El parto según lo siente tu hijo

PARTO

El parto y su primera hora, tal y como lo vive tu hijo

Los recién nacidos tienen unos comportamientos instintivos necesarios para la adaptación a su nueva vida, que pueden bloquearse si el parto se medicaliza.

Blanca Herrera

¿Qué sienten los bebés? ¿Cómo les afectan el parto y los estímulos externos? Los estudios realizados hasta hace poco nos hablaban principalmente de aspectos que podían ser observados: si les faltaba oxígeno en el parto, si tenían algún traumatismo a consecuencia de él... Nadie se planteaba lo que podían llegar a sentir, hasta tal punto que hace unos 25 años a los bebés pequeños se les operaba sin anestesia porque se creía que no sentían dolor o que no era transcendente para ellos y ellas.

Antes de hacerme matrona trabajé durante un tiempo en unidades neonatales. Era a principios de los noventa y a los recién nacidos no se les sedaba cuando se les intubaba porque se suponía que no les molestaba, que no sentían dolor o que aquella sensación no suponía mayor daño para ellos en comparación al efecto de la medicación.

Hoy en día, gracias a investigaciones sobre el Método Madre Canguro, la importancia del contacto piel con piel y otros, sabemos que los bebés no sólo sienten dolor, sino que para ellos ésta es una sensación aún más penosa, puesto que no pueden anticiparlo, no tienen mecanismos para evitarlo ni forma de enfrentarlo, por lo que sus niveles de hormonas del estrés aumentan de forma significativa, afectando a su desarrollo físico, neuronal, emocional...

He empezado por este tema, quizás un poco desagradable, porque quería compartir con vosotros esta reflexión: si difícil es tratar de comprender la trascendencia que tiene el malestar o el dolor para un bebé que ya ha nacido, todavía resulta más difícil asimilar lo que significa para un bebé que está naciendo.

Pero veamos el tema desde un punto de vista positivo: los bebés están perfectamente capacitados para “tolerar” el nacimiento. Es más, necesitan nacer de la forma más fisiológica posible para adaptarse de forma progresiva, armónica, sintonizada y placentera a su vida extrauterina. Se ha llegado a estas conclusiones observando sus gestos, su comportamiento, su perfil hormonal, su adaptación fisiológica y hormonal, su crecimiento...

Mejor si es espontáneo

El parto afecta a los bebés de la misma manera que puede afectar a las madres. Un bebé que “decide” hormonal y fisiológicamente cuál es el momento oportuno para nacer (sabemos que el parto lo desencadena el bebé cuando está maduro), que tolera perfectamente el ritmo de contracciones de un parto fisiológico (no estimulado ni inducido), cuyo ritmo cardiaco y hormonal no está alterado artificialmente, que desciende adaptándose de forma progresiva al cuerpo de su madre... al nacer está bañado literalmente en hormonas (oxitocina, endorfinas, adrenalina, cortisol...), que le ayudarán no sólo a adaptarse a la vida extrauterina de la mejor forma posible, sino también a manifestar los reflejos primitivos que le facilitan el agarre espontáneo al pecho.

Investigaciones recientes demuestran que la mejor adaptación, tanto del bebé como de la madre, tiene lugar cuando el parto se inicia, se desarrolla y finaliza de manera espontánea y natural, con el mínimo de intervenciones posibles.

He visto a muchos bebés sonreír al poco de nacer. Hay profesionales que afirman que son sonrisas “involuntarias”, “no sociales”, sonrisas de “saciedad”. Yo creo que los bebés sonríen cuando se sienten bien tratados, cuando se han respetado sus tiempos y sus necesidades, cuando se les ha dejado junto a su madre nada más nacer.

Primeras reacciones

Los bebés que han tenido un nacimiento espontáneo, si no se les corta el cordón de forma brusca y se les deja sobre el abdomen de su madre, pueden estornudar e incluso gimotear o gruñir un poco, aunque rara vez lloran de forma exagerada o alarmante.

Comienzan a respirar progresivamente, pasando de una oxigenación a través del cordón a la oxigenación a través de su sistema respiratorio autónomo, lo que lleva unos minutos. El tono de su piel cambia del violáceo al rosado. En algunas ocasiones, bostezan.

Al cabo de unos pocos minutos –a veces son sólo unos segundos–, los bebés abren sus ojos, generalmente muy grandes. Sus pupilas están muy dilatadas por efecto de la noradrenalina. Esta expresión despierta en los adultos la actitud de “cuidar”. Por esta razón, casi todas las crías de mamífero tienen este aspecto, criaturas cabezonas de ojos grandes y pupilas inmensas, algo bien conocido por los fabricantes de juguetes.

Algunos estudios han mostrado que el simple hecho de tener al bebé en contacto íntimo piel con piel sobre el abdomen y el pecho materno hace que se produzca una descarga de oxitocina, que facilita el alumbramiento de la placenta, además de prevenir hemorragias y facilitar la recuperación. En madres que no tenían intención de amamantar, se ha visto que este contacto íntimo con el bebé mejora el vínculo y la relación psicoafectiva. Algunas incluso han tenido una lactancia materna exitosa y prolongada gracias a este primer contacto.

Un baile único, su primer baile

El bebé olfatea, abre y cierra los puños, da patadas intentando trepar por el abdomen de su madre, chupándose el puño si lo tiene delante, buscando tranquilo y a su ritmo el pecho materno. Con sus sentidos más desarrollados –el olfato, el oído y el tacto– avanzará hacia su objetivo: la areola más pigmentada de su madre. Guiado por ese estado de “alerta tranquila” en que se encuentra tras el parto, el bebé alcanzará el pecho y se agarrará a él de forma espontánea 50-90 minutos después del nacimiento. Entonces realizará varias succiones cortas que estimulan el reflejo de eyección –otro efecto de la oxitocina–, luego succiones profundas, para después deglutir y respirar de forma armónica y sincronizada, muy eficaz.

Incluso en casos de mujeres con pezones muy pequeños o planos se han visto agarres espontáneos perfectos si el bebé busca y encuentra por sus propios medios el pecho de su madre.

El cuerpo de la madre, especialmente la zona del pecho, adapta su temperatura para evitar que el bebé se enfríe, aunque también es necesario que el ambiente sea cálido. El recién nacido, merced a la succión de esas primeras gotas de calostro de su madre, cargado de endorfinas secretadas durante el parto, caerá después en un sueño profundo y placentero, reparador.

En mi trabajo día a día, en los nacimientos que tengo el privilegio de acompañar, puedo disfrutar de esa magia, del momento en que el bebé nace y es cogido y abrazado por su madre. Veo cómo interaccionan, cómo la nueva madre acaricia de forma sabia e instintiva a su criatura, que se adapta despacito a la vida fuera del cuerpo de su madre, la busca, la mira, la huele, la explora con sus manitas; cómo ella lo mira y lo toca, cómo protagonizan un baile único y maravilloso.

El doctor Michel Odent nos dice repetidamente que si queremos cambiar el mundo, hemos de cambiar la forma de nacer, dejar de intervenir es ese momento mágico e irrepetible en la vida de dos seres humanos. Y a mí me encanta ver a los bebés sonreír.


Alterar un mecanismo natural

  • Cuando distorsionamos el nacimiento y el estado hormonal de la madre y el bebé, interferimos el vínculo afectivo entre ambos.
  • La oxitocina sintética –a diferencia de la endógena– no impregna el cerebro de la madre y el del bebé y, además, inhibe su producción natural. Las contracciones son más dolorosas, intensas y seguidas, aumentando la demanda de epidural. Los bebés son menos capaces de soportarlas y hay más casos de sufrimiento fetal. Cuando nacen, suelen estar más cansados y se retrasan en exhibir sus reflejos primarios (o no aparecen).
  • Tras un parto con epidural, especialmente si es precoz, los bebés tienen dificultades para prenderse al pecho espontáneamente, sus reflejos están más aletargados, hacen succiones más cortas y tomas menos organizadas y efectivas. Parece como si se encontraran bajo los efectos de los opioides de la analgesia.
  • La epidural también inhibe otro mecanismo hormonal, el de las endorfinas. Ellas mitigan el dolor y, además, producen un cierto grado de dependencia. Durante el parto se segregan gran cantidad de endorfinas; pero si cortamos el dolor, se corta su producción. Como el bebé las toma a través del calostro, se hace “adicto”, beneficiosamente para él, al pecho de su madre. Las betaendorfinas también juegan un papel esencial en la producción de leche.

Efectos en la salud

  • Las cesáreas han salvado la vida de muchas madres y bebés en todo el mundo, pero también es un hecho que un porcentaje nada desdeñable de ellas son innecesarias. Esto tiene consecuencias físicas y psicológicas para ambos.
  • Nacer en el momento apropiado garantiza que el bebé está suficientemente maduro. Además, el paso por el canal del parto le ayuda a vaciar sus pulmones de líquido amniótico, facilitando su adaptación a la vida extrauterina. Esto no sucede en la cesárea, lo que explica un mayor riesgo de problemas respiratorios en el bebé, que se agravan por el exceso de líquido provocado por la administración de suero a la madre.
  • El tipo de parto influye también en el perfil de bacterias que colonizarán al bebé. En el parto vaginal, el bebé es colonizado por bacterias vaginales, beneficiosas y para las que tiene las defensas de la leche materna. En la cesárea, las que toman ventaja son las de la piel de la madre, menos beneficiosas, o las hospitalarias, perjudiciales.

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