Tú eres el mejor hábitat para tu bebé

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Tú eres el mejor hábitat para tu bebé

Su cerebro necesita el contacto materno en esta etapa tan sensible. Piel con piel, lactancia y sueño compartido es la mejor fórmula para acoger a un recién nacido y darle la bienvenida.

Concepción Alba Romero, Isabel Aler Gay e Ibone Olza

El recién nacido al nacer tiene el sentido del gusto y del olfato muy desarrollado y gracias a ello ha ido creando expectativas que le ayudan a sobrevivir, al reconocer el olor de la leche de su madre y permitirle guiarse por el pezón.

A través de todos los sentidos el bebé sigue desarrollando sus esquemas cerebrales e interactúa con la madre a través de su sistema nervioso autónomo. Todas las conexiones cerebrales que se iniciaron dentro del útero seguirán fortaleciéndose de acuerdo a la calidad de las sensaciones y experiencias que reciba, y de este modo irá formándose el cerebro tanto a nivel anatómico como funcional.

Este tiempo es considerado como un periodo crítico porque la falta de adquisición de habilidades adecuadas pone al organismo en riesgo.

En brazos y al pecho

La leche materna es algo más que un nutriente. Genera emociones y supone un vínculo único. Más allá de los beneficios biológicos, los beneficios psicológicos son muy importantes a través del contacto piel con piel, por eso estas prácticas tienen que volver a formar parte de la vida. La lactancia materna es un instinto y una habilidad que ayuda al desarrollo global y genera grandes cantidades de oxitocina.

Un buen acoplamiento precoz entre la madre y el recién nacido ayuda a mitigar cualquier alteración que haya existido durante la vida fetal.

El sistema nervioso de los recién nacidos es muy plástico tanto para absorber daños como beneficios en este periodo precoz del desarrollo. Las relaciones de vínculo y apego van a condicionar las respuestas emocionales de los niños y niñas durante sus primeros años y estas experiencias influirán de forma determinante en las sinopsis, en la calidad de las conexiones cerebrales, en el crecimiento del cerebro que, como sabemos, es máximo en el último trimestre del embarazo y en los dos primeros años de vida.

El recién nacido a término tiene un volumen cerebral de alrededor del 25% del volumen final que adquirirá a la edad adulta y el 90% a los dos años de vida. El 75% de los componentes del cerebro están contenidos en la leche materna.

Si sabemos que para que crezca el cerebro se necesitan buenos estímulos, experiencias y sustrato, está claro donde deberían estar los bebés: en brazos y al pecho.

Este tipo de comportamiento materno a lo largo del primer año de vida del bebé conduce con más frecuencia a un apego seguro y a un niño apropiadamente autónomo que desarrolla un sentido básico de la confianza en el mundo.

El apego seguro es la piedra angular del desarrollo independiente.

Preparados para el apego

El sustrato anatómico del apego y regulación del afecto está en el sistema límbico, que es la parte del cerebro humano que compartimos con el resto de los mamíferos y que está encargado de gestionar las emociones (placer, rabia, agresividad...) que nacen de los estímulos sensoriales y que son captados por los órganos de los sentidos.

La descarga de adrenalina que se produce durante el parto estimula la amígdala, que tiene un papel muy importante en la memoria olfativa. El olor materno es muy llamativo para los bebés y se cree que su reconocimiento temprano facilita el establecimiento de la relación de apego y su adaptación al ambiente posnatal, además de ayudarles a distinguir antes y mejor la leche de su madre.

Justo durante las dos primeras horas después del parto es cuando el bebé está en alerta tranquila más tiempo y tardará unos dos meses en volver a estar tanto tiempo pendiente de lo que pasa a su alrededor.

Pero si ésta activación o liberación de hormonas estresantes se prolonga en el tiempo puede tener efectos negativos como vasoconstricción periférica, peor termorregulación, mayor consumo energético y mayor consumo de glucosa. En estas situaciones, la estimulación vagal y la liberación de oxitocina secundarias al contacto recién nacido-madre y a la succión contrarrestan dicha respuesta.

La madre estresada o deprimida tras el nacimiento expresa una relación peor con su hijo y esto conduce al niño a:

  • problemas del desarrollo
  • problemas de la conducta
  • problemas cognitivos
  • a un menor desarrollo intelectual

Se ha visto que el estrés del parto y las experiencias estresantes que tiene el prematuro pueden tener efectos al menos durante varios meses en la respuesta del cortisol del bebé. Si la madre ha sufrido ansiedad durante el embarazo, el niño a la edad de 10 años es más probable que tenga su cortisol alto.

El colecho ayuda

La lactancia y el sueño compartido durante la noche constituyen un viejo mecanismo de adaptación, que sigue siendo perfectamente eficaz, que regula la fisiología de la madre y del niño de manera beneficiosa. La práctica de las madres y padres de dormir junto a sus hijos ha sido una constante en la humanidad.

El colecho se define como la práctica de compartir la cama de los adultos con los hijos, durante los periodos de sueño. Puede ser habitual o esporádico. Con el aumento en la prevalencia y duración de la lactancia materna, se ha observado paralelamente un aumento de esa práctica, que posiblemente se dé con más frecuencia que la reconocida en las encuestas. Los estudios han demostrado interpelación y mutua potenciación entre lactancia materna y colecho.

Aun así, es una situación demasiado compleja para recomendar a todas las familias, hacen falta campañas de información sobre la manera segura de dormir con sus bebés (al alcance de los brazos, en una superficie diferente...).

Cuando se practican en buenas condiciones, el sueño compartido y la lactancia representan un sistema de cuidados muy eficaz, adaptado e integrado, capaz de favorecer:

  • el vínculo
  • la comunicación
  • la nutrición
  • y la eficacia del sistema inmune de la criatura

Y todo ello gracias a una mejor vigilancia de la madre y del padre y al afecto mutuo que acompaña estas prácticas.

Mucho más que descanso

Los bebés que disfrutan del sueño compartido parecen más satisfechos que los que duermen (o intentan dormir) solos.

Como consecuencia del aumento de contacto con la madre y de la frecuencia de las tomas, el llanto se reduce significativamente y, contrariamente a lo que a menudo se piensa, la duración del sueño de la madre y de la criatura puede aumentar.

Así se sustrae menos energía para poder realizar las tareas esenciales y propias del bebé: el crecimiento y la defensa de las enfermedades infecciosas.

Necesitamos comprender que los recién nacidos necesitan un hábitat natural (el cuerpo de su madre) para usar todas las competencias que tienen y que, a veces, impedimos que las apliquen cuando los colocamos en un hábitat que está pensando y preparado para nosotros como adultos, por ejemplo, una cuna.

Durante el sueño se integran las experiencias vividas. Dentro del útero los bebés duermen la mayor parte del tiempo. El sueño y sus ciclos empiezan a estar presentes en los fetos alrededor de las 26-28 semanas.

El sueño es vital para el desarrollo del sistema motor y neurosensorial y también es esencial para la creación de los circuitos relacionados con la memoria sobre todo la de largo plazo. Mantiene la plasticidad del sistema nervioso durante toda la vida, por lo que la deprivación de sueño afecta a la integridad del hipocampo, produciendo trastornos cognitivos y contribuyendo al desarrollo de trastornos de conducta.

En definitiva podemos afirmar que durante el sueño se construye el cerebro del bebé.

Para saber más

El presente texto ha sido extraído del libro Maternidad y Salud. Ciencia, conciencia y experiencia, elaborado por Concepción Alba Romero, Isabel Aler Gay e Ibone Olza para el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad.

Con este libro el Observatorio de Salud de las Mujeres da un paso más en su labor de humanización del nacimiento y de impulso de buenas prácticas en el cuidado del embarazo, parto y posparto.

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