Claves para la llegada del segundo hijo

CRIANZA

Todas las claves para la llegada del segundo hijo

Después de descubir que podemos quererlo con igual pasión que al mayor, nos encontramos frente al desafío de desconectar el mecanismo inconsciente que nos empuja a comparar su manera de ser y actuar.

Laura Gutman

Cuando estamos esperando nuestro segundo hijo, tenemos fantasías recurrentes. En primer lugar: ¿Seré capaz de amarlo tanto como amo a mi primer hijo? ¿Se puede reproducir esta intensidad? Françoise Dolto, una reputada psicoanalista y pediatra francesa ya fallecida, decía que:

“El corazón de las madres se multiplica con cada hijo que nace”

Es interesante pensarlo así, ya que las mujeres tenemos la sensación de que no podremos “dividirnos”. Sin embargo, no es eso lo que sucede. Pero solo podremos corroborarlo cuando tengamos a ese nuevo hijo en brazos.

Esa sensación de tener que dividirnos tiene que ver con el tiempo real del que dispondremos y con la organización que seremos capaces de sostener para responder a múltiples tareas.

Ventajas

El segundo hijo trae consigo (al menos) 4 ventajas:

1. La principal es que ya no hay impacto frente a lo desconocido. Ya tenemos experiencia respecto a la dimensión de la entrega y de la función maternante. Ya sabemos que todo es bastante más complejo de lo imaginado y que el cuidado de un bebé requiere más disponibilidad y dedicación.

2. Ya hemos atravesado un parto. Ahora podemos decidir pasar por una experiencia diferente –si la primera no fue satisfactoria–, porque al menos sabemos qué es lo que no deseamos repetir. O bien elegimos una experiencia parecida. Podemos llegar a mejores acuerdos con familiares, pareja o allegados respecto a aquello que sabemos que vamos a necesitar.

En fin, conocer el terreno siempre es mejor que desconocerlo. Y el territorio de la maternidad ya lo hemos transitado, por más que cada hijo sea diferente. Al menos no habrá grandes sorpresas.

3. Otra ventaja es que ya tenemos una organización familiar. La pareja hace tiempo que dejó de ser pareja para convertirse en familia (en el caso de tener pareja). Es decir, el segundo hijo ya no rompe una estructura, sino que simplemente amplía una estructura emocional que ya había cedido sus rigideces y había permitido la inclusión de un niño. En ese espacio, el segundo hijo se acomoda más fácilmente.

4. Si el primogénito se lleva más de seis años con el bebé, ya puede participar activamente en los cuidados del pequeño, interesarse, disfrutar y amar a su hermano con la ternura y el registro de la fragilidad que supone un niño tan pequeño. Lo interesante es que, para los niños mayores, la experiencia de tener un bebé en casa es extraordinaria, siempre y cuando no sean ellos los responsables del bienestar del pequeño y estén allí para el placer, el disfrute y el aprendizaje de esas instancias de amor fraterno.

Dependiendo de su edad, la presencia de un niño mayor puede ser una compañía para la madre; a veces, incluso una ayuda. Si es menor de tres años, claro que no. Pero si tiene más de tres, es capaz de mirar unos minutos al bebé, de avisar si algo ocurre, de distraerlo y, sobre todo, de agregar mundo infantil y juego a la vida cotidiana, cosa que el bebé va a adorar. Eso mismo facilita la permanencia de las madres durante horas al lado del niño pequeño.

¿Y las desventajas?

Sinceramente, creo que no las hay.

¿Es más trabajoso tener dos hijos que uno? Lo dudo. No es verdad que el trabajo se multiplique por dos, a menos que la diferencia de edad entre ambos sea menor de dos años. Criar a dos niños –o tres, o cuatro...– requiere apenas un poco más de organización, pero esa organización es la misma si hay un niño o varios. Ya hemos salido de la vida de pareja o en solitario. Ya está. El nuevo ritmo ya está instalado.

Un juego de interpretaciones

Observando más profundamente las relaciones vinculares, la verdadera dificultad respecto al segundo hijo es emocional, no del orden práctico. Con el segundo hijo aparece la proyección de la polaridad que hacemos los padres. Podemos aprehender, nombrar, registrar al segundo hijo en comparación con el primero. Por ejemplo, diremos que Catalina es tranquila en comparación con Pedro, que es inquieto. Afirmaremos que Joan es tímido comparado con Álex, que es abierto y expresivo. ¿Son atributos verdaderos? En parte sí, pero en parte somos los padres quienes acomodamos nuestra lente para mirar a un niño con relación al otro.

Este juego de la proyección polar ya sucede en la misma escena del parto. Apenas nacido, diremos: “¡Qué manera de llorar! Este sí que tiene unos pulmones fuertes, no como Renata, que siempre enferma de los bronquios”. Es decir, el niño casi no ha manifestado nada, acaba de nacer, pero los adultos, para poder vincularnos con él, necesitamos acomodarlo en algún lugar de nuestra organización emocional. Si nos fijamos, es algo que podemos detectar claramente en cuanto nace el segundo hijo.

¿Para qué sirve darnos cuenta de este mecanismo tan habitual? En principio, para observar qué es lo que realmente pertenece al niño en cuestión y qué partes surgen de nuestra manera de ver las cosas. En definitiva, nosotros interpretamos del niño todo lo que nos parece adecuado, pero él no puede responder para rebatir nuestras afirmaciones: “Disculpa, pero no estoy de acuerdo contigo. Yo no soy llorón. Eres tú que no me coges en brazos cada vez que lo necesito”. Justamente, la acción tan frecuente de poner un título al niño, un mote, un indicador sobre cómo es en relación a su hermano, responde a una necesidad del adulto para ubicarse frente a ellos. El hecho de tener dos hijos invita a que este mecanismo se ponga en marcha.

Precisamente, una de las dificultades que aparecen con el nacimiento del segundo hijo es que se dispara el automático de las comparaciones. En ese momento, los adultos tenemos la responsabilidad de detectar que se ha puesto en marcha un funcionamiento inconsciente que va a influir en el devenir tanto de esos niños como del resto de la familia. Por este motivo, el nacimiento de nuestro segundo hijo puede constituirse en una buena oportunidad para echar luz sobre estas modalidades tan comunes e intentar ser más conscientes de nuestra visión, de la manera que tenemos de vincularnos con nuestros hijos, y de las interpretaciones livianas y veloces que hacemos respecto a los niños, usualmente injustas o, como mínimo, cargadas de prejuicios o visiones parciales.

Acercarnos a cada uno sin prejuicios

En la misma línea de pensamiento, a veces ocurre algo más: la madre se atribuye más contacto o sintonía con uno de los niños y el padre, con el otro. Si observamos nuestras historias de vida, los que hoy somos adultos seremos capaces de discernir, al evocar nuestra infancia, quienes éramos “de mamá” y quienes éramos “de papá”.

En casi todas las familias se “divide” a los niños y se atribuye a cada uno cierta complicidad y un mayor acercamiento a uno de los dos progenitores. Esto significa que, al mismo tiempo, se les atribuye un nivel de distancia con el otro. ¿Es algo real? No, sencillamente es algo nombrado por alguno de los padres, y que responde a su necesidad de discernir, de comprender a uno de los niños con relación al otro.

¿Hay algo que nosotros podamos hacer al respecto? Claro. Ser más conscientes. Ser capaces de mirar, observar y permanecer abiertos a aquello que cada niño manifiesta, sin tratar de ponerle ninguna etiqueta. En el caso del segundo hijo, no es necesario que se parezca al primero... ni tampoco que sea totalmente opuesto. Obviamente, en esos extremos los adultos nos quedamos mucho más tranquilos, porque así los podemos ubicar mejor. Sin embargo, cada niño es cada niño, y llega al mundo con una infinidad de recursos personales y únicos: los adultos deberíamos tener la capacidad de permitir que aflorasen. Eso es todo.

Cuando tenemos miedo de permanecer en ese estado de libertad, de observación y de apertura, sucede lo que sucede: miramos a uno de los niños e inmediatamente le endilgamos el traje opuesto al segundo. Si pudiéramos, simplemente, acompañar a cada uno de nuestros hijos en el descubrimiento de su propio ser interior, no sería tan difícil criar a dos niños, o a tres o a cuatro. Porque no los obligaríamos a ingresar en la idea que tenemos las personas mayores sobre cómo deberían ser las cosas. En esas circunstancias, el devenir de esos niños fluiría mejor.

Celos y demandas legítimas

¿Y qué ocurre con los celos? ¿Acaso el hijo mayor no sufre al darse cuenta de los cuidados y mimos que recibe su hermano pequeño? Pues no, no estará celoso en la medida que haya recibido el nivel de cuidados, cuerpo materno, disponibilidad, escucha y presencia que requería. Si alguien obtiene lo que precisa, no necesita envidiarle nada a nadie. En cambio, si está desamparado, solo, carente o hambriento, querrá robar la riqueza que –supone– tiene el otro.

Por eso, que se instale esa sensación de carencia, y consecuentemente aparezcan los celos, depende de los adultos y de nuestra capacidad de amar. También nos compete a nosotros instalar el amor y la generosidad en los vínculos, y por lo tanto, la seguridad y la felicidad por compartir con los hermanos la vida cotidiana.

No es verdad que todos los niños mayores estén celosos de los menores, a menos que nombremos de esa manera cualquier demanda legítima del niño hacia sus padres. Es importante que recordemos que si llamamos “celos” a cualquier pedido, el mismo niño pensará que tiene sentimientos poco claros respecto a su hermano. Una vez más, esta interpretación corre por cuenta de los padres, y somos los padres quienes complicamos la relación de cariño, solidaridad y entrega que podrían desarrollar los niños entre sí. Depende de los adultos, y de cómo los ayudamos a relacionarse, que cada niño considere a su hermano como un don del cielo.


¿Y cuando se llevan menos de dos años?

Dos niños pequeños que se llevan poco tiempo deben ser considerados prácticamente dos bebés que tienen necesidades parecidas. No exactamente las mismas, pero parecidas.

  • No podemos pretender que un niño de 18 meses adopte el papel de hermano mayor y comprenda que tiene que esperar hasta que el menor se calme, ya que él mismo es un bebé un poco más desarrollado.
  • Esta situación merece que los padres tengan más ayuda de otras personas, otros adultos que estén “al servicio” de los padres, antes de suponer que es el niño mayor quien tiene que hacer el esfuerzo.
  • Los niños pueden colaborar, siempre que están capacitados para ello biológica y emocionalmente. Así pues, en estas circunstancias será pertinente que evaluemos la edad de cada niño por sí mismo, no solo en comparación al recién nacido.

El mayor...

Si nos preocupa que el niño mayor tenga celos del menor o que no sepa cómo relacionarse con el bebé, podemos mostrarle a cada instante la importancia que él tiene para el pequeño.

Podemos hacer que se dé cuenta de cómo le brillan los ojos al bebé cuando el primogénito aparece, cómo lo busca con la mirada, cómo acepta ser cogido por su hermano porque en él encuentra protección, cómo lo conoce, lo reclama y lo interpela. Cómo lo elige y lo prefiere. Cómo sufre cuando el mayor no está presente, cuando no lo ve. Mostrémosle que es un referente, un niño importantísimo a ojos de su hermano. Un niño a imitar. Un niño admirado y querido.

Y sobre todo, expliquémosle que para ese bebé, él es su máximo ídolo. Que imitará todo lo que haga y que lo seguirá donde sea, porque es el par más cercano que tiene en este mundo. El mayor sabrá que es requerido y bienvenido.

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