Una doula tocando la tripa de una embarazada

Entrevista

Lo que necesitas es escuchar bellas historias de partos

Liliana Lammers trabaja como doula asistiendo partos. Colabora con el Dr. Michel Odent, pionero en introducir en las salas más intimidad y menos medicalización

Silvia Díez

La confianza que transmite esta doula en la capacidad natural de la mujer para parir despierta una profunda paz interior que sin duda constituye el mejor apoyo para que las parturientas se abran al proceso de dar vida.

Liliana Lammers trabaja en Londres e imparte formación a doulas junto con el doctor Michel Odent, pionero en introducir en las salas de partos más comodidad e intimidad y menos medicalización.

“Observando cómo se comportaba Michel Odent aprendí mucho. Pero, además, él me asistió en casa en mis tres partos. Resultó un gran aprendizaje: ves que es más 'estar' y menos 'hacer'. Me dio una pauta clara de la actitud a mantener cuando acompaño a las mujeres que van a parir.”

¿Y cómo recomiendas que acompañe una doula a la parturienta?
Es una lástima, pero creo que la mayoría de doulas hacen demasiado, lo que puede crear muchos problemas e interferir en el proceso. Ocurre incluso en Inglaterra, donde las madres que usan doulas están muy contentas con ellas. La mayoría de las doulas ofrecen una larga lista de terapias a las embarazadas y éstas tienen tanto miedo a parir, que esto les da seguridad. Con este mensaje lo único que se consigue es desempoderar a la mujer. Se reafirma la creencia de que parir es difícil y que para ello necesitas ayuda. Estas doulas, por lo general, no han tenido hijos o no han vivido un parto fisiológico e intentan que las mujeres a las que ayudan no pasen por lo que ellas han vivido. Quieren sanarse. Pero a la hora de acompañar a una mujer que da a luz se trata sobre todo de haber tenido una experiencia propia positiva. Yo parí tres veces en casa en una habitación a la que acudí sola en pleno parto, guiada por el instinto. Odent apareció únicamente en los últimos segundos cuando ya estaba viviendo el reflejo de ejección del bebé... Y aún recuerdo molesta su escasa presencia. Pero nació el bebito y desapareció de nuevo dejándome sola. Tuve una suerte extraordinaria: encontré a alguien que me dejó tranquilamente parir por mí misma. Su función era la de proporcionarme seguridad, una necesidad básica de la parturienta, así como que la dejen en paz. Cuando yo nací, la comadrona estaba sentada en un rincón tejiendo. Y esta sería la actitud que debería tener la doula y lo que hace el parto fácil. Somos los seres humanos quienes creamos los problemas empeñándonos en ayudar y en hacer.

¿Nos azoramos y anticipamos?
Sí. Uno se pone nervioso incluso antes de que todo haya empezado. No vivimos el parto como un proceso natural. Los niños más pequeños son un buen ejemplo a seguir. Ni se inmutan cuando oyen a su madre que grita... Saben que es normal. Son ellos quienes dicen: “Papá, ¿me llevas al parque?”. O “¿Me das la merienda?”. El padre angustiado contesta: “Tú mamá está dando a luz”. Y ellos contestan: “Claro, ya lo sé”. Lo viven tranquilos sabiendo exactamente lo que ocurre.

¿Los gritos de la parturienta no significan dolor?
Yo no hablo de dolor. Cuando tenía menos experiencia y llegaba a una casa y la mujer estaba gritando mientras el padre mostraba su rostro desencajado, se me contagiaba la congoja. Ahora cuando me encuentro con este cuadro, le hago un guiño al padre para tranquilizarlo y le pido que desaparezca, que duerma, que se vaya a dar un paseo... Es el miedo lo que hace gritar porque si todo transcurre en el ambiente adecuado durante el preparto no hay tanto dolor. En el momento del parto sí que la mujer puede realizar ruidos y quejidos, ya que no hay ningún control del neocórtex, lo cual no quiere decir dolor, sino que ella está ida mientras las hormonas hacen su labor. En dos de mis partos en casa, al parecer, no hice ningún ruido. En cambio con mi primer hijo varón creía no haber gritado pero, según me contó después Michel, parece que no callé durante casi dos horas. Pero la oxitocina y cóctel de hormonas que acompañan el momento te hacen perder la memoria y la conciencia.

¿Entonces la epidural no sería necesaria?
Claro que no. Me reúno con las parejas cuatro o cinco veces antes del parto para conocernos bien antes. Las mujeres a menudo me hablan de su miedo al dolor. Entonces yo les cuento que nuestro cuerpo nos protege del dolor segregando un complejo sistema de endorfinas. Ellas suelen insistir: “Pero tengo una amiga que me ha contado que sufrió mucho...” Entonces les pregunto cómo parió y en la mayoría de los casos tenían cerca una persona preocupada y ansiosa que segregaba adrenalina, una hormona muy contagiosa que es un freno increíble de las endorfinas. Cualquier tipo de estrés dificulta el parto y a menudo nos estresamos los unos a los otros. Me encuentro muy a menudo con esta situación.

Puedes contarme un ejemplo...
Llegué de madrugada a casa de una mujer que estaba de parto y me encuentro al marido y a la madre de la parturienta todos vestidos y llenos de angustia preparados para salir de casa... Lo primero que les dije fue: “Pero, ¿por qué están vestidos? Es hora de dormir”. El marido me preguntó: “¿Es una orden?”. Asentí. Entonces me acerqué a la mujer que no paraba de gritar. “Trata de descansar”, le dije. “No puedo, no puedo”, respondió. Finalmente accedió a ponerse el pijama y a estirarse en la cama. Yo iba a estirarme en el suelo, pero ella me pidió que me acostara a su lado. Así lo hice y le besé las manos, porque así lo sentí. Siempre hago lo que siento. Tenía dolor porque rechazaba las contracciones. Ella misma se estaba frenando el parto... En un momento dado, gritando, me pregunta: “Pero, ¿por qué? ¿por qué tengo que sentir este dolor?”. En la oscuridad de la noche, le dije: “Hoy es el cumpleaños de mi hermano”. Poco después las contracciones empezaron a fluir y parió maravillosamente a eso de las 8 de la mañana su primer hijo. Días después ella me explicó que primero hubiera querido matarme por mi respuesta, pero que más tarde le había permitido abrirse cuando su mundo era tan solo el dolor. Había otras cosas en la vida, en algún lugar un hombre celebraba su cumpleaños... Y consiguió relajarse. Ser doula es un arte: con el corazón abierto hay que guiarse por la intuición para crear lo que cada mujer necesita para dar a luz. No hay reglas. Se trata de confiar plenamente en el proceso. La intimidad y una persona que te da paz tienen un poder muy fuerte para facilitar el parto.

Cuando una embarazada te dice que quiere parir en casa, ¿qué le contestas?
¡Genial!, les digo a todas a no ser que sean embarazadas de alto riesgo o que sea un embarazo fruto de muchas fertilizaciones in vitro fallidas. Pero, en general, aunque antes hayan tenido un parto con cesárea las animo a seguir adelante. Les aconsejo que digan que van a parir en casa –porque las comadronas en Inglaterra se desplazan al domicilio– y que mentalmente se dejen todas las puertas abiertas por si llegado el momento cambian de idea...

¿Qué diferencia hay entre la doula y la comadrona?
A diferencia de la comadrona, la doula no tiene una formación médica. Somos madres o abuelas, hacemos cursos con pediatras, con comadronas y médicos, pero cuando estamos con la parturienta no tenemos ninguna función médica. Otra diferencia es que las comadronas controlan, se pasan el rato escribiendo, entran y salen, lo que no da paz precisamente... Una buena doula es aquella que ha tenido buenos partos. De hecho este es el origen de las doulas. La figura de la doula apareció en los años 70 cuando dos pediatras tuvieron la idea de que las mujeres fueran acompañadas mientras parían de otras mujeres que habían parido antes de manera natural y positiva. Lo probaron en un hospital de Guatemala en el que había más de 60 partos por día y las parturientas se abarrotaban dando a luz en un box tras una cortina. A algunas parturientas de este grupo se les asignó una mujer que, aunque sin ninguna formación, hubiera tenido buenos partos. Los resultados fueron muy positivos: menos casos de fórceps, menos ventosas, menos cesáreas... Este es el origen de la doula que hoy se ha olvidado porque también su papel se ha empezado a medicalizar y a comercializar.

¿Por qué cuanta menos intervención mejor?
Porque el parto es un proceso íntimo e involuntario muy fácil de inhibir con el lenguaje, con la luz... Se puede detener el proceso con un simple cuchicheo que provoque inquietud en la mujer, lo que ocasiona una descarga de adrenalina que baja la oxitocina y con lo que se detiene el ritmo de las contracciones... Se ha desempoderado a la mujer hasta el punto que no se cree capaz de parir a solas. Pero es una creencia. Este año estuve con cinco mujeres que parieron solas. El marido dormía mientras yo andaba por allí escondida... Ellas mismas se meten en un lugar oscuro y dejan que suceda. Hay que tener mucha calma. No hay que pensar. Ni siquiera decirse: “Ya es la hora de....”. Hay que dejar que te llegue lo que sientas que tienes que hacer, porque si estás buscando, te adelantas, te equivocas.

¿A qué achaca que haya un índice demasiado elevado de cesáreas en la mayoría de los países?
Por cultura, por medicalización, por falta de preparación y también porque a los médicos les resulta más cómodo programar el momento del parto y te convencen de hacerlo porque el bebé es grande, porque se pasa de tiempo y es mejor sacarlo... Las mujeres, que en la mayoría de los casos solo van a tener un hijo o como máximo dos, solo han escuchado a otras contar historias horribles de sus partos. Eso tampoco ayuda. En Inglaterra se intenta por todos los medios que no se llegue a la cesárea porque el índice se sitúa ya en un 25%. Sin embargo, paradójicamente en un 50% de los casos se provoca el parto, lo cual incrementa enormemente la posibilidad de que el parto no transcurra bien ya que no se deja actuar a la naturaleza y se llena a la mujer de sustancias químicas. Asustan a las madres, se provoca el parto y eso implica que, si la mujer es primeriza, un 40% de los casos termine en cesárea, un 30% requiera fórceps y que la mujer esté empujando más de dos horas.

¿Y eso repercute en la lactancia?
Naturalmente porque la lactancia es una simple continuación del parto. Lo más importante para un buen amamantamiento es haber tenido un buen parto. Cuando el parto ha sido provocado, ni el bebé ni el pecho se han preparado para la lactancia. Cuando el bebé ha nacido mediante una cesárea programada pones el bebé al pecho y no tiene ni idea de qué pretendes en muchos casos... Su olfato no ha podido madurar, porque es algo que se produce durante el proceso del parto. Acaban chupando poco y a eso se añade el mal estado de la madre. La madre no se ha podido llenar de oxitocina natural presentando un rostro extraordinario, un enorme brillo en los ojos y sintiéndose en el paraíso. Al contrario, está toda dolorida y atontada por los analgésicos. No es extraño pues que hayan problemas...

¿Qué podríamos decir a nuestras hijas para que paran bien?
Yo tengo tres hijas y soy abuela de cuatro niños y nunca les dije nada. Pero las experiencias que oyes de pequeña y de tu propio nacimiento determinan, en gran parte, el desarrollo de tu parto. Yo tuve suerte porque mi madre y mi abuela solo contaban bellas historias de sus partos. Cuando yo era pequeña, mi abuela explicaba: “Oh, el nacimiento de la madre de ésta, entré y ella salió. Fue tan rápido que le pregunté a la comadrona: 'Pero, señora, ¿por dónde salió el bebé?'. 'Pues, señora, por dónde va a salir, por donde entró', le contestó la comadrona”. Yo escuchaba y sonaba fácil.

Etiquetas:  Bebé Maternidad Postparto

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