Embarazo no esperado

MATERNIDAD PLENA

Cuando llega un embarazo sin que lo esperes

Laura Gutman

Apenas aparecen las dos rayitas inconfundibles del test de embarazo positivo, nuestro corazón da un vuelco. No sabemos si es verdad, si lo estamos deseando, si es terrorífico, si no queremos ni pensarlo, si tenemos miedo, si es una buena idea, si no estamos en condiciones de afrontarlo, si tendríamos que tener una pareja estable, si tenemos pareja estable pero él no quiere tener hijos, si es un sueño hecho realidad, si estamos tocando el cielo con las manos, si el susto invade los pensamientos, si extrañamos a nuestra madre que no está con nosotras, si hemos perpetrado una locura, si el malestar es tan grande que sólo deseamos vomitar. Es un momento muy raro, de potencia, de temor y de enormes ambivalencias. Lo hayamos deseado conscientemente o no, estamos embarazadas. Y tendremos que tomar algunas decisiones al respecto.

Conviene aclarar que los embarazos rara vez suceden según lo habíamos planeado. Es más, si efectivamente fuéramos tan capaces de planear los embarazos, posiblemente la humanidad dejaría de existir. Porque para desear conscientemente un hijo, son muchísimas las partes de nuestra vida que tendrían que coincidir, y luego, ese hijo también tendría que desear anidar.

Muchos factores misteriosos se ponen en juego más allá de los artilugios concretos con los cuales creemos que podemos modificar el curso de estas historias de concepción. Por lo tanto, siempre es mejor amigarse con el modo en que ocurren las cosas, ya que, posiblemente, esta será la manera perfecta para cada una de nosotras.

Somos muchas las mujeres que llevamos como una carga la vergüenza por “no haber deseado a ese hijo”. Sin embargo, si ese hijo fue concebido, y el embarazo, llevado a término, el deseo necesariamente también estuvo presente. Quizás de manera menos consciente. Pero ésas son nimiedades para el sentido profundo de la vida. Del mismo modo, todo embrión engendrado pero no llevado a término, ya sea por aborto espontáneo o provocado, navega en las aguas de la ambivalencia de haber sido no deseado, pero, a la vez, también deseado. Quiero decir, el tema del “deseo” o del “no deseo” es de un nivel de misterio que no vale la pena abordar, porque nos equivocaremos, perdidos entre prejuicios y opiniones discutibles.

Decisiones personales

La cuestión es que estamos frente a la escena del test positivo. Con deseo consciente de tener hijos o sin él. Con una vida más o menos organizada, o totalmente fuera de nuestros tiempos aparentemente adecuados. Tal vez sea una grata noticia, fuerte, pero feliz a fin de cuentas. O quizás sea una bomba cayendo en medio de una crisis vital sin precedentes. Ambas situaciones merecen ser meditadas y, en ambos casos, necesitamos apoyo, compañía y acercamiento de voces sabias y generosas. ¿Qué tipo de ayuda deberíamos recibir? Definitivamente, nada que se asemeje a consejos u opiniones sobre la continuación o no de ese embarazo. Esas decisiones son muy personales, no obedecen a ninguna razón y no incumben a nadie.

Una vez aclarado este punto, es importante reconocer que todas las mujeres estaríamos en condiciones de seguir adelante con los embarazos y las crianzas de esos niños si tuviéramos el sostén necesario. Cada vez que una mujer, a pesar de su dolor, comprende que no está en condiciones de continuar con un embarazo, es porque sabe que está sola frente a la inmensa responsabilidad de traer un niño al mundo. Por lo tanto, no necesita ser penalizada una vez más, sino que merece ser amparada y protegida.

Si, por el contrario, decidimos cerrar los ojos y desafiar nuestros miedos, rindiéndonos al destino y aceptando que nos ha llegado la hora de la maternidad –lo hayamos planeado o no–, empieza una aventura. Es el inicio de un modo diferente de conexión con el sí mismo profundo. Si no nos hemos entrenado en el ejercicio de atender nuestras percepciones e intuiciones, ésta es la oportunidad justa. Porque el embarazo, lo descubriremos pronto, es el instante ideal para iniciar un camino hacia dentro.

Reducir los ritmos cotidianos

¿Por dónde podemos empezar? Idealmente, por no correr hacia ningún lugar. No atosigarnos con visitas médicas tan prematuramente. No dar la noticia a diestro y siniestro, sino esperar a que el embrión se sienta confortable y seguro. No atiborrarnos con análisis clínicos, ni tactos innecesarios ni seguros a todo riesgo. Es un embarazo. Es un milagro de la naturaleza humana. No compete a nadie más que a la mujer que lo está procesando y aceptando; y a su pareja, si es que hay alguien embarcado con nosotras.

Si ya tenemos hijos nacidos, obviamente esta realidad también les pertenece. Por eso merecen escuchar las palabras que nombren este embarazo, para ordenar y aliviar los sentimientos antagónicos que puedan tener. Pero procuremos hablar sobre el embarazo sólo en nuestro circuito íntimo. Y tratemos de bajar la velocidad de nuestra vida cotidiana: dejemos de lado los proyectos laborales de gran alcance, reduzcamos la cantidad de horas que trabajamos al día y busquemos momentos de relajación, de meditación o simplemente de reposo, aunque no nos sintamos realmente cansadas.

Son muchas las cosas que tenemos que acomodar para dar lugar al nuevo embarazo, pero casi todos esos asuntos están alojados en nuestro territorio emocional. Por eso, en lugar de “hacer”, tendremos que “ser”. Alinearnos. Revisar si, efectivamente, estamos otorgando prioridad al embarazo y a la espera de un hijo. Generar conversaciones profundas y sinceras con nuestra pareja –si tenemos una– o bien con las personas que supuestamente nos apoyarán en la crianza del niño.

El primer trimestre debería ser un momento de introspección. En realidad, éste es el motivo por el cual las mujeres habitualmente nos sentimos mal: sólo con malestar, náuseas, sueño y poca energía, nos rendimos al descanso. La naturaleza es sabia. Nos impone el descanso y nos impide continuar con nuestras rutinas. De ese modo, entramos en contacto permanente con nuestro estado de embarazo. Todo lo demás no tiene importancia. Una visita ginecológica a conciencia durante el primer trimestre es suficiente, si estamos saludables y si se confirma que el embarazo efectivamente está instalado.

Nutrición física y emocional

El tiempo de dedicación a nosotras mismas nos va a permitir hacer hincapié en nuestra alimentación, tanto física como emocional. Si somos capaces de detenernos, si comemos tranquilamente, sabremos elegir con mayor criterio los alimentos nutritivos, en buen estado, poco elaborados, naturales y frescos. De hecho, las náuseas y los vómitos habituales durante el primer trimestre nos obligan a prestar mucha más atención al alimento.

La nutrición emocional también se convierte en un hecho prioritario. Sentirnos más “sensibles” es el modo en que la naturaleza femenina nos devuelve el derecho de elegir los vínculos que nos hacen bien y desechar aquellos que nos hieren. Por eso, en lugar de despreciar esta hipersensibilidad al estilo “estoy hecha un desastre, lloro por todo o por nada, estoy irreconocible”, deberíamos aprovechar estas percepciones aumentadas para tener el coraje de decidir qué es nutritivo o qué es peligroso para el alma del niño que estamos gestando.

Las mujeres vivimos el embarazo como un tiempo de descuento. Nos faltan seis meses para el parto, o nos faltan cinco, o tres. Sentimos que, en un lapso de tiempo muy corto, tenemos que tomar muchas decisiones sobre temas que no hemos abordado con anterioridad. Es cierto que las mujeres saludables pocas veces hemos visitado tanto al médico como durante el embarazo, y eso nos trae ansiedad y preocupación. También estamos informándonos por primera vez sobre cuestiones de partos y nos sentimos en un mar de tinieblas entre tantas opiniones contradictorias.

Viviendo estas circunstancias, será pertinente no tomar decisiones basadas en el miedo, sino en la cercanía entre las propuestas existentes en el mercado de la atención de los embarazos y partos y nuestra propia manera de vivir. El embarazo no es una enfermedad. Es una etapa de la vida sexual de las mujeres que nos invita a conocernos más y a volvernos responsables de nuestros actos.

Un momento para conocernos

En todos los casos, sería saludable apelar a nuestra madurez emocional antes de perdernos en el abanico de ofertas médicas o psicológicas. Si escuchamos nuestras voces internas, sabremos qué es lo mejor para cada una de nosotras. Sentir las transformaciones de nuestro cuerpo, empezar a percibir los movimientos del bebé, desacelerar el ritmo de vida a medida que avanza el embarazo, respirar, meditar, elevar nuestros pensamientos, hacer actividades que apunten a expandir nuestra conciencia y buscar información valiosa... todas estas actitudes son favorables para llegar al parto en buenas condiciones anímicas.

La seguridad interior basada en el conocimiento de nosotras mismas nos permitirá estar muy atentas a las señales que emita el bebé. Porque a partir del momento en que nos hemos quedado embarazadas, el bebé que llevamos en nuestras entrañas forma parte de las decisiones o actitudes que pretendemos asumir. Ya no somos una. Somos con el otro.


Cuando no tenemos pareja

No eres la única. Hay cientos de miles de mujeres que quedan embarazadas de relaciones ocasionales o de relaciones estables sin convivencia, o de hombres que no están dispuestos a asumir su paternidad. Pues bien, si decidimos llevar adelante el embarazo, parir y criar al niño, es el momento de tener los pies sobre la tierra y no dejarnos llevar por nuestras fantasías románticas. La única verdad es que somos nosotras, sólo nosotras, las que deseamos este hijo.

Si aceptamos la verdad, buscaremos ayuda concreta y trataremos de ser felices. En cambio, si insistimos en que el hombre debería hacerse cargo del bebé, debería ser responsable, darle el apellido, pasar una pensión alimentaria... perderemos nuestra valiosa energía en todos los “debería” sacados de una galera mágica que vibra sólo en nuestra imaginación. Acumularemos rabia y dolor, y continuaremos relatando a nuestro hijo todas las calamidades atribuibles a un padre biológico que “lo abondonó”.

Atosigar al niño con relatos cargados de amargura no sirve para nada. Con las manos en el corazón, las cosas no han sucedido exactamente así. Sería mucho más “nutricio” relatarle los valores que sí hemos conocido en ese padre: el buen carácter, los hermosos ojos verdes que aún recordamos, el instante de amor que hizo posible la concepción de este hijo, el agradecimiento que conservamos –aun después de tantos años– por habernos ayudado a engendrar y criar a este hijo maravilloso que hoy estamos amando.

Pérdidas prematuras

Con la masificación de los test que dan resultados positivos con apenas ocho días de gestación, las mujeres nos hemos tendido una trampa. Porque muchos embarazos se pierden. Antes se nos atrasaba el sangrado y luego teníamos una “menstruación abundante”. Ahora damos entidad de bebé a las rayitas del test: festejamos, hacemos cuentas, corremos al ginecólogo... Pero, a veces, dos semanas más tarde sangramos y lloramos la pérdida.

Por eso, intentemos contener nuestra ansiedad. El primer trimestre debería volver a ser un asunto privado. Es un período frágil, el embrión y la matriz se están acomodando, y las posibilidades de pérdida existen en una alta proporción. Pasados los dos o tres primeros meses, si el embrión efectivamente está, si el corazón late, entonces quizás será tiempo para compartir la noticia más allá de nuestro círculo más íntimo.

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