¿Que duerma solo o con nosotros?

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¿Que duerma solo o con nosotros?

Enseñar a los bebés a conciliar el sueño sin nuestra presencia es un invento cultural.

María Berrozpe

Desde los comienzos de la humanidad, y como miembros del orden de los primates que somos, nuestros bebés y niños han dormido siempre en compañía de sus cuidadores hasta que son lo suficientemente mayores como para protegerse por sí mismos de las hostilidades del medio.

Sin embargo, desde hace pocos siglos, en la cultura occidental industrializada se impuso la costumbre de obligar a los hijos a dormir lejos de su madre (y/o cuidadores) y de enseñarlos a dormir solos.

Esta costumbre fue consecuencia de las circunstancias sociales, culturales, morales y económicas que se vivían en esta sociedad y que se afianzó definitivamente a finales del siglo XIX, cuando empezó a aparecer como regla de oro en los manuales de pediatría de la época. Más o menos a mediados del siglo XX surgió el estudio científico del sueño infantil, que tomó como referencia de normal y saludable al bebé/niño que dormía solo y que no era alimentado con lactancia materna, en lugar del bebé/niño que duerme acompañado y que tiene acceso al pecho de su madre para alimentarse y consolarse.

Como era de esperar, y dado que el garantizarse la presencia del cuidador (y su alimento) es un comportamiento innato fuertemente grabado en el instinto primal, nuestras criaturas se rebelaron contra esta costumbre, llorando y reclamando la presencia de los adultos para iniciar su sueño, negándose a dormir solos.

De este modo, no solo se vio afectado su sueño sino también el de sus padres, haciendo imposible que ningún miembro de la familia descansara lo necesario. Nacieron así los problemas del sueño infantil que, con el apoyo del método científico, pasaron a la categoría de enfermedad bajo el nombre de Insomnio infantil por hábitos incorrectos o Behavioral insomnio of childhood (BIC)

Esta enfermedad se definió como: "...las dificultades para empezar a dormir, para continuar dormido, o ambas, lo que está relacionado con una etiología del comportamiento identificada. Las dificultades del sueño son el resultado de unas asociaciones inapropiadas o de un inadecuado establecimiento de límites."

Tratamientos para una enfermedad

Se consideró que la habilidad para autoconsolarse, de dormirse sin la presencia de los padres y de permanecer así durante toda la noche debería desarrollarse entre los tres y los seis meses de edad, por lo que los niños que a partir de los seis meses no seguían estos criterios serían diagnosticados de BIC.

Y como ocurre ante cualquier enfermedad, no faltaron los tratamientos: medicación y técnicas de adiestramiento o terapias cognitivo-conductuales (CBT). Como diversos estudios demostraron que la medicación era ineficaz para resolver el problema a largo plazo, no tardaron en imponerse las CBT, que se basaban en las líneas conductuales de la psicología y la pedagogía iniciadas por Skinner, Pavlov y Watson.

La primera fue la llamada crying it out (dejar de llorar) o unmodified extinción (extinción no modificada), que consistía en dejar llorar a la criatura sola en su cuatro, dentro de su cuna o coma, hasta que se callaba.

Los estudios demostraron que era altamente eficaz, pero tenía un problema: la intolerancia de los padres para soportar el llanto incontrolado de un bebé durante horas. Por eso, en la década de los ochenta. Rolider y Van Houten publicaron un artículo describiendo un método llamado controlled comforting (consuelo controlado) o controlled crying (llanto controlado), que permitía hacer breves visitas al bebé/niño en las que el cuidador podía consolarlo mediante la voz, pero sin tocarlo ni sacarlo de su cama/cuna.

En 1984 esta técnica llegó al gran público de la mano del doctor Richard Ferber y su libro Solucione los problemas del sueño de su hijo (Medici), que no tardó en convertirse en un superventas.

Once años más tarde, el doctor Eduard Estivill decidió seguir su ejemplo y publicó en España su conocido Duérmete, niño (DeBolsillo), libro que llegó a ser tan popular que el método pasó a conocerse como Método Estivill o Estivilización.

Las primeras voces críticas

A la vez que las técnicas basadas en el llanto controlado se popularizaban, diversos estudios procedentes de ramas como la antropología, la etnología, la teología o la neurología cuestionaban estos métodos, así como la propia costumbre de poner a los bebés a dormir solos, al mismo tiempo que revelaban el verdadero origen cultural y no biológico de dicha práctica.

Estos estudios no tardaron en hacer mella, incluso en los fervientes defensores de los métodos de adiestramiento.

El colecho empezó a dejar de verse como una aberración o un peligro para la salud física, psicológica y moral del niño, y ante las evidencias de su bondad, ningún profesional del sueño pudo seguir atacándolo, e incluso los más recalcitrantes defensores del BIC aceptan hoy en día que, cuando se practica por motivos culturales y de convicción, es bueno.

Por otra parte, también surgieron técnicas más amables como el camping out (ir retirando el acompañamiento), que permite colechar con la criatura un tiempo determinado hasta que acepta la separación, o el positive rutinas (rutinas positivas), en la que se establecen rutinas agradables y tranquilas para ponerlo a dormir.

Una reacción natural

Pero a pesar de esta tendencia, las técnicas basadas en el control del llanto estaban tan arraigadas en la literatura popular sobre crianza que aún siguen siendo la primera opción para muchos profesionales y familias a la hora de tratar este hipotético y culturalmente establecido problema.

Según algunos autores, hasta un 90% de los pediatras las recomiendan como solución a los despertares nocturnos en bebés de 18 meses.

Desgraciadamente, esta situación continúa porque, a pesar del debate que se puede encontrar en el mundo de las publicaciones científicas, algunos profesionales se empeñan en mantener estas técnicas a toda costa, incluso negando la existencia misma del debate. Pero está ahí.

El malestar que provoca la aplicación de las técnicas basadas en el crying it out o controlled crying, junto con las evidencias científicas, nos hace pensar que su éxito en conseguir el comportamiento deseado no es gratuito, sino que se está cobrando un precio en la salud física, psicológica y emocional de los niños, los cuales se ven forzados a actuar en contra de sus instintos primarios de supervivencia.

Estas técnicas se han quedado obsoletas y es hora de cambiar de dirección.

Ya no tiene sentido calificar de patólogía un comportamiento que ha demostrado ser todo lo contrario: una reacción natural y saludable al sentimiento de abandono y peligro que provoca una costumbre establecida por meras razones culturales.

Para saber más

Este texto ha sido extraído y adaptado de El debate científico sobre la realidad del sueño infantil, de María Berrozpe.

María Berrozpe, en colaboración con Gemma Herranz, doctora en Ciencias Químicas y de Louma Sader, autora de Reflexiones sobre crianza respetuosa de (Amor maternal), ha realizado una recopilación y revisión de la bibliografía científica sobre el sueño infantil publicada hasta la fecha.

María Berrozpe es doctora en Ciencias Biológicas y coautora de Una nueva maternidad (Ob Stare). En 2016 publicó su recomendable libro ¡Dulces sueños! : cómo lograr que tus hijos duerman tranquilos (Alianza).