Desde su primer año a la adolescencia

CRIANZA

De su primer año a la adolescencia

Acompañar a los hijos en su evolución, desde que son bebés necesitados de contacto continuo hasta que se convierten en jóvenes llenos de fuerza, requiere que vayamos modificando nuestro comportamiento.

Laura Gutman

Algunas madres logramos atravesar la etapa de crianza del bebé en armonía y con relativa facilidad: hemos logrado amamantar felizmente y sin traumas, nos hemos dedicado con cariño y verdadera disponibilidad a cubrir las necesidades del bebé, hemos practicado el colecho, hemos decidido en ese momento de la vida dar prioridad a la permanencia con el bebé, y el día a día ha fluido en relativa calma.

Por supuesto, el bebé suele ser tranquilo, o al menos las madres sentimos que tenemos recursos suficientes para calmarlo cuando es necesario.

Su primer año

Habitualmente, en esos casos, el primer año del bebé transcurre sin grandes desafíos, siempre y cuando nuestra vida o nuestra propia decisión haya permitido que dejemos a un lado otras cuestiones que nos hubieran desviado de la atención hacia el bebé.

Cuando empieza a caminar solo

El día que nuestro hijo logró dar su primer paso –y después el segundo, y el tercero...– quedará en nuestra memoria para siempre. Ese día marcó la frontera entre el bebé que fue y el niño que comienza a ser.

  • Que un niño empiece a caminar cambia radicalmente la vida cotidiana de la familia. En primer lugar, es tiempo de verificar que no haya elementos peligrosos a su alcance. Su movilidad creciente le permitirá acceder a lugares que hasta ahora no habíamos protegido.
  • Tendremos que permanecer más atentas para que no esté nunca solo. Jamás. Parece una contradicción, porque se trata de un niño que va ganando autonomía. Sin embargo, cuanto más crece, más mirada necesita.
  • Por otra parte, el niño ve disminuidas sus horas de sueño, por lo tanto, las madres terminamos teniendo más actividad física y solemos estar más cansadas de lo que estábamos cuando era bebé.

Su segundo año

En algunas ocasiones, el segundo año de vida suele ser algo más complicado. En principio, porque tenemos un bebé que camina. Aún no habla ni ha adquirido muchas otras habilidades, pero camina, trepa, se mueve y es corporalmente independiente, aunque tiene prácticamente el mismo nivel de demanda que cuando era un bebé que no podía moverse por sus propios medios.

Este segundo año suele ser más exigente para la madre. Tenemos la sensación de que no lo podemos dejar solo ni un instante, ya que se convierte en un peligro. Sus ansias de explorar lo alejan del cuerpo materno, y nosotras tenemos que estar más entrenadas corporalmente, porque nos pasamos el día corriendo detrás de un niño en constante movimiento.

Es así, un período más cansado y comprometido.

Y para colmo, algunas personas nos dicen que ya está, que ya le hemos dedicado mucho tiempo al niño, que a esta edad debería comer solo, o jugar solo, o entretenerse solo.

Nos dicen que ya no es un bebé para que estemos detrás de él todo el tiempo.

Pues no. No es así. Nuestro hijo sigue siendo un bebé. Un bebé que camina.

Su tercer año: Necesitas adoptar nuevas actitudes

Entre los dos y los tres años de edad, la realidad cotidiana puede ser aún más abrumadora. ¿Por qué? Porque nuestro hijo ha crecido y ya no lo calmamos con el pecho. No resolvemos todas sus angustias cogiéndolo en brazos. El mundo infantil no se equilibra solo por nuestra presencia. Y eso nos trae un gran desconcierto.

Antes calmábamos al niño siendo, simplemente, madres bien dispuestas. Hemos aprendido a vincularnos de ese modo y con muy buenos resultados. Por eso, nos sorprendemos enormemente cuando no logramos calmar a un niño de tres años solo acompañándolo tiernamente, alzándolo o llevándolo a pasear, cantándole una canción de cuna. Si lo intentamos, el niño llorará con más intensidad.

Ha pasado algo interesante: el niño ha crecido, por lo que las madres tendremos que modificar los acuerdos vinculares. El niño necesita otras actitudes de nuestra parte... y la mayor desventaja es que no se nos ocurre qué hacer.

Aunque parezca una paradoja, las madres que hemos mantenido la lactancia durante más tiempo, las que hemos optado por el colecho y hemos estado más dispuestas a practicar la crianza con apego, somos quienes tenemos más dificultades para relacionarnos con nuestro hijo durante este período.

Posiblemente porque nos hemos acomodado a una modalidad. Antes, ofrecer el pecho solucionaba un abanico de situaciones. Ahora, ofrecer el pecho puede no solventar ninguna. Así que es hora de inventar nuevas formas de acercamiento. Quizá nos resulte más costoso, porque al practicar una lactancia prolongada, seguramente no nos hemos dedicado a entrenarnos en muchas otras modalidades de relación con el niño pequeño.

La parte más difícil es reconocer que no sabemos cómo acompañar al niño en esos nuevos acontecimientos o circunstancias que está viviendo, y que tal vez aún no puede expresar con claridad. Hay niños que empiezan a manejar el lenguaje verbal con enorme destreza. Otros, no tanto. En todo caso, el lenguaje puede ser una herramienta extraordinaria para los adultos.

Es hora de poner palabras a todo lo que sucede. Al menos, intentemos poner palabras a la dificultad que tenemos nosotras, las madres, para comprender qué es lo que nuestro hijo necesita.

Parece una obviedad, pero si el niño entiende que no sabemos qué es lo que le pasa, pero que tenemos la intención de ayudarlo, explorará otras formas de comunicarlo.

Después será necesario que nosotras busquemos palabras para nombrar aquello que creemos que el niño necesita. Jugamos con los ojos cerrados; tenemos que ir probando hasta dar en la tecla. Pero, claramente, a partir de los dos años el niño suele necesitar más palabras que pecho. Más atención y resolución de pequeños problemas cotidianos que solo estar en brazos.

No estoy diciendo que ya no necesite el pecho: es probable que, en muchas ocasiones, el niño sí busque y necesite específicamente el pecho de su madre, pero no es el pecho el que va a cumplir todas las funciones de sosiego. Necesitamos incorporar nuevos recursos. No cambiarlos todos. Solo incorporar algunos nuevos.

Experiencias ambivalentes

El tercer año de vida, para sorpresa de muchas madres, puede resultar todavía muy exigente. El niño ha adquirido diversas habilidades, pero resulta que precisa acompañamiento para desplegarlas. Es capaz de ir unas horas al jardín de infancia, pero va a necesitar un tiempo de adaptación.

También es posible que enferme, expresando de ese modo las ambivalencias lógicas de esa nueva experiencia: la contradicción entre el entusiasmo por jugar con otros niños y el pánico de separarse varias horas de su madre.

También alrededor de los tres años, el niño pequeño va a tener múltiples intereses. Sin embargo, continúa siendo pequeño. Quizá ya no cuenta tanto con el cuerpo disponible de su madre, o tal vez ha nacido un hermanito, o está más receptivo a alguna situación familiar o social.

Y somos las madres quienes tendremos que ir modificando el modo en que nos vinculamos con los hijos, ya que ellos cambian todos los días. El crecimiento es veloz, los cambios son permanentes y nos obligan a estar atentas a los pedidos y necesidades de los niños, que van mutando a medida que pasa el tiempo.

Hasta los 7 (y más allá) bajo nuestra atenta mirada

Por otra parte, es preciso que sepamos que la niñez dura muchos años. Los niños siguen dependiendo del cuidado de los mayores por mucho, mucho tiempo.

Hasta los siete años no pueden resolver casi nada por sí mismos.

Necesitan compañía para dormir, para comer, para lavarse los dientes, para resolver encontronazos en los juegos con otros niños o para encarar cualquier situación cotidiana.

Solo a partir de los seis o siete años empiezan a organizar un pensamiento abstracto.

Entre los siete y los catorce años siguen formándose, y la compañía, la traducción y la presencia amorosa de los adultos siguen siendo esenciales para ellos.

Un niño poco mirado y comprendido durante su primera infancia tendrá grandes dificultades para asumir su vida de relaciones durante la segunda infancia.

Su adolescencia

La adolescencia llega inmediatamente después. Y aunque hoy creemos que esta etapa siempre es un dolor de cabeza para los padres, en verdad todo depende de la infancia que hayan tenido los hijos.

La entrada en la adolescencia requiere pruebas de valentía. A falta de rituales organizados en nuestra moderna sociedad, los jóvenes se calzan la mochila al hombro y salen a la aventura, dispuestos a enfrentarse a ciertos peligros, desconocimientos y aventuras que, efectivamente, tendrán que superar.

Todo viaje de iniciación es un adiós al hogar de la infancia, una preparación para medir las capacidades personales de supervivencia y calibrar la autonomía que se puede desplegar a partir de ese momento. Pero, justamente, allí es donde podremos calibrar qué es lo que esos jóvenes han obtenido cuando fueron niños.

Quienes hayan recibido suficiente amparo, sabrán distinguir entre aquello a lo que vale la pena enfrentarse y aquello a lo que no. Quienes provengan de historias de descuido o maltrato caerán en las garras de depredadores, confundiendo arrojo con fragilidad interior.

En esas circunstancias, las madres y los padres tenemos que cambiar una vez más. Acompañar, comprender, apoyar, poner palabras, mostrar, estar atentos y cuidar a un adolescente requiere que cambiemos permanentemente. Que estemos dispuestos a mirar, observar y estar al servicio de la transformación constante de nuestros hijos.

Seguir dispuestos a aprender

Obviamente, la única dificultad con la que nos podemos encontrar es nuestra propia discapacidad para la innovación. Para poder acompañar a nuestros hijos a lo largo de su evolución, tenemos que ser flexibles. No querer tener la razón. No permanecer cerrados a nuevas opciones. Estar dispuestos a escuchar. A equivocarnos. A cambiar de rumbo. A probar nuevas maneras. Tenemos que ablandarnos.

Y algo más: tenemos que desapegarnos. Sí. Porque después de todo ese tránsito de acompañar, flexibilizar, aprender, mirar, compartir, observar y esperar... como decía el poeta Khalil Gibrán, nuestros hijos no son nuestros. No nos pertenecen. No tienen que cumplir con nuestras expectativas. No están en deuda con nosotros. No tienen que responder a nuestros deseos, sino todo lo contrario.

En verdad, si hemos sabido acompañar, acompasar y modificar nuestras íntimas certezas a favor del despliegue de nuestros hijos, ellos se convertirán en jovenes libres, deseosos de explorar el mundo, con capacidad para la intimidad emocional, amantes y deseosos de amar al prójimo.

Tienen que amar a los demás, no nos tienen que amar a nosotros.

Superar las propias dificultades

• Es interesante darnos cuenta de que solemos prestar atención a las dificultades de adaptabilidad de los niños pequeños a nuevas situaciones... sin vislumbrar que a los adultos nos resulta aún más complejo acostumbrarnos a los cambios.

Justamente, criar niños pequeños nos obliga a aceptar cambios casi cotidianamente. Posiblemente, la crianza de un bebé sea la solución perfecta para las personalidades más rígidas. Tenemos que ablandarnos.

Tenemos que aceptar situaciones que en otros momentos rechazaríamos de plano. Tenemos que practicar la paciencia. Tenemos que reconocer necesidades ajenas extravagantes. Tenemos que aprender a vivir con un cansancio extremo. Tenemos que adaptarnos a dormir cuando sea posible y a comer cuando el bebé lo permita. En definitiva, criar a un niño es la cura definitiva contra cualquier obsesión.

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