Cuando el bebé tan deseado no llega

FERTILIDAD

Cuando el bebé tan deseado no llega

Los casos de infertilidad cada vez son más comunes. Si sólo acudimos a la tecnología y olvidamos la historia emocional de cada pareja, los resultados pueden no ser los esperados.

Laura Gutman

Estamos en un momento muy contradictorio para concebir y criar hijos en este mundo civilizado y cada día económicamente más rico. Casi todos compartimos las dificultades para concebir, al mismo tiempo que sufrimos las consecuencias de la contaminación del ambiente. Es posible que las condiciones actuales del planeta Tierra no favorezcan la fertilidad como antes, ya que llevamos un siglo faltándole el respeto.

De hecho, una de cada seis parejas tiene problemas de infecundidad. Alrededor del 40% están relacionados con dificultades en los varones y un 60%, con las mujeres. El recuento y movilidad de espermatozoides vienen reduciéndose impresionantemente en las últimas décadas. Sabemos que la disminución en su cantidad está relacionada en parte con el consumo de tabaco, marihuana y alcohol. Hay encuestas en Estados Unidos –desconozco si existen en otros países– que alertan sobre la increíble cifra de varones jóvenes estériles: el 42%.

Ritmos de hoy

Los motivos parecen ser múltiples. Por un lado, actúa una vez más el modernísimo estrés y, por el otro, la avalancha de estrógenos artificiales que llegan a nuestro medio ambiente. Muchos pesticidas y herbicidas desarrollan efectos similares a los de las hormonas. Incluso consumimos carne criada con hormonas. Pero lo que muchos varones están viviendo como un problema personal, en realidad es algo colectivo. Lamentablemente, aún hoy, al hablar de fertilidad, solemos apuntar sólo a las mujeres. Tal vez haya que equiparar la cantidad de ginecólogos a la de andrólogos. Aunque es lógico que seamos nosotras quienes consultamos en primer lugar, porque frecuentemente expresamos antes el deseo de tener hijos.

De todos modos, la dificultad para concebir es una realidad de la pareja.

Hay muchos otros factores que influyen: la alimentación, el entorno, el estrés... Pero en muchos de los casos de infertilidad se desconoce las causa. Allí es donde me interesa reflexionar, porque tendremos que pensar sobre lo que no se ve ni aparece en las encuestas.

Falta de claridad

Posiblemente, tendremos que estar más dispuestos a reconocer la conexión entre nuestro ser interior y nuestro cuerpo. La infecundidad es un asunto generalmente poco claro. Factores físicos, psíquicos y emocionales intervienen en la concepción. Son tantos y tan enigmáticos que sería ridículo reducirlo a un asunto de inyectar la hormona correcta en el momento adecuado.

Los motivos por los cuales no quedamos embarazadas no son claros, pero nos sucede en mayor proporción a las mujeres exitosas en el mundo exterior.

Muchas de nosotras continuamos siendo infecundas mientras trabajamos más de 60 horas semanales.

Además, intentamos ser exitosas en todos los planos, y acostumbradas a hacer grandes esfuerzos, nos esforzamos también en este asunto, creyendo que la batalla y la tenacidad son el camino adecuado para concebir un hijo. Paradójicamente, todos sabemos que las mujeres con menos identidad en el mundo laboral concebimos más fácilmente y sin tanto lío.

El camino de conocernos

Para concebir un hijo, necesitamos fundirnos en un “estar” puramente receptivo y quieto. Por supuesto que tener un trabajo o una profesión no afecta en sí mismo a la fertilidad, sino que posiblemente tenga que ver con la carga de identidad, deseo y libido que las mujeres desplegamos en el trabajo. También cuenta la distancia emocional que hay entre nuestro ser interior y la mayoría de las actividades que desarrollamos en nuestra vida cotidiana.

Ese alejamiento entre el yo interno y el yo externo nos puede dejar infecundas. Y ésta es una realidad que se nos presenta cada vez con más frecuencia, mostrándonos que hay un largo recorrido por hacer hacia la comprensión e integración de muchas de nuestras “partes” antes de traer un niño al mundo.

La fascinación que muchas mujeres desarrollamos por el mundo de las ideas, el entusiasmo en nuestros proyectos creativos, la lucha que emprendemos cada día para ser tenidas en cuenta, valoradas y respetadas en el mundo masculino, nos colman de adrenalina, vitalidad, deseo y pasión. Es una energía muy positiva y enardecida, que seguramente se traduce en resultados palpables: dinero, éxito, reconocimiento y ascenso social. Pero, a su vez, es muy poco receptiva.

Es difícil que un embrión decida anidar en un hogar tan poco calentito y acogedor.

Por lo tanto, tendremos que pensar honestamente sobre nuestros deseos ambivalentes y definir claramente a qué estamos dispuestas, qué pretendemos retener y qué situaciones estamos en condiciones de soltar. A veces no somos capaces siquiera de tomarnos una buenas vacaciones en pareja, de estar en reposo, de apartarnos del pensamiento, de dejarnos fluir en el aquí y ahora y entregarnos al placer. Eso podría ayudar, en parte, al abono del terreno propicio para la construcción de un nido humano.

¿Cuerpo o corazón?

Solemos acudir demasiado rápidamente a los tratamientos que se centran en el cuerpo. Cuando sólo apuntamos a la tecnología, cara e invasora, y nos olvidamos del corazón y de la historia emocional de cada individuo –y de cada pareja–, los resultados suelen ser decepcionantes y devastadores. Hay muchas maneras de encarar esta dificultad. A veces los tratamientos hormonales o la fertilización asistida arrojan buenos resultados, pero sería mucho más fecundo que las parejas afrontáramos con valentía la conversación honesta sobre lo que nos pasa.

Frente a la dificultad para concebir, las mujeres entrenadas en el mundo externo acudimos a lo que sabemos: el pensamiento y la acción. Esperamos luego obtener resultados confiables a través de los estudios más sofisticados. El desconcierto aparece cuando esos resultados no arrojan ninguna respuesta comprensible: no hay patología ni motivos para la esterilidad. ¿Qué hacemos? Pedimos ayuda. ¿Cuál es la ayuda que parece tener mejores resultados concretos? Las distintas propuestas de fecundación asistida. Éstas tienen la atractiva ventaja de que “hay muchas cosas para hacer”, y nosotras en el “hacer” nos sentimos seguras.

La fertilización asistida tiene atributos extraordinarios. Gracias a los diferentes métodos utilizados hoy en día, hay muchas parejas que han podido concebir. Pero admitamos que la inseminación artificial puede conducir a la inhibición misma del proceso que se desea conseguir. Funciona en contraposición a una sabiduría ancestral: el orgasmo es fecundante. La técnica ignora que el estrés –producido por los mismos métodos de fertilización– es el principal responsable de los magros resultados en la concepción.

Vínculos personales

La medicina reproductiva es hoy una especialidad en meteórico crecimiento. Hemos dejado de nacer en casa, hemos dejado de morir en casa y, en poco tiempo, dejaremos de ser concebidos en casa. Esta costumbre cada vez más común de dejar en manos de especialistas lo que naturalmente correspondería al amor, a lo más profundo y sagrado de los vínculos personales, se está instalando imperceptiblemente.

Pienso que es primordial –antes de someterse a cualquier tratamiento– ingresar con paciencia y ternura en la comprensión de los acuerdos tácitos de la pareja. Hay mucho para investigar en el ámbito de las emociones antes de atosigar al cuerpo con sustancias tóxicas, hormonas que nos desequilibran, intervenciones quirúrgicas y situaciones terriblemente estresantes que nos dejan agotadas a las mujeres y desprovistos de virilidad a los varones.

Intimidad lastimosa

Tomemos en cuenta que la fertilización asistida quita toda intimidad a la pareja. La sexualidad, la sensualidad y los secretos de alcoba ya no tienen razón de ser, no han resultado provechosos. Ahora hay un objetivo concreto, compartido con unos cuantos profesionales que se filtran entre las sábanas, y varios parientes y amigos que opinan, proponen y deciden como si fuera un evento social. La intimidad resulta lastimada, y no es fácil reconstruir los acuerdos amorosos con tamaña exposición comunitaria. El nacimiento de un niño sí es un evento social, pero la concepción es pura y exclusivamente un evento de la pareja.

Por eso, considero que las diversas técnicas de fertilización asistida deberían considerarse sólo después de agotar las búsquedas personales y de pareja, y sabiendo que cada pareja va a tener que prepararse para atravesar un tiempo de crisis, de heridas, de sometimiento, de despersonalización y de angustia. Iniciar tratamientos de fertilización asistida merece parejas muy consolidadas, donde abunde el diálogo, el acompañamiento amoroso, la generosidad y mucha dedicación de uno hacia el otro. Sin olvidar que quien pone el cuerpo, con todo el dolor, la frustración y, también, la esperanza, es la mujer.


Cambios generacionales sin freno

  • En las dos últimas generaciones, las mujeres hemos decidido retrasar de 10 a 20 años la procreación, y esto está cambiando radicalmente el modo de vivir, de concebir y de organizar las familias. Millones de mujeres nos hemos rebelado contra la vida de nuestras madres y abuelas. En algunos casos, estas madres nos han incitado a cursar una carrera universitaria para no repetir sus historias y tener acceso a la libertad, al dinero y al despliegue de las potencialidades que ellas no alcanzaron.
  • Vale la pena pensar sobre este asunto desde una mirada generacional para comprender el fenómeno de infertilidad colectiva. La edad en que las mujeres comenzamos a pensar en la posibilidad de ser madres, se constituye en un obstáculo que tendremos que afrontar con tiempos de silencio y despojamiento de obligaciones materiales y sociales. Necesitamos pensar cómo podemos recuperar la costumbre del recogimiento para la construcción del futuro nido.


Sinceridad en la búsqueda

La maternidad y la paternidad son un misterio en sí mismos.

  • Son muchas las preguntas a plantear frente a la esterilidad de una pareja.
  • Necesitamos sincerarnos sobre qué estamos dispuestos a sacrificar a favor del niño
  • También es preciso ser honestos respecto al valor que le otorgamos a nuestra libertad, al trabajo, al éxito, a los viajes y a la autonomía.
  • Busquemos los beneficios ocultos de la infertilidad momentánea. Puede ser una pista útil a la hora de querer comprender por qué pasa lo que nos pasa.
  • El deseo de un niño en el momento en que el embarazo no llega es la ocasión perfecta para aprender a querer lo que recibimos, en lugar de recibir lo que queremos.

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