Sobrevivir a la llegada del segundo hijo, reorganizándonos

CRIANZA RESPETUOSA

Sobrevivir a llegada del segundo hijo

Milagrosamente, con su nacimiento crece nuestra capacidad de amar. Pero una cosa es amar a los hijos y otra, organizarse para atenderlos a todos.

Laura Gutman

Cuando nos quedamos embarazadas de nuestro segundo hijo aparece una duda existencial: ¿Cómo haremos para amarle tanto como amamos al primero? Creemos que no seremos capaces porque la intensidad del amor, del apego y de la dependencia emocional es tan fuerte que suponemos será irrepetible. Sin embargo, el corazón de las madres se multiplica con cada niño que nace. No se divide.

Para corroborarlo, basta darnos cuenta de que somos capaces de tener varios amigos, no sólo uno. Podemos amar a varios familiares, a varios hermanos, a varios compañeros. La relación intensa con una persona no anula necesariamente la aptitud para vincularnos con otros individuos. Esta habilidad funciona también en relación a los hijos. Por lo tanto, en términos de amor, podemos tener varios hijos y amarlos con la misma intensidad.

Ahora bien, una cosa es amar a los hijos y otra muy distinta es organizarse para atenderlos de manera tal que cada uno de los niños reciba el confort necesario en relación a su edad, su idiosincrasia, su personalidad y el lugar que ocupa dentro de la familia. Esta preocupación es muy frecuente en los padres cuando acontece el nacimiento del segundo hijo. En cambio, cuando llega el tercero, el cuarto... la familia suele estar mejor acomodada en la interacción familiar.

Hacerlo todo, imposible

En algunos casos, la madre siente que la prioridad la tiene el bebé recién nacido. Y es lógico que así sea. Sin embargo, el niño mayor –que adopta el papel de “muy grande” cuando muchas veces apenas tiene un año y medio– necesita que sus necesidades sean satisfechas, aun comprendiendo que hay otro bebé en casa y que tiene que colaborar. En estos casos es imprescindible que pidamos ayuda. Una madre que permanece casi todo el día a solas con los dos niños, aun creyendo que es todopoderosa, eficaz, inteligente, resolutiva, hábil y organizada, acabará sucumbiendo. La madre por un lado, y los niños también.

Ocuparse sola de un bebé recién nacido y de otro niño algo mayor no es posible, aunque creamos que lo tenemos todo bajo control. Antes de lo previsto, lo pagaremos con nuestra salud o nuestro equilibrio emocional. En reiteradas ocasiones, quien manifestará la falta de cuidados será el niño mayor. Entonces sentiremos que hemos actuado al máximo de nuestras posibilidades, y que, sin embargo, no es suficiente. Eso resulta muy desalentador.

Buscar otras manos

Insisto en que el recién nacido que cuenta con una madre disponible está en muy buena situación para iniciar su vida. Su hermano algo mayor también merece recibir cuidados adecuados a su edad, pero al tener a su madre ocupada casi todo el tiempo, lo ideal será que haya sustitutos para suplir los cuidados maternos. No es verdad que el niño de dos o tres años necesite que sea la madre quien cuide de él todo el tiempo. Pero sí precisa satisfacer sus necesidades básicas de modo tal que se sienta calmado, cubierto, “lleno”, mirado, atendido, y de esa forma poder disfrutar de la presencia de la madre en los momentos en que ésta pueda dejar al bebé en otras manos.

Un error que cometemos habitualmente bajo los efectos de la “culpa” por no poder ocuparnos tanto del niño mayor es que, en lugar de pedir ayuda para que otras personas allegadas lo miren, lo lleven a pasear o a la escuela, o lo acompañen mientras juega o come, lo hacemos esperar. Creyendo que el niño quiere estar sólo con nosotras, no facilitamos la salida con el padre, otros familiares, vecinos o amigos, sino que lo retenemos en casa creyendo que en seguida nos ocuparemos también de él.

Pero eso no sucede tal como esperamos. Cada vez que estamos a punto de jugar con el niño, el bebé se despierta, o la duración de la tetada es más larga de lo previsto, o al bebé le duele la barriga, o hay que volver a cambiarle el pañal. La cuestión es que el niño mayor, retenido en casa por una sensación de culpa sutil de la madre, espera. Y mientras espera, desespera. Porque la paciencia tiene un límite, y nadie entiende muy bien qué es lo que está sucediendo, ya que todos teníamos buenas intenciones: la madre quería ocuparse correctamente de su hijo mayor, y él ha hecho grandes esfuerzos para esperar la disponibilidad de la madre.

Pero las cosas no ocurren como habíamos planeado: la madre está exhausta y el niño, insatisfecho.

Necesidades inaplazables

Por lo tanto, aun con las mejores intenciones, deberemos cambiar de estrategias.

Pensemos que el niño mayor de dos años, en proceso de separación emocional de la madre, tiene una prioridad: que sus necesidades sean satisfechas.

Éstas implican la presencia de un adulto la mayor cantidad de tiempo posible:

  • La compañía en sus descubrimientos y exploraciones del mundo circundante.
  • La disponibilidad para observarlo mientras juega
  • La asistencia para acompañarlo a dormir.
  • La traducción de sus emociones y experiencias afectivas a un lenguaje verbal sencillo y accesible.

Todo eso es lo que el niño necesita, pero no es indispensable que sea la madre quien se lo procure.

He aquí una de las confusiones más frecuentes cuando estamos desbordadas de obligaciones en relación a nuestros hijos.

La suposición que la madre –y sólo la madre– es la responsable de proporcionar todos los cuidados a todos los niños nos arroja a situaciones insostenibles, que luego se traducen en problemáticas familiares, peleas, desacuerdos, peticiones desplazadas, amenazas y discusiones que no tienen solución, porque surgen desde las bases de una situación imposible de resolver.

Frecuentemente, ante la imposibilidad de satisfacerlo, solemos culpar al niño diciendo que es “demasiado demandante”, que “está celoso de su hermanito”, que “se ha vuelto muy caprichoso” o que “entró en la edad difícil”. Nada de eso es verdad.

Simplemente, el esquema que habíamos ideado se colapsó.

Tomemos en cuenta que hoy en día las mujeres hemos asumido roles de marcada decisión en ámbitos laborales –incluso haciéndonos cargo de una cuota de poder importante– y somos quienes mayor tendencia tenemos a creer que podemos hacer las cosas solas. Lo que en la órbita social puede ser verdad, deja de serlo en el circuito de la relación con los hijos pequeños.

No es verdad que podamos satisfacer las necesidades de varios niños de edades diferentes estando solas.

Por lo tanto, la verdadera dificultad reside en el personaje que hemos asumido mucho antes del nacimiento de los niños. Eso es lo que vale la pena revisar, ahora que el rol de superwoman parece no estar a la altura de las circunstancias. El problema no está en las demandas de los niños pequeños, sino en cómo habíamos pensado que responderíamos nosotras.

Una decisión conjunta

Ahora bien, ¿quién es la persona idónea para reemplazarnos? ¿El niño estará suficientemente bien si sale a pasear con la abuela mientras ve que nosotras nos quedamos en casa a dar de mamar al bebé?

En principio, si creemos que absolutamente nadie será capaz de ocuparse del niño como una, es que estamos plenamente identificadas con el personaje de la mujer maravilla.

Allí tenemos un primer punto a revisar. Luego, si tenemos pareja, tendremos que conversar largamente para decidir juntos qué opciones tenemos, concretas, en relación al trabajo, al dinero, a la familia, a los acuerdos que tenemos con otras personas, y también en relación a los conflictos con hermanos, cuñados o vecinos. Porque la decisión de pedir ayuda será eficaz en la medida que la tomemos de acuerdo a la realidad y a los vínculos afectivos que hemos construido a lo largo de los años.

Una vez que hemos determinado qué personas pueden sustituirnos en la atención del niño mayor viene la segunda etapa, que es el período de conversaciones y acuerdos con las personas cuidadoras.

  • Cómo
  • Cuándo
  • Bajo qué circunstancias
  • Con qué modalidad vincular, etc., pretendemos que esas personas nos presten ayuda.

Y, sobre todo, desde el primer momento tendremos que decidir cuál será la moneda de cambio, qué es lo que estamos en condiciones de ofrecer en términos afectivos o económicos para compensar la dedicación hacia el hijo mayor que estamos pidiendo.

Acuerdos limpios y claros

Pedir ayuda no significa necesariamente que quedemos sometidas a deseos o creencias ajenas, como puede ser el caso de abuelas maternas o paternas que encuentren en la ranura de esa puerta abierta el espacio para imponer su manera de ver las cosas en relación a la crianza. En esas circunstancias, cuando no hay acuerdos básicos, y cuando las batallas familiares se juegan entre necesidades no formuladas, no hay que mezclar las cosas.

Una cosa es buscar ayuda concreta y específica para que el niño mayor obtenga los cuidados que se merece mientras la madre se ocupa de un bebé aún muy pequeño, y otra cosa es confundir los problemas creyendo que, si pedimos ayuda, tenemos que pagar el precio de quedar sometidas a reglas incompatibles para nuestro modo de pensar. En esos casos, lo mejor es buscar ayuda donde podamos manejarnos con libertad, con acuerdos limpios y claros, donde podamos encontrar el beneficio a favor de todos y donde todos pongamos reglas claras y acordes a nuestra genuina manera de ser.


Peticiones y privilegios

Vale la pena detenerse unos instantes en el rol del padre. Cuando nace el segundo hijo, si el padre es un hombre maduro y sostenedor, sabrá que su tiempo y disponibilidad se centrará en sacar del hogar al niño mayor, donde la energía está contaminada de leche, fluidos, horas sin dormir, llantos y cansancio.

Todo niño o niña adorará tener el privilegio de salir de casa con su padre, tantas veces como sea posible, promocionándolo a realizar tareas que competen a niños mayores y que serán alabadas tanto por la madre como por el padre.

Acompañar al padre a hacer las compras, resolver trámites y compartir experiencias fuera de casa darán al primogénito un estatus que derivará en una mayor seguridad en sí mismo y una merecida alegría.

A veces las demandas del hijo mayor no nacen al mismo tiempo que la llegada del hermano. Por ejemplo, si rechaza ir a la escuela, pidiendo permanecer en casa, es porque está reclamando que sean tenidas en cuenta necesidades que fueron desechadas por los adultos mucho antes del nacimiento del hermanito. Nunca es tarde para revisar qué fue lo que desestimamos en su momento. Aunque no sea el momento más fácil, trataremos de compensarlo ahora. El niño lo merece.

Es posible que sea justo ahora, con el rechazo a salir de casa, que el niño pequeño haya logrado encontrar un modo “escuchable” de expresar lo que tenía pendiente desde hace tiempo.

Si nosotros no lo hemos comprendido antes, tendremos que tener la paciencia para traducir ahora su reclamo.

¿Pueden esperar?

  • Un bebé recién nacido no está en condiciones de hacerlo. Cuando tiene hambre o necesita ser alzado, tiene que ser satisfecho inmediatamente.
  • Un niño algo mayor tiene capacidad de espera, pero con un límite acotado. No puede esperar indefinidamente.
  • Pongamos palabras para nombrar los tiempos, tanto al niño mayor como al bebé.
  • Expliquemos si nos tendrán que esperar cinco minutos o media hora. No es lo mismo. Hay un abismo de diferencia.
  • Seamos consecuentes milimétricamente con lo que les hemos prometido.
  • Si no nos vemos capaces de atenderlos a los dos de manera justa, pidamos ayuda.


La fuerza del grupo

Criar varios hijos es posible si recordamos que el ser humano está diseñado para vivir en manadas. Y que, como especie de mamíferos, necesitamos apoyarnos unos a otros.

Es imprescindible que estemos juntos.

La crianza feliz de varios niños depende de la comunidad, que hoy es un término algo desprestigiado porque creemos que la comunidad son “los otros”, cuando en realidad somos “nosotros”. Ahora bien, depende de cada uno de nosotros que construyamos ese “nosotros”. Nos beneficiaremos todos, y por encima de todas las cosas, se beneficiarán quienes hoy aún son niños

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