Si corres, te lo pierdes

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Si corres, te lo pierdes

Pasamos gran parte del día pensando en "lo que haremos después". Y los niños nos imitan. Intentemos buscar tiempo para sentir y estar aquí y ahora. Y si no sabemos, fijémonos en los niños, ellos nos enseñarán.

Cristina Gutiérrez

"Urgente" es probablemente la palabra más repetida en la empresa, y desde hace unos cuantos años lo hago extensivo a otros ámbitos: en casa, con los hijos o en la escuela se ha impuesto tanto que cuando la decimos parece que el resto carezca de importancia. Y dado que lo urgente es lo que debe hacerse primero, confundimos lo urgente con lo importante. Vivimos en un mundo con prisas que provocan que mezclemos aún más estos dos conceptos, porque si vamos justos de tiempo a llevar al niño a inglés, lo urgente es llegar a la hora, olvidando lo importante: que tenemos a nuestro hijo en el asiento trasero del coche esperando que le dediquemos nuestra atención (a él, a lo que le pasa o a lo que siente).

Somos el espejo donde se miran

Cuando trabajas con niños tienes la oportunidad de observarlos. Son la esencia humana, con su inmensa capacidad de "parar el reloj" y pasarse horas jugando en el bosque u observando un hormiguero. Tal vez tendríamos que observarlos más. ¿Os habéis dado cuenta de que los humanos estamos hechos para gozar del presente? Sin embargo, en algún momento de nuestra juventud algo cambia, y sustituimos lo que es importante (disfrutar de cada momento con una sonrisa) por lo que es urgente (que aún no sé muy bien lo que es). Los niños viven cada instante con una intensidad envidiable, viven el presente. Sí, eso es lo que hacen, ¡vivir! ¿Quizá son ellos los que saben lo que es realmente importante y no nosotros?

A medida que van creciendo (a partir de los nueve o 10 años), observo cómo esta habilidad de vivir el momento va desapareciendo. Si los alumnos que llegan a nuestra granja escuela de colonias son de ciudad, hasta puedes ver su "urgencia"con una facilidad asombrosa: se mueven más rápido, como si tuvieran prisa, como si el tiempo se les fuera a escapar. Y tan rápido van que no pueden concentrarse en observar el caballo que los mira desde el picadero redondo, y están despistados, como si nada de lo que los rodea les pudiera entrar en la cabeza.

Con estos niños trabajamos la "capacidad de detenerse", de observar, de apreciar los olores, de mirar el cielo, tranquilamente. Alguna vez, incluso, les hemos vendado los ojos cuando montaban a caballo, ya que hasta encima del equino nos preguntaban: "¿Y luego qué haremos?". Hemos comprobado que solo cuando les tapamos los ojos conseguimos que dejen de pensar y empiecen a sentir que el movimiento del animal, su olor y el latido de su corazón.

En la naturaleza, nunca hay prisas. La naturaleza simplemente saborea cada rayo de sol, cada gota de lluvia. Tendríamos que aprender a vivir el momento, como hacen la naturaleza, los árboles o el bosque. En mi trabajo esto es lo importante, y lo urgente es que los niños y las niñas se den cuenta de ello. Porque las prisas del mundo de los adultos inhiben su inclinación innata hacia el descubrimiento y la contemplación, y así su creatividad y su capacidad de asombrarse, poco a poco, van desapareciendo.

¿Sabemos cómo se sienten?

Puede que pensemos que por ir todo el día corriendo se aprovecha más la vida. Pero no es así, lo único que conseguimos de esta manera es pasar por la vida como si fuera una maratón, una interminable competición, y entonces ni la disfrutamos ni la deglutimos, ni tan siquiera somos conscientes de lo que estamos viviendo.

Recuerdo una mamá que siempre recogía a su hija de dos años con prisa. Tenía que ir a inglés (la madre) cada día, a las siete de la tarde, porque lo necesitaba para su trabajo. Recuerdo su angustia, su urgencia constante y cómo la pequeña notaba sus nervios. Ella misma siempre decía que no tenía otra opción, y nosotros veíamos que la situación era insostenible. Como no podía ser de otro modo, la situación acabó estallando en forma de depresión. Dejó el inglés y se tomó la vida con más calma. Un año después me contó que seguía en el mismo trabajo, y que en realidad habían sido sus creencias sobre lo que se esperaba de ella, y no lo que le pedía su jefe, lo que la habían llevado a ese espiral que provocó, entre otras cosas, que no saboreara los dos primeros años de su hija.

Cuando tienes un hijo, lo importante no es llegar a la hora de inglés (eso es una norma social), sino hablar con el pequeño para saber cómo se siente, qué piensa de las cosas, cómo es, cuáles son sus talentos, sus habilidades, qué los atrae, con qué se siente cómodo y con qué no. Lo importante es conocerlo, pero de verdad.

Enseñemos a nuestros hijos a distinguir entre lo que es importante y lo que es urgente desde pequeños, y así les evitaremos más confusiones de las necesarias. El mundo ya es suficientemente complicado como para liarlos aún más, ¿verdad?

Del "tengo que..." al "quiero..."

Tengo que llevar al niño a fútbol, tengo que ir a comprar, tengo que preparar la cena, tengo que organizar las vacaciones... En mi trabajo escucho la perífrasis de obligación "tener que" a menudo, sobre todo a los padres y a las madres. Sé que lo decimos inconscientemente, que es una forma de hablar, pero la forma de expresar nos afecta a nuestra percepción de las cosas.

Cuando digo "tengo que llevar al niño a fútbol", por ejemplo, ¿qué quiero decir exactamente?, ¿que tengo que llevarlo o que quiero llevarlo? ¿Es una obligación para mí o tengo ganas de hacerlo? ¿Es la falta de tiempo y el estrés lo que hace que nos tomemos las cosas como si fueran obligaciones? No lo sé, pero si todo el tiempo decimos "tengo que...", al final parece que todo sea un deber, incluso quedar con los amigos.

Creo que si sustituyéramos el "tener que" por un simple "querer", cambiaríamos nuestra percepción de las cosas, probablemente el estrés se reduciría, estaríamos de mejor humor y empezaríamos a tener tiempo para hacer lo que realmente queremos. Y así mismo nos daríamos cuenta de que podemos disfrutar preparando la cena, pasando un rato con nuestro hijo, observando cómo se relaciona con sus compañeros de fútbol o dedicándonos un rato a nosotros mismos yendo al gimnasio.

Además, podríamos dejar de pensar en lo que tenemos que hacer después, o en lo que haremos mañana, o la semana que viene, centrándonos solo en lo que estamos haciendo ahora, en este mismo instante. Así disfrutaremos todavía más del baño del niño, de la página web que leemos...

Y lo que haremos después ya lo pensaremos cuando llegue el momento.

Tal vez ha llegado la hora de que seamos más inteligentes y mucho menos contradictorios para que de esta manera nuestros pequeños también puedan serlo. Y recordemos que aprenden con nuestro ejemplo, de lo que ven.

Aprender a disfrutar el momento

El estilo de vida actual empuja a correr, pero si se logra parar, se puede descubrir el placer que esconden los detalles.

Un niño pregunta al sabio:

- ¿Cuanto mide el universo?-

- El universo tiene la medida de tu mundo -le respondió el sabio.

- ¿Y de qué medida es mi mundo? -vuelve a preguntar el niño con su curiosidad.

- Tu mundo tiene la medida de tus sueños -le dijo.

A cuántos de nosotros y a cuántos de los niños de nuestro país nos han dicho alguna vez que nuestro mundo será tan grande o tan pequeño como nuestros sueños. Me pregunto cómo sería yo si alguien me lo hubiera dicho en alguna ocasión.

Tener imaginación y sueños indica que tu mundo puede ser muy grande, incluso inmenso. Nuestros hijos pueden tener un futuro brillante si los dejamos soñar y creer que pueden ser los autores de algo que haga el mundo un poco mejor.

Debemos tener claro que nuestros pequeños tienen un mundo de posibilidades en sus manos, pero no podemos olvidar que si nosotros pensamos que no pueden, ellos también lo creerán y los limitaremos (inconscientemente, pero lo haremos).

Los niños son absolutamente brillantes. ¿Y nosotros? ¿Nos atrevemos a cambiar lo que les enseñamos? Vivir en un mundo acelerado, con prisas y saturado de ruido no es respetar la naturaleza ni las necesidades de los niños.

Para saber más

El artículo que acabas de leer forma parte de un fragmento adaptado del libro Entrénalo para la vida, de Cristina Gutiérrez (Plataforma Editorial). Cristina es educadora y dirige La Granja Escuela de Santa María de Palautordera (Barcelona).

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