Lactancia ecológica

LACTANCIA MATERNA

Que no te engañen: Lo más ecológico es tu leche

A pesar de que algunos de los contaminantes que ingerimos pueden pasar a la leche materna, esta sigue siendo el mejor alimento para el bebé.

Jose María Paricio

Con relativa frecuencia aparecen noticias en los medios de comunicación sobre la presencia de contaminantes en la leche materna. Podemos leer, por ejemplo, titulares que informan sobre los países en los que la leche materna contiene más productos químicos, que afirman que los contaminantes que contiene afectan a la calidad que tendrá el semen de los bebés amamantados, o que la cantidad de pesticidas en la leche de las mujeres de tal región está bajando en los últimos años.

No es difícil imaginar que este tipo de noticias puede desalentar a las mujeres en su decisión de amamantar: “¿Cómo voy a dar leche materna a mi hijo, si dicen que está contaminada?”.

Casi todas estas noticias no mienten, es parcialmente cierto lo que describen, pero hay varias consideraciones y matizaciones que deberían tener en cuenta los que las redactan y difunden, y también los investigadores que comunican sus informaciones a las agencias de noticias.

Es cierto que vivimos en un mundo que hemos contaminado con saña especialmente en los últimos 200 años, que estamos pagando las consecuencias y las sufrirán nuestros descendientes. Estamos contaminados, nacemos ya así y a lo largo de nuestras vidas vamos acumulando más productos químicos en nuestro cuerpo.

Desde que comenzó la industrialización hemos vertido en el planeta una cantidad y variedad increíblemente grande de contaminantes, algunos de los cuales se degradan muy poco o nada, y son de muy difícil limpieza o eliminación, quedándose mucho tiempo (décadas, siglos) en el medio ambiente. Son los llamados contaminantes orgánicos persistentes (o POP por sus siglas en inglés), que se encuentran en la tierra, el aire y el agua y han entrado a formar parte del cuerpo de las plantas y animales del planeta y, cómo no, también de los humanos, que los fabricamos y esparcimos.

Estos contaminantes afectan al desarrollo del sistema nervioso y del reproductivo, ente otros.

LA CADENA ALIMENTARIA

Cuanto más arriba está situada una especie en la cadena alimentaria, más posibilidades tiene de acumular elementos químicos: los animales que comen plantas tienen menos que los que se comen a estos animales; los peces pequeños están menos contaminados que los grandes (que se comen al pez chico). Nosotros, que nos lo comemos todo, tenemos el riesgo de ser los seres más contaminados del planeta. De hecho, un estudio realizado en 2003 por la organización ecologista WWF (Fondo Mundial por la Naturaleza) encontró 76 productos químicos contaminantes en la sangre de 40 eurodiputados que se prestaron voluntarios a hacerse un análisis. Algunas de las sustancias que se hallaron estaban prohibidas desde hacía más de 20 años, y no se fabricaban ni distribuían en Europa: esas personas habían nacido con ellas y comido productos y respirado aire que las contenían, porque, simplemente, esas sustancias permanecen en el ambiente.

¿POR QUÉ LA LECHE MATERNA?

La mayor parte de toxinas y contaminantes persistentes se disuelven bien en aceites y grasas y se acumulan principalmente en las zonas grasas del cuerpo. Así pues, si comemos grasas, tendremos más riesgo; y a mayor sobrepeso u obesidad, más grasas tenemos en el cuerpo y más cantidad de estos elementos acumulados.

Para saber cómo va evolucionando la contaminación en una región o país, es preciso hacer análisis de la cantidad de pesticidas y otros contaminantes que hay en verduras, animales y personas. Dado que se acumulan en los tejidos grasos, sería preciso tomar muestras de grasa de animales y personas, pero eso es costoso, complejo y doloroso para las personas.

En cambio, la leche humana tiene una buena y necesaria proporción de grasa y es barato y cómodo analizarla, de modo que es lo que suele utilizarse en todo el mundo para medir la evolución de la contaminación en una determinada región. No se utiliza para saber si esa leche en concreto es “buena o mala”, porque, de hecho, esa leche es siempre buena.

Y no solo eso: por más trazas de productos químicos que encontremos en ella, sigue siendo la mejor opción, al menos hasta que entremos en contacto con mujeres de otro planeta menos contaminado que el nuestro, cosa poco probable.

EL BIBERÓN NO ES LA SOLUCIÓN

Podría pensarse que ya que la leche materna contiene estos elementos, sería mejor dar al bebé leche de fórmula, pero no es así, porque la leche de vaca y otros animales contiene igualmente productos químicos (las vacas viven también en nuestro contaminado planeta). De hecho, el procesado industrial para adaptarla al consumo para bebés añade aún más: los envases en los que es almacenada y los plásticos con los que entra en contacto la vuelven a contaminar. Y con el agua que utilizamos para reconstituirla, contaminada también, incluso con nitratos, acaba resultando unas tasa de productos tóxicos superior a las de cualquier leche de mujer.

Se han encontrado restos de pesticidas, fertilizantes y plásticos en leches infantiles, así como metales pesados.

La cantidad de aluminio que puede haber en las fórmulas infantiles es hasta 40 veces superior que en la leche materna, debido a la película de aluminio que recubre la parte interior de los envases. También se pueden encontrar trazas de plomo y mercurio en las leches para bebés.

LA CALIDAD Y LOS BENEFICIOS

Las leches artificiales no son estériles, por ejemplo, es imposible eliminar de la leche en polvo envasada un microbio llamado enterobacter sakazakii, aunque no suele dar problemas salvo si prolifera mucho en un bote o se administra leche contaminada con este microbio a prematuros o niños debilitados con alguna enfermedad. También el hecho de añadir a las fórmulas infantiles productos genéticamente modificados (como soja y otros componentes) puede llegar a tener consecuencias que todavía desconocemos.

En lugares de alta contaminación industrial, incluso con escapes masivos de productos tóxicos, se ha visto que los bebés amamantados, pese a estar bebiendo una leche materna con una carga alta de sustancias químicas, tienen mejor salud física y mejor desarrollo psicomotor que los bebés de la misma zona que no son amamantados.

La buena noticia es que la leche materna tiene elementos muy valiosos y propiedades que contrarrestan en gran medida los efectos perjudiciales de los contaminantes.

Una cosa es dar al bebé leche de fórmula porque así lo hemos decidido y otra muy distinta es hacerlo porque pensamos que se trata de una alternativa más saludable, porque no lo es.

La leche materna es un alimento de más calidad y con más efectos beneficiosos que otros alimentos tanto o más contaminados.

CUIDAR LA INFORMACIÓN

Algunas de las noticias que circulan por lo medios de comunicación no deben empañar el buen nombre y fama de ese “oro blanco” que es la leche materna. Los periodistas deben vigilar cómo exponen estas informaciones, quién se las proporciona y sus motivos. Los investigadores también han de vigilar cómo transmiten sus estudios y si estos han sido correctamente entendidos: vigilen que nadie haga un uso parcial y partidista que confunda a las madres.

Todo ello es preciso en este mundo en el que tenemos una cultura de la lactancia materna todavía frágil, en proceso de recuperación. Un mundo en el que las “nutricéuticas”, la poderosa industria de la alimentación infantil, invierten entre 200 y 1.000 veces más dinero en la publicidad de sus productos que los gobiernos y las organizaciones sanitarias en la promoción de la lactancia natural.

Preguntémonos todos por qué las noticias sobre contaminación de leche materna vienen con frecuencia en grandes caracteres y primera página y no es así cuando son de contaminación de leche artificial con salmonela u otras bacterias o productos tóxicos.

PROTEGER EL PLANETA

Podemos afirmar sin lugar a dudas que la leche materna es el alimento más adecuado para la salud física y mental de los lactantes de todo el mundo. En este mundo contaminado, sigue siendo la mejor opción. Es uno de los recursos naturales de mayor valor, más ecológico, renovable y barato del planeta.

La lactancia materna es un derecho que tiene toda madre. Los esfuerzos no deberían ir encaminados a desincentivarla, sino a poner en marcha medidas que disminuyan la contaminación global del planeta, de su aire, de sus aguas y tierra, de sus plantas y animales, y por ende, de nosotros mismos. Deberíamos apoyar a las organizaciones que luchan de modo eficaz e independiente contra los ataques al ecosistema del planeta, y exigir a nuestros gobernantes que firmen, apoyen y cumplan aquellos tratados mundiales que intentan controlar el deterioro medioambiental de la Tierra.


Y en lo que a nosotros concierne, es necesario también aprender a llevar un estilo de vida que haga que acumulemos, en la medida de lo posible, menos productos tóxicos en nuestro organismo.

UN ENTORNO LABORAL MÁS SANO

Es imprescindible cumplir siempre las normas de protección personal en los entornos laborales expuestos a contaminantes, pero en el caso de las madres embarazadas y lactantes, más. La legislación actual sobre salud en el ámbito laboral tiene un capítulo especialmente dedicado a las mujeres embarazadas y lactantes, por considerarse que los bebés, y por lo tanto las madres, son mucho más vulnerables ante las condiciones ambientales adversas. Las leyes contemplan que cuando están expuestas a riesgos de tipo físico o químico en su trabajo habitual, tienen el derecho a solicitar un cambio a otro puesto de trabajo durante toda la etapa de embarazo y también durante la lactancia y, si no es posible, a pedir la baja. Esta se tramita a través del médico de la empresa o el médico habitual (el obstetra o el pediatra).

REDUCIR LOS TÓXICOS QUE INGERIMOS

Podemos tomar algunas medidas para minimizar la cantidad de contaminantes:

  • Como se almacenan en el tejido adiposo, conviene comer menos grasas y comidas procesadas industrialmente, incluida la bollería y los productos cárnicos ricos en grasa (embutidos, etc.); es mejor escoger los magros. Y recordar que las legumbres son una fuente muy sana de proteínas.
  • Comer más pescados pequeños y menos grandes. Los animales grandes contienen más tóxicos que los pequeños (el pez grande se come al chico y acumula más tóxicos). Por ello es mejor el boquerón que el atún, por ejemplo.
  • Comer más frutas y verduras, aunque hay que lavarlas bien, ya que una fruta sin lavar puede llegar a contener más pesticidas que muchos litros de leche materna. A poder ser elijamos frutas y verduras ecológicas.
  • Los recipientes en los que envasamos y calentamos la comida también influyen. Son mejores los materiales inertes (cristal, acero) que los plásticos, sobre todo si hay calor. Hay que evitar usar en el microondas recipientes de plástico o cubrir alimentos calientes con film de plástico o aluminio.
  • Filtrar el agua del grifo, porque, aunque está tratada, puede contener residuos agrícolas. Conviene dejar correr el primer agua de la mañana y pasar por una jarra-filtro la que usamos para beber y cocinar.