Cuando tu hijo muerde...

Dudas

Qué hacer cuando tu hijo muerde a otros niños

Te contamos cuál es la mejor respuesta que puedes darle

Carlos González

Los niños entre uno y tres años a veces muerden. No es preocupante, pero te ofrecemos algunas estrategias para manejar la situación.

Los niños pequeños, sobre todo entre el año y los tres años de edad, a veces muerden. Algo más los varones que las niñas. En un estudio clásico, hace treinta años en una guardería norteamericana, los niños de 16 a 30 meses mordían como media una vez al mes. Los incidentes eran más frecuentes en septiembre, y los niños nuevos recibían más mordiscos.

Es normal. No son niños “malos” ni “agresivos”, no tienen un problema psicológico o de conducta, no están malcriados, no es “culpa” de ellos ni de los padres ni de la tele. Pueden morder porque están enfadados, frustrados, nerviosos o cansados; porque necesitan atención o porque no saben qué necesitan; pueden morder por pura rabia o por pura curiosidad. Muerden, básicamente, porque todavía son pequeños y no saben que eso no se hace. Ya lo aprenderán.

Los más pequeños, decía, a veces muerden simplemente por curiosidad. No es una agresión, no está peleándose, ni siquiera está enfadado. Simplemente muerde a otro niño, (o a un adulto) para ver qué pasa. ¿Acaso no muerde los juguetes y los peluches, el periódico y el mando de la tele, su propio dedo y el de su abuelo, incluso el pezón de su madre? Los bebés tienen una gran sensibilidad en la boca, exploran y tocan las cosas más con la boca que con la mano.

Como estos mordiscos exploratorios surgen sin motivo aparente ni provocación, entre dos niños que parecían muy felices juntos, algunos adultos pueden pensar erróneamente que es una muestra de especial crueldad, “qué niño más malo, le ha mordido porque sí, el otro no le había hecho nada”. No, no es maldad. Es una conducta normal en niños muy pequeños.

A veces, el niño que muerde es el primer sorprendido al ver el efecto. Mi osito no se queja cuando le muerdo, ¿por qué mi amiguito se pone a llorar? Puede ocurrir que el “agresor” rompa a llorar más fuerte que la “víctima”.


El mordisco puede ser también una forma de comunicación. Los niños mayores y los adultos tienen en el lenguaje una poderosa herramienta para decir a los demás lo que necesitan o lo que les molesta, para marcar límites y transmitir órdenes.

Pero, a los dos años, frases como “¡Cuidado, que me pisas!”; “Perdona, esa pelota es mía”; “¡Y tú qué miras! ¿Es que tengo monos en la cara, o qué?; “¡Quita de en medio!”; “¿Me dejas el lápiz rojo, por favor!” o “¡Eh, sin empujar!” pueden resultar difíciles de pronunciar.

Ante una situación comprometida, no te vienen las palabras adecuadas. Un buen mordisco, o un golpe certero, y nos entendemos todos.

Como medio para llamar la atención, el mordisco es muy efectivo. Unas madres que hablan de sus cosas tranquilamente en el parque, una maestra de guardería agobiada con diez o doce niños de año y medio... y basta un mordisco para que todo el mundo deje lo que está haciendo y venga hacia ti. No es una situación óptima, pues muchas veces vienen hacia ti enfadados, riñendo y gritando, y por supuesto cualquier niño preferiría que vinieran a contarle cuentos, a abrazarle o a jugar con él, y no a reñirle.

Pero al menos vienen. La necesidad de atención de los niños pequeños es tan grande, y sus habilidades sociales todavía tan pobres, que si no logran atención “buena” prefieren conseguir aunque sea una “mala” atención. Que venga mamá, aunque sea a reñirme.

Por desgracia, está muy extendida la idea de que el niño llama la atención porque “no le pasa nada”, porque es “manipulador”, porque “sólo tiene cuento”. Se oye muchas veces “no le hagas caso, sólo lo hace para llamar la atención”. Grave error. Si pide comida es porque necesita comida, si pide brazos es porque necesita brazos, y si pide atención es porque necesita atención.

Por último, el niño puede morder para agredir físicamente a alguien. Con el tiempo, abandonará el mordisco como método de lucha demasiado tosco y primitivo; un niño de cinco o diez años puede pelearse y es probable que lo haga alguna vez, pero usará empujones, golpes o patadas, y no mordiscos.

Un niño de dos años al que le empujan o le quitan la pelota no sabe cuál es la forma correcta, civilizada, de reaccionar. La irá aprendiendo, con los años. Se la enseñaremos nosotros, con nuestro ejemplo. Cuando su hijo pega o muerde o insulta a otro niño, véalo como una excelente oportunidad para educar.

“Lo que yo haga a mi hijo es lo que luego él hará a otros niños”.

¿Qué quiere que haga su hijo? ¿Va a enseñarle a resolver sus problemas con mordiscos, con gritos, con castigos, con bofetadas, con largos sermones culpabilizantes y chantaje emocional? ¿O va a enseñarle a razonar, a pedir las cosas con educación y a defender sus ideas con firmeza pero con respeto?

Qué hacer cuando muerde

1.- Ante todo, no pierda la calma. Recuerde, casi todos los niños muerden alguna vez. No es un delincuente, no es un monstruo, sólo es un niño pequeño que se comporta como tal. Se le pasará, seguro que se le pasará. Siempre se pasa.

2.- Si es posible, prevéngalo. Imposible, claro, si su hijo muerde una vez al mes. Pero si lo hace con más frecuencia, durante una temporada tendrá que estar todo el rato vigilante y apartarlo físicamente en cuanto le vea la intención.

3.- Atienda a la “víctima”. Pídale disculpas, consuélelo, lave la herida si es preciso, llévelo con sus padres, pida disculpas a sus padres...

4.- Dígale bien claro a su hijo algo así como “no, no hay que morder, a Fulanito no le gusta, le hace pupa”. No hace falta más. Sin gritar, sin enfadarse, sin poner cara de angustia.

Según las circunstancias, tal vez convenga llevarse a su hijo del sitio, para acabar con una situación tensa entre los dos niños (o a veces para escapar a las duras miradas de los padres del otro niño). No como castigo, no echando un sermón (“como te has portado mal ahora nos tenemos que ir, porque los niños que muerden no pueden jugar en los columpios con los otros niños, qué vergüenza, si sigues portándote así no vamos a ir más al parque...”). No; sin castigo y sin venganza, simplemente cogerlo en brazos, apartarse, y seguir jugando tranquilamente en otro sitio.

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