¿Qué hay realmente tras ese enfado con mi hijo?

CLAVES

¿Qué hay tras ese enfado con mi hijo?

Atender a los niños con cariño y respeto es la clave para que, el día de mañana, ellos puedan establecer una relación amorosa con sus propios hijos.

Yvonne Laborda

La infancia que cada uno de nosotros ha tenido y ha vivido deja su huella. En ocasiones somos clones de nuestro padre o de nuestra madre: hablamos como ellos, nos comportamos como ellos, incluso podemos llegar a pensar como ellos. Ser auténticos y sinceros con nosotros mismos, a pesar de lo vivido, es tarea difícil porque no importa que repitamos los mismos patrones o nos opongamos a ellos, esto nos aleja de quien realmente somos.

Difícil ser auténticos

No es nada fácil llegar a saber qué partes de nosotros son realmente nuestras y cuáles son prestadas. Los introyectos que nos “tragamos” sin digerir de pequeños son los que después solemos repetir con nuestros propios hijos. Por introyectos entendemos todas aquellas órdenes, mandatos, frases y creencias que oíamos cuando éramos niños, como, por ejemplo:

  • Tú no sabes
  • Tú no vales
  • No interrumpas a los adultos cuando hablan”
  • A mí no me mires de esa manera”
  • ¡Cállate!
  • ¿Eres tonto o qué?
  • Porque lo digo yo, y punto
  • ¿Dónde vas con esa ropa?
  • Compórtate como una señorita
  • ¿Cuántas veces te he dicho que...?
  • Tienes que hacerlo te guste o no
  • Los niños no lloran
  • Siéntate bien
  • Da las gracias
  • Di por favor
  • Dale un beso
  • Antes de los 35 años, hay que estar casado, tener hijos, además de una carrera, un trabajo, un coche”...

Introyectos recibimos y seguimos recibiendo cada día de nuestra vida. Lo importante es saber con cuáles de ellos nos quedamos porque nos sirven y cuáles de ellos descartamos porque ya no nos resultan útiles. Todos hemos recibido mensajes sutiles de cómo teníamos que ser, de qué manera debíamos comportarnos, o qué y cuándo podíamos o no decir algo. Y para tener el reconocimiento de mamá, papá, el profesor, el abuelo, la abuela... hacíamos todo lo que ellos esperaban de nosotros. Entonces es cuando empezamos a dejar de ser nosotros mismos por miedo a ser rechazados y no queridos. ¿Eso es lo que queremos que les ocurra a nuestros hijos?

Elegir un nuevo camino

¿Por qué nos cuesta tanto cambiar todo lo aprendido? La falta de modelos es una cuestión muy importante, ya que ¡cómo vamos a poder dar algo que no hemos recibido! Si no tenemos ningún registro emocional de haberlo vivido, es muy difícil poder darlo y encontrarlo dentro de nosotros. Si no fuimos respetados ni tenidos en cuenta, ¿cómo vamos a poder empatizar con las necesidades de nuestro bebé, y luego con las de nuestro hijo pequeño y, por último, con las de un adolescente? Pues sí es posible relacionarnos con los niños de otro modo, sin autoritarismos, órdenes, presiones, castigos, premios... Y con más respeto, confianza, armonía, paz, amor..., pero ¿dónde están todos esos modelos? Si actuamos de forma diferente a nuestros padres, es como si no los aceptásemos, no los reconociéramos, los desaprobáramos...

Podemos llegar a entender su modo de hacer, pero eso no significa que nosotros debamos comportarnos igual. Es posible elegir otra línea de crianza. Ellos lo hicieron lo mejor que en ese momento pudieron. No olvidemos que ellos también vivieron su infancia de manos de nuestros abuelos.

El sentido del enfado

La próxima interacción con nuestros hijos puede ser más armoniosa y amorosa, porque tenemos la posibilidad de escoger qué haremos con todo eso que nos ocurrió, con todo eso que nos hicieron, con todas esas palabras y frases que aún nos hacen eco en la cabeza. Pero ¿qué podemos hacer con todos esos “automáticos” que nos salen sin casi darnos cuenta? Podríamos preguntarnos:

  • “¿Qué me enfada tanto?”
  • “¿Cuál es el detonante y cuál la causa real?”
  • “¿En qué momento me sale el automático?”
  • “¿Con qué conecto?”
  • “¿Dónde y de quién lo aprendí?”.

Muchas veces, lo que sentimos cuando nos enfadamos es un reflejo de experiencias vividas en nuestra infancia. Como algunas de nuestras heridas no pudieron ser sanadas entonces, es más fácil que cuando alguien despierta en nosotros esas viejas heridas explotemos. Lo que nunca pudimos hacer o decir de niños lo hacemos o decimos de adultos.

Lo trágico es que descargamos nuestras frustraciones y nuestra rabia contra las personas equivocadas, normalmente en nuestros hijos.

Así es como este patrón continúa repitiéndose generación tras generación.

Al enfadarnos desconectamos de nuestra esencia y de lo que nos hace sentir bien. Es una señal de alarma que nos dice que alguna necesidad no está siendo satisfecha. De ahí que, en vez de reprimir lo que sentimos y enjuiciar a los demás, lo que podemos hacer es descubrir qué necesitamos y satisfacer tales necesidades de una forma más constructiva y amorosa. Pedirle al otro que nos ayude, hablando de lo que nos pasa y de cómo nos sentimos, es una posible manera de hacerlo. Y es que mientras gritamos, enjuiciamos, castigamos... a nuestros hijos, allí no hay un adulto y un niño, sino que lo que hay son dos niños. Nuestro hijo y nuestro niño interior herido.

A veces nos cuesta mucho saber identificar qué es lo que realmente sentimos. Recuerdo una conversación que tuve hace poco con una amiga. Había tenido una disputa con su hija y me dijo: “Siento unas ganas tremendas de pegarle”. Pero yo le respondí que eso no era un sentimiento, sino una reacción emocional. Al cabo de unos segundos me dijo de nuevo:

- Siento ganas de gritar.

- Eso tampoco es un sentimiento. Tú quieres gritarle y pegarle porque te estás sintiendo de algún modo, ¿verdad?

Entonces se quedó en silencio unos instantes y respondió:

–Me siento impotente y frustrada.

Su impotencia y frustración la hacían relacionarse de ese modo con su hija, y si le preguntásemos qué edad tenía la primera vez que sintió esa misma impotencia y frustración, o quién la hacía sentirse así, se daría cuenta de que el comportamiento de su hija la conectaba con sus heridas pasadas.

Nuestro niño interior

¿Dónde aprendimos a comunicarnos desde el enfado y la crítica? Sin duda, en nuestra infancia. ¿Cómo se hablaban nuestros padres entre ellos? ¿Qué modelos nos daban? Solemos actuar y pedir desde la crítica en lugar de hablar de nosotros, de nuestras necesidades y de lo que nos pasa.

Para que esos automáticos dejen de salir, lo mejor que podríamos hacer es responsabilizarnos de nuestro niño interior. ¿Y de qué manera? Pues dándole nosotros mismos lo que nuestros padres no pudieron ofrecerle en su día, manteniendo un diálogo con él o escribiéndole una carta para decirle que lo queremos tal y como es hoy. También merece la pena preguntarle qué necesita y qué echa de menos en la actualidad.

Si nosotros nos hacemos cargo de nuestro niño interior, ya no le hará falta salir para pedirles a nuestros hijos, parejas, familiares y amigos que le den aquello que no le fue dado cuando era un niño.

A muchas personas les resulta beneficioso golpear un cojín o gritar al viento como práctica para expresar la rabia, el enfado y la frustración reprimidos. Y una vez ya desahogados es más sencillo poder expresar lo que se siente y se necesita.

Aun así, lo importante es saber que cada una de esas emociones que salen como automáticos (gritos, críticas, insultos, ganas de pegar...) son antiguas, y el simple hecho de darnos cuenta de esto hace que podamos responsabilizarnos de nuestros actos.

Repito: “¿Con qué conecto en ese preciso instante?”, “¿Qué necesidad hay detrás de lo que estoy sintiendo?”. Tratar a nuestros hijos y relacionarnos con ellos con amor y respeto nos puede ayudar a sanar viejas heridas nuestras. De manera que: tratemos a todos los niños de nuestras vidas tal y como nos hubiese gustado a nosotros que nos trataran cuando teníamos su edad. Démosles todo el amor, aceptación, atención... que a nosotros nos faltó y cambiemos la historia de su vida.

Curar sus heridas

  • Desde el corazón. ¿Cómo podemos sanar viejas heridas de nuestros hijos? Primero disculpándonos y perdonándonos a nosotros mismos, y luego, simplemente, dándoles el doble de lo que les faltó en su día: amor, atención, miradas, aceptación, besos, abrazos...
  • Por la noche. Cuando mis hijos duermen me gusta darles las gracias por ser como son y me disculpo por errores que he cometido. ¡Qué daría yo por oír a mis padres decirme (incluso ahora) algunas de las palabras que yo les digo a mis hijos! De hecho, a veces, también me las digo a mí misma, y de algún modo a mi niña interior le sirven.
  • Romper la tradición. Démosles a los niños otro modelo para que ellos puedan criar a sus propios hijos todavía mejor que nosotros. Seamos el cambio que ellos necesitan ver y sentir.

Las necesidades de los adultos

  • Para poder conectar más y mejor con nuestros hijos, lo primero que debemos hacer es intentar y aprender a conectar con nuestros verdaderos sentimientos y necesidades, para luego poder hacerlo con los de ellos.
  • Si no podemos ni sabemos escuchar a nuestro ser más profundo, será mucho más difícil, por no decir imposible, conectar con el ser de otra persona, ya sean hijos, familiares, amigos, compañeros...
  • Una vez sepamos qué nos pasa, satisfacer sus necesidades y validar sus sentimientos nos será más fácil.

Relaciones sin juicios

  • Amor incondicional. Los niños se sienten bien en la medida en que haya algún adulto (mamá o papá) que esté presente. Necesitan ser amados por quienes son, no por lo que hacen o dejan de hacer. Es muy importante no mezclar lo que su comportamiento nos hace sentir con lo que sentimos por ellos.
  • Lazos fuertes. Estar conectados con nuestros hijos en un principio puede parecer fácil, pero muchos de los problemas y conflictos que tenemos con ellos, tanto de pequeños como de adolescentes, son precisamente porque no existe este vínculo.
  • Ser ellos mismos. Lo más importante, bajo mi punto de vista, es que se sientan libres de nuestros juicios para poder ser las personas que han venido a ser, y que la relación con nosotros, sus padres, sea lo más pacífica, amorosa, respetuosa y sincera posible.
  • Una vez sepamos qué nos pasa, satisfacer sus necesidades y validar sus sentimientos nos será más fácil.

Pedidos claros y directos

La única forma de entender los sentimientos de los hijos es aceptando primero los nuestros, porque, si no conectamos con nuestras emociones, seremos incapaces de entrar en el mundo emocional de los niños.

Nos enfadamos porque escuchamos nuestros pensamientos y emitimos juicios sobre lo que otra persona ha hecho o dicho. Entonces nos sentimos mal porque detrás hay una necesidad no satisfecha. Las más habituales son: la no aceptación, el no sentirnos queridos o importantes, el no disponer de tiempo, la falta de conexión con nuestros padres, parejas o hijos...

Cuando estas necesidades están cubiertas, nuestros sentimientos son agradables y nuestra actitud es armoniosa.

Por ejemplo, una mujer que está todo el día con sus hijos explota cuando llega el marido y le dice: “¡Tú ahí sentado sin hacer nada y yo no he parado en todo el día: la casa, los niños...!”. Esta mujer dice estar enfadada con su marido porque no la ayuda, y sus pensamientos quizá sean: “Es un egoísta, no se preocupa por nosotros, no me cuida...”.

Pero lo que esta mujer no ha hecho es hablar de cómo se siente ni de qué necesidad hay detrás de lo que siente, ni tampoco le ha pedido nada al marido. Le podría haber dicho: “Estoy cansada, te echo de menos, me encantaría hablar contigo y que me hicieras un masaje”.

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