Piel con piel

Crianza

Tu cuerpo sigue siendo todo lo que necesita

El contacto contínuo es esencial para tu bebé. De este contacto depende que crezca con la seguridad que ofrece el amor incondicional: la certeza de saber que el mundo es un lugar cálido en el que podrá compartir su ser con generosidad. Un niño que no recibe suficiente contacto físico enferma de soledad y tendrá dificultades para amar.

Laura Gutman

La necesidad primordial de todo niño es el contacto corporal y emocional permanente con otro ser humano. Forma parte de la naturaleza de nuestra especie, ya que la supervivencia de la cría depende del contacto que obtenga con otro cuerpo. Todos los niños nacen exactamente igual, con las mismas expectativas: toda criatura que vive en armonía con el cuerpo materno desea abandonarse al placer. En ese bienestar, su cuerpo y su alma pueden permanecer en un estado de belleza y felicidad. Porque la confianza es la sensación básica y esta se va a mantener siempre que el bebé no sea separado del cuerpo materno. Cuando este contacto se da desde la primera infancia, se instalan la seguridad y la inocencia, en el sentido más profundo y bello del término, que es el de procurar siempre el bien.

La confianza se basa en que el otro va a ser dador y que vamos a recibir amor en proporciones suficientes para unos y otros. La generosidad y la capacidad de amar son cualidades humanas naturales. Nos hacen bien. Nos enaltecen. Nos enriquecen. Nos alimentan. Los niños, desde el momento en que llegan al mundo, son capaces de conocer, asimilar, investigar y aprender de un modo en que hoy, hartos de pedagogías y sistematizaciones del alma humana, no logramos imaginar. Todo niño, para lograr autonomía corporal y emocional, simplemente requiere la seguridad que le suministra el cuerpo materno.

Sin embargo, muchas madres preferimos alejar a los niños pequeños de nuestro cuerpo. Ninguna otra especie de mamíferos haría algo tan insólito con su propia cría. Pero para los humanos es común determinar que lo mejor es “dejarlo llorar”, “que no se mal acostumbre (al contacto)” o “que no se vuelva caprichoso”.

Bebés que están solos

Hoy es habitual que el niño esté separado, que esté solo en su cuna, solo en su cochecito, solo en su sillita, que duerma solo. Si todo lo que necesitaba desde su nacimiento era contacto y no lo obtuvo, deberá asumir cada nueva experiencia con su aterradora soledad a cuestas. Cuando el niño no encuentra el cuerpo de su madre disponible, pierde confianza, serenidad y fluidez interna. No es que esa madre no lo ame. Simplemente es que esa madre se siente desprovista y desamparada, con el aval de todos nosotros que le decimos que haga exactamente eso: que salga, que huya, que trabaje, que lo deje, que piense en sí misma, que no pierda su libertad, que se salve. ¿Y qué sucede si el niño no obtiene el cuerpo que busca? Sencillamente, enferma. Muchos niños están enfermos de soledad. Pero los adultos no reconocemos en su enfermedad la necesidad desplazada de contacto corporal.

¿Por qué las madres no ofrecemos nuestros cuerpos de un modo fluido, natural y feliz? Porque aún vivimos sometidas a siglos de oscurantismo y represión, aunque no seamos plenamente conscientes de ello. La represión sexual que arrastramos instala la incapacidad de tocar al niño, porque tocar nos duele. Nos duele nuestro cuerpo rígido por falta de amor y por carencia de cuerpo materno cuando fuimos niñas. Nos duele la moral, nos duele el alma. La represión sexual ha encontrado en la moral cristiana su mejor aliada, porque utiliza ideas espiritualmente elevadas, como el amor a Dios, para esconder una realidad mucho más terrenal. Incluso si las mujeres ya no nos percibimos a nosotras mismas como practicantes o devotas, la represión sexual sigue operando mientras nos privamos de tocar el cuerpo del niño con amor y dedicación. Nos resulta tan común y corriente la represión sexual que no nos damos cuenta de la influencia nefasta que ejerce sobre cada vida. Este desastre, que ya lleva varios siglos de éxito aberrante, lastima la vida de hombres y mujeres, tapando lo más bello, instintivo y hermoso que nos hace humanos.

Madres desconectadas

Dado que todas las personas que conocemos caminan por el mismo surco, no nos parece fuera de lo común que nos prohíban tocar al niño y hacemos caso a tan estúpidas indicaciones. El sometimiento nos conduce a la más terrible ignorancia. Esto confirma que estamos desposeídas y distanciadas de nuestras pulsiones básicas desde la escena misma del nacimiento de nuestros hijos; al atravesar partos medicalizados, sistematizados y modernos, solemos estar cortadas, cosidas e inmovilizadas, y el niño suele estar lejos de nuestro cuerpo. No podemos cogerlo por nuestros propios medios a causa de las heridas y los dolores. Por otra parte, estamos cortadas de nuestro ser esencial y ni siquiera sentimos la necesidad visceral de tener al niño en nuestros brazos. Así es como la maquinaria del patriarcado sigue funcionando. Cada niño no tocado por su madre es un niño que servirá a la rueda de la indiferencia, la guerra y el sometimiento de unos por otros.

Cuando modificamos esta tendencia de separar tempranamente a nuestros hijos –en contra de sus demandas–, surgen las dudas. ¿Cuánto tiempo debería estar el niño apegado al cuerpo materno? Todo el tiempo que lo requiera. Si trabajamos o nos ausentamos unas horas cada día, sepamos que el niño es capaz de esperar, siempre y cuando tenga la absoluta confianza de que su madre, al regresar, lo cogerá nuevamente y podrá beber la sustancia materna para resarcirse.

¿Cuándo se considera que el niño ya puede separarse del cuerpo materno? A mayor contacto corporal durante la primera infancia, más seguridad interior construirá y más sabiduría tendrá para decidir sus despegues de un modo natural y confiable. Si no hemos permitido el contacto fluido de nuestros hijos con nuestro cuerpo, ¿podemos recuperar el tiempo perdido? Sí, de hecho, los niños de ocho, doce años, incluso adolescentes, siguen buscando el cuerpo materno para compensar el vacío. ¿Acaso no es razonable que los niños aprendan a dormir solos, a quedarse en casa de los abuelos, a ir a los jardines de infancia y a saber que pueden arreglarse sin la madre? No, no es razonable. Es cómodo para los adultos, pero hace sufrir a los niños. De hecho, ningún niño pide distanciarse de su madre antes de que se sienta realmente capaz.

Criar a niños generosos

Las madres y los padres que hemos tenido la capacidad y el apoyo para permanecer corporalmente disponibles sabemos con total certeza que nuestros niños son generosos, que buscan el bienestar de todos, que quieren complacer a todo aquel que sea allegado, que solamente pretenden desplegar su vitalidad, que siempre favorecen el bienestar de los demás por encima del propio. Los niños amados y amparados son pacientes, comprensivos y respetuosos. Ellos entienden el mundo tal como lo viven. Si nuestros hijos viven dentro del amor y la dedicación, entienden el mundo como amoroso e infinito; pero si viven la soledad y el vacío, entienden el mundo como un lugar hostil del que hay que protegerse.

Cuando los abandonamos afectivamente antes de tiempo, destruyendo la confianza, la generosidad y la transparencia innatas de los niños pequeños, es porque provenimos de historias donde la miseria humana, el engaño, el sometimiento a las necesidades de otros y la represión han acaparado nuestras vidas. El temor y la resignación no son innatos, son reac-ciones vitales contra el desamparo.

Seguir la intuición materna

Las madres podemos nutrir permaneciendo corporal y afectivamente disponibles. Pero dependemos de que la ciencia “descubra” que, para un bebé, no hay nada mejor que una madre..., algo que la humanidad sabe y reprime desde hace siglos. Cuando algún “genio” –hombre, científico y de algún país desarrollado– publique las conclusiones basadas en miles de casos estudiados, y afirme que los niños que permanecen pegados a los cuerpos de sus madres devienen libres, entonces lo tendremos en cuenta. Funcionamos delegando el saber intuitivo en suposiciones externas y objetivamente comprobables. Nos perdemos el descubrimiento personal y la potencia de sentir que el torrente de energía y de amor por el niño que corre por nuestras venas es nuestro. Es femenino. Es único. Es revolucionario. No importan los métodos. No hay reglas ni modas ni teorías ni escuelas ni culturas ni internet que reemplacen el atrevimiento de ser femeninamente libres. Parir, criar, amamantar, llorar, deses-perar, morir y resucitar es una experiencia cotidiana cuando el cuerpo del niño está embelesado y apasionadamente adherido al cuerpo materno. Esa es la manera de vivirlo. La única manera de que el niño se sepa nutrido, con la voracidad que le es propia y la inteligencia centrada en su deseo.

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