Bienestar en el campo

Relato de un caso real

Vivir bien el embarazo

Imma había sentido sus embarazos como una invasión de su cuerpo. Aprender a aceptar su nueva imagen le permitió reconciliarse con su papel de madre

Laura Gutman

Se quedó embarazada la primera vez sin haberlo planeado. Tanto a ella como a su pareja les costó asumir el desafío, pero decidieron seguir adelante. Imma continuó con su vida de actriz tratando de que el embarazo no fuera un obstáculo agregado a la ya difícil tarea de conseguir buenos papeles. Hasta los cinco meses de embarazo, su vida transcurrió normalmente; pero a medida que pasaron las semanas, ya no pudo esconder por más tiempo su embarazo, las caderas se ensancharon y el vientre empezó a asomar.

Imma sintió odio hacia sí misma y hacia su cuerpo en plena transformación. No se gustaba, eso estaba claro

La ropa ya no le sentaba bien. Se sentía poseída por algo extraño y deseaba que esa incomodidad acabara de una vez por todas. Claro que, en ese momento, no pudo compartir con nadie esos sentimientos, que consideraba vergonzosos, y decidió hacer ver que “eso no estaba sucediendo”.

Sin haber completado los siete meses de embarazo, Imma se despertó una madrugada con unos dolores agudos en el bajo vientre. Ella y su pareja fueron a urgencias y se encontraron con que el parto se había adelantado. El bebé nació rápido y saludable, pero con bajo peso.

Dos años más tarde, Imma no salía de su asombro al constatar que estaba nuevamente embarazada. El vínculo con su hijo era bueno, pero el hecho de tener que atravesar de nuevo por las molestias y deformaciones del embarazo la alteraba sobremanera. Ella se consideraba buena madre, pero se hubiera saltado con gusto la etapa del embarazo, algo que consideraba fastidioso. Le desagradaba quedar sometida a los avatares de un cuerpo que no le respondía. Para colmo, su segundo embarazo coincidió con el estreno de una obra de teatro en la que tenía un papel que había esperado durante mucho tiempo. Imma no tenía nada en contra de la maternidad, pero sentía que le arrebataban su cuerpo.

La niña también fue prematura e Imma sintió de nuevo un gran alivio al expulsar al bebé de su vientre

Pero, tras su segundo embarazo, Imma constató que su cuerpo, a pesar de no llevar más niños en su interior, no volvía a su estado original. Su cuerpo se aferraba a las marcas de los embarazos y ella anhelaba borrarlas para siempre. Parecía que la mente y el cuerpo de Imma no se ponían de acuerdo. Era tal su obsesión que decidió pedir ayuda, agobiada por la rabia y el disgusto.

Un profesional la invitó a participar en un grupo de apoyo para madres de niños pequeños. Aunque era escéptica respecto a las terapias, aceptó probar para ver de qué se trataba. Se encontró con una situación que nunca hubiese imaginado: madres que tenían a sus hijos enfermos o con dificultades de aprendizaje, mujeres con divorcios controvertidos, problemas laborales, historias de desarraigos...

Poco a poco, Imma se dio cuenta de que ella no solía pensar en lo que les sucedía a los demás, y eso también incluía a sus dos hijos. Apenas sabía nada de sus pequeñas vidas, de lo que anhelaban, de lo que temían.

Un buen día, se atrevió a contar su historia y cómo había rechazado sus embarazos. Todas la escucharon y la acompañaron en su sufrimiento. Quien más, quien menos se había visto a sí misma deforme, enorme, deshecha... El relato de Imma permitió a las demás mujeres hablar de algunos sentimientos ambivalentes en relación a los embarazos o a los vínculos con sus hijos.

Al constatar que su realidad emocional era aceptada, Imma empezó a tener más confianza en sí misma

Comprendió que el mundo no empezaba ni terminaba en su propio cuerpo y que la maternidad le abría puertas para entrar en contacto con su alma. Poco a poco, empezó a gustarse un poco más ancha y con los pechos algo más cansados. Así es como llegó su tercer embarazo, esta vez buscado y esperado.

Imma no quería perder un minuto de este embarazo sin estar profundamente vinculada con las pequeñas transformaciones diarias. Se emocionó con los movimientos del bebé, disfrutó de su vientre abultado, se relajó y se dejó llevar por el cansancio, la lentitud y la torpeza corporal. Y tal fue el placer de descubrir que podía estar pesada y, sin embargo bella, que el embarazo llegó a término a los nueve meses y dio a luz a una hermosa niña de casi cuatro kilos de peso.

Aprendió a amar su cuerpo, que había albergado a tres niños. Un cuerpo transformado, caliente, amoroso, abierto, dispuesto, agrandado, lleno de vida y de pasión. Un cuerpo de madre.

Cómo aceptar la nueva imagen

1. Percibir la contradicción

Las mujeres nos encontramos ante la contradicción que supone nuestra nueva imagen de madres y la excesiva importancia que socialmente otorgamos a la delgadez y a la juventud. Hemos de ser conscientes de dónde proceden nuestros prejuicios.

2. Buscar ayuda

Las transformaciones del embarazo no son siempre placenteras ni fáciles de asumir. Es por ello por lo que algunas mujeres necesitarán apoyos específicos para acompañar los cambios corporales propios del embarazo.

3. Trabajar la propia imagen

Es tarea de cada una de nosotras trabajar conscientemente la propia imagen corporal y las molestias reales que ocasiona un bebé creciendo en nuestro vientre. De este modo, encontraremos el placer y acompañaremos el estallido de vida que estamos gestando.

4. Prepararse para ser madre

Las transformaciones corporales y nuestra adaptación a ellas constituyen el anuncio de los cambios y recursos que tendremos que desplegar ante la presencia del bebé. Por suerte, esta preparación dura nueve meses.

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