia su formación en el útero materno, continúa con el nacimiento, y los tres años posteriores, con la vorágine de creación de redes neuronales, completan los cimientos de su estructura.

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