Su autoestima está en tus manos

CRIANZA RESPETUOSA

Su autoestima, en tus manos

Cuando un niño pequeño no obtiene el calor, el contacto que necesita, se van instalando en su interior emociones que lo lastiman. Crecer al cobijo de sus padres lo hará sentirse merecedor de todo el amor del mundo.

Laura Gutman

La seguridad se adquiere desde el día en que nacemos si obtenemos con facilidad y fluidez aquello que necesitamos.

Por ejemplo, si anhelamos sentir los latidos del corazón de nuestra madre y, en cuanto lo llamamos, ese corazón aparece..., la vida fluye como un río mientras nos sentimos en nuestro propio paraíso.

En cambio, si nuestra necesidad de calor, cobijo, movimiento y presencia no es colmada, sencillamente tendremos miedo. Porque sabremos que estaremos librados a los depredadores. Sentimos que nos podría acontecer cualquier tragedia, ya que somos muy pequeños para defendernos por nuestros propios medios. Esa certeza de ser totalmente dependientes de cuidados externos es algo que misteriosamente sabemos.

Cuando la escena de la llamada no atendida se repite una y otra vez, se van instalando dos emociones en nuestro interior: por un lado, el miedo, ya que algo muy malo nos puede suceder si no tenemos suficiente protección; por otro, el hecho de no sentirnos amados, ya que nadie acude en nuestro auxilio. Si no somos amados, creemos que no lo merecemos. Si no lo merecemos, tal vez es porque no somos suficientemente valiosos. Así, nuestra estima quedó hecha pedazos. Y resulta que apenas tenemos unos meses de vida.

Habitualmente, estas experiencias se repiten. Crecemos, cumplimos los seis meses, y escuchamos frases hirientes. Por ejemplo, que somos caprichosos. ¡Ay, qué dolor, qué vergüenza, qué pena! Si somos caprichosos es porque somos fastidiosos. Y es por ese motivo que no somos amados. Nuestra estima sigue deteriorándose.

Todo el mundo juzga

Cuando cumplimos el año muchas personas mayores ya tienen su opinión sobre nosotros. No sólo nuestros abuelos y vecinos, sino también las personas que caminan por la calle, aquellos que van al mismo mercado que nuestra madre, incluso aquellos que comen en mesas cercanas en los restaurantes. Oímos consternados que somos demasiado grandes para usar chupete, o que nuestra madre nos consiente demasiado, o que no sabemos portarnos como niños buenos. Evidentemente, tienen razón en no querernos; no lo valemos en absoluto.

Ya no quedan rastros de estima ni de compasión. El amor se nos escurre entre las manos. Entonces tomamos algunas decisiones al respecto. Decidimos, ya que somos malos, que seremos los más nocivos de todos. Quizá de esa manera lograremos responder a las expectativas de nuestros padres, que nos miran con mayor dedicación cada vez que los hacemos enfadar. En otras ocasiones, ni siquiera tenemos fortaleza para ser dañinos, porque simplemente tenemos miedo. Estamos acostumbrados a la hostilidad de la vida cotidiana, nos creemos tontos, incapaces o débiles.

Cualquier acontecimiento nuevo nos produce agobio, porque sospechamos que no tendremos las herramientas suficientes para enfrentarnos a lo que sucederá. El miedo lo abarca todo. Y cuanto más miedo tenemos, más nos dicen nuestros padres que somos inútiles y que no saben dónde hemos aprendido a ser tan poco sociables. Un horror. Quisiéramos desaparecer. Sin embargo, entre los aplausos de los demás niños, el payaso que anima la fiesta de cumpleaños nos llama. No podemos hacer magia y borrarnos de la faz de la tierra. Entonces lloramos. Y una vez más, alguien dirá que somos verdaderamente necios.

Una mirada llena de recelo

Así pasamos nuestra infancia... Teniendo miedo de que nos atrape el miedo. Sabiendo que cada nuevo acontecimiento nos va a confrontar con un monstruo sin forma ni rostro, pero con suficiente potencia para agobiarnos. Sentimos que la vida cotidiana es una pelea permanente contra algo difícil, oscuro o peligroso, aunque no logramos definir qué es exactamente lo que tememos encontrar. En verdad, sabemos que cualquier persona, situación, desafío o propuesta comporta un riesgo si no estamos acompañados, porque ésa ha sido la experiencia que hemos tenido desde que nos alcanza la memoria.

¿Qué necesitamos que suceda? Que a cada rato nuestra mamá, nuestro papá, nuestra maestra, nuestra tía o cuidadora nos acompañe y ponga su cuerpo a nuestra disposición, para que, cobijados y enredados en el cuerpo del adulto, podamos acercarnos a la experiencia que nos toque, ya sea hablar con un desconocido, acariciar un perro, cruzar una calle, explicar algo que nos haya pasado, acercarnos a un niño, prestar un juguete, intentar subir a un tobogán, quedarnos en la escuela, decir que nos duele la barriga, comunicar que tenemos hambre, explicar que no queremos dormir solos.

Sea lo que sea lo que necesitemos hacer o transmitir, será posible si un adulto nos acompaña con amor y cuidado, con compasión y comprensión, poniéndose en nuestro lugar de niños pequeños, arrodillándose a nuestra altura y tomando muy seriamente nuestra dificultad, como si eso que nos sucede fuese más complejo que conducir un cohete a la luna. Porque así es como lo vivimos. Como un desafío y un riesgo de proporciones considerables.

Recuperando el terreno perdido

¿Qué sucedería si obtuviéramos la presencia constante y permanente de un adulto, sin prejuicios, opiniones ni valoraciones negativas sobre nuestra necesidad de ser acompañados? Pues atravesaríamos el transcurrir de la vida con un poco menos de miedo cada día. Pero lentamente, porque con una sola muestra de buena voluntad por parte del adulto no basta para adquirir la confianza que hemos ido perdiendo durante las largas noches de nuestra primera infancia en soledad.

Si empezamos a obtener esa compañía a los cuatro años de edad, por ejemplo, pues necesitaremos cuatro años más para compensar.

Eso significa que a los ocho años estaremos en condiciones aceptables para lograr un promedio de seguridad interior, teniendo en cuenta la realidad emocional que un niño de ocho años está en condiciones de asumir. Quiero decir, a esa edad no nos hemos convertido en adultos, por lo que simplemente podríamos llegar a un nivel de seguridad interior relativo.

¿Cuándo terminan los adultos este trabajoso asunto de acompañarnos tanto a los niños para que no tengamos miedo? Si las personas mayores están totalmente dispuestas a prestarnos sus cuerpos, sus palabras, su presencia y su comprensión desde el día que nacemos..., finalmente, durante la adolescencia, nos sentiremos suficientemente seguros y aptos para desenvolvernos con una estima bastante alta y acorde a nuestras propias virtudes.

¿Qué sucede si los adultos continúan pretendiendo ciegamente que nos arreglemos solos, que crezcamos solos, que nos hagamos fuertes solos, que aprendamos que la vida es una lucha y que maduraremos a golpes hasta convertirnos en mujeres y hombres aguerridos? Sencillamente, seguiremos teniendo miedo. Pero como indefectiblemente creceremos, nos entrenaremos en las mentiras y los secretos, haciendo lo que corresponda para que nadie lo note demasiado. Nos llevaremos nuestro miedo escondido en los bolsillos. Y así lograremos que poca gente suponga que somos poco valiosos. Podremos sostener la parodia mostrando hacia fuera seguridad, valentía y arrojo.

Ahora bien, más allá de la opinión de los demás, nuestras propias creencias serán las más devastadoras. Nosotros creeremos fervientemente que no valemos gran cosa, que somos ineptos o incapaces, que no somos dignos de ser amados.

Resarcirnos con nuestros hijos

Así las cosas, a medida que transcurra el tiempo ya no importará que alguien, contrariamente a lo esperado, nos ame o quede fascinado por nosotros. Nos resultará sospechoso que algún individuo nos admire, nos corteje o nos aplauda. No le creeremos, simplemente porque, según nuestra propia visión, no somos merecedores de cariño ni de halagos. Necesitaremos levantar nuestra estima quizá cayendo en actitudes compulsivas frente a la comida o la bebida, o manteniendo relaciones basadas en el poder. Sabiendo que en la soledad de cada noche, caerán nuestras máscaras y estaremos nuevamente acobardados y temerosos frente al desamor.

Es posible que alguna vez, a lo largo de nuestra vida adulta, tengamos hijos. Y esos niños pequeños reclamarán desde su innata sabiduría atención, calor, amparo, cobijo, cuerpo, leche, abrazos y caricias. Y nosotros nos sorprenderemos por sus demandas. ¿Por qué se creen merecedores de tantos cuidados? ¿Por qué no se avergüenzan de pedirlos a gritos? Porque aún no han sido acallados.

Entonces habrá llegado el momento justo para resarcirnos. Si hemos tenido miedo siendo niños, y si aún lo padecemos en silencio, lo único urgente es atender milimétricamente a nuestros hijos pequeños según sus legítimas demandas, no tomando en cuenta nuestras bienintencionadas opiniones, si no simplemente respondiendo a los pedidos de los bebés y niños pequeños. En ese instante, cobijándolos con nuestros recursos de adultos, algo sanará en nuestro interior. Al matar a cada monstruo que pretende descolgarse por la ventana del cuarto de los niños, estaremos acabando con todas las abominables criaturas que nos hayan acosado durante años dejándonos sin respiro. Podremos al fin, gracias al amparo que prodigaremos a nuestros hijos, mecernos a nosotros mismos, abrazarnos, calmarnos y decirnos que ya nada malo nos podrá pasar. Que los fantasmas han desaparecido. Que somos libres.


Excesivamente tímidos en el colegio

Es posible que, desde el colegio, los maestros nos llamen la atención sobre la extrema timidez de nuestros hijos. También es posible que nuestros niños sean un blanco perfecto para las burlas de sus compañeros.

En esos casos, de nada vale alentarlos a que afronten las dificultades ni exigirles que se transformen en niños agresivos para imponerse sobre los niños molestos. Todo lo contrario.

Nuestros hijos necesitan seguridad y autoestima forjadas en casa. Lo ideal sería detectar en qué áreas nuestros niños son especialmente desenvueltos, qué es lo que más les atrae, o en qué ámbitos tienen mayor destreza o habilidad.

Si tienen atracción por la música, ofrezcámosles clases de guitarra o piano. Si son aptos para el deporte, busquemos junto a ellos opciones para entrenarse.

Encontrarán fortaleza y valor cuando estén alineados con su propio ser interior.


Cuando tienen miedo a los cambios

Si detectamos que los niños sufren ante los cambios aunque nosotros consideremos que son poco importantes, tomémoslos en cuenta. Una mudanza, un cambio de escuela, una nueva maestra, una modificación en la rutina cotidiana debida a factores externos... pueden desequilibrar a los niños que han sido poco amparados en el pasado.

Es posible que no hayamos detectado ninguna molestia en los niños con anterioridad. Sin embargo, en ese instante “hacen síntoma” frente a la adversidad. Es el momento adecuado para escucharlos y dar credibilidad a sus sufrimientos.

También podemos nombrar esos cambios, nombrar nuestras propias dificultades frente a los obstáculos que nos encontramos y, si es posible, contarles, simplemente, cuáles son las herramientas que usamos nosotros para afrontar las dificultades cuando se nos presentan. Por último, podemos asegurarles que estaremos siempre a su lado, acompañando y aliviando, para que lo desconocido se torne amable.

Artículos relacionados