¿Queremos hijos que decidan por si mismos?

CRIANZA NATURAL

¿Queremos hijos que decidan por sí mismos?

Si estamos dispuestos a escuchar, a negociar y a ponernos en su lugar, nos sorprenderemos de todas las oportunidades que se nos presentan para ayudarlos a tomar sus propias decisiones.

Alfie Kohn

Una tarde, la mujer que me estaba cortando el pelo empezó a contarme un problema que tenía con su hijo. No me apetecía que aquello se convirtiera en un consultorio así que, cuando terminó simplemente sugerí que invitara al niño a proponer formas de arreglarlo. Para mi sorpresa, se emocionó tanto con la idea que empecé a preocuparme de que fuera a cortarme la oreja.

No hay nada excesivamente original en la idea de que los niños deberían tomar parte en el proceso de resolución de conflictos cuando las cosas no van bien o, lo que es lo mismo, que deberían tener la posibilidad de hablar de lo que les pasa de un modo habitual.

Aun así, me sigue sorprendiendo el hecho de que muchos padres no consideran estas posibilidades, se niegan a aceptarlas o incluso se resisten con enfado.

De modo que quizá valga la pena dedicar algo de tiempo a revisar por qué (y cómo) dejar que los niños participen en la toma de decisiones.

Empecemos con el por qué

El primer argumento es de tipo moral: todo el mundo debería tener cierto control sobre sus vidas. Por supuesto, en el caso de los niños hay límites sobre la cantidad y el tipo de control; muchas cosas debemos decidirlas por ellos, especialmente si son pequeños. Pero eso no invalida el principio básico. Creo que nuestra posición fundamental debería ser la de permitir que los niños tomen decisiones sobre las cosas que les afectan, excepto en el caso de que tengamos un motivo de peso para saltarnos ese derecho.


Sentirse autónomo

Todos tenemos una necesidad básica de ser "el origen" de nuestra vida en vez de simples "peones", tal como lo expresó un investigador. Es importante experimentar un sentido de autonomía, un sentimiento de que somos nosotros quienes iniciamos casi todo lo que hacemos.

De hecho, las selecciones particulares que hacemos son, a menudo, menos importantes que el mismo hecho de elegir.

Las investigaciones no solo muestran que las personas dejan de prosperar cuando se sienten impotentes; también demuestran claramente los beneficios de tener la posibilidad de elegir. Cuando los padres, por ejemplo, no solo evitan la tentación de recurrir al control, sino que hacen todo lo posible para ayudar a sus hijos a experimentar un sentimiento de autonomía, es más probable que los niños hagan lo que se les pide y menos probable que "se porten mal".

Los adolescentes que pueden participar en la toma de decisiones familiares son más propensos a recurrir a sus padres y compartir sus opiniones. También acaban sintiéndose mejor consigo mismos, les gusta más la escuela, prefieren tareas que supongan un reto y, por si fuera poco, tienden a meterse en menos problemas.


Podemos decidir juntos

Incluso a los bebés se les permite elegir. Tienen claras preferencias por lo que quieren comer, cómo prefieren que se les coja, dónde les gusta que se les hagan cosquillas, con qué juguete entretenerse, etc. Es importante que sintonicemos con lo que nos dicen y que intentemos satisfacer sus demandas siempre que sea posible en vez de insistir en un horario prefijado de comida y de sueño.

Junto con la habilidad de arreglárselas para conseguir más de lo que quieren viene, lógicamente, el potencial de conflicto. Por eso, a menudo tenemos sentimientos encontrados sobre el desarrollo de los niños. Fue genial cuando mi hija de dieciocho meses descubrió cómo encender y apagar un juguete; me sentí orgulloso de su capacidad y quizá algo aliviado al ver que no tendría que llamarme cada vez. Pero entonces la situación estaba lista para un choque de voluntades. Yo apagaba un juguete ruidoso y ella lo volvía a encender. En ese momento, mis opciones se limitaban básicamente a dos: o ella o yo. O dejaba el juguete en sus manos o se lo quitaba (en este caso, lo dejé).

A medida que los niños crecen, sin embargo, se incrementan las posibilidades de explicar y debatir, lo que constituye un gran avance. En vez de vernos forzados a elegir, a ceder o imponer nuestra voluntad, se abre una tercera posibilidad que consiste en zanjar juntos las desavenencias. Date cuenta de que esto no es lo mismo que limitarse el punto medio entre la absoluta libertad, por un lado, y el control excesivo por el otro.

A veces, la mejor alternativa al blanco y negro no es el gris, sino, por ejemplo, el naranja.

No se trata solo de determinar cuántas opciones dar al niño, es decir, qué porcentaje de las decisiones dejarles, sino de ser activos (e interactivos) en la forma que tenemos para ayudarles a decidir.

Un estudio reciente sobre las prácticas de crianza descubrió que los niños eran más "activos, abiertos y espontáneos" cuando se les daban muchas oportunidades de tomar decisiones. Al examinarlo más de cerca, sin embargo, se ponía de relieve que la libertad no era suficiente. También era necesario un "alto nivel de interacción entre el padre y el niño".

Nuestro trabajo consiste en alimentar sus sentimientos de autonomía y pensar juntos en formas de negociar soluciones para problemas específicos, como la hora de acostarse o de apagar las luces, adónde ir de vacaciones, etc. Pero, ¿a caso el día tiene suficientes horas para aclarar los asuntos con nuestros hijos? Creo que podemos plantear cuatro respuestas a esta pregunta. Para empezar, el error más común es el de compartir en escasísimas ocasiones su autoridad en la toma de decisiones.

La gran mayoría de familias adolece de una democracia demasiado exigua. En segundo lugar, no estoy sugiriendo que todo deba negociarse, sino más bien que los hijos deben saber qué aspectos pueden negociarse.

Paradójicamente, los niños sienten menos necesidad de cuestionar cada decisión cuando saben que pueden objetarla (o sugerir otra opción) en los casos en que les parece importante intervenir.

Tiempo de negociación

En tercer lugar, los niños son menos propensos a rechazar las decisiones que ellos ayudaron a tomar. Además de la tensión que experimentan tanto padres como hijos y del daño en sus relaciones, la eficacia aparente de evitar discusiones decidiendo de forma unilateral resulta ser una ilusión cuando se miran a largo plazo.

Por último, retomando la visión a largo plazo, aun cuando la negociación con los hijos realmente acabará llevándonos más tiempo y es-fuerzo que el enfoque tradicional, no por ello deja de ser una de las mejores formas en que los padres pueden ocupar su tiempo. Para apreciar esto, debemos ver más allá del problema específico del que se discute y recordar que este proceso aporta incalculables beneficios al desarrollo social, moral e intelectual de nuestros hijos.

​Cómo llegar a buenos acuerdos

  1. Usa la estrategia menos intrusiva. Sé lo más amable y atento posible. Si tu hijo está de mal humor y rechaza con enfado cada sugerencia que hagas, no pelees. Una discusión no tiene sentido si en ese momento es incapaz de razonar. Dale unos minutos para que se calme.
  2. Sé honesto. Si le pides a tu hijo algo que no es muy divertido, admítelo. No inventes justificaciones rocambolescas e intenta ver las cosas desde su punto de vista.
  3. Explica las razones. La mayor parte de nuestras peticiones pueden explicarse incluso a niños de dos años con palabras que entiendan. Explicar las razones no nos garantiza que las acepte, pero es más probable que lo haga. En todo caso las personas de cualquier edad tienen derecho a una explicación cuando alguien limita sus opciones.
  4. Conviértelo en un juego. Usa tu imaginación para ayudar a los niños a encontrar cierta diversión cuando hagan cosas que no sean intrínsecamente divertidas. A los más grandes se les puede invitar a que piensen en formas diferentes de realizar una tarea.
  5. Da ejemplo. Los adultos no tienen por qué seguir las mismas normas que los niños, pero la mayor parte de ellas se nos deberían aplicar. Además de ser lo más justo, es más fácil lograr que los niños hagan lo que nosotros estamos dispuestos a hacer.
  6. Dales tantas opciones como sea posible. Dentro de las limitaciones de lo que deben hacer, pregúntales cómo quieren hacerlo, o dónde, o cuándo...

Para saber más

Este texto ha sido extraído del recomendable libro Crianza incondicional de Alfie Kohn (Crianza Natural)

Alfie Kohn es un conocido autor americano que ha publicado un gran número de artículos y más de diez libros sobre educación y crianza. Defensor de la crianza con respeto, esta es su primera obra traducida al español.

Este libro no tiene nada que ver con otros cientos que se publican cada año y que pretenden dar respuestas a padres desesperados que quieren lograr que sus hijos les obedezcan. Porque en este caso la pregunta de partida es otra: ¿Qué clase de personas queremos que sean nuestros hijos? Y en ella va implícita otra gran cuestión: ¿Queremos que sean del tipo que acepta las cosas como son o de los que intentan mejorarlas?

La elección implica concentrarse en un objetivo a largo plazo no en la obediencia inmediata.

Y supone desmontar la eficacia de otras técnicas basadas en la disciplina, las amenazas, las alabanzas, el uso de los premios y castigos...

Alfie Kohn en su lugar nos propone apostar por el amor incondicional, por ayudar a nuestros hijos a ser autónomos y a aprender a decidir por sí mismos desde el primer día de su vida. A base de diálogo, de respeto, de ponernos en su lugar, de practicar con el ejemplo... podremos ayudarlos a ser grandes personas, en el sentido más amplio de la palabra.

  • http://www.alfiekohn.org. Es la página oficial del autor, en inglés, que incluye información sobre sus libros, artículos y vídeos.