La magia de dos corazones sincronizados

NEUROCIENCIA

La magia de dos corazones sintonizados

La neurociencia te explica lo increíble que es la inteligencia del corazón

Tomás Álvaro

Las tortugas entierran sus huevos en la tierra, donde son incubados. El momento de la eclosión es crítico, ya que las crías no cuentan con la ayuda de su madre para salvar el corto pero decisivo trayecto que va desde el agujero en el que nacen hasta el agua. La atenta mirada de los depredadores acompaña el instante más decisivo de sus vidas, ese en el que cientos de pequeñas tortuguitas corren de manera frenética hacia el agua para salvar sus vidas. Sin embargo, el misterio de la naturaleza y la biología aparece aquí una vez más para poner en marcha uno más de sus milagros: las tortuguitas se ponen de acuerdo para sincronizar su eclosión, salir todas a la vez y asegurar así la supervivencia del mayor número posible de ellas.

Pero, ¿cómo es eso posible? Un grupo de zoólogos australianos ha desentrañado recientemente el misterio. En una extraordinaria demostración de comunicación fraternal los embriones de las tortugas se comunican entre sí más allá de las diferencias de temperatura o metabolismo que determina el tiempo de desarrollo embrionario. Los embriones de las tortuguitas son capaces de sincronizar el ritmo de sus corazones, comunicándose a través de ellos todavía dentro del huevo. Aquellas más desarrolladas marcan el compás de crecimiento de las más atrasadas, que lo adaptan para coger el ritmo y poder nacer todas al mismo tiempo. Finalmente en un crescendo asombroso el ritmo de corazón sincrónico del grupo marca la señal de eclosión compartida que asegura en buena medida la mayor supervivencia posible de todo el grupo.

El corazón del bebé en formación

El pequeño embrión no es parte de la madre. Con un 50% de material genético procedente del padre, ya está dotado de la capacidad de inducir un extraordinario cambio en el sistema inmune de la madre, que tolerará durante todo el embarazo la presencia de material genético no propio. En señal de agradecimiento el feto regalará, en un proceso absolutamente asombroso, un grupo de células propias que atravesarán la placenta para instalarse para siempre en los órganos de la madre, detectables incluso décadas después de haberse producido el nacimiento. Ese regalo, el microquimerismo, almacena en diversos tejidos de la madre células del feto que constituyen una fuente de rejuvenecimiento y regeneración privilegiada de tejidos lesionados. Cuando el corazón de la madre enferma, entonces esas células, largo tiempo acumuladas y con capacidades pluripotenciales, viajan al corazón herido para regenerar las células cardiacas lesionadas.

Desde esos primeros estadios de desarrollo el corazón del hijo ya es capaz de mostrar una especie de comportamiento inteligente e intencionado.

Embriológicamente, el corazón vino primero. Antes incluso que el cerebro. El sistema cardiovascular es el primer sistema orgánico funcional del embrión. Su formación comienza tan pronto como en la segunda semana de gestación. Una pequeña masa de células musculares temblorosas va adoptando poco a poco el que será el ritmo de su canción, una forma de excitabilidad contráctil marcada por el latido del corazón de su madre que va coordinando el movimiento simultáneo de todas ellas. Y ya desde el día 20 entra en funciones, y se hace visible con la ecografía desde el día 23.

Cruce de corazones

El hilo de nuestra vida se ancla en el centro de nuestro ser, por eso es allí donde se encuentra el corazón, en el centro, como un Sol en su sistema, lleno de voluntad y poder, infatigable, irradiando su calor a través de los rayos de la red vascular hasta los confines de su tierra.

La fuerza eléctrica del corazón es 60 veces más poderosa que la del cerebro, y su potencia magnética puede medirse a más de cinco metros y es cinco mil veces superior al órgano que le sigue a continuación, el cerebro. El corazón tiene su pequeño propio cerebro, unas 50.000 neuronas que le hacen un órgano sensorial y un sofisticado centro de recepción y procesamiento de información con capacidad de sentir y pensar de forma independiente. El patrón de información propio de cada estado emocional es comunicado a cada célula del cuerpo a través del campo electromagnético cardiaco, que actúa como una onda portadora de información. El corazón gobierna el flujo de energía de todo el organismo, es el emperador del cuerpo humano y todos los órganos son sus subordinados.

Una auténtica maravilla ocurre cuando un corazón se sitúa junto a otro y ambos sintonizan y acaban latiendo a la vez y compartiendo su ritmo. La ciencia ha demostrado que es posible registrar el electrocardiograma (ECG) de una persona en el encefalograma (EEG) de otra, siempre que esas dos personas estén en cercanía próxima y sobre todo si se encuentran en contacto físico.

Desde el corazón, neuronas y neurotransmisores influyen sobre aspectos del pensamiento superior en el cerebro. El tacto y la concentración mental sobre el corazón producen una sincronización de las ondas cerebrales de las personas y cuando dos individuos se tocan mientras centran sus pensamientos en el corazón, el ritmo cardíaco más coherente comienza a sincronizarse con el otro corazón. Si el ejercicio lo practican dos personas involucradas sentimentalmente entonces el orden generado se multiplica por seis. Todas las emociones pueden ser reconocidas a través de su patrón particular de variabilidad de frecuencia cardiaca (VFC). Las que nos hacen sentir en desequilibrio (ira, frustración o ansiedad) se acompañan de ritmos cardiacos desordenados mientras que las que nos hacen sentir en equilibrio (agradecimiento, amor o compasión) se asocian a patrones coherentes altamente ordenados.

El hecho de que nuestros corazones pueden sincronizarse con los de nuestros seres queridos ofrece una visión novedosa sobre los vínculos sociales. Estudios sobre personas que caminan sobre brasas indican que ver a un ser querido en una situación peligrosa o difícil puede sincronizar el ritmo cardiaco de sus corazones. Los rituales colectivos unen a las personas, bailar o cantar juntos o simplemente estar y compartir sirven para sincronizar el ritmo cardiaco de los componentes del grupo.

Podría ser este el mecanismo que explica la ley natural de las oscilaciones acopladas, un fenómeno que se observa frecuentemente en la naturaleza, desde las luciérnagas que coordinan sus destellos hasta las manadas que acomodan el paso, el movimiento sincrónico de un banco de peces o las figuras chinescas de una inmensa bandada de pájaros. El mensaje naciente del lenguaje de la naturaleza ha de servir para considerar el hecho de que no es posible pensar que somos seres aislados, sino que ciencia y naturaleza nos muestran que desde antes de nacer y hasta el día en que morimos, somos seres conectados al entorno y a los demás.

Por eso el corazón del abuelo ordena el patrón rítmico del nieto, o la madre el de su hijo, o la pareja de enamorados tiende al unísono. Y si se colocan varios corazones juntos también llegarán a compartir el ritmo, como le pasa a los músicos de una orquesta. La sincronización entre corazones habla de su poder de adaptación y resonancia con el ritmo más armónico, lo que establece las bases de la relación, ya sea entre embriones de tortuga o del terapeuta y su paciente. Y nos explicamos ahora como nuestras emociones tienen la capacidad de contagiar a aquellos que se encuentran en nuestra cercanía, y las emociones de los demás nos afectan a nosotros mismos. Y que el contacto físico juega un importante papel a la hora de facilitar el intercambio de energía, como ocurre al darnos un abrazo o en los primeros momentos tras el parto.

Podemos registrar la actividad eléctrica del corazón, el electrocardiograma (ECG), en cualquier punto del organismo. También en el abdomen de la embarazada, portando a caballo, más pequeñito, el gráfico que corresponde al ECG fetal, ambos bien acoplados. También es posible registrar el ECG en la cabeza, portando en su seno una señal más tenue correspondiente a la actividad eléctrica del cerebro, la que aparece en el electroencefalograma (EEG). El corazón actúa como onda portadora, llevando el comando de funcionamiento y marcando el ritmo de cada célula y tejido del organismo.

Pero si el abrazo entre los ECG del bebé y su madre, y entre el ECG y el EEG son asombrosos, todavía lo es más el hecho de poder registrar el ECG de una persona en el EEG de otra. Y recordemos ahora que el estado emocional de la persona se refleja en el campo electromagnético generado por su corazón, y que la sincronización entre corazones, el de la madre y el niño, constituye el primer ejercicio vital de adaptación. La de resonancia con el ritmo más poderoso y armónico.

De corazón a corazón

La urdimbre afectiva de la persona se inaugura siempre igual: a través del primer encuentro emocional, que es el que realiza el embrión con su madre desde el momento mismo de la concepción. Con el se inaugura el proceso de relación interpersonal con los demás para el resto de la vida y se establece el vínculo de apego afectivo y emocional.

En la rica vida del feto cada movimiento de la madre es percibido como un ritmo regular, como la respiración, el peristaltismo intestinal o la alternancia de actividad y reposo. Dentro de ellos el latido cardíaco a razón aproximadamente de uno por segundo, establecerá el mantra rítmico incesante de acompañamiento para el bebé durante toda su estancia intrauterina. Desde las 25 semanas el feto ya disfruta de la asistencia a los conciertos, donde se mueve al ritmo del timbal de la orquesta. Y el corazón fetal responde con aceleraciones a los estímulos vibroacústicos que le llegan.

Los recién nacidos pueden recordar los latidos cardíacos maternos oídos en el útero. Y ahora podemos entender porqué escuchar el latido del corazón de la madre previamente grabado sirve para mejorar la salud de los bebés prematuros.

Y ofrece un efectivo poder analgésico para los niños con intenso dolor en la unidad de quemados. Los bebés hospitalizados a quienes se les hace oír ruidos cardíacos respiran con mayor profundidad y regularidad, y aumentan más rápidamente de peso. Y se ha dicho que el atractivo universal de la música y el efecto sedante de los sonidos con ritmo guarden relación con el sentimiento de bienestar que experimenta el feto envuelto en el sonido del corazón de su madre.

El ritmo cardíaco materno influye sobre la construcción y la estructura neuronal del feto y ofrecen el ritmo base motor del niño pequeño como su cadencia al aplaudir. Desde el embarazo, el tipo de acoplamiento del ritmo cardiaco materno-fetal predice el nivel de sincronía a los tres meses de vida. Y en las parejas mejor avenidas, la adaptación materna a las necesidades sociales del lactante regula su latido cardiaco, interiorizando la sensación de seguridad emocional que literalmente nutre al lactante.

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