Lactancia exitosa no es lo mismo que lactancia feliz

LACTANCIA FLUIDA

Lactancia exitosa no es lo mismo que lactancia feliz

Nutrir no es sólo procurar alimento, es también nutrir amorosamente, permaneciendo corporal y afectivamente disponibles para nuestros hijos.

Laura Gutman

Este es un tema que nos preocupa a todas las madres y a todos los padres: la nutrición de nuestros hijos como actitud global. Porque nutrir no es sólo procurar alimento, es también nutrir amorosamente, permaneciendo corporal y afectivamente disponibles para nuestros hijos.

Vivimos en una época de distancia con nuestro ser esencial, de medir lo que obtenemos en lugar de pensar en lo que ofrecemos, la época de la comida rápida, de las prisas. En estas condiciones, a pesar de que las mujeres producimos cantidades infinitas de leche materna, que es riquísima para el bebé humano, dulce como la miel e impregnada de todo el abanico de sabores que las madres ingerimos, no la ofrecemos. La despreciamos. La ignoramos. Le quitamos todo el valor social.

¿Cómo queremos alimentar a nuestros hijos?

Somos mamíferos –aunque lo hayamos olvidado– porque tenemos mamas. Y todas las mamíferas hembras estamos diseñadas para amamantar a nuestra cría. Por lo tanto, todas somos capaces de nutrir al recién nacido con la leche que surge del interior de nuestro cuerpo, naturalmente. Es verdad que el concepto “natural” está completamente atravesado por la cultura, por eso apoyarnos en lo que es o no es “natural” suele resultarnos bastante complejo.

Ahora bien, hemos depositado tantas fantasías en el alimento, en lo que es bueno o no ofrecer al niño, que el “dar de comer” se ha constituido en un problema para las madres modernas. Incluso dar de mamar se ha convertido en algo difícil de lograr, algo que hay que superar, controlar y estudiar al pie de la letra para tener éxito. Es extraño que en sólo 50 años hayamos logrado olvidar la naturaleza, la simplicidad y el silencio con el que las mujeres hemos amamantado a nuestros hijos desde que la humanidad existe.

La realidad es que la lactancia es fundamentalmente contacto, conexión, brazos, silencio, intimidad, amor, dulzura, reposo, permanencia, sueño, noche, soledad, fantasía, sensibilidad, olfato, cuerpo e intuición. Es decir, nada más alejado de las recetas pediátricas y de todos los “deber ser” que pretendemos cumplir en el rol de madres.

La lactancia falla cuando la colocamos dentro de los parámetros del “mejor alimento”. Cuando calculamos, medimos, pesamos o estamos atentas a las cantidades y tiempos en los que el bebé tomó o dejó de tomar. No se trata de pensar en lo que come.

Se trata de estar juntos.

Y eso es algo tan “natural” que lo hemos olvidado.

Pensemos que ninguna de nosotras cría a sus propios hijos en un modo diferente a cómo vivimos nuestra vida cotidiana. Si somos obsesivas y prolijas, así seremos en el vínculo con el niño. Si tenemos puesta nuestra identidad en el éxito profesional, así seremos con el niño. Si no podemos parar de pensar, así seremos con el niño. Si tenemos miles de intereses personales, así seremos con el niño. Si la autonomía y la libertad personales son bastiones de nuestra identidad, así seremos con el niño. Si nos nutrimos de las relaciones sociales, así seremos con el niño. En fin, revisando la vida que hemos construido antes del nacimiento de la criatura, podremos reconocer fácilmente qué distancia hay entre nuestra vida y la propuesta para una lactancia feliz.

No una lactancia exitosa, porque al niño le importa bastante poco el éxito, el aumento de peso según las curvas establecidas o las horas corridas de sueño. Hablo de felicidad y bienestar en el niño. Hablo de niño conectado, que busca la mirada de la madre y sonríe. Hablo de niño que no se conforma si no está en brazos. Hablo de niño sereno en la medida que perciba un máximo confort.

Confort para el recién nacido es todo lo que se parezca al útero donde navegó durante nueve meses.

Es decir, contacto permanente, alimento permanente, movimiento, calor, ritmo cardíaco, sudor, olor y el timbre dulce de la voz de su madre. Si esto sucede, la leche fluye.

No hay más secreto que el reposo, la disponibilidad corporal, la intimidad y la disposición para tener al bebé en brazos las 24 horas del día.

La realidad cotidiana de las mujeres es bien distinta. Solemos prepararnos para el parto pero no para la maternidad. O en todo caso, no nos hemos preparado para abandonar la autonomía que hemos adquirido con mucho esfuerzo y voluntad.

Pues bien, digámoslo con todas las letras: para dar de mamar hay que estar dispuestas a perder toda autonomía, libertad y tiempo para una misma. Es una decisión. En la medida que optemos por una modalidad, perderemos ventajas en la otra. Dicho de otro modo: si nos apegamos a nuestra libertad personal, posiblemente el niño tenga que conformarse con recibir otros alimentos, porque madre e hijo no encontrarán confort ni relax en la lactancia. En cambio, si decidimos dar prioridad a la lactancia, perderemos libertad y vida propia. Ambas situaciones, lactancia y libertad, no son compatibles. Nadie puede determinar qué es lo que cada cual debe hacer. Pero sí es importante que sepamos qué ganamos y qué perdemos frente a cada decisión.

Ritmos internos

Cuando nos relacionamos con los aspectos instintivos de nuestra naturaleza femenina, nos sentimos raras. Algo poco presentable en sociedad surge del interior de nuestras entrañas. Sin embargo, es el conocimiento de esta naturaleza lo que nos permite percibir el sonido de los ritmos internos y vivir al son de ellos para no perder el equilibrio espiritual. Cuando las mujeres nos apartamos de la fuente básica perdemos los instintos, y los ciclos vitales naturales quedan sometidos a la cultura, al intelecto o al ego.

Lo “salvaje” nos hace saludables a todas las mujeres. Sin el costado salvaje, la psicología femenina carece de sentido.

La lactancia es continuación y desarrollo de nuestros aspectos más terrenales, salvajes, directos, filogenéticos. Para dar de mamar las mujeres deberíamos pasar casi todo el tiempo desnudas, sin soltar a nuestra cría, inmersas en un tiempo fuera del tiempo, sin intelecto ni elaboración de pensamientos, sin necesidad de defendernos de nada ni de nadie, sino solamente sumidas en un espacio imaginario e invisible para todos los demás.

Esto es posible si comprendemos que la psicología femenina incluye este profundo arraigo a la Madre Tierra, que el ser una con la naturaleza es intrínseco al ser esencial de la mujer, y que si este aspecto no se pone de manifiesto, la lactancia simplemente no fluye. No somos tan diferentes a los ríos, a los volcanes, a los bosques. Sólo es necesario preservarlos de los ataques.

La insistencia en que las madres nos separemos del cuerpo del bebé desactiva la animalidad de la lactancia y entorpece la fluidez de la leche.

Contrariamente a lo que se supone, el bebé debería ser cargado por la madre todo el tiempo, incluso y sobre todo cuando duerme. Los bebés occidentales duermen en el moisés, en el cochecito o en sus cunas demasiadas horas. Esta conducta sencillamente atenta contra la lactancia mucho más de lo que podemos suponer. Porque dar de mamar es una actividad corporal y energética constante. Es como un río.

Una actitud anti leche suele estar presente en la absurda idea de que el bebé se va a “mal acostumbrar”. Cualquier otra especie de mamíferos moriría de risa (o, sencillamente, moriría) si lo que el recién nacido reclama para su subsistencia le fuera negado. Los seres humanos somos bastante menos inteligentes de lo que creemos, pretendiendo negar las leyes de la naturaleza y complicando la existencia.

Dar de mamar a nuestros bebés es ecológico en su sentido más amplio. Es volver a ser lo que somos. Es nuestra salvación. Es un punto de partida y de encuentro con una misma. Es despojarnos de cultura y atragantarnos de naturaleza. Es introcudir a nuestros niños en un mundo de colores, ritmo, aromas, olores, sangre y fuego, y bailar con ellos la danza de la vida.

¿Es posible amamantar si estamos solas, si nadie nos cuida?

Tal vez éste sea el punto central a tener en cuenta si nos interesa la lactancia. La mayoría de las mujeres modernas pasamos horas a solas con el niño en brazos, encerradas en un pequeño piso en la ciudad. Lejos de nuestras madres, nuestras amigas y los circuitos sociales. La soledad, la falta de referentes externos y la pérdida de los lugares de identidad, como el trabajo, el estudio o el entretenimiento, nos dejan solas y descolocadas. La soledad y la falta de sostenes son los principales depredadores de la lactancia.

Al inicio de la maternidad hay una pregunta esencial para formularse: ¿Tengo alguien cercano y amoroso que me cuide, me sostenga, me acompañe, me avale, me estimule y tenga confianza en mis capacidades maternantes? Si nuestra pareja es la persona disponible, bien, maravilloso. Si no es la persona adecuada para ejercer el rol de sostenedor emocional, porque nuestra relación está basada en que nosotras somos autosuficientes y nunca le hemos demostrado estar necesitadas, tal vez el varón se lleve una sorpresa y no esté preparado para responder a nuestros requerimientos, ya que no es el modo habitual en el que nos hemos vinculado en el pasado.

Un refuerzo emocional

Sea quien fuere la persona sostenedora, la realidad es que necesitamos al menos una. Nuestra madre. Otra madre sustituta. Alguna amiga experimentada o con muy buena disposición para ayudar. Una vecina. Una red de amigas. Un grupo de madres que se reúnen para estar menos solas y compartir experiencias. En fin. Sea lo que sea, no podemos estar solas. Hay un momento del día en que nos quedamos sin fuerzas emocionales para seguir calmando al niño si no podemos alimentarnos de la energía vital de otras personas. Es fundamental que sepamos, que no estamos diseñadas para criar a solas a nuestros hijos. Históricamente las mujeres nos hemos ocupado de la crianza de los niños en grupos, aldeas, tribus o pequeños pueblos. Pero hacerlo a solas, como está ocurriendo en las últimas generaciones, nos lleva a desestimar la lactancia, a regresar lo antes posible a nuestros trabajos y a dejar al niño al cuidado de otras personas o instituciones.

Aun si tenemos una buena relación de pareja, en la mayoría de los casos él ha retomado sus horarios de trabajo habituales, y la realidad es que las horas son eternas si estamos solas con un niño en brazos. La lactancia es lo primero que se lastima cuando la soledad y el aislamiento social se instalan, porque perdemos paciencia para con el niño, al mismo tiempo que nos sentimos cada vez más consumidas y atrapadas en un laberinto sin salida.

Si la lactancia se ha convertido en un problema, tendremos que reflexionar sobre nuestros sostenes emocionales y sobre nuestras compañías cotidianas.

Si no estamos bien cuidadas, difícilmente podremos sostener la lactancia de un modo placentero.

Puede suceder que, por el contrario, estemos invadidas por personas en quienes no tenemos confianza, que han tomado posesión de nuestra casa con las mejores intenciones de ayudarnos, pero nos inundan de consejos, juicios, control y opiniones sobre nuestro desempeño como madres. Es importante que tengamos claridad sobre cuán beneficiosa –o cuán perjudicial– puede ser la presencia de ciertas personas, y también revisar si hemos buscado esa ayuda o simplemente fue una imposición externa. Puede suceder que esas personas hayan llegado hasta allí invitadas desde nuestro hechizo o desde el discurso ciego de nuestro “yo engañado”. El llanto del niño o la imposibilidad de calmarlo nos darán pistas sobre el error de organizar una ayuda ilusoria y contraproducente para nosotras. Tener que lidiar con el propio acomodamiento por la presencia de un recién nacido y, además, con la de personas que no apoyan nuestro lento devenir en el rol de madres, perjudica sustancialmente la lactancia. Es tan nefasto como estar solas. Sólo que a veces no nos damos cuenta, al creer que contamos con suficiente ayuda.

Apoyo y compañía

Sepamos que para sostener y acunar al niño necesitamos indefectiblemente ser nosotras mismas sostenidas y cuidadas. No importa si en otras circunstancias de nuestra vida nos arreglamos solas. No importa si somos independientes, maduras e intrépidas. Ningún parámetro de nuestra vida anterior a la maternidad es comparable. Podemos ser gerentes de empresas multinacionales, ser ministras o alcaldesas, podemos ser incluso presidentas de una nación. Nada es comparable al hecho de amamantar y cuidar a un recién nacido. Para cumplir con estas tareas necesitaremos inevitablemente apoyo, ayuda y una generosa compañía. Y alguien que nos muestre los engaños que hemos decidido sostener en el pasado.

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