Hijos adoptados

CRIANZA

La vida que empieza con un hijo adoptado

El deseo de amar de los adultos y la tenacidad de estos niños convierten a cada adopción en un milagro digno de ser celebrado... y explicado.

Laura Gutman

Hoy en día estamos un poco más acostumbrados a hablar libremente sobre la adopción, en parte porque crece el número de familias o individuos adoptantes, y también porque en los países centrales la adopción de criaturas provenientes de países en vías de desarrollo se ha ido facilitando en relación a los trámites legales.

Por otra parte, las mujeres urbanas estamos dando prioridad a nuestro propio despliegue profesional, de tal modo que, en ocasiones, comenzamos a pensar en la maternidad alrededor de los 40 años. La fertilidad en ese momento es reducida pero la adopción de un niño es una manera posible de devenir madres. Una vez que hemos recibido a nuestro hijo, la preocupación recurrente de los padres es cómo encarar –a medida que vayan creciendo– la historia del origen de estos niños.

Todos estamos de acuerdo en que el niño merece saber la verdad. Sin embargo, con frecuencia los padres adoptantes esperamos que los niños pregunten algo en relación a su nacimiento. Cuando están en contacto con mujeres embarazadas (la maestra, una tía, una amiga de mamá), cuando nacen niños alrededor (hermanitos de los compañeros del jardín), los padres esperamos con ansiedad que el niño pregunte sobre cómo nacen los bebés para tener la oportunidad de hablarle claramente sobre su nacimiento del vientre de otra mujer y la posterior adopción por nuestra parte. Pero resulta que aunque cumplen tres, cuatro o cinco años, la pregunta no es formulada.

SUPERAR INDECISIONES

Los padres tenemos la clara intención de contar la verdad, incluso hemos pensado innumerables veces las palabras más adecuadas y amorosas. Y las pronunciamos interiormente. Pero los niños no preguntan lo que saben que los padres tienen dificultad para expresar y compartir. Decir la verdad no significa sólo contar brevemente la historia anecdótica alguna vez, sino vivir cotidianamente rodeados del florecimiento de la verdad interior que está contenida en ese deseo, esa búsqueda y ese encuentro con el niño real que se constituye finalmente en hijo.

Muchas parejas tomamos la decisión de adoptar un niño cuando previamente la concepción de un hijo biológico fracasó. No es así en todos los casos; hay familias con varios hijos que en un determinado momento decidimos incorporar a la familia un niño necesitado. Hay parejas de hombres o mujeres homosexuales que sentimos la suficiente madurez para hacernos cargo de un hijo, y hay también mujeres solas, y en menor medida hombres sin pareja, que deseamos un hijo. En cualquier caso, reflexionaremos sobre las sensaciones ambivalentes de los padres que hemos anhelado durante años la llegada del hijo biológico, después hemos asumido la imposibilidad de concebir, luego ha aparecido la decisión de adoptar, la búsqueda ardua y, finalmente, la adopción.

FORTALEZA EXCEPCIONAL

Estos niños suelen ser muy deseados, mimados, esperados y amados. Sin embargo, hay padres que sentimos la obligación de “protegerlos” de este handicap que llevan consigo al ser niños “adoptados”, por el temor de que sufran discriminación en el ámbito escolar o social.

Por eso me interesa compartir una sensación personal con respecto a la fortaleza espiritual excepcional de estos niños que buscan con ahínco a sus padres. Muchos adultos adoptantes reconocemos una vivencia sutil pero muy clara y definida al encontrar al hijo, como si estuviéramos respondiendo a la llamada específica del niño; y al acudir guiados por sus señales, comprobamos que estábamos en sintonía aun antes del encuentro efectivo. Parece que estos niños son especialmente aguerridos y que poseen fuerza y decisión para enfrentarse a las adversidades. Creo que estas cualidades los hacen de algún modo poseedores de una luz que otros no ven y de un poder que otros no vislumbran.

AMAR Y SER AMADO

Por eso, estos “encuentros” merecen ser celebrados con especial alegría, ya que fueron posibles gracias al deseo de amar, maternar y paternar por parte de los adultos, pero, por encima de todo, gracias a la insistente llamada del niño, que guió de alguna manera a los padres hacia él. Aquí hay algo para valorar y compartir, para “mostrar” al mundo como un suceso que se festeja socialmente, como los compromisos, los casamientos, los nacimientos, las mudanzas, los diplomas, los logros... que no se ocultan ni se cuentan en voz baja. Estamos festejando un milagro, una maravilla y una manifestación de la fortaleza humana.

Hay algo de magia en todo esto: el deseo de tener un niño, la posibilidad de encontrarlo y la sensación de que el universo tiene un fin preestablecido y que pocas cosas son las que suceden por casualidad. Cuando vemos por primera vez al niño que vamos a convertir en nuestro hijo, tenemos la certeza de presenciar una danza de duendes que festejan con alegría y se parten de risa cantando: “Ya sucedió, lo logramos”. Las fuerzas invisibles conspiraron para que el milagro se produzca. Somos protagonistas del sueño mientras el niño es recibido con flores y guirnaldas, los adultos nos convertimos en padres, y los días y las noches se suavizan amparados por un coro de ángeles.

Los padres solemos contar una y otra vez con lujo de detalles los recuerdos del desenlace, minutos antes de encontrar a la criatura. Recordamos todos los olores, las palabras, la firma y el sello estampado en un papel que legitima la adopción, la persona que lo ha entregado envuelto en una manta dorada, el llanto dulce y la llegada a casa. Cada detalle recordado ilumina nuestros ojos y nos permite agradecer a los reyes y magos que nos han prestado auxilio en ese viaje largo, subterráneo y desgarrador hasta llegar al encuentro del niño amado.

EL TRIUNFO DEL ENCUENTRO

La energía necesaria para desear, buscar y encontrar un niño para maternar suele estar sostenida por un juego de naipes creado en el mundo invisible del alma de las mujeres, que no atienden a razones del mundo material, que vuelan por encima de la cordura y que son capaces de navegar todos los mares, llegar a los rincones que los mapas oficiales no reconocen ni nombran y terminar con el niño en brazos, amparada en el varón, o protegida entre el cielo y la tierra si es necesario.

Es imprescindible que esta energía viviente grite a los cuatro vientos el triunfo del encuentro, ya que como sociedad deberíamos celebrar las adopciones de todos estos niños, reconociéndolos como virtuosos y especialmente listos.

La actitud ambivalente de ocultar y de develar con reservas es típica de una sociedad que intenta modernizarse pero que, a la vez, mantiene los prejuicios y la hipocresía medieval. Fingimos ser felices mientras disimulamos el pánico que nos provoca pensar que alguien pueda lastimar a nuestro hijo, humillándolo por ser adoptado.

En lugar de escondernos en la angustia que nos provoca la ignorancia de los demás, podemos:

  • hablar
  • contar
  • dar detalles.
  • invitarlos a festejar.
  • sumarlos a nuestra alegría.
  • hablar del milagro del encuentro.
  • explicar a otros niños qué significa adoptar a un niño.
  • compartir con otros padres la experiencia.
  • exponerlo siempre como una gran virtud, siempre, cada día, cada instante, ante cada paso y frente a todas las personas.

PONERLO EN PALABRAS

Concretamente hablaremos cada día con nuestro hijo, desde recién nacido si lo hemos adoptado al nacer. Y le contaremos todo lo que sabemos de él, de su madre biológica, de la entrega en busca de un hogar amoroso, de su futuro, de cómo nacen los niños, de su fortuna por haber llegado a esta casa. Si es un niño mayor, pondremos palabras a todo lo que hemos averiguado de su vida antes del encuentro. Y sobre lo que no sepamos diremos “no lo sé, pero podemos averiguarlo”. Todo lo que sabemos –nosotros y nuestros hijos– nos garantiza erigirnos sobre nuestro propio eje, construir nuestra estructura emocional, hilar nuestros pensamientos y, con esta fortaleza interna, salir al mundo.

Nuestro hijo simplemente vivirá su vida como cada niño, en busca de su propia verdad, sostenida por la verdad y el deseo profundo de sus padres de acompañarlo. Recordémosles siempre que poseen una virtud excepcional: la fuerza de la llamada y la tenacidad para lograr lo que desean. Ellos podrán convertir esa capacidad en servicio, intuición y sabiduría para ayudar a otros a encontrar su propio camino.

LA VERDAD DEL CORAZÓN

Así es como viviremos cotidianamente en base a la apertura del corazón y la verdad, que circulará entre los adultos y los niños, entre los amigos y familiares, en la escuela y en el trabajo, en el vecindario y entre los desconocidos. Entonces habrá alguien que regocijado y asombrado por nuestra alegría, se animará a tomar vuelo y emprenderá su propia búsqueda hacia algún otro niño que lo está llamando.

Las demás personas podrán nutrirse del amor y la dicha de una familia que vive en base a la verdad y las explicaciones compartidas. Del mismo modo, cuando nuestro hijo crezca, hagámosle saber que tiene virtudes excepcionales, que ha atravesado caminos muy duros, y que esa fortaleza y ese tesón emocional tendrá que desplegarlos en el futuro al servicio de todo ser vivo. Él se ha beneficiado y nos ha bendecido a nosotros, sus padres, con su presencia y su bondad.

BIENVENIDO EL LLANTO

  • Cuando traemos un niño adoptado a casa, su docilidad asombra: duerme, no llora, no reclama. Parece adaptarse a sus nuevos padres, al idioma, la alimentación... con mucha facilidad.
  • Sin embargo, estará realmente cómodo el día –o la noche– que sepa que puede llorar. Y que hay alguien que viene a rescatarlo, deseoso de acariciarlo, mimarlo y llenarlo de cariño.
  • Ese día en que finalmente conozca la dulzura del llanto sin fin, sabrá que se ha constituido en nuestro hijo. Porque no importa lo que diga o haga, estaremos con él para calmarlo.

MÁS INFORMACIÓN

España es el primer país del mundo en adopciones internacionales por número de habitantes. Algunos recursos para las familias que quieren adoptar son:

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