Maternidad y Trabajo

DOS MUNDOS COMPATIBLES

Ser madres y trabajar

La clave para compaginar con éxito nuestros dos mundos es colmar de atención a nuestro hijo cuando volvamos a casa. Nos ha esperado todo el día, así que demostrémosle que es nuestra única prioridad.

Laura Gutman

Hemos construido todo tipo de fantasías respecto a la felicidad de tener un hijo. Y, en parte, son verdad. Pero no hemos pensado en la pérdida de identidad, de libertad, de independencia y autonomía que supone la presencia de un niño pequeño. La realidad es que la crianza es fundamentalmente contacto, conexión, brazos, silencio, intimidad, amor, dulzura, reposo, permanencia, sueño, noche, soledad, tiempo, sensibilidad, olfato, cuerpo e intuición.

Es decir, nada más alejado del “hacer” al que estábamos tan acostumbradas y donde hemos obtenido visibilidad y valoración. En muchas ocasiones, las mujeres de hoy en día creemos que nuestro yo se desarrolla solo en el trabajo porque allí conseguimos ese reconocimiento que tanto nos halaga y satisface. Y es cierto, pero allí solo se desarrolla una parte de nuestro yo. Cuando tenemos un hijo ese otro yo que no hemos cultivado ni entrenado se encuentra desencajado y por eso buscamos refugio en el trabajo, para volver a ser quienes nosotras nos sentimos que somos: profesoras, dependientas, abogadas, administrativas...

Necesidades incompatibles

Podríamos decir que la maternidad se parece mucho al “no hacer”, pero en contacto profundo con el niño. El problema es que, precisamente en ese “no hacer”, nadie nos mira ni nos aplaude ni nos admira.

Pero ocuparse de un bebé no es sinónimo de reposo. Más bien, todo lo contrario. Es un sentir permanente y una conexión constante que nadie registra. No tiene traducción al mundo concreto. Curiosamente, nosotras mismas tampoco sabemos cómo nombrar ni dar una entidad a ese “estar todo el día con el bebé sin hacer nada, pero sin tener un segundo para nosotras”.

El hecho materno fluye cuando somos capaces de responder a las necesidades y al llamamiento del niño, de ofrecerle contacto y alimento permanentes, movimiento, calor, ritmo cardiaco, olor y el timbre dulce de nuestra voz... El secreto es la disponibilidad corporal, la intimidad y la entrega para tener al bebé en nuestros brazos las veinticuatro horas del día.

Y ahí está la contradicción. Para cobijar a un bebé, hay que estar dispuestas a perder toda autonomía, libertad y tiempo para una misma. Quizá es una cuestión en la que no habíamos pensado cuando nos quedamos embarazadas. Si nos apegamos a nuestra libertad personal, posiblemente el niño no estará satisfecho. Y si decidimos dar prioridad a la fusión, perderemos libertad y vida propia. Ambas situaciones, entrega y libertad, no son compatibles. Nadie puede determinar qué es lo que cada cual debe hacer. Pero sí es importante que sepamos cuál es nuestra realidad emocional y por qué optamos –sin ser conscientes– por una o por otra.

Nuestro salvavidas

Cuando no sabemos por qué preferimos no renunciar a nuestra libertad, solemos culpar al trabajo. Creemos que es a causa del trabajo que no permanecemos apegados a nuestros hijos pequeños. Creemos que la necesidad –muchas veces real– de ganar dinero es la responsable de tener que dejarlos muchas horas cada día.

Sin embargo, cuando la cercanía emocional y el contacto profundo con un hijo muy pequeño tienen un sabor amargo, cuando nos traslada a experiencias del pasado dolorosas, y cuando lo que hacemos en el mundo se ha convertido en la pantalla a través de la cual somos vistas, tomadas en cuenta y queridas por los demás, entonces el trabajo se convierte en nuestro más preciado refugio.

Frente al abismo de la invisibilidad del hecho materno, el quehacer público se torna un salvavidas afectivo.

No es la necesidad económica la que nos desvía de la interacción con el niño pequeño, sino la desesperada necesidad de no ser tragadas por el silencioso y aislado mundo de permanencia con el bebé.

Sí es posible

Cuando no necesitemos resguardarnos en el trabajo o en una identidad social, sabremos que maternidad y trabajo pueden ser perfectamente compatibles. Porque no importa si trabajamos o no, eso es una decisión personal. Importa saber si contamos con suficientes recursos emocionales para fundirnos en las necesidades de nuestros hijos pequeños, relativas al contacto corporal, al cobijo, a la lactancia, a los brazos, a la mirada, a la quietud y a la presencia durante todas las horas que sí estamos en casa, incluidas las de la noche. Siempre es posible continuar trabajando, si es nuestro verdadero deseo o nuestra necesidad, sin que el niño tenga que vivir las consecuencias del abandono emocional.

De vuelta a casa

Con frecuencia utilizamos el trabajo como la excusa perfecta para no someternos al vínculo fusional con nuestros hijos. Pero el problema no es el trabajo. El verdadero problema es la vuelta a casa.

El trabajo en sí mismo no es depredador del vínculo madre-niño.

Cuando regresamos, el niño, que ya nos ha esperado con infinita paciencia, siente que, ahora sí, ha llegado el momento de estar con mamá. A partir de entonces, merece ser resarcido, colmado de caricias, besos, tiempo, abrazos y sonrisas; merece recibir respuestas a sus reclamos legítimos ya que ha esperado estoicamente el regreso de su madre. Si somos capaces de relegar todo lo demás una vez que estamos en casa, si comprendemos que no hay nada más urgente que nutrir a nuestro bebé de caricias y leche, entonces el trabajo no será ningún obstáculo para el vínculo amoroso.

La relación con nuestros hijos queda despojada y herida cuando, a pesar de haber regresado a casa, las madres nos sentimos encerradas y que el hogar nos devora con su silencio. Necesitamos huir, pero no tenemos adónde. Entonces, los reclamos de nuestro hijo dejan de ser nuestra prioridad y los mensajes de texto recibidos en el móvil, las compras en el supermercado, la depilación postergada, el encuentro con una amiga o el trabajo atrasado de la oficina cobran vital importancia, hasta el punto de inundar con su presencia o su aparente urgencia los rincones de nuestra discapacidad emocional.

Buscar apoyos

Si nos hemos dado cuenta de que no somos capaces de permanecer en casa junto a nuestros hijos, pidamos ayuda. A lo largo de la historia, las madres primerizas siempre han estado rodeadas de otra mujeres, nunca han estado solas. En realidad, necesitamos tener cerca a otras personas que nos acompañen, nos apoyen, nos mimen... No para que se encarguen de los niños. Si las buscamos, seguro que las encontramos y entonces los niños volverán a disfrutar de una madre totalmente disponible. Solo así ellos lograrán renovar sus fuerzas para poder esperarla durante las largas horas del siguiente día.

Espacio afectivo

Que la maternidad vuelva a tener un valor social prioritario es responsabilidad de todos nosotros. Hombres y mujeres. Tengamos hijos o no. Si pensamos en el futuro como sociedad, si pensamos política, filosófica y económicamente, las cuentas solo salen bien si los niños vuelven a tener un espacio valorado y cuidado. Para eso, necesitan a sus madres emocionalmente disponibles. Justamente en ese sentido es imprescindible que las madres también reciban el apoyo, la comprensión y el sustento económico y afectivo suficiente para poder estar.

El mundo laboral también trae beneficios

Siempre podemos estar disponibles emocionalmente para nuestro bebé, independientemente de cuál sea nuestra realidad laboral. Y si trabajamos fuera de casa, podemos aprovechar alguna de las ventajas que este hecho nos ofrece:

  • Un espacio para cada uno. Combinar maternidad y trabajo es más sencillo si somos conscientes de que el trabajo suele ser un lugar de nutrición y bienestar para nosotras, y que la maternidad es el lugar donde nutrimos a otra persona.
  • Obtener reconocimiento. La función materna requiere no solo el apoyo afectivo de otros individuos, sino también una valoración colectiva. Nadie puede permanecer eternamente en la no existencia emocional. Sin embargo, todavía solemos incomodarnos en presencia de mujeres que se presentan en los lugares públicos con sus niños a cuestas.
  • Un buen gestor del tiempo. Trabajar fuera de casa nos puede ayudar a organizarnos. Si no realizamos ninguna actividad, el tiempo se estira en un continuo que nos confunde y nos resta energías. Por esta razón, si no tenemos obligaciones laborales, es aconsejable hacer alguna actividad con el bebé (natación, juegos en grupo, masaje infantil...).
  • Vincularse sin excusas. El trabajo también puede ayudarnos en el vínculo con nuestro hijo. Pero utilizar las obligaciones laborales como excusa para no permanecer con él es otra cosa. Necesitamos comprender la diferencia.

Si lo hacemos desde casa

Algunas mujeres tenemos la suerte de trabajar en casa, pero eso no quiere decir estar más disponibles para nuestro hijo. Quizá nosotras sí tenemos la sensación de haber estado todo el día con él pero él no siente lo mismo.

Es importante que delimitemos el espacio en el que desplegaremos nuestro trabajo y los horarios. Es la única manera de asegurarnos de que atenderemos a nuestro bebé.

Incluso es una buena idea que, mientras nosotras trabajamos, sean los niños quienes aprovechen para ir a casa de los abuelos o a dar un paseo con otro adulto.

Si lo hemos intentado, pero tras unos meses de prueba hemos decidido volver a trabajar fuera de casa, no debemos tomárnoslo como un fracaso. Debemos ser sinceras con nosotras mismas y no tratar de hacer lo correcto, sino aquello que nos dé mayor confort.

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