Querer cuadrada

CRIANZA RESPETUOSA

Qué puedo hacer cuando mi hijo sufre

Para que nuestros hijos crezcan seguros de sí mismos y llenos de confianza necesitan sentirse amados y valorados por nosotros sus padres.

Laura Gutman

Los niños creen rotundamente en los padres. Cuando les decimos, una y otra vez, que son encantadores, que son los príncipes o las princesas de la casa, que son guapos, listos, inteligentes y divertidos, se convierten en eso que nosotros afirmamos que son. De la misma manera, cuando les decimos que son tontos, mentirosos, movidos, malos, egoístas o distraídos, responden a las etiquetas y actúan como tales. Aquello que los padres o los cuidadores decimos se constituye en lo más sólido de la identidad del niño, que en ningún momento cuestiona.

Ya sea dolorosa o gratificante, la interpretación que hacemos los adultos representa una certeza absoluta para los niños, pues están descubriendo el mundo a través del cristal de sus mayores. Por eso es importante cuidar la intención con la que nos dirigimos a ellos. Y liberarlos de toda etiqueta.

Liberar a tu hijo de etiquetas

CRIANZA RESPETUOSA

Liberar a tu hijo de etiquetas

Si los amamos, seguro que nuestras palabras estarán llenas de sentimientos cariñosos y suaves. Pero si nos inunda el resentimiento, destilaremos indiferencia, y eso es lo que los niños percibirán.

Aquello que los padres o los cuidadores decimos se constituye en lo más sólido de la identidad del niño

Además de las palabras, los niños dependen de las actitudes cotidianas de sus padres. Si los adultos no estamos presentes, si vivimos agobiados por nuestros propios problemas, si anteponemos nuestras preocupaciones a las pequeñas peticiones o a los intereses sutiles de nuestros hijos, es evidente que estos no se sentirán suficientemente valiosos. Constatarán, una y otra vez, que tenemos, aparentemente, “cosas mucho más importantes” de las que ocuparnos, independientemente de que proclamemos un amor incondicional hacia nuestros hijos.

Ayúdalo a encontrar sus virtudes

Los niños desatendidos o infravalorados se sentirán poco valiosos y serán ellos quienes pongan el acento en aquello en lo que son menos capaces. Así, el niño con inquietudes intelectuales, pero lento en el aspecto motriz, se sentirá limitado en el deporte, y sufrirá por ello; otro será tímido para relacionarse, y sufrirá por ello; otro se creerá feo, y sufrirá por ello... En todos estos casos, el niño padecerá porque dará un valor exacerbado justo a esa parte de sí mismo que maneja con menos soltura. Esa es la única diferencia entre un niño que sufre y otro que no.

No tiene más virtudes uno que otro. Ambos poseen unas herramientas que los favorecen y otras que no. Sin embargo, el niño que no ha sido valorado, protegido ni mimado suficientemente por sus padres dará mayor crédito a sus puntos débiles. Y sufrirá por ello. En cambio, el niño que ha sido observado y admirado por sus progenitores, amado a través de los actos cariñosos cotidianos, contará con una seguridad en sí mismo que le permitirá erigirse sobre sus mejores virtudes y, al mismo tiempo, reírse de sus dificultades. No es que no las tenga, se trata simplemente de que no les dará demasiada importancia.

Tu apoyo lo hará sentirse más seguro de sí mismo

En el caso de que nos demos cuenta de que nuestro hijo está sufriendo, tenemos que hacer algo a su favor, y ahora mismo, sin esperar más tiempo, ya sea porque percibimos que tiene una baja autoestima, siente vergüenza, se cree mal deportista, mal alumno o más feo que sus amigos, o considera que no está a la altura de las circunstancias, o bien porque tiene muchas dificultades a la hora de hacer nuevos amigos, le cuesta establecer una conversación, relacionarse o jugar con otros, o porque es víctima de las burlas de sus compañeros de juego, del parque...

Cualquiera que sea su dificultad, lo peor que podemos hacer los padres es tratarlo de tonto, al mismo tiempo que le exigimos que asuma él solo los problemas o que se enfrente a una realidad que le resulta demasiado hostil. Porque, en ese caso, nuestro hijo se sentirá todavía más incapaz y abandonado frente a su propia invalidez emocional.

¿Cómo eras tú de niño?

En algunas ocasiones, la primera reacción que tenemos los adultos frente al niño que llora, que se queja, que no se enfrenta a los problemas, que baja la cabeza o que se esconde es de fastidio, de impotencia; nos hubiese gustado que nuestros hijos fueran más bien guerreros, fuertes, valientes y decididos. Es posible que esta evidencia que nos plantean nuestros hijos nos remita –de un modo totalmente inconsciente– a las dificultades que tuvimos nosotros mismos siendo niños, pero que ya hemos olvidado.

Si nos damos cuenta de que nuestro hijo está sufriendo, tenemos que hacer algo a su favor sin esperar más tiempo

Resulta paradójico, pero en la mayoría de los casos, cuanto más hemos sufrido nosotros en el pasado, menos toleramos que este tipo de problemas afloren en la vida de nuestro hijo. Por esa razón, es necesario aclarar estos aspectos y reconocer que el problema es, en ocasiones, nuestro, y no de los más pequeños.

Todos tienen cualidades, ¿cuáles son las de tu niño?

En cualquier caso, hayamos sufrido o no en la infancia, lo importante en estos momentos es proporcionar cobijo, apoyo y confianza a nuestro hijo, que es quien se está sintiendo el peor de todos. Si nos volvemos aún más exigentes con él, no conseguirá superar los obstáculos. Solo lo logrará si siente, con total certeza, la compañía amorosa de sus progenitores, la más absoluta comprensión, así como la cercanía entre su mundo emocional y el de sus padres.

Nombrar aquellas actitudes, méritos, recursos o virtudes que sí reúne como individuo es una forma de demostrarle nuestra mirada genuina y el valor que otorgamos a la totalidad de su ser. Por ejemplo, podemos valorar inmensamente en nuestro hijo el hecho de que sea un niño que siempre diga la verdad, que nunca traicionaría a un amigo, que sea incapaz de hacer daño a nadie, que sea observador y comprensivo con los que sufren... En fin, los padres sabemos perfectamente cuáles son los tesoros que hacen especiales a cada uno de nuestros hijos. Saberlo es importante, pero manifestar abiertamente que esas virtudes son maravillosas a nuestros ojos y que, por ello, nuestros hijos se convierten en unos seres especialmente admirados por nosotros es lo que les posibilitará sentirse respaldados y seguros frente a la adversidad.

No lo juzgues

Por supuesto que frente a dificultades reales, especialmente en relación con otros niños, es importante que acompañemos a nuestros hijos. Si no han podido enfrentarse a un compañero que los amenazaba a la hora del recreo es porque, emocionalmente, no se han sentido capaces de hacerlo. A los adultos nos sucede lo mismo: cuando nos topamos con una dificultad que nos sobrepasa, no nos sirve de nada que alguien nos tilde de estúpidos por ignorar de qué manera solucionar las cosas. Lo que buscamos es que alguien nos ayude a solucionar el problema con herramientas que no poseemos. Si nuestro hijo tiene alguna dificultad en el estudio, nada mejor que sentarnos con él para explicarle lo que no ha comprendido en clase y comprobar dónde están las dificultades. En cambio, si le decimos que es tonto, no logrará entender mejor las matemáticas.

Es importante que acompañemos a nuestros hijos. Todos necesitamos a alguien que nos ayude ante problemas que nos sobrepasan

Si se siente poco atractivo, podemos ayudarlo a mejorar su imagen: comprarle ropa con la que se sienta mejor o cambiar su corte de pelo; en definitiva, se trata de hacer alguna cosa para que gane seguridad en sí mismo. Si no le gusta practicar deporte, pero tiene otras habilidades, démosle especial importancia a esas virtudes que lo hacen sentirse valioso. Todos los niños tienen cualidades; solo necesitan que los padres miremos y apreciemos sus esfuerzos y sus talentos.

El acompañamiento concreto es indispensable. Si surge una dificultad con un compañero de clase, presentémonos en la escuela para poner al tanto a las maestras y ofrecer apoyo, llamemos por teléfono a la madre de ese niño, propongamos juntarnos para conversar hasta resolver los conflictos. Ofrezcamos nuestro entendimiento y nuestra apertura afectiva para que todos los niños se sientan bien: el propio y el ajeno. Entonces nuestro hijo será doblemente valorado por sus amigos, ya que traerá –junto a sus padres– experiencias de comprensión mutua sin juicios ni castigos.

Así como tú lo trates, él tratará a sus hijos

Decirles a nuestros hijos que son hermosos, queridos, bienvenidos, adorados, generosos y nobles –que son, en resumidas cuentas, la luz de nuestros ojos y la alegría de nuestro corazón– los convierte en niños seguros de sí mismos, sanos, felices y bien dispuestos. Y esto facilita la vida, pues no hay nada más placentero que convivir con niños alegres, estables y llenos de amor.

Decirles que son hermosos, queridos, bienvenidos... los convierte en niños seguros de sí mismos, sanos y felices

No hay ningún motivo para no prodigarles a nuestros hijos palabras repletas de colores y sueños, ni siquiera por el hecho de no haberlas recibido nosotros nunca en nuestra infancia. En este caso, nos toca aprenderlas con tenacidad y voluntad. Si hacemos este trabajo ahora que son unos niños, cuando nuestros hijos sean padres no tendrán la necesidad de aprender esta lección, pues las palabras más bellas y las frases más gratificantes hacia sus hijos surgirán de ellos con total naturalidad. Y esas cadenas de palabras amorosas se perpetuarán por generaciones y generaciones, sin que nuestros nietos y bisnietos reparen en ellas, porque formarán parte de su genuina forma de ser.

Con todo tu amor

Necesitamos aprender a amar. Es posible que sintamos que educar a los niños de un modo diferente a como hemos sido criados es un enorme desafío. Es verdad, es mucho trabajo. Pero se lo estamos ahorrando a nuestra descendencia.

Pensemos que es una inversión de futuro. De ahora en adelante, tengamos solo palabras de amor para nuestros hijos. Gritemos muy alto que los amamos.

Es probable que tengamos buenas intenciones y, sin embargo, no sepamos cómo tratar bien a nuestros hijos. Entonces tenemos un desafío por delante: aprendamos a buscar otras referencias fuera de nuestra familia, observando a otras en las que el buen trato es algo cotidiano.

Artículos relacionados